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Un hombre de honor, de Paloma Sánchez-Garnica

Un hombre de honor, de Paloma Sánchez-Garnica

Nueva York, 1968. Mientras Estados Unidos se desgarra entre la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y una creciente tensión política, Nicole Donaldson sueña con abrirse camino como periodista en un mundo dominado por hombres. Cuando se enamora de Frank Bernstein, un policía judío de Harlem, cree haber encontrado por fin la libertad para decidir su propio destino. Pero enfrentarse a la poderosa familia Donaldson significará desafiar todo aquello en lo que ha sido educada.

A continuación reproducimos un fragmento de Un hombre de honor (Planeta), de Paloma Sánchez-Garnica.

*****

Enero de 1968

Central Park, Nueva York

Echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera. Había llegado a la cita con tiempo de sobra, consciente de que la puntualidad era una de las manías de Russell y no quería contrariarle. Llevaba unos minutos paseando por el sendero que rodeaba el lago de Central Park, observando la mansa superficie embalsada. En la otra orilla, por encima de las invernales copas de los árboles, se erigían las dos torres del edificio El Dorado, que parecían emerger del bloque de apartamentos. Era muy temprano y apenas se cruzaba con quienes daban una vuelta con sus perros y algún corredor que ejercitaba su cuerpo con el jogging, dejando escapar en cada aliento pequeñas vaharadas blanquecinas que se desvanecían en el aire a su paso. La tierra, endurecida por la escarcha, crujía bajo las suelas de sus recios zapatos de piel. El aire húmedo traspasaba la lana de su abrigo y atería sus miembros. Encogió los hombros y hundió el cuello en las solapas de astracán. No dejaba de darle vueltas a la intención de aquella cita después de tanto tiempo, pero intuía que no sería algo grato. Vio a Russell de lejos. Venía solo; caminaba rápido, con grandes zancadas, como si quisiera alcanzar una meta con cada una de ellas, las manos enguantadas y algo encorvado por el frío. Una abrigada bufanda le protegía la garganta. Le esperó sin moverse, mientras observaba su avance. Le sonrió en la distancia. Cuando llegó frente a él se midieron durante unos segundos. Las canas se entreveraban en su abundante pelo negro peinado hacia atrás, muy corto por la zona de la nuca, la sonrisa abierta y la incisiva mirada de sus ojos negros como el carbón. Russell se quitó el guante de la derecha y ambos se estrecharon las manos.

—Fabrizio, cuánto tiempo —le dijo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la familia?

—Bien, bien —respondió desconfiado.

—El Gordo te envía saludos.

—¿Qué tal está? —preguntó Fabrizio, cada vez más consciente de que no iba a ser una cita de cortesía.

—Como siempre, ya lo conoces, le sobran kilos y fuma como un carretero, pero sigue con la misma vitalidad que hace treinta años, y más desde que es jefe. Ahora tiene mucho poder, y yo mismo me he visto beneficiado: controlo los clubes, las loterías, las apuestas de Nueva Jersey y las descargas de los muelles.

—Te van bien las cosas, entonces.

—No me quejo —dijo Russell petulante—. La heroína nos está haciendo ricos.

—Al final te metiste en ese sucio negocio. —No pudo evitar el reproche.

—Es el gran negocio, no imaginas el dineral que se gana. Las apuestas ya no dan lo de antes. Los sindicatos están llenos de federales. Pero la heroína…, eso es dinero fácil, rápido y en abundancia.

—Un gran negocio de mierda que envenena barrios enteros. Las apuestas, los bares, las putas, incluso los préstamos son cosas de adultos que saben en qué se meten, pero la droga… —Fabrizio negó con la cabeza—. Nunca entenderé a los que comerciáis con ese veneno. Ganas mucho a costa de destruirlo todo.

—A mí me da igual si se viene abajo o se queda en pie; ahora la gente quiere colocarse. Si no lo hacemos nosotros, lo harán otros, y se enriquecerán otros, y serán otros los que tengan el control. Es la ley de la selva, Fabrizio. Bien lo sabes tú.

—Sigo pensando que no es lo mismo. Cuando un tipo pierde dinero en el póquer, vuelve a casa con vergüenza. Cuando se engancha a la heroína, termina muerto en una escalera. —Hizo un gesto de hastío. Chasqueó la lengua y trató de zanjar el asunto—. De todas formas, no pretendo convencerte, tú sabrás lo que haces. El riesgo es grande… Si te pillan, son muchos años de cárcel.

—Todo en la vida conlleva riesgo —replicó Russell, inmune a las críticas. Guardaron unos segundos de silencio, midiéndose esquivos.

—No creo que me hayas llamado para convencerme de entrar en el negocio —dijo al fin Fabrizio en tono irónico. Russell le agarró del brazo y avanzaron lentamente, sin rumbo.

—Tienes razón, Fabrizio, no estamos aquí por eso. Hay un asunto muy delicado para el que necesitamos a alguien de absoluta confianza, alguien que no falle.

—¿Quién lo necesita exactamente? Russell habló con firmeza.

—La Comisión está de acuerdo, pero no solo ellos, hay gente muy interesada en esta acción, gente muy poderosa. Fabrizio asintió con un movimiento de cabeza.

—Tú dirás —agregó prudente, a la espera del hachazo.

—Se trata de ese malnacido irlandés… Ha vuelto a sacar los pies del tiesto y se está convirtiendo en un problema.

—No creo que llegue a conseguir nada importante, sus adversarios son muy fuertes.

—No podemos arriesgarnos, Fabrizio, fíjate en lo que le ha hecho a Hoffa. Lo persiguió como un perro rabioso hasta enchiquerarlo… ¡Al mismísimo Jimmy Hoffa! — clamó alzando las manos y la cara hacia el cielo. Soltó el aire como un bufido—. Si ese cabrón llegase a la cumbre, nos hundiría definitivamente a todos, incluso podría poner patas arriba el asunto del hermano. No vamos a consentirlo. —Hizo una pausa antes de pronunciar el dictamen definitivo—. Necesitamos que alguien se encargue de esa sabandija. Fabrizio ladeó la cabeza y alzó las cejas, a la espera de que continuase, pero Russell le sostuvo la mirada en silencio.

—¿Pretendéis algo definitivo?

—El promotor ha sido el Gordo. Ha sido él quien ha pensado en ti como el hombre idóneo para encargarse de este asunto. —Lo observó como si aquello fuera un honor para el aludido y aguardase una reacción de gratitud por su parte. Al notar la mirada fría de Fabrizio, siguió hablando—: Si se llegase a remover el asunto del hermano, podría afectarle directamente. Ya sabes lo prevenido que es para todo, prefiere adelantarse, por si acaso.

—Entiendo —masculló abstraído. Russell le dedicó una media sonrisa.

—Siempre es mejor acabar con el problema de raíz. Fabrizio lo valoró durante demasiado rato a criterio de Russell.

—¿Lo harás? —presionó.

—¿Tengo alguna otra opción? —le espetó con sarcasmo.

—No —sentenció Russell con gravedad—, lo cierto es que no la tienes. Fabrizio tragó saliva y cedió, sin más remedio. Forzó una mueca que quería ser una sonrisa.

—Necesitaré tiempo… —susurró mesurado.

—Cuándo o cómo lo hagas es asunto tuyo. Caminaron callados unos pasos más. Russell se detuvo de nuevo, echó un rápido vistazo a los lados, como si buscase algo o a alguien. Fijó los ojos en su amigo.

—El Gordo Farelli ha insistido en que te diga que tendrás a tu disposición todo lo que necesites. —El tono de Russell se tornó firme, resuelto, dominante—. Pide lo que quieras, lo que sea que precises se te proporcionará, ¿de acuerdo? Fabrizio asintió con un movimiento de cabeza, el gesto serio.

—Se lo dije al jefe —añadió el otro, satisfecho por la gestión—, si alguien puede conseguir que ese «bobito» sea un festín para los gusanos, ese es Fabrizio. —Sonrió—. Ten mucho cuidado, ese hijo de puta ya ha causado mucho daño, no me gustaría que esto te perjudicase a ti también…

—No te preocupes. Te mantendré informado. Russell le estrechó la mano entre las suyas con un fuerte apretón. Se despidió y echó a andar en la misma dirección por la que había venido. Fabrizio se quedó observando cómo se alejaba, pensativo, agriado el estómago por la contención, para evitar que se desatara la bilis que bullía dentro. Cuando la figura de Russell desapareció de su vista, pensó en la labor que se le había encomendado y que no podía rehuir. No le agradaba, tampoco se paraba a pensarlo, eran las reglas, y él las había aceptado; se hacía lo que se tenía que hacer, sin pensar en nada más, sin valorar o juzgar si estaba bien o mal. Luca «el Gordo» Farelli le había dicho treinta años atrás: «Algún día, aunque puede que ese día nunca llegue, reclamaré la compensación por haberte dejado con vida». Supo que el momento había llegado, consciente de que una vez dentro de la mafia resultaba imposible salir del todo.

I

—Tengo que irme… —susurró entregada. Se separó unos centímetros y miró sus labios carnosos, los ojos aún cerrados, absorto en el sabor del interminable beso. Sonrió y le agarró de las mejillas con las dos manos; solo entonces, él abrió los párpados y le devolvió la sonrisa.

—Frank… —musitó Nicole—, debería marcharme.

—No quiero que te vayas.

—Es el cumpleaños de mi padre. Cree que estoy durmiendo plácidamente en mi habitación. Le daría un infarto si supiera que he pasado la noche en brazos de un hombre…

—le miró de arriba abajo y acarició sus hombros como si le estuviera calibrando—, un hombre alto, guapo, inteligente… Frank elevó las cejas con una impostada vanidad.

—¿Algún defecto?

—Alguno hay… —le dijo con una expresión pícara—. Pero no me importa. Se volvió hacia el espejo y se acercó para retocarse con el pintalabios.

—¿A qué hora sale tu vuelo mañana? —preguntó Frank, sin dejar de observarla mientras se arreglaba.

—A las ocho.

—Puedo llevarte al aeropuerto.

—No te preocupes, tomaré un taxi. El jueves estaré de vuelta. Si quieres, podríamos ir el sábado al Biltmore, a ver el musical Hair. Me han dicho que está muy bien y me apetece mucho.

—La crítica lo considera un espectáculo escandaloso, obsceno y antipatriótico que falta al respeto a la patria y la bandera. —Frank hablaba con un marcado tono de ironía.

—Y que ha convertido a Broadway en un circo inmoral de propaganda radical, que promueve el sexo y las drogas, glorifica las conductas desviadas y corrompe a la juventud. Todo eso lo dijo mi padre el otro día —se sumó ella divertida.

—No sé qué opinaría tu padre si te llevase a semejante espectáculo.

—Yo no se lo pienso decir. Solo entonces, Frank se acercó al perchero en el que estaba su chaqueta. Introdujo la mano en el bolsillo interior, sacó entre los dedos dos entradas y se las mostró. Ella tardó unos segundos en reaccionar.

—¡No me digas! Pero ¿cómo sabías que yo…?

—Te observo. —La agarró por la cintura—. Me gusta hacerlo. Puedo leer tus pensamientos.

—Eres un cielo —susurró agradecida. Le devolvió las entradas, se giró hacia el espejo y se colocó el pelo. Frank se fijó en el ejemplar del Times que estaba sobre la cómoda. El titular de portada rezaba: «Continúan los combates en torno a Saigón mientras fuerzas de EE. UU. y Vietnam del Sur repelen nueva ola de ataques». Y el subtítulo continuaba: «Las fuerzas enemigas reanudan la ofensiva; se confirman víctimas civiles en medio de intensos bombardeos». Lo firmaba Harold Becker.

—Debería figurar tu nombre. —Señalaba la página impresa—. Todo el trabajo lo has hecho tú: la investigación, la recopilación de datos, fuiste tú quien logró las declaraciones de ese oficial del Estado Mayor en Washington… —Agitó el periódico indignado—. Ese Becker ni siquiera se dignó a escribir el artículo.

—No puedo firmarlo, no soy reportera.

—No es justo que no puedas firmar lo que has escrito tú.

—Solo soy la investigadora de Becker —dijo ella con orgullo señalando el diario—. Él lo corrigió y reconoció que había hecho un gran trabajo. Además, en la redacción saben que lo escribí yo, y que la mayor parte de la investigación ha sido mía; con eso y con saber que tú lo sabes, me basta y me sobra. —Le besó suavemente, como para sellar un asunto que la incomodaba más de lo que quería reconocer—. Ahora tengo que centrarme en conseguir alguna declaración en firme del senador Kennedy sobre la guerra de Vietnam. Desde la ofensiva del Tet las cosas están muy alteradas, el presidente Johnson ya no puede engañar a la población sobre la marcha de la guerra. Frank alzó el periódico en el aire como para mostrarlo.

—Resulta evidente que la estamos perdiendo.

—Cierto, y en lugar de sacar a nuestros chicos de aquel infierno, cada vez envían más soldados. A diario conozco a alguien que tiene un hermano, un hijo, un novio o un amigo que ha sido reclutado. No dejan de llegar féretros cubiertos con la bandera de las barras y estrellas. Es una guerra sin sentido.

—¿Votarías a Kennedy en noviembre en el caso de que salga elegido candidato?

—Por supuesto —respondió convencida—. Se está posicionando por los derechos civiles, y se declara contrario a la guerra.

—¿Y tú le crees? —replicó Frank, incrédulo—. Hasta el último momento ha estado del lado del presidente Johnson defendiendo a capa y espada la continuación en Vietnam. Kennedy cambia de opinión porque le interesa, no creo que sea por convicción. El único que ha desafiado la política de Johnson ha sido Eugene McCarthy; su posición es muy clara: fin inmediato de la guerra y retirada de las tropas de Vietnam, por eso tiene el apoyo de los jóvenes y los antibelicistas. Nicole negó con expresión reflexiva.

—Eugene McCarthy carece de apoyos suficientes, no tiene carisma, resulta distante. Bobby Kennedy posee algo atrayente… —Hablaba mientras recogía sus cosas y las metía en su bolso—. Día a día crece su popularidad. Se está ganando a la gente por su cercanía y su compromiso con los más desfavorecidos.

—Perdió en Oregón. Va a tener difícil llegar a ser candidato a la presidencia.

—Veremos qué pasa estos días en California. —Cogió el periódico que Frank tenía en las manos, lo arrojó a un lado y le envolvió el cuello con los brazos—. Estoy terminando un artículo sobre las investigaciones del fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison. Sus conclusiones sobre el asesinato del presidente Kennedy están levantando mucho revuelo, le están atacando por todos los flancos. Aunque creo que no va mal encaminado en su teoría de que la Comisión Warren fue una farsa.

—¿Piensas que Oswald no actuó solo?

—¿Lo crees tú? —preguntó mirándole con irónica intensidad. Frank lo sopesó unos segundos antes de contestar.

—Esperaré a que escribas ese artículo —le dijo sonriente—, luego podré contestarte con más propiedad. Ella arrugó el ceño, reflexiva.

—Si te soy sincera, estoy empezando a pensar que no fue Oswald quien disparó a JFK.

—Hay cosas que este país no puede asimilar, y una de ellas es la conspiración del magnicidio en Dallas. La gente necesita hechos a los que aferrarse, por eso se conforma con la versión oficial: Oswald disparó a la cabeza del presidente, él solito y sin ninguna ayuda. Pensar en otra versión resulta inquietante y provoca temor e incertidumbre, algo que la sociedad no está dispuesta a soportar; y lo peor de todo es que los que tienen en sus manos la verdad lo saben… Y actúan en consecuencia.

—Tal vez tengas razón, pero soy periodista, me siento periodista —puntualizó Nicole—, y se supone que un periodista debe sacar a la luz aquellas cosas que otros pretenden ocultar, cuando está en juego el interés público. —Dejó escapar un largo suspiro y esbozó una sonrisa inquieta—. Sería fantástico si consiguiera alguna declaración del senador Kennedy sobre las actividades del fiscal Garrison; es muy posible que si llega a la Casa Blanca pretenda abrir otra investigación referente al asesinato de su hermano. ¿Te imaginas? —preguntó satisfecha—. Este viaje a Los Ángeles puede ser mi oportunidad; Becker ha confiado en mí, espero no defraudarlo. Frank buscó sus ojos.

—Eres muy buena periodista, Nicole, no dejes que nadie se aproveche de tu trabajo.

—Lo tendré en cuenta, mi caballero andante —le susurró antes de besarle dulcemente; luego, con un dedo, limpió de sus labios los restos de carmín que le había dejado. Risueña, Nicole cogió el bolso y echó un último vistazo al espejo. Abrió la puerta y se dispuso a salir.

—Espera… —Él se acercó a la cómoda, abrió un cajón y sacó un paquete envuelto en papel de regalo—. Esto es para que te acuerdes de mí en el viaje.

—No pienso olvidarte ni un segundo. Nicole cogió el paquete y lo palpó.

—¿Es un libro?

—Y con dedicatoria del autor. Frank sonrió sin dejar de mirarla mientras ella acariciaba su mejilla.

—Ten mucho cuidado ahí fuera —se despidió Nicole. Bajó las escaleras a toda prisa, salió a la calle y se subió al taxi que aguardaba aparcado frente al portal. Se acomodó en el interior y dijo con voz firme:

—Al 1035 de la Quinta, rápido. Había conocido a Frank hacía apenas unas semanas, en la que podría considerar la peor noche de su vida. Ella salía con Brooks Sheridan, un joven que lo tenía todo para triunfar en la vida: guapo, encantador, rico, graduado en Harvard, y acababan de contratarle en Langford Chasse & Moore LLP, uno de los bufetes más importantes de Manhattan; sin duda, un gran partido para cualquier chica que ambicionase una vida acomodada. Eran novios desde siempre, aunque no sabría decir cuándo exactamente había empezado su relación. Se conocían desde niños; sus padres eran, además de amigos, socios en varios negocios, sobre todo desde que, diez años atrás, Douglas Sheridan se convirtió en congresista por el estado de Nueva York con el Partido Republicano. A lo largo de los años, las dos familias habían mantenido un estrecho contacto; los Donaldson habían pasado temporadas en la preciosa casa que los Sheridan tenían en los Hamptons, y Nicole y Brooks habían compartido juegos y adolescencia. Todo el mundo coincidía en que aquella atractiva pareja estaba hecha el uno para el otro, una grata realidad que ambas familias aceptaban complacidas y que Nicole y Brooks asumían como algo natural e indiscutible. Nunca antes se había planteado Nicole la conveniencia o no de aquel eterno noviazgo; le agradaba estar con Brooks, era divertido, inteligente; creía estar enamorada de él, convencida de que sería el hombre con el que pasaría el resto de su vida. Era cierto que, desde que había comenzado a trabajar en el periódico, la actitud de Brooks hacia ella se había enrarecido. Al igual que su padre, no entendía ni acababa de aprobar que Nicole trabajase, y menos aún en un entorno en el que primaban los hombres. Ella lo achacaba a los celos naturales de un hombre enamorado y procuraba sobrellevar una situación tan incómoda como imprevisible, a veces incluso brusca. La pareja solía salir a cenar, los fines de semana jugaban al tenis en el River Club, quedaban con otros amigos, se divertían. Aunque a los ojos de todos eran novios, aún no estaban formalmente comprometidos, un compromiso que el padre de Nicole deseaba, incluso más que la propia Nicole. Pero Brooks no parecía tener prisa en dar el paso definitivo al matrimonio, más pendiente de disfrutar de los placeres del presente, incapaz de pensar en el futuro. El problema era que su concepto del disfrute estaba demasiado vinculado al alcohol y a las drogas, en particular a la cocaína y el LSD. A Nicole no le molestaban estas adicciones, habituales en los ambientes en que la pareja solía moverse. Ella había fumado marihuana, pero no le entusiasmó la experiencia, así que evitaba las drogas. La noche que conoció a Frank, Nicole había quedado con Brooks y unos amigos para cenar en el Delmonico’s, en el Lower Manhattan. Tardó más de lo previsto en salir de la redacción porque en el último momento, Becker, su reportero, le encargó buscar documentación sobre un artículo que estaban preparando. Brooks permanecía a la espera frente a la entrada del edificio del New York Times, en el 229 de la calle Cuarenta y tres Oeste, apoyado en el capó de su flamante Jaguar E-Type de color dorado; su rostro lo decía todo, estaba hecho una furia. Cuando la vio salir, arrojó el cigarro al asfalto y se incorporó. Nicole trató de disculparse, pero él la agarró del brazo, abrió la puerta del

coche y, con brusquedad, la empujó al interior. Luego se puso al volante y aceleró sin decir nada. Estaba tenso y eso incomodaba a Nicole.

—Te he dicho que lo siento…

—¡Cállate! —Frenó en seco ante un semáforo en rojo—. No quiero oír ni una sola palabra. Consternada por las malas formas, Nicole tragó saliva. Había empezado a caer una fina lluvia y se quedó observando el movimiento oscilante del limpiaparabrisas. Se dio cuenta de que no iban en dirección sur, sino hacia el norte.

—¿No íbamos al Delmonico’s?

—Antes tengo que recoger una cosa —respondió algo más sereno. Al cabo de un rato, cuando Nicole fue consciente de que estaban entrando en las calles más peligrosas de Harlem, ya no pudo seguir callada.

—¿Se puede saber qué hacemos aquí a estas horas y con este coche?

—Si no me hubieras hecho esperar más de una hora ya estaríamos de vuelta y disfrutando de la cena.

—Estaba trabajando, tú también me haces esperar muchas veces, y nunca me quejo, comprendo que tienes cosas que hacer.

—Lo mío es trabajo, lo tuyo es un entretenimiento inútil salvo para los hombres de la redacción, a los que alegras la vista cada día mostrando tus encantos. —El tono de desprecio la molestó tanto como las palabras.

—Eso es una estupidez —acertó a replicar.

—No entiendo el empeño que tenéis las mujeres en trabajar en puestos que no son para vosotras. Estáis hechas para traer hijos al mundo, criarlos, cuidar de la familia. Es tan fácil como eso… Nicole le dedicó una mueca disgustada. Iba a decir algo, pero Brooks se había detenido delante de una cafetería y ya no le prestaba atención.

—Espérame aquí —le ordenó mientras salía. La lluvia arreciaba en ese momento, Brooks cruzó la calle corriendo y entró en el local. Nicole podía verlo a través de la cristalera, tras el nombre de la cafetería pintado con grandes letras rojas de trazos sinuosos. Habló con el tipo que estaba detrás del mostrador, quien le hizo una indicación hacia el fondo del local. Brooks desapareció de la vista de Nicole, cada vez más nublada con la cortina de agua que se deslizaba por el cristal del parabrisas. La calle parecía desierta, ni tráfico ni transeúntes, tampoco en el interior del local se apreciaba ningún cliente. Nicole echó un vistazo a su reloj: eran las nueve y media. Con el sonido de la lluvia contra la carrocería, encendió la radio y buscó algo de música. Estaba centrada en el dial cuando unos golpes en su ventanilla la sobresaltaron. Al otro lado del cristal atisbó la cara de un chico que la escrutaba con una sonrisa estúpida. Junto a él, otra media docena de chavales cubiertos con capuchas y gorros se arremolinaban alrededor del precioso Jaguar dorado sin importarles la lluvia que los empapaba.

—Bonito coche, nena —le dijo el chico alzando la voz. Nicole reparó en que le faltaban varios dientes. Su aspecto a través del cristal era siniestro. El chico hizo un intento de abrir la puerta, pero había tenido la precaución de echar el seguro. El otro insistió.

—¿Podrías abrirme para verlo mejor? Ella no respondió. Llevó los ojos al local anhelando que Brooks apareciera y salir de allí pitando; sin rastro de él, cada vez resultaba más incómodo tener a esos chicos rodeando el coche, cada vez más envalentonados, como espectros amenazantes acechando bajo la lluvia; hablaban y reían entre sí mientras ella permanecía con la cabeza gacha, fingiendo que buscaba alguna emisora de música; le temblaba la mano y el corazón

le latía con fuerza por el miedo. De pronto, un golpe seco hizo estallar en mil pedazos la ventanilla del conductor. Nicole chilló y se cubrió la cabeza con los brazos. La puerta se abrió y uno de los chicos se sentó a su lado después de apartar los vidrios rotos del asiento con la barra de hierro utilizada para romper el cristal. Nicole reaccionó al pánico, abrió la suya y salió del coche; atemorizada y aturdida, trató de abrirse camino entre las risas, las voces y mofas del grupo que la acosaba a cada paso. A base de empujones consiguió librarse de ellos, más pendientes del Jaguar que de ella, cruzó la calle y entró en el café justo en el momento en el que Brooks salía por una puerta de la parte de atrás del local, acompañado de un hombre mayor.

—¡Brooks, el coche! —gritó con la alarma plasmada en el rostro. Él se lanzó a la calle como una exhalación apartando a Nicole con brusquedad cuando intentó detenerlo; temía que le hicieran daño si se enfrentaba a ellos, eran muchos contra uno solo.

—Espera, no vayas… Llama a la policía… Pero él ya estaba fuera, dispuesto a encararse con aquellos chicos que entraban y salían de su preciado Jaguar como si fuese de una atracción de feria. Nicole se volvió hacia el que estaba al otro lado de la barra y gritó aterrorizada.

—¡Llame a la policía! ¡Lo van a matar! Cuando vio al camarero descolgar el teléfono, salió a la calle. Brooks se encontraba dando empujones a los que rodeaban su magnífico coche, como si espantara a moscas alrededor de un panal de miel, increpándolos con toda clase de insultos. Nicole se desgañitaba bajo la lluvia con el miedo metido en el cuerpo.

—¡Brooks, déjalo, por favor, Brooks! ¡La policía está en camino! ¡Brooooooks! Pero él no la escuchaba, estaba fuera de sí, daba puñetazos a diestro y siniestro. En un primer momento, parecía sostener la batalla; era alto y fuerte, pero ellos eran muchos. Uno de los chicos lo cogió por detrás, otro aprovechó y le dio con el puño en el estómago, lo que le hizo inclinarse, de un empujón lo derribaron y cayó de bruces al suelo. Entonces el grupo en pleno lo rodeó y comenzó a propinarle patadas y golpes por todo el cuerpo. Nicole, horrorizada, vio cómo el chico que se había colado en el coche alzaba la barra de hierro contra su novio.

—¡Noooooo! —chilló dando unos pasos hacia la pelea, pero sin acercarse demasiado. Tenía tanto miedo que le temblaban las piernas. La lluvia se mezclaba con el llanto en su cara. Les reclamó histérica—: ¡Dejadle, por favor, dejadlo yaaa! Solo cuando se oyó a lo lejos la sirena de un coche patrulla, cesaron de golpearlo, avisándose unos a otros para esfumarse antes de que la policía llegase. Nicole vio con desesperación que uno de los chicos se llevaba su abrigo y su bolso. Todos salieron corriendo menos uno, que se volvió hacia el cuerpo tendido de Brooks e impulsó la pierna con la idea de darle la última patada, pero Brooks le agarró del tobillo, trastabilló y cayó junto a él. Los demás ya huían calle abajo. La pelea quedó entre los dos, aunque Brooks, encolerizado y rabioso, consiguió ponerse a horcajadas sobre el otro y empezó a darle puñetazos en la cara y en el pecho, esquivando los brazos de su contrincante, que trataba de protegerse gritando y pidiendo ayuda. Justo entonces, el coche patrulla apareció y se detuvo a su lado. Dos policías salieron del coche y se abalanzaron sobre Brooks para apartarlo de su víctima.

—Ya basta, lo vas a matar —le reclamaba uno de ellos, sujetándolo con fuerza. Mientras los dos agentes procuraban controlar la furia desatada de Brooks, el chico aprovechó, se levantó y salió corriendo a tal velocidad que apenas les dio tiempo a reaccionar.

—Déjalo —dijo uno de los policías—, sé quién es y dónde encontrarlo.

La tormenta comenzaba a remitir cuando Brooks recuperó algo la compostura. La sangre le manaba de una herida en la comisura de los labios y le dolía el costado. Tenía un aspecto lamentable. Su exclusivo traje gris marengo, la camisa blanca impoluta y la elegante corbata de seda habían quedado hechos un desastre, con algún que otro roto y manchados por la suciedad del asfalto. El policía se dirigió a ellos.

—¿Se puede saber qué se os ha perdido por este barrio?

—¿Y a ti qué coño te importa? —replicó Brooks, arrogante—. ¿Eso es lo único que te preocupa? Mira lo que le han hecho a mi coche esos hijos de puta. —Se repasó la ropa manchada y murmuró desolado—. Maldita sea… Mi traje nuevo… Cabrones… Estaba furioso, no tanto por los golpes recibidos como por los daños en el Jaguar. Además del cristal de la ventanilla, habían rayado toda la carrocería y habían roto los retrovisores, y el capó estaba abollado de un fuerte golpe. Su actitud enfadó a uno de los policías, que, sin mediar palabra, le agarró del brazo, se lo retorció y le obligó a poner las manos contra el coche. Brooks se removió y empezó a echar pestes por la boca contra el agente.

—Será mejor que mantengas la boca cerrada, listillo —le instó el policía—, si no quieres complicarte aún más.

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Autor: Paloma Sánchez-Garnica. Título: Un hombre de honor. Editorial: Planeta. Venta: Todostuslibros.

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