Inicio > Blogs > Ruritania > Venom, el villano que se hizo antihéroe antes de saltar al cine

Venom, el villano que se hizo antihéroe antes de saltar al cine

Venom, el villano que se hizo antihéroe antes de saltar al cine

Parece que el estreno de Venom, adaptación del villano más popular de las historias de Spiderman, va a saldarse con un buen éxito de taquilla, superior incluso al esperado por el estudio. La película era hasta cierto punto una incógnita comercial: pese a nacer bajo el sello Marvel, se trata de un derivado de las sucesivas entregas de Spider-Man producidas por Sony, realizada en virtud de acuerdos comerciales anteriores y por tanto, proviene de otra major y un equipo de producción distinto al habitual al MCU (Marvel Cinematic Universe) de Walt Disney.

El varapalo de la crítica USA, que hace tiempo sucumbió al pulimento sin aristas de las producciones de la “oficial” Marvel Studios de Kevin Feige, vuelve a resultar hasta cierto punto inmerecido, en tanto la película de Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland, Gangster Squad), sin mostrarse particularmente afinada en nada, sí que deja unos cuantos detalles interesantes más allá de su servidumbre al público adolescente. Para empezar, la que protagoniza un histriónico y acertado Tom Hardy realiza una maniobra bastante coherente en fondo y forma, dando un par de pasos atrás tanto en ambición como en tamaño. Presupuestada en unos relativamente modestos cien millones de dólares (cantidad significativamente inferior a la que maneja la competencia en el género), Venom parece un ejercicio de acción de hace veinte años, esos tiempos en el que las fórmulas del cine de acción se fusionaban o desaparecían ante la pujante fuerza de las nuevas franquicias empresariales y la tecnología digital.

"Que Venom, la película, parezca una película de la época en la que nació el personaje parece una conexión lógica y deliberada"

Y se trata de una decisión (artística, comercial) de cierta coherencia que libra al filme de lo obsoleto, lo oportunista. Porque para empezar, si a los aficionados al cómic Veneno les remite a algo es a lo que Julián M. Clemente, editor de Marvel en España, denomina los “felices noventa”: una musculosa anarquía argumental regada por dibujantes estrella y caprichosos eventos, cuya escasa moderación se alejaba más y más de la realidad e incluso de una continuidad argumental coherente. Que Venom, la película, parezca una película de la época en la que nació el personaje parece una conexión lógica y deliberada, por mucho que genere una confluencia de intereses no del todo armonizados, de posibilidades no explotadas.

Venom nace, por tanto, como spin-off de la saga troncal de Spiderman, tanto cinematográficas como sobre el papel y nivel conceptual: no por casualidad Veneno, que así se llama en español, es un ser extraterrestre que necesita adherirse a un sujeto compatible para vivir, de la misma manera que el propio simbionte necesita de un cuerpo (en este caso, humano) para sobrevivir, proporcionándole de paso características sobrehumanas. En una de sus aventuras cósmicas, Secret Wars (Jim Shooter, 1984-85), Peter Parker trajo a la Tierra a la criatura, que le dotó de un traje nuevo y unas más que discutibles iniciativas. Una vez éste logró desembarazarse de Veneno y finalizó el ciclo argumental posterior a las Guerras Secretas en la propia serie regular de Spidey, éste recayó en el periodista fracasado Eddie Brock, un periodista desacreditado tras publicar informaciones falsas relativas a una de las andanzas del Hombre Araña original. Brock no tardó en tomarla con éste y gracias a la interpretación gráfica de Todd McFarlane, dibujante de moda y paradigma de esa época, comenzó la leyenda. Era The Amazing Spiderman número 300 y esa gigantesca, musculosa y babosa criatura que fusionaba el cómic de horror con el heroico batiría récords de ventas en cada sucesiva aparición, salvando al mismísimo Spiderman de la irrelevancia de una colección en crisis de ventas.

"El diálogo que mantienen Eddie Brock, encarnado por un histriónico y comprometido Tom Hardy, y su parásito extraterrestre es una conexión que a nivel formal permite a la película funcionar como una extraña buddy movie"

En Venom, la película, no aparece Spiderman, pero es otra particular relación la que sustenta todo el interés de la película. El diálogo que mantienen Eddie Brock, encarnado por un histriónico y comprometido Tom Hardy, y su parásito extraterrestre es una conexión que a nivel formal permite a la película funcionar como una extraña buddy movie en la que dos personajes dispares tratan de hacerse el uno al otro, mantener un particular equilibrio que Ruben Fleischer interpreta como una oportunidad para la comedia. Una recuperación de un género obsoleto —las “pelis de colegas”— pero abrazando con energía la fusión, así como un componente fantástico evidente con un pie puesto en la temática zombi que dota a la película de cierto impulso chiflado, cierta fuerza nacida de su rareza, casi tanta como el ejercicio medianamente subversivo de convertir al villano en protagonista, aquí desinflado en virtud de una calificación por edades mucho menos atrevida que en otra de las derivadas adultas del género, el Deadpool que con tanto éxito ha encarnado Ryan Reynolds.

Sin tratar de abusar de un lugar común como el psicoanálisis, lo cierto es que el esquizofrénico diálogo del personaje de Tom Hardy con su “invitado” funciona como un intercambio entra las tres instancias freudianas de Freud, el Ello, el Yo y el Súper Yo, tres divisiones que al fin y al cabo han demostrado funcionar de manera más eficaz en la narrativa de ficción que en la realidad. Mientras el simbionte se erige como el Ello, una suerte de entidad escindida dirigida a satisfacer los deseos ocultos de Brock, por más violentos y enfermos que éstos sean, éste se mueve de manera confusa entre los impulsos del Yo y el Súper Yo, en tanto el periodista tampoco se trata precisamente de un modelo de comportamiento. Atrapado en un momento de parón vital, despedido de su trabajo, abandonado por su prometida (una perdidísima Michelle Williams), Brock se ve incapaz de conciliar su faceta profesional de periodista irreverente (¿o más bien sensacionalista?) con su vida personal. Aparentemente desligado de los intereses empresariales de su cadena, pero más bien sometido a sus impulsos más primarios, Brock y su pareja no tardan en romper y seguir cada uno su camino… de estabilidad en el caso de ella y deriva total en el de él. La película no se esfuerza en dibujar un mundo cándido y simpático, quizá por desidia de los guionistas o quizá porque eso ya no existe: tanto Brock como su prometida empiezan el relato como dos profesionales de éxito gracias, precisamente, a que han abandonado sus principios éticos en beneficio no tanto del beneficio empresarial, sino sobre todo de su éxito personal.

La tesis de la película cobra fuerza si, teniendo en cuenta lo anterior, vinculamos uno de los lemas publicitarios más presentes de la película, “Todos somos Venom”, con lo que visualiza Fleischer, a menudo con diálogos mediocres: la película considera que tanto este mundo como la situación personal de Brock, que deriva en un cúmulo de acciones insensatas y la incapacidad del protagonista de armonizar esta situación “Jekyll y Hyde” hasta el epílogo del relato, es la habitual en estos días de fake news y alienación, regados por todo tipo de reacciones extremas en redes sociales (el día del estreno se supo que parte de las reacciones negativas al filme provenían de fans de Lady Gaga, decididos a boicotear el estreno por coincidir con el del drama que la pop star protagoniza, Ha nacido una estrella) y una buena dosis de violencia rebajada para la ansiada calificación PG-13.

"Guste o no Venom, lo cierto es que la película tampoco ha estropeado nada"

En virtud de todo esto, el propio despiste de una película que jamás se decide entre convertirse en un entretenimiento para adultos o una comedia macarra, afectada además de algunos evidentes y abruptos saltos narrativos (Hardy confesó que sus escenas favoritas están entre los treinta minutos recortados del metraje final) se erige en su mejor virtud: separada de la gran franquicia Marvel, contagiada de un humor gamberro similar al de Deadpool (película que sí se atrevió a apostar con fuerza por una calificación por edades para adultos) Venom supone un retroceso de quince años al cine comercial de finales de los noventa y primeros dos mil. Más que un ejercicio nostálgico, un simple descanso en la apuesta creciente de Marvel por la espectacularidad y los universos compartidos a favor de un constructivismo argumental más modesto.

Guste o no Venom, lo cierto es que la película tampoco ha estropeado nada. Mucho menos, en todo caso, que la anecdótica aparición del personaje en Spider-Man 3 (2007), la última aportación al trepamuros de Sam Raimi antes del primer remake de los dos que vendrían: pese a la brillante visualización inicial del nacimiento de Venom, muy atada al cómic, era evidente que a Raimi le obligaron a introducir al personaje en una película donde el Hombre de Arena ya estaba presente como antagonista, dando lugar a una producción abigarrada.

Venom es, en lugar de esto, una obra sustentada exclusivamente en el carisma de su (doble) protagonista, y eso es precisamente lo que ha caracterizado a esta némesis oscura de Spider-Man desde su misma creación. Producto de los musculosos 90, una era del cómic que nunca ha destacado como una de las más brillantes de Marvel, Veneno nació como antagonista del Hombre Araña, una versión corrupta del amigo y vecino Spider-Man corroído por el odio y la venganza hacia la figura de Peter Parker. El dibujo temible y amenazante de Todd MacFarlane, dibujante estrella en la época (que se dispone ahora a firmar un remake de Spawn, otra de sus creaciones) ayudó a convertir al personaje creado en Secret Wars por el guionista Michelinie en una verdadera sensación, un golpe de efecto que multiplicó las ventas de todos los números en los que aparecía. Veneno fue cobrando dimensión y entidad hasta la edición de su primera miniserie propia, Protector Letal, donde la empresa “metió en el redil” su estrella mediante un salto con voltereta similar al que daba en las viñetas: de villano a antihéroe para proteger a una comunidad de mendigos y outsiders que viven en los subterráneos de San Francisco, amenazados ahora por una corporación a la búsqueda de metales preciosos. El retrato del predicador de esa comunidad que hacía Michelinie todavía dejaba, no obstante, cierto espacio a la antipatía.

Lo cierto es que Protector Letal, que aparece ahora en un tomo único en la colección 100% Marvel HC que recopila los seis números de ésta su primera aventura en solitario, es un buen pasatiempo, como lo es la película. Estamos ante el relato que convirtió a Veneno, allá por el año 93, en héroe a su manera, ganándose el apodo de Protector Letal que todavía mantiene, también ante un legendario hito de ventas de la compañía, decidida a explotar el atractivo de un personaje de eficacia probada en sus puntuales apariciones especiales. El dibujo de Mark Bagley y, después, Ron Lim, sin llegar al exhibicionismo y las perspectivas imposibles de McFarlane, acompaña una narración dinámica que no se engancha ni compromete con nada y que convierte la ligereza en su mayor virtud.

"Al final, lo que prima es la acción constante y la caradura, la que proporciona el concepto de pura posesión que subyace en Veneno pese a la sensación de anarquía argumental"

La reedición en tapa dura de este cómic blockbuster, del que en su momento se imprimieron un millón de ejemplares, no es para nada casual, en tanto la película de Fleischer bebe sin disimulo del guión de Michelinie: en ambas una gran compañía se erige como la enemiga (el trazar las diferencias entre el estereotipo de compañía malvada en los 80 y la actualidad sería un entretenimiento interesante), y si bien la película dedica más de su primera mitad a relatar el origen de huésped y anfitrión, la conversión de Brock/Venom en “hacedor del bien”, aunque sea de manera interesada y/o casual, casa a la perfección con los intereses de un gran estudio que difícilmente va a financiar una superproducción dedicada a un villano.

Venenizados es otro tomo puesto a la venta a la vez que la película, un procedimiento habitual en la editorial que en España publica Panini, con la característica que en esta ocasión se trata de una historia de nueva factura, obra del guionista Cullen Bunn y concebida como cierre a una historia iniciada en un tomo anterior, Universo Veneno, que a los lectores no les resultará difícil encontrar. Los dos tomos abundan en esa concepción del personaje iniciada en Protector Letal, con Veneno liderando a un grupo de héroes perseguidos por otra raza alienígena, los Ponzoñas, que se consideran como el perfecto complemento a todos los simbiontes caídos en todos los universos paridos por la Casa de las Ideas (y a sus huéspedes, entre ellos de nuevo Peter Parker/Spiderman en mero combustible). Un gran evento concebido como celebración del 30 aniversario del personaje y que no rehúye la nostalgia: uno de los momentos culminantes de la primera entrega es el enfrentamiento de Spiderman contra Veneno, justo como en los viejos tiempos, que mediante un puente con la colección X-Men (no incluido en ninguno de los dos tomos) acaba derivando en un nuevo ataque a la mansión de Charles Xavier al comienzo del Venenizados. Al final, lo que prima es la acción constante y la caradura, la que proporciona el concepto de pura posesión que subyace en Veneno pese a la sensación de anarquía argumental que pudiera proporcionar al lector novato: posesión y liberación de la violencia, justo aquello que Ang Lee entendió como núcleo para su psicoanalítica y, desgraciadamente, olvidada versión de Hulk (2003), solo que esta vez en forma de constante combate.