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Verdades manuscritas de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra. Acrílico de Hernán Cortés Moreno

El Quijote es un libro regocijante, concebido como una cadena de episodios protagonizados por una pareja de personajes camineros, de imagen inconfundible, hablar sabroso y suerte desventurada. Humor melancólico el de Cervantes, pues casi todas las peripecias del hidalgo desmañado y de su bonachón escudero Sancho derivan en auténticos gags en los que la pareja protagonista resulta burlada, apedreada, manteada, apaleada, perseguida, y siempre ridiculizada. Y sin embargo, tanto uno –el gordo–, como el otro –el flaco–, acaban por fijarse en la memoria de los lectores como figuras nobles, profundamente humanas, llenas de sabiduría libresca y popular a la vez. Inolvidables.

En el año del cuarto centenario luctuoso del príncipe de las letras españolas, hemos presentado en la Real Academia Española los Autógrafos de Miguel de Cervantes Saavedra, obra magníficamente editada, que presenta los manuscritos auténticos, en escritura humanística bastarda, salidos de la pluma del autor.

Bien es cierto que el corpus recopilado y estudiado es sucinto: doce piezas, de las cuales tan solo ocho resultan totalmente autógrafas. Otras lo son de modo parcial, o exclusivamente por la firma.  Y todas, posteriores a la etapa juvenil de don Miguel.

Cierto también que el contenido de estos escritos no es especialmente noticioso, y apenas si nos permite entrar en los entresijos vitales o literarios de Cervantes. Pero quisiera ver al trasluz de estos documentos el dibujo de una trayectoria excepcional, la de un hombre que conoció “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros” ‒en sus propias palabras para referirse a la batalla de Lepanto‒, pero al que acompañó tenazmente también el fracaso y que al fin de sus días, después de haberse desgastado en afanes indignos de su talento, dio a luz una obra genial.

El primer documento es una carta dirigida en febrero de 1582 a don Antonio de Eraso, secretario del Consejo de Indias de Lisboa, en la que Cervantes confiesa la decepción que le ha supuesto no ver atendida su solicitud de un puesto en la Administración de las Indias. Mantiene la esperanza de que por una próxima “carabela de aviso”  llegue una vacante, y entretanto se ocupa en escribir su novela pastoril La Galatea, que por su género no dejaba de ser ya entonces una antigualla literaria.

Siguen diez documentos que nos hablan de las fatigas, de los sinsabores e, incluso, de las miserias que, entre 1588 y 1591, Miguel de Cervantes hubo de sufrir por tierras andaluzas como comisario real para el aprovisionamiento de las galeras de Su Majestad. Son cuentas de gastos menudos, de arrobas de aceite, de partidas de trigo y cebada, cuando no peticiones judiciales referentes a pleitos surgidos a raíz de sus gestiones, o alegaciones, alguna de las cuales hace ya desde la prisión de la que espera, “si Dios fuere servido”, salir “presto”.

Y en el último, fechado en Valladolid, en julio de 1604,  Miguel de Cervantes solicita, precisamente, al Rey licencia y privilegio por veinte años para poder publicar su obra El ingenioso hidalgo de la Mancha [sic].

Primera parte del QuijoteCuando se cumplen cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, resulta una buena forma de homenaje poner en limpio todo lo que hasta el momento nos ha llegado escrito de su propia mano, sucinto conjunto que traza el arco prodigioso que va de la decepción, el fracaso y la servidumbre de la lucha por la vida hasta el alumbramiento de la obra que inaugurará, visionariamente, la novela moderna: El Quijote. En cuya segunda parte se lee: “Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa; porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara”.

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Darío Villanueva es director de la Real Academia Española.