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Un gran día en Harlem, un cuento de Noemí Sabugal

Un gran día en Harlem, un cuento de Noemí Sabugal

La escritora leonesa Noemí Sabugal se ha alzado con el III Premio Internacional Ramos Ópticos al mejor relato sobre jazz con una narración protagonizada por Mary Lou Williams, una de las mujeres pioneras del jazz. Este premio, concedido en sus dos ediciones previas a los escritores Ricardo Menéndez Salmón y Juan José Flórez, galardona en esta ocasión un relato que parte de la famosa fotografía de Art Kane Un gran día en Harlem, que abre este texto y da título al cuento. 

Zenda lo publica en primicia, antes de su edición, que será llevada a cabo por el sello Menoscuarto, también encargado de la convocatoria del premio.

Un gran día en Harlem

Ella ve: vértebras agudas tensando la piel de la espalda, la cicatriz blanca sobre el omóplato izquierdo, la nuca sudada, raspones en los codos.

Él ve: agua sucia, una papilla nívea sobre el agua sucia, nada.

Él se echa hacia atrás y se sienta en el suelo del baño. Tiene los ojos cerrados.

Ella tira de la cisterna. Le pone las manos sobre los hombros y lo sacude. Le coge del brazo y tira de él hasta que se levanta.

En el dormitorio, le quita los pantalones manchados de vómito. El chico no lleva nada debajo. Ella intenta apartar la vista de su sexo oscuro. No lo consigue. Siente una punzada y se avergüenza. Maltratado cuerpo joven. Enfermo cuerpo deseado. Mete al chico en la cama y le deja la sábana por la cintura. Hace calor.

Ella ve: las crestas de sus costillas hinchándose con la respiración, unos ojos que le miran desde muy lejos, labios secos.

Él ve: su pelo revuelto por la noche maldormida; el camisón viejo y feo, con dos puntos abultados por los pezones de los pechos caídos; labios secos.

Ella le pregunta si está bien. Él cierra los ojos y se duerme. Ella le mete los brazos marcados bajo la sábana. Le tapa hasta el cuello. Quiere apartar de su vista las crestas de sus costillas hinchándose con la respiración.

No sé por qué pierdes el tiempo con esos chicos, le había dicho Dizzy unos días atrás. Que les cuiden sus padres, que les cuide la beneficencia, tú lo que tienes que hacer es tocar. Eres Mary Lou Williams. Si quieres seguir siendo Mary Lou Williams tienes que tocar, no hacer de enfermera. Ella defendió su trabajo en la fundación con los chicos, cree que lo hizo, pero ahora no recuerda lo que dijo. Que se jodan, había contestado Dizzy, que se jodan, siento decirlo así. Que busquen una manera de soportar la vida sin matarse, como hacemos los demás. Ella dirá son demasiado jóvenes, algo así dirá, no lo sabe bien, pero suele decirlo. Son demasiado jóvenes. Están demasiado solos. Dizzy le dará unos golpecitos en la espalda. Mary, advierte, estás perdiendo la vida con esos muchachos que no te lo agradecerán nunca.

Ni siquiera sabe si el chico es buen músico. Sólo le ha escuchado tocar una vez. Con tan poca fuerza y tan pocas ganas que no había merecido la pena el esfuerzo. Un día después había empeñado el saxo. A la semana, volvía a llamar a su puerta para pedir dinero. Ella se negó, pero le había alojado en casa.

El chico se gira hacia el otro lado y se encoge. Respira como bajo aguas estancadas.

Mary mira su reloj. Faltan tres horas todavía.

Ahora le viene el sofoco. Como si se hubiera abierto el infierno. Quiere arrancarse el camisón, pero tiene una visión de sí misma a través de la ventana de enfrente. Una imagen en picado de una mujer en bragas, desparramada y negra. No le gusta.

Abre la ventana y el sonido del tráfico se intensifica, aunque todavía es pronto. Bebop disonante que ella apenas oye. Pitidos y ruedas que chirrían, mezclados y extendidos como mantequilla sobre un ruido sucio y constante. Unas nubes se enroscan sobre la línea de cielo entre los edificios. Asquerosa Nueva York, piensa, qué hermosa eres. Se apoya en el marco de la ventana y pone la cara sobre los brazos cruzados. Un dedo de aire se le mete por un pliegue del camisón. El dedo fresco le baja por la espalda y calma un poco el incendio interior. Vieja, me hago vieja, joder, piensa.

Fred.

Fred era joven. Mucho más de lo que decía, sospecha. Fred era pianista. No era malo, pero le faltaba el hechizo. Es difícil de explicar para quien no lo tiene. Cuando quería ser perfecto, resultaba frío. Cuando buscaba la gracia, se volvía desmañado. Siempre sonaba como tenía que sonar y nunca sonaba como tenía que sonar. Fred lo notaba, eso cree ella, que Fred lo notaba. Por eso había empezado con el polvo blanco, a ver si así lo notaba menos. A ver si así conseguía el hechizo. Fue todavía peor.

Fred no era como el chico que está en la cama. No tenía esos huesos punzantes, esos ojos de pescado. Fred tenía un cuerpo grande y muy negro. Un cuerpo de músculos y tendones tan tirantes como las cuerdas de un contrabajo. Unas manos anchas con dedos anchos que ocultaban las teclas. Un sexo siempre dispuesto. Una boca cruda con labios enormes. Unos ojos entre la ternura y la violencia. Fred. Fred era joven.

Fred empezó a secarse y no hubo nada que hacer. Daba igual gritar que llorar, llorar que golpear, golpear que suplicar. Empezó a secarse y no hubo nada que hacer.

Mary se aleja de la ventana y se sienta en el sillón que hay junto al armario. El armario guarda, bien planchadas, la blusa y la falda que llevará hoy. La falda ya la tenía y hace una semana que la blusa cuelga en la percha. La compró en una tienda de Sugar Hill y cree que le sienta bien. El rosa palo le favorece. La blusa tiene unas mangas que le tapan la carne que le cuelga de los brazos. Es muy ligera, la tela cae como si estuviera mojada. Marian le ha dicho que va a llevar un vestido amarillo, con escote y la espalda al aire. Ella no es tan atrevida. Sólo tres mujeres, tenemos que hacernos notar, le ha dicho Marian. Tú y Maxine y yo. Tres y ya está. Tres entre más de cincuenta músicos, había dicho Marian. Ella se había encogido de hombros. Ya, ya sabe.

Marian le ha dejado el libro de Billie. Está sobre la mesita. Casi todos lo han leído ya. Desde el año pasado no dejan de hablar del dichoso libro de Billie. Algunos se han enfadado mucho. Anoche, mientras el chico dormía, ella se había sentado en el sillón y había empezado a leerlo.

«Fui feliz un tiempo. No podía durar». Esa frase le lleva escociendo toda la mañana. La había leído una, dos, tres veces. «Fui feliz un tiempo. No podía durar». Después, la violación. La cuenta como cuenta las cosas Billie, con esa crudeza que tanto le gusta a Billie. A Mary le atrae y le repele esa crudeza y las cosas que cuenta Billie, las cosas que ninguna de ellas contaría jamás.

El chico tose un poco, pero no se mueve. La sábana le aprisiona los hombros. Es como el torso de una estatua. Su piel tiene el color del barro. Anoche brillaba de sudor, pero ahora tiene el color del barro.

Está empezando a encariñarse con él. No a encariñarse como una madre, así no.

Le gustaría que el chico la rodeara con sus brazos de barro, sentir sus costillas afiladas contra ella, las manos entre el pelo. Le mira y siente el cuerpo desnudo del chico en la cama. Sus piernas flacas sobre las sábanas húmedas del sudor de la noche, el peso de su cabeza sobre la almohada, su espalda contra la sábana tirante.

Aparta la vista, aparta el deseo, y mira el reloj. Sólo faltan dos horas.

Coge el libro, pero se arrepiente. No quiere leer más de Billie, no ahora. Dejará de pensar en el chico si toca un poco.

Sale de la habitación y entorna la puerta, por si él la llama. En el salón está el viejo Steinway que compró hace cuatro años, cuando volvió de Europa. Abre el cuadernillo por la partitura que está componiendo. Coge el lápiz y se lo mete en la boca. Es una manía que tiene. Le gusta el sabor a madera del lápiz, la punta fría del grafito sobre la lengua. Toca algunas notas y las apunta en el pentagrama. Lo piensa un poco. Tacha las últimas y escribe otras. Cierra los ojos y toca la partitura desde el principio. No está mal. La llamará Mary’s Waltz. Acaba de decidirlo, hace días que le da vueltas al título y será ese: Mary’s Waltz. A los de Storyville seguro que les gusta.

Qué bien le ha hecho volver a tocar. La música era la enfermedad pero también la medicina. Qué razón tenía Dizzy al empujarla a tocar el año pasado en Newport.

Todos se habían alegrado. Muchos estarían hoy allí. Dizzy, claro, y Basie y Mingus y Blakey y Young y Rollins, y tal vez Monk. Eso le había dicho Marian.

Marian había hablado con el chico de la revista Esquire. Un blanco llamado Art Kane al que no conoce nadie. Será divertido, pase lo que pase, le había dicho Marian, ven y después vamos a tomar algo al bar del Roosevelt, yo invito.

Mira el reloj. Queda una hora y cuarto.

El sitio en el que van a hacer la fotografía no está lejos, pero será mejor que se vaya preparando. En el 17 este de la 126, entre la Quinta y Madison. Una casa de vecinos con una larga escalera, como todas las del barrio. La había buscado la tarde del día anterior para no confundirse con la dirección. Al volver a casa, el chico estaba tirado sobre la cama, durmiendo, vestido. En el suelo de la cocina había dos vasos rotos. Ella había recogido los cristales y los había tirado a la basura. Después se había puesto el camisón y se había sentado en el sillón para leer el libro de Billie. Hasta que la había cazado el sueño. La escalera de esa casa es larga, se dice, pero si somos muchos no habrá sitio para todos. A lo mejor al final no somos tantos como dice Marian.

Entra en el dormitorio. El chico no se ha movido. Abre el armario. Coge el sujetador, la blusa, la falda y los zapatos, y sale. En el baño resiste el olor acre del vómito. Tendrá que fregarlo después, ahora no tiene tiempo. Se pone la falda y el sujetador y se peina. Se pone la blusa y se perfila las cejas con el lápiz marrón. Se pinta los labios. Todo lo hace sin mirarse apenas. Hace mucho que ha aprendido a hacerlo. El truco es éste: ver el pelo, ver las cejas, ver los labios. Ver cada cosa sin mirarse nunca a la cara ni a los ojos. Coge el cepillo y vuelve a pasárselo. Dormir en el sillón le ha hecho un remolino por detrás que se levanta como una ola a punto de romperse.

Un ruido llega desde el dormitorio. Espera que sea un zapato que cae, no una lámpara que cae, no un cuadro que cae o el jarrón de su madre o el joyero. El chico se ha despertado. Ahora ella está preparada y maquillada, no le importa que la vea.

Desde el salón ve la cama vacía. El chico está en el pequeño retrete del dormitorio. Oye cómo orina. El sonido desagradable de un chorro fuerte estalla contra la cerámica del váter. Ni siquiera ha cerrado la puerta. Ella se sienta en el taburete del piano, frente a la puerta entornada del dormitorio. Por la rendija ve al chico salir del baño, todavía desnudo. Se pone los pantalones y los zapatos.

Con la camisa sucia en la mano, el chico sale del dormitorio. Tiene una ligera costra blanca a los lados de la boca. Los ojos miran con cansancio.

—¿Cómo estás? —pregunta ella. Y le sonríe con la boca roja que acaba de pintarse. Es una boca nueva, recién hecha para esa sonrisa.

Él no contesta. Está luchando con la camisa. Se ha equivocado con el orden de los ojales y ha tenido que desabotonarla otra vez.

—¿Quieres que te haga un café y unos huevos revueltos?

—No —dice él.

Su voz es fría. Más que fría, es como si saliera de una caja que tuviera entre las manos. Como si esa voz fuera un objeto guardado en esa caja y la golpeara como una piedra o una cuchara de palo. Es una voz que no parece venir de una persona.

—¿Prefieres tostadas?

—No —vuelve a contestar. Por fin se abotona la camisa—. Oye, ¿tienes veinte dólares?

—Veinte dólares, ¿los tienes?

Mary abre su bolso. Coge la cartera y le da veinte dólares.

—Ya te los devolveré —dice él.

Abre la puerta y se va.

Ella siente el golpe de la puerta en el centro justo del corazón.

Él ve: unas escaleras que acaban en un rectángulo de luz que le acuchilla los ojos; un helado caído sobre la acera, la bola pegajosa deshaciéndose en una mancha rosa; un coche lujoso con una multa de aparcamiento en el limpiaparabrisas; un mexicano que abre su lavandería; un deli con las letras de neón encendidas.

Entra en el deli con los veinte dólares en la mano.

Ella ve: un helado caído sobre la acera, la bola pegajosa deshaciéndose en una mancha rosa; unos niños blancos que juegan con aros; un matrimonio vestido de luto; la mujer del mexicano de la lavandería con un cesto de ropa en cada brazo, que empuja la puerta con el pie para entrar.

No ve al chico en el deli, donde come un bocadillo y bebe una cerveza. Aunque lo viera, no lo miraría. Caminará hasta la 126 sin pararse. Al llegar, saludará a los compañeros y estirará los labios de su boca roja hasta que se haga daño.

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