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Una ración de memoria

A los héroes de la buena novela negra no les suele hacer falta la memoria porque acostumbran a no tener pasado. De Juan Belmonte, en este sentido, solo sabemos en principio que lleva «veinte años» sin poner los pies «en esta ciudad de verano infernal», y que no piensa quedarse «más tiempo del necesario». En efecto, Luis Sepúlveda nos devuelve el protagonista de Nombre de torero veintitrés años después; esta vez para escribir El fin de la historia (que así se titula esta nueva entrega).

Pero Juan Belmonte no es un héroe de novela negra al uso: él tiene un pasado, como iremos descubriendo, y una memoria demasiado honda con la que debe dialogar. Empezará la trepidante tarde de lectura que toma esta historia —doscientas páginas bien medidas, decantadas— dejándonos retazos puntuales de algún episodio lejano, en la mejor tradición del género: biografías misteriosas, conciencias de acero y fachadas impertérritas. Al cabo, con los últimos rayos de sol, se habrá humanizado por completo y por muchos motivos, acompañando al lector en un viaje que surca de Chile a Rusia, de América a Alemania, de unos infiernos a otros.

Se trata de un torbellino de abyecciones con un documentado telón de fondo, el del horripilante Miguel Krasnoff: no solo un criminal de guerra, no solo un despiadado ser, sino un personaje real y que vive en la actualidad.

"Por el contrario, y con los galones de una larga carrera, Sepúlveda se permite un acto de subversión literaria en el panorama actual: el ritmo es de factura comercial, pero el mimo estilístico es ambicioso."

Solo se puede adelantar, para no quebrar el embrujo, que el trasfondo de El fin de la historia está teñido por la dictadura militar chilena y por todas sus víctimas. Cualquiera que conozca siquiera superficialmente la obra de Luis Sepúlveda estará al corriente de que el asunto le toca de cerca, que le preocupa y que le perturba: sabiendo esto, y sabiendo también el equipaje que Belmonte traía a las espaldas, es posible que alguien espere una novela-vehículo, o a lo mejor un ensayo disfrazado y relajado por la ficción. No es ni un caso ni el otro.

Por el contrario, y con los galones de una larga carrera, Sepúlveda se permite un acto de subversión literaria en el panorama actual: el ritmo es de factura comercial, pero el mimo estilístico es ambicioso; la política trasluce (hay un pequeño estallido, un monólogo rabioso hacia la mitad) pero no opaca, no excluye; y el encuentro entre autor y lector predomina, pero no contamina el discurso de fondo: la urgencia por dejar constancia de un episodio oscuro y purgar demonios, literatura mediante, es la prioridad absoluta.

Satisfechas, entonces, las principales demandas que se le pueden pedir a una buena novela negra, intervienen los alicientes. Uno tiene que ver con la Historia, es evidente: Al final, encontraremos un apéndice que ayuda a discernir lo inventado de lo real.

"Lectura corta, mirada larga y compromiso evidente, propuesto todo ello de tal modo que pocos lectores se sentirán decepcionados."

Pero hay otro más enjundioso: el lector español sabrá darse cuenta del llamativo puente narrativo que le pasa por encima, literalmente. Los personajes, actitudes y conexiones insospechadas van de América Latina a la Unión Soviética; de un continente a otro: y España, que no aparece de manera directa, sí recibe los rayos y las sombras de esos encuentros maléficos; sí informa, con sus propios caudillos y traumas pasados (y presentes) algunos de los motores narrativos del texto, que no subrayaremos para no desvelar nada.

Con eso se cierra una obrita liviana y certera. Lectura corta, mirada larga y compromiso evidente, propuesto todo ello de tal modo que pocos lectores (busquen compañía veraniega, solaz ideológico o disfrute novelesco) se sentirán decepcionados. Una buena ración de memoria: falta hace.

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Autor: Luis Sepúlveda. Título: El fin de la historia. Editorial: Tusquets. Venta: Amazon y Fnac

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