Hablemos del nuevo libro de Patricio Pron, a sabiendas de que hablar de la obra de otro escritor alimenta necesariamente el malentendido.
Patricio Pron amaga con rescatar a este apartado autor en su reciente novela-ensayo-autobiografía —libro proteico— En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama, 2026), en cuyas páginas el narrador, al que en adelante llamaremos N, acepta el encargo remunerado de escribir la biografía del aludido Fondane. Es por ello que visita en París los diferentes domicilios del rumano, y lo hace antes de instalarse en Nueva York, donde abrazará la reflexiva disipación (valga el oxímoron), ya sea en insospechados escenarios (cementerio de Cypress Hill, en Brooklyn), ya en otros que nos resultan muy reconocibles (Metropolitan o la Biblioteca Pública). Pero los actuales no son tiempos propicios para la literatura exquisita (donde una rima es casi una insolencia, que diría Bertolt Brecht), de modo que el comprometido trabajo sobre Fondane fracasa ante los hechos objetivos que le acaecen a N y se imponen, lamentablemente, de un modo irrebatible, pues sabemos que la apatía y la desesperanza pueden con todo, más aún en las fechas que siguieron al fatídico COVID-19. Dadas las circunstancias, N no acaba de afrontar su proyectado trabajo en torno a Benjamín Fondane, arrastrado por la enfermedad, la indolencia y la disipación. Además, convengamos con él que «el mejor libro es el que está por escribir», por si sirve de consuelo o pronta justificación.
Con Fondane apartado, Pron nos envuelve en el discurso (interior) de N sin disimular la oportuna identificación de este con el propio Pron, especialmente a partir de datos precisos como, por ejemplo, su estancia en Alemania y, sobre todo, cuando N —tan aficionado a los cementerios como al metro neoyorkino (submundos)— visita en Argentina la casa donde nació y se crió, en la ciudad de *osario (sustituyendo la R inicial por ese asterisco intrigante).
Como queda anunciado en el título de este artículo, una inquietante quietud nos mantiene expectantes en la lectura. Se suceden pequeñas historias rememoradas cuyo nexo justificativo descansa en la experiencia vital del protagonista, pues todas esas pequeñas historias lo conciernen de forma biográfica y bajo el prisma confesional de la subjetividad que sostiene toda remembranza. En ellas se pierde, o se abre, en beneficio de poéticas —en ocasiones también sesudas— reminiscencias y elucubraciones acerca de la vida y la muerte, la enfermedad y el amor, la ecología y el consumo, el arte y hasta Donald Trump…
Enseguida nos adentramos en la historia paralela de los hermanos Collyer y las hermanas Fox, a partir de sus respectivas tumbas. Al mismo tiempo la salud del narrador comienza a flaquear. Conocemos a su antigua novia berlinesa, Wiebke — quien encarna la materialización del amor, antes que fracasado, imposible, y no por ello menos real—, gran aficionada a los mapas, quizás buscando el rastro cartográfico de la violencia y el declive, y de paso también conocemos a la madre de ésta, H, personaje encantador, ligeramente excéntrica, apasionada ecologista y amiga del artista alemán Joseph Beuys, el del sombrero fedora. Nos sorprendemos con los avatares de un libro prestado que días después, de manera absolutamente azarosa, casi imposible, retorna a las manos de su dueña. Comprendemos el susto de un hombre que visita la casa donde se crió y allí encuentra al niño que fue. Asumimos la paradoja del mendigo que duerme en la calle arropado por la información bursátil del Wall Street Journal. Tomamos información de los diarios de Terri D’Agostino centrados en el año 1981. Visitamos el MET como parte de una íntima excursión por Manhattan tras los pasos observadores de un moderno flâneur. Conocemos la historia del abuelo materno de N cuando, tras haber sido rechazado con su mujer y dos hijos como inmigrantes, en Ellis Island, recaló en Argentina, donde le esperaba un misterioso zorro. Nos adentramos en la «técnica» de Peterson frente a «la enfermedad concebida como un error», atrapados en una Nueva York oculta bajo el silencio que impone la nieve.
Porque nadie sabe, al igual que Fondane, qué es la libertad.
Estructuralmente, la novela se abre de continuo a la acotación o el inciso, bien mediante extensas notas a pie de página —en algunos casos incluso con acotaciones dentro de las llamadas, lo que nos aproxima a la recursividad—, bien en el uso de los guiones largos, lo cual, hemos de decirlo todo, acaba por resultarnos excesivo, por cuanto nos obliga, atentos a las constantes bifurcaciones del texto —por donde va entrando la luz con sus múltiples matices—, a dos, o más, velocidades o planos de lectura, como si en la digresión —en apariencia desenfrenada— se acumulara la verdad más asequible, la más diáfana y personal de las confesiones. Tal vez todos seamos «notas a pie de página de los libros de otros… que no terminamos de leer nunca».
Novela analítica, autorreferencial, denunciadora y, por encima de todo, seria, muy seria, que a mayor abundamiento nos invita a un paseo, que a algunos nos resulta gratamente familiar, por la Nueva York que ya es la nueva ciudad eterna, quizá con la esperanza de encontrar un zorro al final del camino o quién sabe qué.
Finalmente, en «Agradecimientos», el autor, Patricio Pron, confiesa las múltiples frases, fragmentos y paráfrasis que ha tomado de diversos autores para armar su libro, este que nos descubre que en todo hay una grieta y por ella entra la luz. Porque Pron nos invita a tirar de los hilos de esas frases, fragmentos y paráfrasis para acariciar la posibilidad de una nueva —tercera o enésima— velocidad de lectura. Ita sit.
En suma, una gran novela: libro proteico. Excelente aportación a la literatura actual en español que nos transporta a una inquietante quietud.
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Autor: Patricio Pron. Título: En todo hay una grieta y por ella entra la luz. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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