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Una víctima del fuego amigo

Otro ocho de junio, el de 1972, hace hoy exactamente cincuenta años, Phan Thị Kim Phúc sólo tiene nueve primaveras. Es una niña de Vietnam del Sur, vecina de Trảng Bàng, una pequeña población —en la región de Táy Ninh— donde ya hace mucho que no preparan debidamente el bánh canh, una suculencia de la cocina local consistente en una sopa de fideos de cerdo, finas hierbas y patatas. El pastel de arroz, que así que pase ese medio siglo que ahora nos contempla tanto habrá de gustar a los turistas, tampoco es el que era. Los rigores de la guerra permiten pocas virguerías con los pucheros. Tan es así que, entre los soldados estadounidenses que combaten a las tropas de Vietnam del norte, que han ocupado Trảng Bàng, y a las del Vietcong —sudistas simpatizantes del norte—, se dice que el enemigo es capaz de comer carne de rata.

La dieta de inmundicias es algo común en todas las guerras. Lo que diferencia a la del Vietnam del resto de los conflictos no es el menú de los combatientes, es que ésta está siendo televisada. En esta ocasión el apocalipsis, prácticamente, se retransmite en directo. Pero será en diferido, apenas unos días, pero en diferido al cabo, cuando Trảng Bàng pase a ser uno de los símbolos más sobrecogedores de la única guerra que ha de perder Estados Unidos en el siglo XX. Y Phan Thị Kim Phúc habrá de ser uno de los mayores símbolos de todo eso. De la barbarie de la guerra y de lo al tuntún que, ya metidos en la carnicería, se mata.

"La protagonista del momento, desesperada por el dolor, se quita sus ropas, envueltas en llamas. Se queda desnuda. ¡Qué va a contar el pudor frente al fuego!"

La Historia pasa por Phan Thị Kim Phúc cuando la muchacha y el resto de su familia deciden unirse a una tropa survietnamita que, tras haberse refugiado en un templo, se repliega hacia las posiciones de su ejército. Apenas han pasado unos minutos cuando un avión survietnamita confunde a sus soldados con los del enemigo. Y es entonces cuando Phan Thị Kim Phúc sabe de ese olor a gasolina, y a carne quemada, que dicen desprende el napalm. Porque el piloto, errado, deja caer una bomba sobre el grupo en que se encuentra la niña de nueve años por la que va a pasar la Historia. Así pues, merced al fuego amigo, la pequeña sabe que el combustible que han arrojado sobre ella genera temperaturas que van de los ochocientos a los mil doscientos grados. “Es el dolor más terrible que se pueda imaginar”, recordará así que pase ese medio siglo que ahora nos contempla a todos, siendo ya embajadora de buena voluntad de la Unesco. Un par de primos de la muchacha y otros vecinos de Trảng Bàng, quienes también huían del enemigo, serán, igualmente, víctimas del fuego amigo. La protagonista del momento, desesperada por el dolor, se quita sus ropas, envueltas en llamas. Se queda desnuda. ¡Qué va a contar el pudor frente al fuego!

“Somos observadores pasivos en un mundo en perpetuo movimiento”, decía Henri Cartier-Bresson, uno de los grandes maestros de la instantánea, respecto a la actividad fotográfica. “Nuestro único momento de creación es ese 1/125 de segundo que tarda el obturador en dispararse”. A dicha velocidad de obturación —excepcionalmente también a 1/60, apurándolo mucho y con el diafragma muy abierto— la fotografía es capaz de detener un instante y sustraerlo al curso del tiempo. Ésa es la grandeza de la instantánea, por la que, ya a comienzos del amado siglo XX, postularon los verdaderos fotógrafos que se alzaron contra el amaneramiento de los pictorialistas, quienes concebían la fotografía a imitación de la pintura romántica inglesa.

"Un instante que expresa todo lo que supone abrasar, con napalm y por error, a una niña de nueve años"

La mirada de Huynh Cong Út, el fotógrafo vietnamita de Associated Press que va a extraer de tanto horror una de las grandes instantáneas de la centuria pasada, está más hecha a la muerte que a las servidumbres estéticas. De hecho, ocupa el puesto que dejó libre su hermano, fotógrafo en la misma agencia, cuando murió en la misma guerra. Es muy probable que, a diferencia del gran Cartier-Bresson, no se sirva de una Leica. Los nuevos maestros de la instantánea —y él lo es a carta cabal— prefieren una Nikon F 3. Ahora bien, su mirada es poseedora de ese don con el que los elegidos saben sustraer un instante al curso del tiempo. Un instante que expresa todo lo que supone abrasar, con napalm y por error, a una niña de nueve años.

Con el tiempo, cuando pase ese tiempo al que roba fragmentos como muy pocos, Huynh Cong Út será uno de los primeros en hablarnos de ese dilema que se les plantea a los informadores en el apocalipsis: ayudar a las víctimas o dar noticia. En este caso, el fotógrafo no lo dudó: llevó a Phan Thị Kim Phúc y al resto de los niños heridos por aquella bomba amiga al hospital de Saigón. Hasta que no se cercioró de que empezaban a curarles sus quemaduras, no se acercó a la agencia con el negativo, Tri-X probablemente. Una vez revelado y positivado surgió otra duda: ¿cómo publicar las fotos de una pequeña desnuda? Tras varios días dándole vueltas, se decidió hacerlo. Apareció por primera vez en la portada del New York Times el 12 de junio.

Desde entonces puede decirse que hay dos pequeñas cuyas fotos han cambiado el parecer de la opinión pública estadounidense respecto a una guerra. La primera fue Eileen Dunne. Sólo contaba tres años y ya había sido herida en la cabeza durante uno de los bombardeos de Londres, llevados a cabo por los alemanes. Aquella imagen, publicada por Cecil Beaton en la portada de un número de la legendaria revista Life fechado en 1940, nos la mostraba reponiéndose en un hospital e influyó de forma determinante para que Estados Unidos entrase en la Segunda Guerra Mundial.

"Nixon dudó de la autenticidad de aquella imagen. Pero en las instantáneas robadas al curso del tiempo, no cabe puesta en escena alguna"

La de Phan Thị Kim Phúc, corriendo desnuda para no abrasarse, llorando por el dolor, gritando que se quemaba, entre sus vecinos y sus soldados, publicada en todos los medios de comunicación mediado el mes de junio de hace cincuenta años, fue un revulsivo para que Washington acabase por abandonar el sudeste asiático. Nixon dudó de la autenticidad de aquella imagen. Pero en las instantáneas robadas al curso del tiempo, no cabe puesta en escena alguna. Merecedora del Pulitzer en 1973 y el World Press Photo de ese mismo año, hoy es una de las imágenes más célebres de la centuria pasada, una de las que ilustran los capítulos dedicados a la guerra de Vietnam en las distintas historias.

Cuando el conflicto acabó, Phan Thị Kim Phúc, aunque survietnamita, fue reconocida como una heroína por el nuevo régimen. Se la sometió a diversas operaciones para recuperar, en la medida de lo posible, la piel de la espalda. Pero los dolores, más de una vez, le hicieron considerar la idea del suicidio. Estudiante de medicina en Cuba, La chica de la foto conoció allí a su futuro marido, otro estudiante vietnamita en La Habana. Cuando iban a Moscú de luna de miel, abandonaron el avión y pidieron asilo político en Terranova. Hoy tiene la nacionalidad canadiense y una sincera amistad con Huynh Cong Út, da su nombre a una fundación en Estados Unidos, ha descubierto a Dios, ha perdonado a quienes la hirieron y es embajadora de la UNESCO. Así se escribe la Historia.

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Pepehillo
Pepehillo
24 ddís hace

Conozco un establecimiento en el que hasta los años noventa se podía comer rata de campo (no de cloaca, hay clases). Y recuerdo de niño salir a por caracoles y, hasta hace unos años, comíamos ancas de rana. No era una dieta de inmundicias o de guerra, es que los gustos eran otros. Lo que no me voy a comer nunca es un grillo; prefiero comer marisco y chuletón como un ministro o un sindicalista.