Lejos ha quedado la idealización de la vida rural de las Bucólicas y las Geórgicas de Virgilio. La vida en el campo es hoy en la literatura y en el cine un territorio de tensión entre la tradición y la modernidad, de vínculos fuertes a la vez que asfixiantes, donde pasado y presente conviven en un aparente paréntesis temporal contradictorio, aunque, no pocas veces, sigue presentándose desde un cierto neorromanticismo, ese locus amoenus que ya no es. Este poemario, Mi mamá sabe lo que pasa en las ciudades (La Tortuga Búlgara, 2025), traducido por Miguel Roán, de la poeta serbia Radmila Petrović, desarticula esa mitificación desde dentro.
«luego llegó la primavera
a nuestro pueblo, no a Wall Streety no hubo recesión alguna
que impidiera
que celebráramos ÐurđevdanLos cochinillos estaban crujientes
comíamos y pensábamos
qué cruel es el capitalismo ese »
La antítesis sobre la que se articula el libro no se limita a contraponer el pasado socialista y el capitalismo contemporáneo; establece, además, una tensión entre lo histórico-colectivo y lo íntimo-particular: “Soy serbia, pero a Kosovo no lo tengo en el corazón, sino a ti”, convirtiendo a Mi mamá sabe lo que pasa en las ciudades en un espléndido testimonio vital de una generación.
La ruralidad sitúa la narrativa biográfica del libro, intensificada por una casi ausencia de puntuación y por los encabalgamientos, evocando una antigua epopeya, la cual aúna y da coherencia a las partes en el conjunto, además de las referencias internas como, por ejemplo, la corza herida:
«Los ecos del bosque
la verdad es que una vez
salvé una corza de las escopetas de caza
y que después mi papá, por accidente
mató a su cervatillo¿acaso los padres no hacen eso a menudo
con sus hijas?»
Este entorno rural está asociado a una autoridad jerárquica patriarcal de padre y abuelo, cuya ambivalencia es tan sincera como visceral. Asimismo, activa una genealogía femenina —madre, abuela, tías— que, aunque atravesada por la violencia, articula una conciencia histórica del sufrimiento. Ésta, simbólica —como enterrar tenedores en el maizal— y física, si bien se manifiesta tanto en el ámbito rural como en el urbano, en el campo adopta formas más visibles, estructurales y opresivas. De este modo, aísla a la voz narradora y constituye uno de sus ejes temáticos centrales:
«siento las almas de las ancestras
que perecieron a manos de los hombres
(…)
no aceptes ser de nadie
¡salid de mis poemas!
y vosotras también queríais sólo hijos varones
que luego os romperían la cabezaabuelas, no aprendisteis del sufrimiento
todo fue en vano»
En este sentido, la educación de la voz poética se revela como un dispositivo normativo destinado a fijar una identidad femenina que ella no reconoce como propia. No obstante, no se siente una niña, y reivindica una educación igualitaria, una anomalía en el sistema. De una manera constante y consciente ahonda en una ambigüedad sobre el género de la voz, convirtiéndose en estrategia poética: una oscilación deliberada que sitúa al lector en el umbral de la duda. Este ha sido uno de los aspectos que ha convertido a Radmila Petrović en un referente de la poesía queer, porque Mi mamá sabe lo que pasa en las ciudades cuestiona las normas de género y los relatos identitarios de género cerrados que en el entorno rural se vuelven cruelmente hostiles:
«Y yo sigo siendo una chica
es lo que hay
¡una chica de nacimiento!
No demasiado femenina»
Así va desbrozando un camino; con un tractor y una navaja, resquebraja la identidad impuesta por su sexo para ser quien quiere ser:
«papá, en esta hija tienes un poco de hijo
al que tanto deseaste (…)
papá, en esta hija tienes un poco de niño
que no ha nacido
se ha salvado una mujer
de sangre masculina por la que nadan barras de hierro»
O en el poema “Compraban juguetes para un hijo”. Sólo en la ciudad, enviada por sus padres a estudiar, y a través del amor y la poesía, lejos del campo, ella puede ser:
«no te alegres
no estoy pensando en tisolo compruebo
si la poesía
me sigue emocionando»
Desde una estética de la desnudez expresiva y un anti-retoricismo deliberado, no exento de inteligente ironía y afilados finales, metáforas contenidas e imágenes concretas sustentadas en lo cotidiano, que otorgan verosimilitud al relato poético y traducidas con acierto por Miguel Roán, expone e incomoda Radmila Petrović en Mi mamá sabe lo que pasa en las ciudades una experiencia individual que se reconoce como generacional y colectiva. La honestidad expresiva del libro sostiene una crítica que trasciende los motivos arquetípicos como la infancia o la memoria, incluso locales, el nacionalismo y la mitología patriótica. El posicionamiento y el compromiso poético-ideológico ante temas sociales de esta autora no embellece ni empequeñece ni ensilencia lo que duele. Este poemario viene a ofrendarnos la literatura actual de un país que se reconstruye sobre una historia aún doliente y sitúa la experiencia postyugoslava en diálogo con las tensiones identitarias globales, demostrando que lo nacional puede adquirir una resonancia universal sin perder su textura histórica.
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Autora: Radmila Petrović. Título: Mi mamá sabe lo que pasa en las ciudades. Traducción: Miguel Roán. Editorial: La tortuga búlgara. Venta: Todos tus libros.


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