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Una ficción que enmienda el relato al uso de la Gran Armada

Una ficción que enmienda el relato al uso de la Gran Armada

Uno de los problemas con los que ha de lidiar el autor de una novela histórica es que, por lo general, el lector ya sabe el final del asunto. Sin embargo, el de la Armada Invencible no es como nos lo han contado los sempiternos cronistas ingleses de la Historia de España. Para empezar, el término Armada Invencible fue acuñado por la historiografía inglesa del siglo XVI, con mucha sorna. Y los no menos frecuentes derrotistas autóctonos, siempre prestos a creer a cualquier foráneo que injurie a la patria, no tardaron en importar esas infamias. Felipe II, al parecer, se refería a ella como la “felicísima armada” y los historiadores españoles como la “Gran Armada”. Y en contra de lo que suele pensarse, salvo alguna escaramuza aislada contra alguna nave, que habiendo perdido el velamen o el timón quedó aislada del resto de la flota, convertida así en una presa fácil, los ingleses nunca llegaron a presentar batalla.

Contaba la antigua tradición española que Felipe II, al lamentarse de aquella derrota, que no fue tal, comentaba que había mandado sus barcos a luchar contra los hombres, no contra los elementos. Y lo cierto fue que la climatología causó más daños a aquella flota española que las fuerzas de la Pérfida Albión, como empezó a llamar la historiografía patria al país de corsarios como Francis Drake, John Hawkins o Martin Frobisher, para España meros piratas.

"Felipe II estaba harto de los aguijonazos con que los ingleses hostigaban el imperio"

“Siempre he sentido un enorme interés sobre la historia naval de nuestro país”, comenta José Calvo Poyato. Doctor en Historia Moderna, es también uno de los más celebrados autores de esa eclosión de la novela histórica a la que asistimos en los últimos años —Sangre en la calle del Turco (2011), El Gran Capitán (2015) o Dueños del mundo (2025) son algunos de los títulos de su extensa bibliografía que le avalan—. El imperio en la tormenta (Harper Collins), su nueva entrega, es una ficción enmarcada en la peripecia de aquella flota mandada construir por Felipe II. Es una novela que, entre otras cosas, nos demuestra que la Historia no siempre la escriben quienes ganan las batallas. Hay veces, muchas más de las que se piensa, que las crónicas a las que da pábulo la posteridad son las de quienes ganan los relatos. Máxime si, además, cuentan con la inestimable ayuda de la gran pantalla. Inglaterra en llamas (William K. Howard, 1937), El halcón del mar (Michael Curtiz, 1940) o más recientemente, Elizabeth: La edad de oro (Shekhar Kapur, 2007), son tres buenos ejemplos del apoyo del cine británico y estadounidense a la historiografía inglesa sobre la Gran Armada española.

Presentada recientemente en el palacio del Viso (Viso del Marqués, Ciudad Real), que alberga el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán, donde se guardan documentos de la Armada española concernientes a los siglos XVIII, XIX y XX, El imperio en la tormenta —comentó su autor— sitúa al lector entre 1587 y 1589. “Felipe II estaba harto de los aguijonazos con que los ingleses hostigaban el imperio, que, en algún caso, como el saqueo de Cádiz en la primavera de 1587 por parte de Francis Drake, fueron importantes. De modo que decidió organizar una gran flota, una gran armada con el objetivo de invadir Inglaterra. Se barajaron diferentes planes. Uno de ellos era el que tenía don Álvaro de Bazán y otro el del duque de Parma, Alejandro Farnesio. Pero el rey no habría de decidirse por ninguno de los dos: sería una mezcla de uno y otro, en virtud del cual la flota se organizaría en el puerto de Lisboa.

"La flota se organiza en Lisboa, pero las principales unidades de infantería que tienen que intervenir en esa invasión de Inglaterra están en Flandes"

Llegado a este punto, Calvo nos recuerda que si aquellos eran los años en los que no se ponía el Sol en los dominios del rey de España, lo eran, entre otras cosas, porque la corona española también incorporaba la de Portugal. “Y Portugal no era solo esa franja occidental de la Península Ibérica, también eran todas sus posesiones ultramarinas, que eran muchas”. Y fue desde el país vecino, entonces otro lugar de España, desde donde salieron los barcos que, básicamente, habrían de luchar contra los elementos. “Aquello fue una gran operación anfibia. El duque de Alba mandaba el ejército de tierra, y don Álvaro de Bazán habría de recogerles con sus barcos para transportar las tropas. La flota se organiza en Lisboa, pero las principales unidades de infantería que tienen que intervenir en esa invasión de Inglaterra están en Flandes. Son los tercios, tropas muy experimentadas, muy combativas, que manda el duque de Parma, Alejandro de Farnesio. Pero había que embarcarlas en el Canal de la Mancha. Y los pilotos españoles, que tenían magníficas cartas de navegación para cruzar el Atlántico, no disponían de cartas similares para latitudes más al norte. Esto no quiere decir que no tuvieran cartas de navegación. Las tenían, pero no eran tan detalladas, tan exhaustivas como las que les guiaban en latitudes más bajas”.

Sin olvidar que la profundidad del Canal de la Mancha también podía crear problemas a los grandes galeones españoles, que tuvieron muchas dificultades para acercarse a la costa a recoger a las tropas de Farnesio. De quien un historiador británico, Edward Shepherd Creasy —acaso más ecuánime que sus pares— escribió, refiriéndose al capitán general del Ejército de Flandes: “Fue feliz para la isla librarse de sus talentos”. Y que la operación no tuvo éxito. Muerto Álvaro de Bazán a causa de unas fiebres el 9 de febrero de 1588, Felipe II le encarga el mando de la flota a Alfonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, pese a que el elegido, en un alarde de honestidad, sugiere al rey que España tiene otros hombres más adecuados para asumir semejante responsabilidad.

"La expedición fracasó porque el duque no pudo llegar a la costa flamenca, donde aguardaban los tercios"

“La expedición fracasó porque el duque no pudo llegar a la costa flamenca, donde aguardaban los tercios, y los vientos del sur impulsaron a la Armada hacia el norte de Inglaterra y las costas de Irlanda, donde se vio afectada por una gran cantidad de temporales y tormentas, en los que verdaderamente sufrió un verdadero daño —explica José Calvo Poyato—. Pero la armada inglesa, en ningún momento se atrevió a enfrentarse a la Grande y Felicísima Armada. En Gravelinas, en la costa francesa, hubo algunos combates aislados”. Pero los ingleses solo la emprendieron contra esas naves que, habiendo perdido el timón o el velamen, iban a la deriva o estaban a punto de encallar. Esa fue la suerte que corrieron un par de galeones. Ahora bien, los de la Pérfida Albión no tuvieron el coraje suficiente para atacar ni siquiera cuando las circunstancias obligaron a la flota española a perder su formación de combate frente a la costa de Calais.

Además del componente histórico, para ser novela, la crónica de los hechos, ese final que es más o menos sabido, debe tener un componente de ficción. Fábula que, en El imperio en la tormenta está protagonizada por Alfonso de Sandoval, un caballero, aún bisoño, que se embarca en la Armada esperando poder regresar de la expedición ahíto de honores con los que llevar al altar a Leonor de Mascarenhas, la dama que le inspira. Y también hay un clérigo. “La religión tiene mucha importancia en la sociedad del siglo XVI”.

"Los personajes de una novela histórica tienen que ser verosímiles"

A este respecto, el historiador y novelista recuerda una anécdota concerniente a una de sus entregas anteriores, La ruta infinita (Harper Collins, 2019), sobre la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano. “Recuerdo que un periodista se extrañaba mucho de que, antes de zarpar, hubiesen ido todos a misa. Yo le dije que no se podía comparar el espíritu religioso de una sociedad del siglo XVI con el que pueda haber en una sociedad del siglo XXI. Por lo tanto, uno de los personajes de El imperio en la tormenta es ese clérigo de vida agitada”.

Nada más cierto, y de imposible comparación: el espíritu religioso del siglo XVI no admite parangón con el del XXI. Las circunstancias sociales difieren demasiado. Aunque en dicho religioso, en una licencia del autor, podría imaginarse a Lope de Vega. Calvo no da más pistas y nos invita a leer la novela.

Sí nos adelanta que Sandoval —empero su aparente bisoñez— es en realidad un joven alférez que está llevando a cabo una misión secreta que, a través de uno de sus confesores, el padre Chaves, le ha confiado el propio Felipe II.

"La respuesta de la flota inglesa, la futura Royal Navy, a la Gran Armada española conoció un desastre mayor, aunque el cine y la historiografía inglesa lo hayan silenciado"

La experiencia del clérigo y el alférez permitirá descubrir al lector la verdadera peripecia de la Gran Armada y el desastre de la contraarmada inglesa, que en la primavera de 1589 partió de Plymouth comandada por Francis Drake y John Norris, general al mando de las tropas de desembarco. De los 23.375 hombres que en abril salieron de Plymouth para llegar hasta Lisboa, solo regresaron al puerto inglés unos siete mil. En combate cayeron un par de miles, y el resto pereció a consecuencia de diferentes enfermedades. La respuesta de la flota inglesa, la futura Royal Navy, a la Gran Armada española conoció un desastre mayor, aunque el cine y la historiografía inglesa lo hayan silenciado. En La Coruña, cuando todos los hombres cayeron, hicieron frente a los ingleses las mujeres, capitaneadas por María Pita. Pero de eso tampoco hay ninguna película.

“Los personajes de una novela histórica tienen que ser verosímiles”. En El imperio en la tormenta van a hablar con Medina Sidonia o el virrey de Lisboa, el archiduque Alberto. Interactúan con personajes históricos, aunque forman parte de la ficción que el escritor introduce en la trama de su novela. Es decir, no pueden alterar el proceso histórico. Pero como tienen otra misión que cumplir, ésa es la que seduce al lector.

No faltan en estas nuevas páginas de José Calvo Poyato capítulos dedicados a honrar la memoria de los irlandeses que, unidos por ese enemigo común que fue Inglaterra, no escatimaron esfuerzos, puestos a ayudar a los náufragos españoles que arribaron a sus playas.

En cuanto a los 137 barcos que zarparon de Lisboa con rumbo al Canal de la Mancha para recoger a los tercios de Flandes, volvieron a puerto español —La Coruña y Santander— entre 87 y 102. Muchos de ellos estaban maltrechos, bien es cierto. Pero más que por los combates contra el enemigo, por lidiar con la inclemente climatología. Su Majestad Católica no había mandado a luchar a la flota contra los elementos, nos decían a los niños españoles de los viejos tiempos. Y nosotros, orgullosos, nos lo creíamos.

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