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Trigésima octava sombra: Bohemia, fines de agosto de 1890

Trigésima octava sombra: Bohemia, fines de agosto de 1890

No era la mujer más honesta ni la más piadosa, pero era valiente, y la más misteriosa que conocí o imaginé jamás. Decir eso yo, un profesional del misterio, le otorgaba al argumento, desde luego, un punto de veracidad. También era hermosísima, con una belleza inconcreta, una especie de fino envoltorio hecho de gestos elegantes cargados de reminiscencias aristocráticas involuntarias y culminado por una dulzura salvaje en la mirada.

La llegada a Karlsbad desde Londres había sido accidentada; el ferry agitado en mitad de una tormenta en el Canal y las horas interminables de ferrocarril con los pesados baúles de madera en los cambios de estación, cada vez más inseguras a medida que nos adentrábamos en el corazón de Europa, no había contribuido a lo contrario. Sin embargo, Bohemia nos recibía con un sol esplendoroso y unos bosques a punto de incendiarse con todos los colores de un otoño que no tardaría en anunciarse en sus hojas.

"Como médico, comprendía las escasas posibilidades de curación; como compañero desde hacía años de esta mujer deseaba creer que existían"

La espaciosa habitación del hotel se abría a una terraza acristalada sobre las cálidas orillas del Teplá, y dos amables enfermeras se ocupaban de que a mi esposa, en la habitación contigua, no le faltase atención y comodidad. La tuberculosis minaba su vida, pero jamás nuestras esperanzas. Tal vez en uno de los ochenta manantiales que vertían a diario sus milenarias aguas sobre esta porción de tierra estuviese el alivio a los padecimientos de la pobre Touie. Quería creerlo así porque de otra manera no habría tenido cabeza ni ánimo para seguir escribiendo. Como médico, comprendía las escasas posibilidades de curación; como compañero desde hacía años de esta mujer deseaba creer que existían. La preocupación distraía mis días en el balneario, y no era capaz de trazar una nueva aventura del maldito Holmes.

Aquella mañana bajé muy temprano. El comedor estaba completamente vacío, a excepción del habitual ejército de camareros de impecable chaqueta blanca y una dama en una mesa del fondo con un té humeante en una mano y un libro en la otra. Sentada a contraluz, sólo podía distinguir un perfil juvenil y el arranque del cuello esbelto, inclinado sobre el libro con la elegancia de uno de aquellos cisnes del Bolshoi.

"Dios Santo: a mis muy vividos treinta años, presentaba pulsaciones de un muchacho de tímido de catorce"

A pesar de mi respeto por las reglas de urbanidad y protocolo, que por otra parte tan bien conocía y volcaba en Mycroft, uno de mis personajes predilectos, aquella mañana me estaba comportando como el detestable Sherlock en sus momentos más irritantes. Quería saber más sobre esa mujer, por puro interés narrativo, así que cambié de mesa, acomodándome en una más próxima, para sorpresa de los miembros del servicio, que me observaban con una ceja en alto. Desde este ángulo, la luz incidía en su pelo recogido en la nuca de un marrón cambiante, con un movimiento en tonos rojizos que se doraban en mechas suaves bajo el sol. Entonces, alzando la vista, me miró, inclinando un poco la cabeza a modo de saludo. Me levanté y fui hacia ella. Los años de entrenamiento en combates de boxeo me habían permitido desarrollar cierta capacidad para la concentración eficaz en los estados de alerta; la práctica de la medicina en aquel ballenero primero y después en el campo de batallas me dotaron de cierto frío control de las emociones, y finalmente mi dedicación a la escritura me permitía un uso más o menos ágil de las palabras. Sin embargo, los escasos metros que recorrí en dirección a aquella mujer que me miraba con una levísima sonrisa burlona fueron los peores minutos de mi vida. No sabía muy bien cómo actuar ni qué decir. Dios Santo: a mis muy vividos treinta años, presentaba pulsaciones de un muchacho de tímido de catorce.

—Buenos días, señorita, espero no haberla incomodado. Mi nombre es…

—Arthur Ignatius Conan Doyle. Sí, lo sé. Es usted un hombre conocido. Hace años que leo sus libros con mucho placer.

Las últimas palabras quedaron flotando en el aire, llenándolo con una carga singular, como una tormenta eléctrica momentos antes de que pueda oírse el primer trueno. Sin dejar de sonreír, hizo un gesto de invitación, y el escritor tomó asiento a su lado. Tenía la piel bronceada y los ojos del color de la uva recién lavada, observó el hombre, casi transparentes. Vestía ropas sencillas y caras, y ninguna joya, excepto un guardapelo ovalado de plata labrado con filigrana, sujeto al cuello con una cinta de terciopelo malva.

"Él la escuchaba embelesado o atontado, como un Watson cualquiera"

—¿Con quién tengo el gusto de compartir la mesa, señorita…?

Ella acentuó la sonrisa.

—¿Ha tenido ocasión de probar el Becherovka, señor Doyle? Veo que no —dijo a modo de reflexión mientras levantaba un poco el mentón hacia el atento camarero.

A los pocos minutos, dos copas de cristal de Moser reverberaban bajo el sol de la mañana de Bohemia. “Brindo por el invicto Holmes”, dijo ella, mojando los labios. Aquella no era una mujer, era un enigma, pensó el escritor, fascinado. Como si leyera su pensamiento, ella dijo:

—Me gusta este lugar no por la salud, sino por el misterio; me gusta caminar, respirar, dormir, beber sobre esta tierra sabiendo que fuentes de agua fría, caliente e hirviendo; fuentes de agua potable y fuentes extremadamente sulfurosas laten bajo ella. Me ayuda a pensar; a plantearme enigmas y a ponderar posibles soluciones.

Él la escuchaba embelesado o atontado, como un Watson cualquiera.

—Ahora debo irme. Celebro que le haya gustado el Becherovka —se pusieron ambos de pie; ella demasiado cerca ahora—. El único problema es que después de haber probado este licor, el agua de las fuentes ya no le quitará la sed, señor Doyle.

Se alejó caminado y él la siguió con la mirada hasta que desapareció tras el emplomado del pórtico del jardín. “Se ha ido», pensó absurdamente con una punzada involuntaria de dolor, «y no he sabido su nombre”.

Aquella noche de finales de agosto, la quietud invitaba al descanso, pero el escritor era incapaz de pegar ojo. Fumaba sentado en la terraza de su habitación, a oscuras, pensando en aquella mujer. Unos golpes en la puerta le sobresaltaron. Era ella. Llevaba el mismo traje de la mañana, un abrigo ligero sobre los hombros y una bolsa de viaje.

"Esgrimista, boxeador, gran nadador y pionero esquiador, su musculatura revelaba un hombre entrenado, duro, joven, bronceado de horas de ejercicio bajo el sol"

—Debo pedirte algo, Arthur —le dijo con una voz ronca tiznada de inquietud.

El sonido de su nombre pronunciado de esa manera por una mujer como aquella le erizó la piel. Casi sin pensarlo la besó en los labios y, para su sorpresa, ella respondió con dulzura primero, después con idéntico ritmo feroz con el que él la devoraba. Enredadas las lenguas en saliva y deseo, sin apenas separarse, se desnudaron uno contra el otro, de pie, poseídos por una urgencia singular. Ella se tumbo en la cama, él la miraba fascinado, aquella piel clara del vientre y los pechos erguidos de pezones rosados y carnosos como la boca; el pubis cubierto de un vello delicadamente ensortijado y muy claro, casi rojizo, las piernas esbeltas invitándole a entrar. El escritor, en la plenitud de sus treinta años, conservaba un cuerpo de atleta. Esgrimista, boxeador, gran nadador y pionero esquiador, su musculatura revelaba un hombre entrenado, duro, joven, bronceado de horas de ejercicio bajo el sol. Se hundió en aquella mujer con un deseo casi salvaje, cabalgando las caderas de la hembra que le besaba en el cuello y los labios sin dejar de gemir. Sudaban, revolviendo las sábanas, haciendo crujir el bronce de la estructura del lecho, devorándose la carne, lamiéndose la piel y los líquidos que emanaban. Entrar en ella era como caminar bajo las balas en el campo de batallas; pensó, con un trazo de lucidez; como la belleza furiosa de un temporal en alta mar, como presentir el limpio y certero knock out que te tumbará. Al finalizar, ella bajó deslizándose por las sábanas arrugadas y le besó el miembro con dulzura, recibiendo el chorro caliente de felicidad en la garganta con la naturalidad con la que bebería un vaso de agua del géiser de Vrídlo en Karlovy Vary.

Karlovy Vary

Cuando despertó, la mujer lo miraba sentada sobre la cama, el abrigo cerrado sobre el ligero vestido blanco y la bolsa a los pies. Le tendía el guardapelo de plata.

"Nunca más volvió a verla, pero no la olvidó. Su recuerdo había quedado petrificado en él como una rosa de Carlsbad"

—Necesito que protejas esto. Se trata de unos documentos comprometidos que terminarán arrebatándome los que me persiguen. Y eso sería terrible —miró con tristeza la joya—. En su interior guardo una carta y una fotografía. Sé que contigo estarán a salvo, y con ellas, también se salvará el reino de Bohemia.

Él intentó decir algo, pero ella le besó con dulzura.

—Buenas noches, señor Sherlock Holmes —dijo, cerrando la puerta.

Nunca más volvió a verla, pero no la olvidó. Su recuerdo había quedado petrificado en él como una rosa de Carlsbad. Por la noche, fumando frente al escritorio, sin dejar de acariciar aquel óvalo plateado con su cinta de terciopelo malva, de repente lo vio con claridad. «¡Por supuesto!», se dijo riendo a carcajadas y sentándose con urgencia frente al escritorio. «¡Qué tonto he sido!», repetía mojando la pluma en el tintero y trazando con furia las primeras palabras de una nueva aventura. Era ella, sin duda, querido Watson. La Mujer con mayúsculas. La única persona capaz de vencer al maldito Sherlock Holmes.

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