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El verdadero procedimiento policial (10)

¡Oh, querido lector! ¿Ya ha pasado el tiempo que nos damos de margen para que no me llegues a aborrecer? No sé a ti, pero yo ni me he dado cuenta del paso de los días y, aquí me tienes, dándole de nuevo a las teclas para traerte algo que te pueda entretener.

En todas las entregas anteriores —que ya son unas cuantas—, hemos estado viendo técnicas reales de procedimiento policial a la hora de investigar un crimen. Pero, como ya sabíamos, un día esto llegaría a su fin. No, no llores, ya lo hago yo por los dos. Y es que sí, quedan cositas que podría seguir explicando y matizando, no muchas, pero sí unas cuantas. No digo que no lo vaya a hacer nunca, seguro que un día se me tuercen las teclas y te acabo contando más curiosidades, pero creo que ha llegado el momento de hacer un inciso en el camino y contarte otras cosas interesantes. Como sé que eres un morboso y tus ansias de saber aspectos criminales no decaen —bien por el panorama político, bien porque tu jefe es muy simpático o bien porque acabas de comerte un atasco de tres pares de narices—, te seguiré contando otra serie de aspectos curiosos dentro de este macabro mundo. ¿Te apetece que te cuente historias verdaderas sobre asesinos en serie verdaderos? Espero que hayas, al menos, asentido con la cabeza —porque si no acabo de quedar como un gilipollas—.

Pues sí, dedicaré unas cuantas entregas a presentarte a ciertos elementos que han poblado nuestro planeta. Créeme cuando te diga que sus historias te fascinarán. Y no, no hace falta que te vea un psiquiatra para tratar ese raro placer que te provoca leer cosas así. No eres un psicópata, o sí, pero es que el morbo nos encanta, no nos engañemos.

Hoy te traigo la historia de un apodo que habrás oído en más de una ocasión. Y verás qué curioso es averiguar que ha sido usado en más de un personaje. ¡Y qué personajes!

¿Te suena «El sacamantecas»?

Es un apodo muy común, de hecho comenzó a utilizarse ya en la Edad Media, cuando se asustaba a los niños diciéndoles que vendría tal figura a matarlos y sacarles el sebo del cuerpo para venderlo si no se portaban bien. Sí, qué finos los del medievo. El término llegó a evolucionar transformando al personaje en «El hombre del saco». ¿A que éste te suena más? Fuera como fuese, el término ya se utilizaba bastante en esa época sin centrarse en una figura en concreto. Hasta que un día lo hizo. Debo contarte que, como te he dicho antes, el apodo se usó en dos asesinos en serie españoles —quizá en más, pero estos dos son los más famosos—. Hay discusiones en cuanto a quién otorgar el dudoso honor de ser el verdadero sacamantecas, pero eso no me corresponde a mí, ni creo que a ti. Nosotros nos centraremos en conocer sus historias.

—Manuel Blanco Romasanta (1809-1863)

Nació en Esgos, Ourense. Hay mucho mito acerca de este personaje y, siéndote sincero, no puedo hablarte de qué es verdad y qué mentira sobre ciertos aspectos que se cuentan de él. Uno de ellos es que al nacer, en su partida de nacimiento se le llamó Manuela, ya que creían que era una niña (¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?). No entraré en lecciones que pronto tendré que explicar a mi hijo sobre qué tienen los niños y qué las niñas, pero bueno, si ellos no eran capaces de distinguirlo, no seré yo quién para juzgarlos. También se decía que era inusualmente bajito —1,37 m—, tampoco sabría decirte si es real o no. Lo que sí es cierto es que llevó una vida más o menos normal hasta que murió su mujer —por causas naturales, al parecer—. Entonces se mudó a una aldea en la que dicen que comenzó a comportarse de un modo bastante afeminado —tonterías de la época—, ya que se ganó la confianza de muchas mujeres e incluso llegó a trabajar de tejedor —un oficio femenino en aquellos años—. Fue justo cuando se mudó a la aldea cuando comenzaron a cometerse crímenes en ella. Manuel dejó el oficio de tejedor y se dedicó a la venta ambulante de ungüentos. Las malas lenguas decían que esos aceites estaban fabricados con grasa humana, de ahí que las habladurías comenzaran a apodarlo «El sacamantecas». Consiguió eludir la justicia hasta en nueve ocasiones —con nueve pertinentes muertes de mujeres y niños— hasta que el cerco se estrechó sobre él. Consiguió un pasaporte falso y salió de Galicia. Una acusación formal recayó sobre él y comenzaron a buscarlo. Lo apresaron en Toledo.

"como todo en la historia de Romasanta, nadie sabe qué hay de cierto en su historia y qué no."

Cuando se le juzgó, la causa del sebo estuvo presente. Se le condenó a muerte por garrote vil acusado de la muerte de trece mujeres y niños. Es aquí, en el juicio, cuando sucedió algo realmente curioso. Romasanta alegó ser víctima de una maldición que le hacía convertirse en hombre lobo durante las noches con luna llena. Sí, en hombre lobo. Decía que bajo los efectos de dicha maldición no tenía el control sobre sí mismo y atacaba a sus víctimas sin ser consciente, arrancándoles la vida con sus garras afiladas y sus colmillos. Luego se comía los restos en compañía de otros lobos. De manera evidente, se pensó que estaba loco, por lo que la sentencia, en un primer momento, fue firme.

Fue ahí cuando entró en juego un hipnólogo francés. Había seguido su caso. Él decía haber tratado a personas con ese tipo de enfermedad —ya que se llegó a demostrar que lo que padecía no era un estado de enajenación, era una enfermedad mental conocida como licantropía, en la que la persona de verdad se creía hombre lobo— para saber si en realidad la padecían o estaban fingiendo mediante la hipnosis. Se le denegó el trato con el reo, por lo que éste no desistió y pidió ayuda incluso a la reina Isabel II. Ésta aceptó su petición de ayuda aunque sólo sirvió para que se revisara su caso y se le retirara la pena capital, conmutándola con una cadena perpetua.

Hay distintas teorías sobre la muerte de Manuel, con las que nadie logra ponerse de acuerdo.

Una dice que murió en 1854 en la prisión de Allariz, en la que cumplía condena. Otra dice que murió en el Castillo de San Antón. La más aceptada entre los que estudian su figura la sitúan en Ceuta, en la cárcel, de un cáncer de estómago. Para ello se apoyan en varios recortes de prensa de la época que parecen ser reales. Pero como todo en la historia de Romasanta, nadie sabe qué hay de cierto en su historia y qué no. Está en nuestra capacidad morbosa el aceptar según qué cosas.

Y ahora vamos a hablar del otro sacamantOH!! Se me ha acabado el tiempo y no me quedan más monedas para echar. Bueno, no es del todo malo, esto me puede servir para saber si este artículo te ha gustado o no y sigo con la serie —joder, qué bien me ha quedado el paralelismo—. Cuéntamelo en mi Twitter (@BlasRGEscritor) o en mi correo (Blasruizgrau@hotmail.com). Así sabré si he acertado o no y, créeme, es importante saberlo.

Y ahora, querido lector, sigue con tus quehaceres: disfruta, come, lee, duerme… pero cuidado, no te lleve el hombre del saco

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