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Una desamparada hermosura

Una desamparada hermosura

“La alegría de vivir, / pasar de todo porque todo / y desde siempre, ha sido / eso, la Historia, la que sufrías pero luego / olvidabas en la cama / con una mujer hermosa, ante una comida / sabrosa, el santo vino… / los placeres del alma”.

Solo estos versos, escogidos casi por fuerza del azar, demuestran que Álvarez sigue siendo Álvarez, ese poeta casi ya sin rastro de novísimo que continúa cantando a la belleza de la Civilización mientras contempla cómo la Civilización misma se desmorona. Una desamparada hermosura (Renacimiento, 2018), el último poemario de José María Álvarez, continúa la senda que el poeta iniciara en la fase creativa posterior al ‘cierre’ de su Museo de Cera, con la aparición, en 2006, de Sobre la delicadeza de gusto y pasión.

"Álvarez suena cada vez mejor, cada vez más rotundo, cada vez más sublime"

En estas últimas entregas, el poeta se mantiene abrazado a sus obsesiones, pero desde ese yo poético exiliado, elegíaco en ocasiones, hedonista y capaz de apreciar la bondad de un mundo no apto para todos aquellos con los que comparte su existencia. Grandes maestros con los que una y otra vez dialoga —Horacio, Eliot, Montaigne, Li po, Shakespeare, Virgilio…—; las ciudades en las que todavía se esconde esa Grandeza que buscan, encendidos, sus ojos; el milagro natural de la luna, la mar; el salvaje instinto que nos nace ante el olor del sexo, la virtud del suicidio… No hay nada que el cartagenero no haya abordado antes y de otras mil maneras desde que en 1974 sentara la bases de su museo en 87 poemas y, sin embargo, Álvarez suena cada vez mejor, cada vez más rotundo, cada vez más sublime:

IPSE RATEM CONTO SUBIGIT VELISQUE MINISTRAT

(TESOROS DE LA NIÑEZ…)

Era el Mundo. Todo cuanto podía

ser el Mundo.

Aquellos jardines que brillaban bajo una Luna misteriosa,

fondos marinos con plantas y animales fabulosos

y hombres enfundados en escafandras inverosímiles,

paisajes con palmeras que eran el Oriente,

un sol de fuego sobre playas remotísimas.

Aquella luz que iluminaba por detrás los decorados

creando una realidad, la que siempre me ha importado,

más real que cuanto pudiera verse fuera.

Cuántas horas tumbado en aquella alfombra

mágica del salón de mi abuela,

ante aquel teatro de cartón,

contemplando absorto la maravilla, dejándola

apoderarse de mi alma y sus anhelos…

Seguramente, si soy algo,

se lo debo a esas horas.

"Nos queda su poesía, antes de caer en las congeladas aguas del absurdo"

Álvarez habla claro sobre aquello que ha supuesto un apostolado en su vida, no guarda reparos a la hora de enfrentarse a la dictadura de lo políticamente correcto y advierte de que este mundo, su Hermosura, es solo para aquellos osados que se atreven a sacrificar —porque él lo ha hecho— un estatus por rozar por unos instantes la Belleza.

Que el poeta continúe regalando a los lectores estos anhelados oasis ante la mediocridad, la banalidad y el odio hacia lo magnífico que actualmente impera es equiparable a la entrega vital de un mesías; él, que se inmola por todos nosotros, es uno de los pocos salvavidas a los que auparse en este Titanic que se encamina, sin freno y ante la necedad de la tripulación, al beso lacerante del iceberg. Nos queda su poesía, antes de caer en las congeladas aguas del absurdo.

PELLENTESQUE HABITANT MORBI TRISTIQUE SENECTUS,

(DIOSES DE VERDAD) 

¿Acaso cuando le hablas a los vientos

o a la Luna

o al mar, y miras con respeto

los árboles sagrados

o las estrellada noche

 

no estás invocando a los únicos Dioses

que pueden responderte?

TERRIBILES VISU FORMAE; LETUMQUE LABOSQUE;

(¡JODER!) 

Hay días

como la respiración bajo la capucha

de los últimos minutos de un ahorcado hay

días

llenos de animales helados

desesperados afilándose

contra tu alma

que escupen en tu memoria

riéndose con aullidos como los recuerdas

de tu niñez en la matanza de los cerdos

y las últimas esperanzas tus sueños

… aquellas moscas que morían

en las tiras pegajosas que colgaban de los techos

y entonces sólo ves ojos vidriosos sólo

hueles la sangre bebes hiel

el resplandor de los suicidas

y da igual que huyas

porque la puerta no se abre la atrancan fuera

y también tras de ella hay sangre seca

y las paredes son arañazos desquiciados

y todo es ya un traje –¿tú? –

ahí colgado

y entonces lo ves

¡lo ves!

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Autor: José María Álvarez. Título: Una desamparada hermosura. Editorial: Renacimiento. Venta: Amazon