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Torres de Babel

Tras cinco días de espera, por fin nos hemos trasladado al que será nuestro nuevo hogar. Se trata de un apartamento situado en Nordem, uno de los barrios más pintorescos de Frankfurt. Está cerca del centro, pero alejado de los rascacielos y el bullicio. Es un lugar tranquilo y a medida que te adentras en sus calles tienes la sensación de viajar en el tiempo, directo a una época en la que todo era más sencillo y menos tortuoso.

Uno de los aspectos más peculiares de Frankfurt es la perfecta armonía en la que conviven lo antiguo y lo moderno; edificios centenarios comparten espacio sin pudor con los rascacielos de las grandes multinacionales, sincronizados para conformar una urbe que trata de ofrecer lo mejor de ambos mundos. Sólo así es posible la existencia de barrios como Nordem, que parecen enclavados en una especie de paréntesis temporal.

"Mientras escribo, me siento como si formara parte de un cuadro de Edward Hopper"

En mi barrio abundan las cafeterías, las tiendas de antigüedades, las librerías y los negocios de toda la vida. Se respira un ambiente distendido y bohemio, y creo que no podríamos haber elegido un lugar mejor para vivir.

Nuestro apartamento es amplio y tiene unos techos altísimos. El día que se nos funda una bombilla vamos a tener que llamar a Spiderman para que venga a cambiarla. El rincón desde el que escribo es muy espacioso y está junto a un gran ventanal desde el que puedo ver el jardín que hay frente al edificio. Mientras escribo, me siento como si formara parte de un cuadro de Edward Hopper.

Es una sensación agradable.

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En la última edición de BCNegra conocí a la escritora Rosa Ribas, que también vive en Frankfurt. Si no habéis leído su última novela, Un asunto demasiado familiar (Tusquets, 2019), no sé a qué demonios estáis esperando.

Cuando Rosa supo que iba a mudarme a su ciudad se ofreció a ayudarme en lo que necesitara, y debo decir que su apoyo ha sido fundamental para poder llevar a cabo ciertos trámites y papeleos que, sin su ayuda, se habrían prolongado hasta el infinito y más allá.

La burocracia en Alemania puede llegar a ser agotadora, sobre todo si no conoces el idioma.

"Conocer el interior de un rascacielos es una buena manera de empezar a meter mis manazas en las vísceras de la ciudad"

Rosa lleva casi treinta años en este país, así que habla alemán con mucha soltura. Algún día espero dominar el idioma la mitad de bien que ella. Me ha presentado a algunos amigos, entre ellos a un tipo de Múnich llamado Oli que trabaja en uno de los vistosos rascacielos que dominan el Frankfurter Skyline. El otro día, mientras tomábamos algo, Oli me mostró el edificio con un punto de orgullo mal disimulado y se ofreció a enseñármelo por dentro alguna vez, a lo que accedí en el acto. Él no lo sabe, pero su ayuda me va a venir genial para la novela que voy a ambientar en Frankfurt. Conocer el interior de un rascacielos es una buena manera de empezar a meter mis manazas en las vísceras de la ciudad.

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Después de visitar algunas librerías alemanas, hay varias cosas que me han llamado la atención. Una de ellas es la importancia que dan a los audiolibros. No hay librería, por pequeña que sea, que no disponga de una sección de audiolibros. Es curioso ver todos esos CDs dispuestos como si se tratara de la sección de música de unos grandes almacenes. Se trata de un formato que nunca ha terminado de implantarse con éxito en España, algo que en los últimos años está cambiando gracias a plataformas como Storytel o Amazon Audible, por suerte para los lectores.

Otro detalle curioso es el grado de aceptación que tiene el libro de bolsillo. En las grandes mesas de novedades comparten espacio libros en tapa dura y en bolsillo en una proporción que siempre tiende a favorecer a este último. Es habitual que las novedades editoriales se lancen al mismo tiempo en edición bolsillo y trade, y a veces únicamente en formato pequeño.

"Ayer mismo, una chica estuvo a punto de chocar conmigo por la calle porque iba distraída... ¡leyendo un libro!"

Alemania es un país muy lector, así que resulta hasta cierto punto lógico que el mercado funcione así. Es muy habitual ver a gente leyendo en los parques, en el transporte público e incluso en las colas del supermercado. ¿Quién va a cargar durante todo el día con un mamotreto en tapa dura si existe la posibilidad de leer ese mismo ejemplar en edición de bolsillo?

Ayer mismo, una chica estuvo a punto de chocar conmigo por la calle porque iba distraída… ¡leyendo un libro! De haber estado trasteando su móvil me habría sentado mal, pero ver a alguien caminando y sin poder despegar los ojos del libro que tiene entre las manos me resultó fascinante y revelador, así que le dediqué una sonrisa y un Entschuldigung que ella ignoró olímpicamente.

Por cierto, el libro era Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

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Es viernes y he quedado con Oli para que me enseñe el rascacielos en el que trabaja. Nos acompañan Kasya, su chica, y Pablo, un chico de Costa Rica que lleva dos años viviendo en Frankfurt. El edificio es la sede de una entidad bancaria y para entrar debemos rellenar un formulario con nuestros datos y el nombre de la empresa para la que trabajamos.

Tomamos un ascensor que nos lleva a la planta 35 y desde allí nos subimos a otro que nos lleva hasta el último piso, el número 50. Las vistas son impresionantes, aunque reconozco que me decepciona un poco que haya que admirarlas a través de un grueso cristal de seguridad imposible de abrir. No esperaba que el lugar fuera tan hermético.

Hacemos fotografías, contamos anécdotas, intentamos encontrar nuestros barrios en la lejanía… Después, con un gesto confidencial, Oli nos pide que lo acompañemos a través de un pasillo que linda con varios despachos y salas de reuniones. Por su expresión, deduzco que lo que nos va a enseñar no es un lugar apto para las visitas y que se le va a caer el pelo si lo descubren llevándonos hasta allí.

"Disfrutamos de las vistas, pero yo no dejo de darle vueltas a una idea. Supongo que es lo que a todo el mundo se le pasa por la cabeza cuando se encuentra en un lugar así, aunque se niegue a reconocerlo"

Al final del pasillo, Oli abre una puerta y, para mi sorpresa, salimos a un balcón. Un puñetero balcón. Noto cómo se me encoge el estómago al constatar que allí no hay cristal de seguridad, sino tan sólo una malla de aspecto endeble que, más que para evitar accidentes, parece colocada para impedir que nadie arroje cosas al exterior.

Me acerco a la balaustrada y observo la calle, a unos doscientos metros más abajo. Oli nos explica que hay balcones como ese en cada piso y que los empleados suelen utilizarlos para fumar. Así se ahorran tener que descender docenas de pisos sólo para echar un pitillo.

Disfrutamos de las vistas, pero yo no dejo de darle vueltas a una idea. Supongo que es lo que a todo el mundo se le pasa por la cabeza cuando se encuentra en un lugar así, aunque se niegue a reconocerlo. Por eso, tras esperar un tiempo prudencial, decido tomar el toro por los cuernos.

—Oli, ¿se ha suicidado alguien desde este edificio?

Temo que no haya entendido la pregunta, ya que Oli no habla español con soltura. Sin embargo, por la forma en la que desvía la mirada, concluyo que me ha entendido perfectamente. Digiere la cuestión durante varios segundos antes de asentir. Después me muestra dos dedos.

—Planta 8 —dice, con un castellano macarrónico y esquinado—, y planta 14.

El silencio se cierne sobre el grupo. Creo que todos hemos llegado a la misma conclusión: que la realidad en el interior de estos mastodónticos edificios es muy diferente a lo que anuncia su elegante aspecto exterior. Cientos de personas pasan cada día por las oficinas, cada una con sus propios problemas, traumas y secretos. Tener la muerte a solo un paso de distancia es terrible, pero también tentador, y te da una dimensión de lo que es la vida y de lo fácil que resulta desprenderse de ella si te lo propones.

Miro hacia abajo una vez más y decido que mi próxima novela comenzará con un suicidio. En la ciudad de los rascacielos no podría ser de otra manera. Alguien se arrojará desde lo alto de una de estas fastuosas torres de Babel. O puede que no sea un suicidio, sino que sólo lo parezca. Aún no lo he decidido.

"Presto atención sólo a medias. En realidad estoy disfrutando de la sensación electrizante que me produce la certeza haber dado con una idea a la que puedo sacar bastante jugo. El chispazo"

El rascacielos en el que me encuentro formará parte de la trama. Tener a Oli como amigo es un comodín, ya que puede proporcionarme acceso al edificio, con lo que el relato resultará mucho más realista y verosímil que si me lo saco de la manga. Le pediré que me presente al personal de seguridad e indagaré acerca de las cámaras de vigilancia que hay en las instalaciones.

Cuando tomamos de nuevo el ascensor hacia la planta baja, hemos recuperado el tono jovial y bromeamos en español y alemán. Sin embargo, presto atención sólo a medias. En realidad estoy disfrutando de la sensación electrizante que me produce la certeza haber dado con una idea a la que puedo sacar bastante jugo. El chispazo. Casi me veo obligado a disimular para que mis acompañantes no se den cuenta de que mi cerebro anda a muchos kilómetros de allí.

Mentalmente, ya he empezado a componer la primera escena de mi nueva novela.

Fotos: Benito Olmo

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