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Trigésima tercera sombra: Madrid. Diciembre de 1978

Trigésima tercera sombra: Madrid. Diciembre de 1978

«Lo más importante es tocar.

Lo único importante es tocar.

Tocar con otros. Usar las manos. Los labios. Que cada latido, cada compás ayude a dejar los sentidos en suspenso. Ser uno. Sentirse Entrar. Salir. Deslizarse. Dejar huella en el otro. Resonancias».

Habla de música. Por eso estudió viola. Ese pequeño artefacto de madera y cuerdas, de cola y barnices, está entre sus manos desde que era una niña, una tarde y otra, una escala y otra. Las manos pequeñas de Solita aprendieron el braille de los mástiles sin trastes, de las vibraciones minúsculas, del dolor en las yemas de los dedos, de las matemáticas aplicadas sobre las cuerdas divididas en segmentos exactos. El tacto se hizo instinto y sus piernas muy largas, pitagóricas. En la adolescencia, Soledad fue descubriendo cómo la música resonaba dentro de su cuerpo de otro modo. Con el cuello apoyado en la madera —a veces con un pañuelo, más tarde con una barbada— sintió con fuerza las vibraciones que incidían sobre la clavícula y en la mandíbula al mover el arco, y su cuerpo comprendió cómo se extendían con calidez, como caricias por la piel hacia abajo. Estremecían algunas notas graves sus pechos pequeños, resonaban en su vientre, le parecía que resbalaban por sus caderas al tiempo que eran emitidas hacia el mundo. Desde entonces, en modo escucha, empezó a tantear silencios y a escribir en un cuaderno esos pequeños arrebatos, que a menudo comenzaban con «lo importante es tocar». Porque lo es, lo era y lo será. La música siempre vibra, es pura sensualidad. Cuando te alcanza, desaparece. Dentro de ti.

La viola fue también refugio, incluso en el triste caso del primer abismo de decepción. La víspera de su más importante examen, cuando necesitaba mostrar su habilidad, el resultado de largas horas de estudio ante aquel profesor particular, descubrió con qué facilidad se desmoronan las buenas intenciones, qué rápida es la mano que corrige una postura de la muñeca en el arco, se adentra por la blusa y paraliza la voluntad y la inocencia.

—De esto no diremos nada, será nuestro secreto —dijo el cerdo.

"El precio fue asequible, piensa. Le trajo el asco por los lascivos sinuosos y la soberanía sobre su propio sexo en el mismo instante"

De un modo inesperado, ella aprendió una lección que iba a completarla. Cuando llevaba un buen rato paralizada y había quedado temblando, semidesnuda, mientras el hombre se había atrevido a magrearle las tetas y ya se desabrochaba el cinturón, Soledad reaccionó. Con los ojos llenos de lágrimas, improvisó como sólo un virtuoso puede hacerlo: recordó la vulnerabilidad de las partes blandas, se pongan como se pongan; sintió un crescendo en su corazón y aplicó un fortissimo ma non tanto en una patada sincopada sobre la parte débil, perfectamente dirigida, y después se vistió con rapidez y salió a tiempo, curada de espantos para siempre, en un decidido y pulcro andante con moto.

El precio fue asequible, piensa. Le trajo el asco por los lascivos sinuosos y la soberanía sobre su propio sexo en el mismo instante. Al unísono. Tal vez por ello, al día siguiente hizo un examen perfecto en el conservatorio y cambió de profesor. Tal vez por ello esa misma tarde, para celebrarlo, buscó al chico que le gustaba y borró con una gigantesca sensualidad cualquier huella del episodio. Lo había superado. Hoy reconoce que gracias a esa seguridad en sí misma, recuperada, pudo salir a estudiar fuera, en Brujas. La lección tuvo un efecto liberador que ni ella misma comprendía bien entonces. Pero en Bélgica encontró un ambiente maravilloso, estudió un curso con Sigiswald Kuijken y después regresó.

"El arco de su cuerpo quiere acariciar las cuerdas de los otros. Sonar y resonar entre sus manos y en sus labios, como un arpa, como una flauta"

Soledad ya sabe que el mundo ha cambiado mientras ensaya una y otra vez con paciencia infinita sus ansias de perfección. Se fue cuando acababa la impostada monotonía de una España con sordina, algo envejecida por la larga dictadura. La capital esperaba su oportunidad. Ahora que ha vuelto la encuentra juvenil, caótica, algo destartalada y encantadora, pelín peligrosa, empapelada por el referéndum para la constitución, «tu fuerza es tu voto», «contra nadie. A favor de todos»… Pasión política que, de puro rutinaria, no se siente tan vivace en Europa, piensa. Han pasado tres años desde la muerte de Franco y acaba de volver de Brujas, donde todo le parecía nuevo, incluso las técnicas para interpretar su música. Con diecinueve primaveras y su formación tan redondeada como su belleza, apabullante, morena, a la vez fuerte y delicada, está decidida a volar sobre la música, pelear por tener su propio grupo de cámara. En las calles todo vibra con un timbre nuevo. Soledad tiene el hambre que se percibe en su generación. De libertad. De muchísima libertad. Sin ira, dicen los juglares.

Hay algo que su periplo europeo le ha añadido. El arco de su cuerpo quiere acariciar las cuerdas de los otros. Sonar y resonar entre sus manos y en sus labios, como un arpa, como una flauta. También entre sus piernas, como un tambor o un violoncello. Es importante para ella defender y desplegar esta libertad ganada, que da alas a su cuerpo y a su música.

—Lo podemos llamar «Ricercare Ensemble», o si no… ¡«Los Viejos Barroqueros»!

La carcajada estalla, y Soledad, que tiene delante de los ojos a Petra, la flautista pelirroja de ojos verdes a la que resulta tan difícil dejar de mirar, ríe con ganas. También se ha venido Johan, el rubio pianista al que conoció —en todos los sentidos— durante su beca en Brujas y que la ha seguido porque tiene muchas ganas de aventura, si es posible en España.

Old rockers never die! —remacha Johan con un puño hacia arriba. En el bar en el que están hay gente que les mira. Otros siguen a lo suyo.

Ellos tres son el núcleo. Cada día en los ensayos sienten una atracción creciente, algo normal entre jóvenes que comparten tantas horas como talento, pero siguen concentrados en tocar, y de algún modo esperan tranquilamente la oportunidad de abrirse a otros juegos. Han quedado con Jose, un antiguo compañero de conservatorio de Soledad, buen violinista, y con un amigo de este, Étienne, brillante cellista francés recién llegado que además estudia viola da gamba.

"El bar está cerca del Congreso de los Diputados. Siete políticos posan en la entrada, algunos dibujan con los dedos la uve de victoria"

Cuando les ven llegar al otro lado del cristal, desde la mesa en la que beben unos vinos, ocurre algo mágico. De pronto una lluvia de flashes ilumina la zona de la entrada, como si llegasen dos estrellas de rock. Sonríen. Una manada de fotógrafos se aproxima a toda prisa al bar. Hay expectación. Ellos intercambian expresiones de guasa y asombro. ¿Pero qué coño es esto…? La explicación no tarda. Los fotógrafos han venido a recoger un testimonio de la presencia de conocidos políticos en el local. El bar está cerca del Congreso de los Diputados. Siete políticos posan en la entrada, algunos dibujan con los dedos la uve de victoria. Queda una semana para el referéndum.

Los amigos entran, se saludan, se besan y piden otra ronda. Petra pregunta a los de la mesa de al lado: son los negociadores de la Constitución, le informan, gente de distintos partidos que ha sabido entenderse y se reunían a veces en este bar para sus discusiones. Han querido hacerse la foto junto a la puerta para la prensa. Pero no han entrado. Tal como llegaron, los diputados y los fotógrafos desaparecen.

—Nosotros vamos a tener que hacer milagros parecidos a los de esos políticos con las partituras —dice la bella pelirroja, pecosa y sonriente—. Nos queda una semana para el debú y tenemos que ensayar. Igual ellos han hecho una constitución y les faltaba tiempo para el debú… —ríe.

—Jose, Étienne, bienvenidos a Ricercare.

—Viejos Barroqueros —más risas.

Los chicos apuran sus vinos. Tienen que ir a ensayar. Cada uno carga con la funda de su instrumento, salvo Johan, en cuya casa, cercana, en lo alto de un viejo caserón de la calle Ventura de la Vega, van a comenzar juntos esta aventura. Se ponen los abrigos.

Soledad está excitada, se siente importante por impulsar todo esto. Va pensando con ilusión que la viola puede ser llana; que no es, por ejemplo, como el contrabajo, ese gigante algo menospreciado que siempre aspirará a ser reconocido como el cimiento de todo. La viola nunca ha sido reconocida como el instrumento más importante de la orquesta, ese que no puede faltar. Ni es el violín, que sostiene el brillo y la memoria del público en la melodía. Ni es la voz humana. Pero acaricia como un susurro. Ella lo sabe.

"Ella no se corta, se siente atraída por su expresión, mezcla de determinación y fragilidad"

Lo dice mientras camina del brazo de Jose, al que no había visto más que una vez desde su vuelta a España. Se tienen que poner al día. Y contempla, andando con gracia delante de ellos, la colorida pareja que hacen Petra y Johan, que hablan entre risas. Étienne, un francés de boca muy sensual y manos grandes, la mira con intriga e intención. Ella no se corta, se siente atraída por su expresión, mezcla de determinación y fragilidad. Sole sabe que su viola es llana, discreta y, sin embargo, es el más sensual de los instrumentos. Es difícil percibir por dónde se te cuela, te acaricia por sorpresa justo cuando ibas a caer en las redes melifluas del violín, en la dulzura de la melodía. En el instante en el que tus oídos se ven abrumados por la belleza y miras hacia lo alto, en ese momento la viola te rodea cálidamente mucho más abajo de la cabeza, te toma por la cintura, te lleva a su terreno, sacude tu corazón. Soledad es consciente de ese poder. Y lo ejerce.

Una vez en la casa, antes de comenzar, afinan. Y salta con Petra una discusión sobre sus instrumentos. Sobre el significado expresivo, si es que lo tiene, del contacto corporal de cada músico con su instrumento.

—Étienne abraza con las piernas y los brazos a su cello, debe amarlo así, no sé si me entiendes —advierte Johan—. Todos acariciamos nuestros instrumentos. Yo aporreo y pedaleo en el piano. Vosotros acunáis las cuerdas de los violines. Sólo la flauta me parece espiritual… Se lo decía a Petra antes, no está en contacto con su cuerpo. Ni siquiera está en su campo visual, se mantiene siempre a un lado de la cara —gesticula vehementemente—. Sólo te toca un puñetero labio, el inferior, sólo lo roza. Y ella la sopla, pero desde una cierta distancia. Además la digitación del flautista tiene algo de fe, a mi modo de ver, no es como lo mío frente al piano: yo domino las manos, las dirijo de frente y las miro. Petra tiene que mostrar una seguridad en la precisión de sus dedos que no verá nunca con sus ojos.

—Te equivocas —tercia ella—. La flauta no es más espiritual que cualquier instrumento, y puede ser tan carnal como cualquiera —le señala y sonríe seductora—. ¡Yo tengo ojos donde no te esperas!

—Pero si los flautistas sois como juncos que toca el viento, la sensualidad os pilla mucho más lejos —responde, sentado de espaldas al piano.

—No me desafíes.

—¿No? ¡Jajajaja…!

Estaba en mitad de la carcajada y Petra le metió la lengua en la boca y las manos por debajo de la camisa. El rubio alucina, echa atrás las manos que pisan teclas de manera disonante, al tiempo que abre los ojos y, de inmediato, los cierra y empieza a acariciarla a ella. La cara, el cuello, la espalda, el culo. Una lengua como la de Petra, entrenada en los trinos y las vertiginosas caricias de la columna de aire necesarias para modular las expresiones, todos los colores de la sutileza, pronto acaba con las defensas del pianista, que la abraza, la aprieta contra sí. Los otros están estupefactos. Soledad se queda inmóvil, boquiabierta, y de pronto ve a Étienne mirándola de manera incandescente. Sin perderla de vista, deja el arco junto al cello, se aproxima despacio y también la besa. Ella se levanta, le responde.

—¿Pero qué hacéis? ¿No podéis dejarlo para después del ensayo, cojones? —protesta Jose, con el violín y el arco aún en las manos.

—No desafines, tonto —Petra sale del beso de Johan con el pelo alborotado, se ríe y toma al violinista de la mano—. Deja ahí eso —le dice señalando la funda del violín. Luego le abraza. Johan va tras ella. Los tres desaparecen entre caricias hacia la habitación contigua. Étienne y Sole los ven salir y vuelven a besarse. Caen en el sofá, mientras se desabrochan la ropa. El suelo está lleno de fundas abiertas, de instrumentos esperando música. Las teclas del piano también esperan, quietas como la superficie de un lago.

Sole está ya sin blusa y se detiene un segundo.

—Bueno, ¿y tú qué? ¿No me vas ni a contar? —pregunta a Étienne.

EL francés se encoge de hombros.

—Luego.

"Al rato ella se levanta para quitarse el pantalón, pero en lugar de volver al sofá, se acerca poco a poco, desnuda y preciosa"

Vuelve a besarla. Ella se abandona a esa boca carnal que recuerda a la del jovencito Mick Jagger, algo más fina. De la habitación llegan jadeos y risas. Étienne le aparta los tirantes del sujetador, lame sus pezones y va bajando hasta el ombligo. Sole se siente muy excitada mientras le hunde los dedos en el pelo. Él le baja los vaqueros hasta las rodillas. Acaricia sus nalgas con sus enormes manos huesudas y sigue lamiéndola.

Al rato ella se levanta para quitarse el pantalón, pero en lugar de volver al sofá, se acerca poco a poco, desnuda y preciosa, hacia la puerta donde los otros tres deben de estar empleándose a fondo, por los sonidos que escuchan. Un coro de alientos, suspiros, jadeos y risas que aún está comenzando. Étienne la sigue con una erección enorme.

—Venid, vamos a ensayar un poco —Petra lo dice con guasa, mirándola, desnuda, tendida en la cama, mientras Johan le besa el cuello y Jose trata de tomarla por detrás.

Todos ríen. Sole se lanza, no sin hacer antes un gesto de complicidad a su viejo amigo. Desde la calle llega el estridente barullo de la megafonía desde una furgoneta que pasa con la propaganda electoral disidente: «Vota no».

—Odio la megafonía, ese sonido diseñado por ratones —dice Sole.

—Soledad, qué buena compañía —bromea Petra, que se vuelve hacia Jose y le deja en ese instante penetrarla. El muchacho jadea. Ella también. Suben las apuestas.

Mientras Jose y Petra follan abiertamente, Johan ha abrazado a Sole al llegar a la cama. Ambas están espalda con espalda, cada una con su chico delante. Ètienne se acaricia sentado durante un rato y luego fuerza un hueco en el centro, entre las dos chicas. Sole piensa que los labios de Johan son muy finos. El frances se pone boca arriba y rodea a cada una con una mano. Las acaricia, y ellas se vuelven, alternativamente, para besarle. Esa boca…

Harto de esa postura incómoda, Étienne se incorpora y gira a Sole para volver a lamerla. Ella se abre de piernas para facilitarle el acceso, y el chico se lanza. Johan les acaricia a los dos, les besa a los dos, se mezcla en sus respiraciones y sus jadeos, y cambia de postura hasta que Sole ve su rubicunda polla tan cerca que no puede evitar metérsela en la boca.

—A ver ese contrapunto ahhh de tresillos ahh —Jose ha querido hacer una gracia pero sólo provoca una breve coña, cuando Sole le responde:

Allegro con brio, Jose, vamos, que no se diga que perdéis el tempo

La carcajada general le pilla con la guardia baja. Cuando Petra se ríe aprieta inconscientemente los músculos de la vagina y Jose se corre como un bendito en ese instante. Las risas se multiplican, el sexo oral se detiene, los jadeos del violinista se vuelven cósmicos, grita de placer:

—Ríe… ahh, sí… ríe más.

Petra se separa de él y se une al grupo. Jose queda tumbado sobre la cama acariciándose y apurando las sacudidas de placer, con los dientes mordiendo el labio inferior y una sonrisa bovina.

—Cabrones… Dadme un momento.

"Entonces Petra la besa en la boca con delectación mientras se acaricia"

Al otro lado de la cama la cosa se ha puesto seria. Johan está follando con Sole y Petra le acaricia las tetas, juega con su lengua de flautista con los pezones, que se ponen duros como piedras. Ella jadea. Las manos de la pelirroja acarician el abdomen y el culo del belga y Étienne está en la espalda de Johan, abrazado a él, siguiendo sus movimientos. Parece pedir permiso para continuar. Sole tiene los ojos cerrados, escucha cuidadosamente los sonidos de cuatro cuerpos que se aman. De pronto siente un cambio de ritmo, de intensidad, abre los ojos y ve a Johan atrapado en un placer indómito. Detrás Étienne se ha lanzado a besar al rubio por el cuello y por ambos lados de la cara, mientras le toma por detrás a un ritmo creciente. Los tres se mueven al unísono, mientras Petra sigue acariciándoles y acariciándose, con su cabellera roja sobre Sole.

Entonces Petra la besa en la boca con delectación mientras se acaricia. La viola es la primera en llegar al final, con una exhalación grave e intensa de placer que extrae jadeos del pianista, pero la pelirroja le sigue de inmediato con largos gritos agudos, cerrando con fuerza las piernas sobre su propia mano, y sintiendo los pechos rebotar sobre los de Sole en una marea dulce de jadeos y hondas respiraciones que parecen una fuga trenzada hasta el final. Johan no puede más, se deja caer lentamente sobre ellas al tiempo que se abandona a un orgasmo brutal, rítmico, en el que la cintura se cierra cada vez más lentamente se deja invadir por un placer inabarcable. Étienne ha salido y se masturba sobre su espalda, gritando de excitación.

Todos le miran. La boca abierta. Se parece a Mick Jagger.

Jose es el primero en hablar:

—¡Y sin director!

—¡Pero con batutas! —responde Sole. Todos ríen, aún abrazados.

Gastan el resto de la tarde en retozar y, una hora después, hacen café y repasan las partituras, repentizan cada una de las voces. Ordenan el material, escriben indicaciones a lápiz para definir cómo será su interpretación, los matices. A veces se miran, dan un sorbo a la taza y sonríen con inteligencia desde algún lugar impreciso, desde alguna orilla invisible, desde el manantial de la música.

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