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Una novela impublicable

Una novela impublicable

Una sátira de la sociedad actual vista desde la perspectiva de un funcionario cincuentón, caduco y nihilista, con un trasfondo existencial y multitud de referencias a la cultura pop, la música, el cine y la literatura.

En este making of Alberto Cañas explica cómo escribió Quizás alguien esté marcando el camino (Coleman).

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Cuando comencé a escribir Quizás alguien esté marcando el camino, en la primavera de 2023, me encontraba en un punto de no retorno. Un “ahora o nunca”, tras fantasear durante años con la posibilidad de terminar una novela y haber realizado varios intentos infructuosos y muchos cursos de escritura creativa en la Escuela de Escritores de Madrid.

De hecho, el germen del libro nació en un curso impartido allí, entre 2018 y 2019, por Rubén Abella. Un curso del que salió una amalgama de capítulos que poco tienen que ver con la novela actual, pero en el que aprendí la técnica y algunos principios que serían claves para el futuro: estructura, ritmo, trama, el desarrollo de una voz propia y la necesidad de corregir hasta la extenuación. Y, además, una frase crucial de Abella: “A la novela tienes que hacerle un hueco en tu vida”, algo que me costó varios años asumir.

"Tomé la decisión: escribiría un primer borrador acotado en el tiempo, pegado a la realidad del momento y utilizando los tres elementos que, según Delibes, son inexcusables para crear una novela: un personaje, un paisaje y una pasión"

Terminó el curso y volvió a ocurrir lo de siempre: inconstancia, bloqueo, frustración y el sueño de escribir una novela que se desvanecía, mientras la famosa frase de mi profesor resonaba en bucle en mi cabeza. Porque, en efecto, la novela no es un “lío de una noche”, sino una relación sentimental a la que hay que mimar para que no se rompa. Y yo no tenía la determinación suficiente para darle a mi libro el cariño y la atención que se merecía. Hasta que decidí intentarlo de verdad.

No sé cuál fue el punto de inflexión que generó ese “ahora o nunca”. Quizás fue el hartazgo, después de tantos intentos fallidos, lo que me llevó a poner los pies en la tierra —y los dedos en el teclado—, sin expectativas grandilocuentes y buscando la forma que mejor se adaptase a mi perfil de escritor.

Y tomé la decisión: escribiría un primer borrador acotado en el tiempo —en un mes, a razón de dos mil palabras al día—, pegado a la realidad del momento y utilizando los tres elementos que, según Delibes, son inexcusables para crear una novela: un personaje —Gregorio, un funcionario amargado y cincuentón que hablaría en modo flujo de conciencia—, un paisaje —el Madrid de 2023— y una pasión —un hombre en plena crisis existencial cuya única esperanza sería tener una aventura con una librera de su barrio—.

"Más de una vez me planteé si debía incluir o no algunas expresiones en el libro que podrían resultar ofensivas. Pero Gregorio exigía su derecho a decirlas y era imposible negárselo"

Y seguiría otra de las premisas inculcadas por Abella en sus clases: “tirar para delante” y no parar hasta conseguir ese ansiado primer borrador. Un avance continuo sin mirar atrás que desembocaría en un manuscrito de sesenta mil palabras sobre el que trabajar después durante meses. Así hasta alcanzar las casi noventa y cinco mil palabras que tiene la novela.

Y todo ello con la premisa de no autocensurarme ni pensar en las consecuencias, porque Gregorio se merecía una libertad creativa total. Ese fue el auténtico “punto de no retorno” del que hablaba al principio —una especie de Rubicón literario—, hasta el extremo de que Gregorio se adueñó de tal manera de la situación que llegó a resultar difícil controlarlo. Aunque suene a tópico, llega un momento en que los personajes cobran vida y toman sus propias decisiones, llevando al autor a transitar por caminos insospechados y poniéndolo ante situaciones controvertidas en las que no puede dar marcha atrás.

Más de una vez me planteé si debía incluir o no algunas expresiones en el libro que podrían resultar ofensivas. Pero Gregorio exigía su derecho a decirlas y era imposible negárselo. Utilizando un símil futbolístico, si sacas al campo a un central quebrantahuesos, luego no te quejes si juega al límite de la tarjeta roja. Como dice Bordalás, el entrenador del Getafe: “Esto es fútbol, papá”.

"Quizás alguien esté marcando el camino es un vómito literario que me ha llevado al límite de la extenuación narrativa y que podrá gustar o no, pero no dejará a nadie indiferente"

¿El resultado? Una novela con una trama sencilla —aunque difícil de encajar en los parámetros clásicos de planteamiento, nudo y desenlace—, en la que la voz cruda y sin filtros es lo más notable y cuyo objetivo es provocar al lector, invitándole a reflexionar y extraer sus propias conclusiones. Es el tipo de libro que a mí me gustaría leer: una historia que incomoda, con grandes dosis de ironía y sarcasmo —así como multitud de referencias culturales— y que, en ocasiones, puede generar rechazo o enfado. Porque, como dijo Kafka: “Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?… Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro”. Y, tal y como yo lo veo, este libro es un puñetazo tras otro a lo Mike Tyson en sus mejores tiempos.

Una novela que, según Luis Artigue, “puede leerse como un puente entre la narrativa social descarnada y el esperpento cómico-existencial” y que está protagonizada por un “Ignatius Reilly castizo y destroyer”.

En definitiva, Quizás alguien esté marcando el camino es un vómito literario que me ha llevado al límite de la extenuación narrativa y que podrá gustar o no, pero no dejará a nadie indiferente.

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Autor: Alberto Cañas. Título: Quizá alguien esté marcando el camino. Editorial: Coleman. Venta: Todos tus libros.

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