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Una pinta en Cohan’s, Innisfree

Paddy Bawn Enright trabajó por un tiempo en una granja propiedad de un tal John Walsh en Ballydonoghue, cerca de Listowel, en el condado de Kerry, Irlanda, y no es difícil imaginarle una tarde tras el mercado conversando acerca de los precios del ganado y del maíz entre pinta y pinta. La jornada siguiente, de vuelta a su trabajo, sin duda saludaría con un simple gesto a un pequeñuelo que, con ojos curiosos, observaba los quehaceres diarios del campo.

Esta escena, pudiendo ser perfectamente real, podría formar también parte de una novela o una película costumbrista basada en la Irlanda rural de principios del siglo pasado, ¿verdad? Pues bien, es ambas cosas. Y es que el niño ese de la granja, de nombre Maurice, resultó ser uno de los hijos del propietario, de quien, además, heredó su pasión por la literatura, incluyendo, cómo no, las historias y leyendas locales. Años después comenzó a escribir decantándose, sobre todo, por los relatos y novelas cortas.

El 11 de febrero de 1933 una de sus historias, de título El hombre tranquilo (The Quiet Man) fue publicada en el magazine The Saturday Evening Post al otro lado del océano Atlántico. Allí la fortuna jugó sus cartas de la mejor manera posible, facilitando que un director de cine americano de ascendencia irlandesa —de Connemara, para ser más precisos, muy cerca de Listowel— cuyo nombre, según él mismo, era Sean Aloysious O’Feeney, conocido entre los indios navajos como Natani Nez (Soldado Alto), lo leyera. Éste mismo, prácticamente de inmediato, compró los derechos de la obra. Éste mismo, más famoso por su segundo —el primero fue Jack Ford— y definitivo nombre cinematográfico, John Ford, fue quien, posteriormente, en 1952, realizó la transposición a la gran pantalla.

"El argumento de la historia se centra en el retorno de un boxeador americano retirado prematuramente que retorna a su Irlanda natal y su matrimonio con Ellen, pelirroja como su hermano Red Will, quien se niega a cumplir con la tradición de la dote."

En el relato original, de una extensión de unas 6500 palabras, Maurice Walsh cambió el nombre del protagonista, llamándole Shawn Kelvin, quien, junto a “Big” Liam O’Grady y Ellen O’Grady completaría el plantel protagonista de la historia. Posteriormente, en 1935, se publicaría una versión extendida de 9500 palabras del relato en el marco de la colección The Green Rushes. Aquí el autor retomaría a Paddy Bawn Enright, quizá en homenaje al auténtico personaje en el que se basa la historia, no en términos de trama argumental sino más bien arquetípicos. Los nombres de los personajes de su cuñado y su mujer cambiarían igualmente, pasando a ser “Red” Will O’Danaher y Ellen Roe O’Danaher respectivamente.

El argumento de la historia se centra en el retorno de un boxeador americano retirado prematuramente que vuelve a su Irlanda natal y su matrimonio con Ellen, pelirroja como su hermano Red Will, quien se niega a cumplir con la tradición de la dote. Es decir, no accede a pagar a Paddy Bawn la cantidad previamente convenida e inherente al matrimonio. A partir de ahí éste ha de soportar burlas y presiones de todo tipo, incluidas las de su propia esposa, como consecuencia de la actitud de su gigantesco, fanfarrón y pendenciero cuñado. Pero claro, todo tiene un límite. Y es ese momento, en el que el espíritu de luchador del yankee sale a relucir, cuando David se enfrenta a Goliath.

El nombre de los personajes principales volvería a cambiar de nuevo en la versión cinematográfica con John Ford a la batuta. Aquí Paddy Bawn adoptó el nombre de Sean Thornton, en el film interpretado por John Wayne. Ellen Roe O’Danaher pasó a ser Mary Kate Danaher, encarnada por la no menos pelirroja e irlandesa Maureen O’Hara, con Victor McLaglen en el papel de su bravucón hermano, Red Will Danaher. Estos son, por cierto, los nombres que han pasado a formar parte de la historia universal del cine.

"Son multitud los ejemplos, a lo largo de la carrera cinematográfica de John Ford en los que, sin necesidad de palabras, incluso por medio de una sola imagen o secuencia, se cuentan historias de lo más complejas."

John Ford encontró en El hombre tranquilo la oportunidad de hacer lo que más le gustaba. Convertir un relato corto en una película, dando así pie a contar visualmente una historia, desplegando todas las herramientas y armas disponibles al respecto. Sin despreciar los buenos diálogos, él era un auténtico maestro transmitiendo sensaciones y sentimientos por medio de las imágenes. Se le considera el poeta del cine. De hecho, en las tertulias cinematográficas, cuando se comentan determinadas secuencias, momentos, por ejemplo, en los cuales una canción es interpretada por los amigos de uno de los protagonistas, o una escena de trabajo con la música de la banda sonora de fondo, se habla de la lírica de John Ford.

Son multitud los ejemplos a lo largo de la carrera cinematográfica de John Ford en los que, sin necesidad de palabras, incluso por medio de una sola imagen o secuencia, se cuentan historias de lo más complejas. En El hombre tranquilo, por ejemplo, algunos de los fotogramas relativos a la boda anticipan el terremoto que está a punto de desencadenarse por medio de la asimetría provocada por la posición del novio en la instantánea. Igualmente, con el objeto de contar al espectador la razón por la cual el boxeador había dejado el ring para siempre, presenta la última entrada de éste en el cuadrilátero con un fondo oscuro, prácticamente negro, eliminando incluso la presencia de espectadores, presagiando así el fatal desenlace que llevaría al Kerryman de vuelta a su Irlanda natal.

En una ocasión le preguntaron a John Ford la razón por la que trabajaba tan frecuentemente con John Wayne. De hecho, fue el protagonista principal en buena parte de las obras más conocidas, y valoradas, del maestro, incluyendo, al margen de El hombre tranquilo, La diligencia (Stagecoach) en 1939, la trilogía de la caballería con Fort Apache en 1948, La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon) en 1949 y Rio Grande en 1950, Centauros del desierto (The Searchers) en 1956 o El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance) en 1962. Pues bien, la respuesta del director fue sencilla y directa: “Simplemente, porque es el mejor actor de Hollywood”.

Durante años, John Wayne se estuvo fogueando en la serie B, trabajando allí en decenas de westerns de bajo presupuesto como si de un aprendiz se tratase. Con John Ford logró alcanzar, sin duda, las cotas más altas de su carrera. En manos de éste era un bloque de arcilla moldeable. La expresión facial —“sube las cejas y mantén el ceño fruncido” eran las instrucciones—, la gesticulación o el balanceo cadencioso de sus brazos al caminar por las praderas de Cong, en el condado de Mayo, donde se rodaron la mayor parte de las escenas de El hombre tranquilo, no eran características naturales del actor, sino pura interpretación. 

A lo largo de toda su vida, John Wayne mantuvo una estrecha relación de amistad tanto con Ford como con su contrapartida en la película, Maureen O’Hara, auténtica musa del director, quien contó con ella, al igual que con el Big Oaf Wayne, como así se refería éste en sus inicios a John Duke Wayne, para algunos de los títulos más importantes de su carrera como, además de El hombre tranquilo, Rio Grande o la oscarizada Qué verde era mi valle (How Green Was My Valley) en 1941. Sus interpretaciones como mujer de carácter son inolvidables.

La sintonía de ambos actores protagonistas en El hombre tranquilo fue total. Cuenta la leyenda que, contrariamente a las indicaciones dadas por Ford, quien insistió en improvisar la secuencia previa de la pelea, cuando Sean Thornton, en compañía de su indomable esposa, va en busca de Red Will Danaher, arrastrando tras de sí a todos los habitantes de Innisfree, el lugar imaginario donde transcurre la acción, pasando, como no podía ser de otra manera, por la taberna de Cohan, la pareja decidió ensayar a escondidas. El resultado fue tan satisfactorio para el director que este les dijo: “¿Veis como era mejor improvisar?”

El hombre tranquilo, que en la ceremonia de los Oscar de 1952 fue galardonada con los premios al mejor director y a la mejor fotografía en color, amén de otras cinco nominaciones, ha pasado a la historia como una de las obras cumbres de la cinematografía universal. “¡Homérico!”, como sin duda habría definido el borrachín casamentero Michaeleen Oge Flynn, interpretado por Barry Fitzgerald, otro de los personajes, si bien secundario, fundamentales.

¿Una pinta, por lo tanto, en Cohan’s?