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Una llamada al pensamiento independiente

Una llamada al pensamiento independiente

A la ya clásica —aunque del todo contemporánea y fundamental— colección de “Los ilustrados” de la editorial Laetoli se añade un nuevo y muy actual título, Sistema social (1773), de uno de los autores más irreverentes, lúcidos y contundentes de las letras germano-francesas del siglo XVIII: Paul Heinrich Dietrich, más conocido como barón de Holbach (1723-1789).

Este nuevo volumen está además epilogado por una de las voces más autorizadas en el autor nacido en Edesheim, la profesora emérita de Filosofía en la Universidad de Quebec (Montreal) Josiane Boulad-Ayoub, especialista en esta corriente ilustrada más radical que Laetoli ha dado a conocer definitivamente y con todo el rigor a los lectores hispanohablantes en ediciones y traducciones muy cuidadas.

Fue Holbach un personaje educado en los mejores centros universitarios de aquella Europa, concretamente en Leiden, donde adquirió todo tipo de conocimientos, si bien siempre se interesó por las ciencias —dada su escasa amistad por los “grandilocuentes sueños metafísicos”—. No tuvo reparos en afilar y aplicar su puntillosa pluma proclamando y defendiendo sus atrevidas y controvertidas ideas, muchas de las cuales contradecían sin pudor el canon proclamado por el establishment político y religioso imperante. Llegó a colaborar con el proyecto enciclopédico de Diderot con casi 400 artículos, y el salón de su esposa, Madame d’Holbach, conocido como “la sinagoga”, fue uno de los centros culturales más candentes de la época, donde se reunían para discutir y conversar sobre todo tipo de asuntos el ya mencionado Diderot, Voltaire, D’Alembert, Rousseau, Buffon, Helvétius, Hume, Benjamin Franklin y un largo etcétera.

"La lectura de Sistema social, así como de Etocracia (publicado igualmente en esta colección) debería hacer caer muchos velos en la relación que liga a gobiernos y ciudadanos, monarcas y súbditos, señores y vasallos."

Como gran parte de las obras de Holbach, Sistema social está llamada a remover conciencias, a agitar ánimos y, por qué no, a pensar si debemos rebelarnos contra una autoridad cuyo poder, en ocasiones, se instaura o se practica con injusticia. Por otro lado, Holbach lleva a cabo una convencida búsqueda (materialista, objetiva) de la verdad, en la que la experiencia debe ser la guía a seguir. Tal era el cometido de los llamados philosophes. En la cruzada de Holbach contra los prejuicios no existe la piedad, y es que, a su juicio, son la ignorancia y las opiniones equivocadas (pero bien asentadas en el seno de la sociedad) las que causan los mayores horrores en el mundo humano, junto a la pereza y a los gobiernos injustos: tales “son las fuentes permanentes de la corrupción de los pueblos; sus vicios y sus locuras son consecuencias fatales y forzosas de sus instituciones irracionales”.

La moral y la política están claramente ligadas, no pueden separar sus intereses ni dejar de darse la mano sin peligro. La moral no tiene fuerza si la política no la apoya, la política es vacilante y se extravía si no está sostenida y ayudada por la virtud.

La lectura de Sistema social, así como de Etocracia (publicado igualmente en esta colección) debería hacer caer muchos velos en la relación que liga a gobiernos y ciudadanos, monarcas y súbditos, señores y vasallos. Y levantar muchas ampollas. Es la intención de Holbach escribir textos que puedan servir a quien los lea como si de un espejo se tratara y, por tanto, como un aguijonazo, como un acicate para comenzar a cambiar una situación que, en muchas ocasiones, se antoja insostenible. Su deseo es invitar a su interlocutor a salir de la “infancia”, a abandonar aquellos prejuicios y que, por fin, se atreva a pensar por sí mismo.

Uno de sus blancos preferidos es la religión, a la que tiene por un artificial y dañino aquietador de los ánimos y por un mecanismo cuya única misión es la de adocenar los espíritus, pues “con la idea de hacer más dóciles a pueblos ignorantes y salvajes, sus primeros legisladores inventaron las religiones”. Contra éstas, que representan los oxidados grilletes que la humanidad se ha dado a sí misma y de los que parece no poder liberarse, han de levantarse las “luces de la razón”, que deben disipar las “tinieblas de las que están rodeados los mortales”. Salvando las evidentes distancias, puede decirse que Holbach es el Nietzsche del XVIII: aunque de diferente manera y con muy distinto talante, ambos intentan levantar una revolución “racional”, entendiendo por este calificativo una llamada al pensamiento independiente y autónomo, al abandono de la puerilidad (de los prejuicios, de la religión, de las convenciones sociales) y a tener a la naturaleza como única guía, consejera y soberana. Es de ella, asegura Holbach, de donde manan la virtud, la razón y la verdad, “mis únicas divinidades”.

"Gobernar es mantener, proteger y guiar a una sociedad hacia la felicidad, lo que no puede realizarse sin poner de acuerdo a todos sus miembros para la utilidad general."

No debemos dejar de mencionar el subtítulo de la obra, que reza: Principios naturales de la moral y la política. Con un examen de la influencia del gobierno sobre la moral. El objetivo central de la política holbachiana es la felicidad, un eudemonismo centrado en la “moral natural”, científica se puede decir: la virtud no es otra cosa que lo que resulta útil para llevar a cabo la realización de la felicidad de todos los seres humanos. Así, escribe en Sistema social que:

Gobernar es mantener, proteger y guiar a una sociedad hacia la felicidad, lo que no puede realizarse sin poner de acuerdo a todos sus miembros para la utilidad general y sin reprimir las pasiones capaces de perjudicar la felicidad de todos. De lo que se sigue que el gobierno sólo tiene como objetivo impulsar a los hombres unidos en sociedad a ejercer entre ellos las virtudes sociales o a poner en práctica las reglas cuya moral les hace sentir su necesidad para su propio interés.

El imperativo de Holbach resulta tan sencillo como tajante: debemos empujar “a todo ser sensible y razonable –explica Boulad-Ayoub en el epílogo– a tomar los medios de los que depende la conservación de su ser y a evitar todos los excesos cuyo efecto sería hacer su existencia dolorosa”. De ahí que la moral sea un instrumento necesario e indiscernible de la política: el soberano, el gobernante, ha de ser bueno, así como los jueces y magistrados han de mostrarse justos, para que los ciudadanos puedan ser felices. Es la voz de la verdad, y no la del miedo, la arbitrariedad o la suspicacia, la que debe escucharse en toda institución estatal: “La Ley manda a sus súbditos, el despotismo manda a esclavos, la tiranía manda a enemigos”.

"Leer a Holbach es siempre provechoso, y su pedagogía natural se muestra, en nuestros días, más necesaria que nunca"

Cualquier libro de Holbach resulta insultantemente actual para el lector contemporáneo. Y debería interpelar a muchos de nuestros mandatarios como llamada de atención: “El objetivo de la moral es dar a conocer a los hombres que su interés más grande exige que practiquen la virtud; el objetivo del gobierno debe ser hacerla practicar”. Aunque, ya se ve, no parece ser hoy la moral moneda corriente en los constantes trajines de los gobiernos estatales. Leer a Holbach es siempre provechoso, y su pedagogía “natural” se muestra, en nuestros días, más necesaria que nunca: su sincero propósito es el de romper las cadenas que nos ligan a atávicos escrúpulos y tabús, y que entorpecen el libre pensamiento, la autonomía y el libre ejercicio de nuestra libertad. ¿Puede pedirse, cabalmente, algo más?

Sé virtuoso: este es el sendero de la felicidad. Hazte útil a los demás: este es el medio de complacerlos y animarlos a secundar tus proyectos. No te dañes a ti mismo: esto es lo que se debe a sí mismo un ser razonable.

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Autor: Holbach. Título: Sistema social. Editorial: Laetoli. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro