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Yasmina Reza sabe de hombres

Yasmina Reza sabe de hombres

Más allá de lo que salta a la vista, como la felicidad o más bien la ausencia de ella, las molestias de la amistad y las calamidades del matrimonio, entre otros tópicos, hay una recurrencia en la novelística de Yasmina Reza: los atentados a la virilidad y las inseguridades que atenazan a los hombres de hoy y de siempre. Con humor cáustico, la escritora examina masculinidades condenadas a la extinción.

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Hace unos años, de visita en la Ciudad de la Luz, aleteaba por VII arrondissement cuando sufrí un accidente literario. Me acompañaba Daniel d’Armas, una amiga tan culta como extravagante que recién se había mudado a un pisito frente al Sena porque trabajaba en moda y, según Lipovetsky, París y fashion componen una tautología. Como dos tórtolas del Caribe, mi amiga y yo batíamos las plumas después de salir de Le Bon Marché con los piquitos vacíos, porque nuestros presupuestos de pájaras asalariadas aún no nos permitían comprar los géneros de la temporada —al menos yo no podía—. Tomamos la rue du Bac y justo al pisar la intersección con la rue Varenne ocurrió el empellón que hizo abalanzarme sobre una de las escritoras más galardonadas de Francia: Premio Molière 1994, Gran Premio del Teatro de la Academia Francesa 2000 y Premio Le Monde 2013, entre otros reconocimientos que rutilan en su biografía. Pese a la contrariedad, yo le supliqué al Dios de Spinoza, ese que tiene infinitos atributos y descubrí en uno de sus libros, que me ocurriera una turbación similar a la de un personaje de Hammerklavier (Éditions Albin Michel 1997), que creyó ver en un concierto de El Mesías de Handel, entre los miembros del coro, a Lucette Mosès, un ser anodino de su pasado, antaño marioneta para afinar su crueldad, devenida cantante. Me abrí paso entre la vergüenza y avancé hacia mi víctima, que no sonrió, «le disloqué el hombro» balbuceé; ella no pudo ocultarse pese a las enredaderas de su pelo y tampoco se desvanecía como Lucette ante la mirada anhelante de quien comprobaba que no era sino otra persona. Yasmina, la autora de Arte, la pieza teatral que se granjeó ovaciones en todo el mundo por haber tensado hasta el absurdo la relación de tres colegas que, a propósito de la adquisición de un lienzo en blanco por uno de ellos, pone en evidencia la artificialidad del arte contemporáneo y las rivalidades de la amistad; Yasmina, la que hizo de la ironía y su semántica el sello narrativo para empuñar el filo de sus pensamientos; Yasmina, la que interpeló a los hombres para revelar fatalidades que cuestionaban su posición en el mundo; Yasmina, la judía, la socióloga, la también actriz; Yasmina, la que arrollé en rue Varenne, que sí era Yasmina Reza.

"Los personajes de Reza sortean los apocalipsis domésticos y las amarguras del día a día otorgándoles a las acciones rutinarias, como pasear en el Jardin des Plantes, escuchar a Pollini tocar las sonatas de Beethoven o comprar un borsalino rojo"

No hay género que naufrague en su tintero. Reza aborda con igual maestría el texto dramático, el ensayo periodístico o la novela realista. Gran parte de su trabajo ha sido traducida en España por Anagrama Editores, que en octubre de 2023 publicó su último roman Adam Haberberg. La historia de un escritor de cuarenta y siete años que, lejos de alcanzar el parnaso de los grandes poetas, atestigua el fracaso de su libro mientras una trombosis subtotal apaga su ojo izquierdo. Se está quedando ciego con la misma rapidez del desmoronamiento de su matrimonio con una ingeniera que no soporta sus lamentaciones: «Es cierto que con Irène exagero mis sufrimientos (…) pero lo hice para atraerla hacia mí y fue un gran error, porque el sufrimiento no se comunica, como tampoco el sentimiento de abandono, que también se llama soledad pero es peor, como tampoco la pena, de hecho me pregunto qué cosa existe que se pueda comunicar». Las fricciones de la convivencia, los reconcomios y odios que surgen en las dinámicas familiares y la lucha entre parejas por muñir voluntades lucen como «verdades» que parecen fascinar a la autora. Ella sabe que una verdad sin originalidad, o sea, repetida, sobada, prostituida, es como cualquier otra verdad: una interpretación. Detrás de los sarcasmos que emplea para relatar conflictos más bien ordinarios, esa manera de enunciar tan suya y que los franceses llaman second dégré, humor negro que deja sobreentendido lo contrario a lo dicho, se hallan incluso claves del pensamiento filosófico de Nietzsche o Schopenhauer —a este último le hace un guiño en una de sus novelas polifónicas titulada En el trineo de Schopenhauer—. «El mundo, que algo nos concierne, es falso, no es ningún hecho, sino una invención y un redondeo respecto a una delgada suma de observaciones; él está en flujo, como algo que deviene, como una falsedad que se desplaza siempre de nuevo, que nunca se aproxima a la verdad: pues no hay verdad alguna», sostiene Nietzsche en uno de sus epigramas en Fragmentos póstumos.

"Ella es una escritora que habla de ellos y de sus dilemas, hurga en sus llagas y flaquezas, rasga sus fragilidades hasta el coup de éclat que las convierte en polvo"

En un parque frente a las jaulas de los avestruces, en un concierto en la sala Pleyel o en una tienda de sombreros, los personajes de Reza sortean los apocalipsis domésticos y las amarguras del día a día otorgándoles a las acciones rutinarias, como pasear en el Jardin des Plantes, escuchar a Pollini tocar las sonatas de Beethoven o comprar un borsalino rojo, un efecto de flotador que auxilia ante el hundimiento: «…me detengo delante del escaparate de la zapatería (…) en ese escaparate hay algo para hacerme cambiar radicalmente de humor, vean ustedes, yo creo en la frivolidad, es una suerte que tengamos la frivolidad, la frivolidad nos salva, me sorprende que no comprendan esa superioridad que nos da el ser salvadas por la frivolidad, (…) el día en que la frivolidad nos abandona nos morimos», se lee En el trineo de Schopenhauer. Y es que la banalidad, como definición contemporánea, esencia de lo cotidiano, sirve de antídoto contra las adversidades de la vida: «adquiere un valor positivo si las insignificancias de las que está formada se transforman en ritos a los que se dota de una significación sentimental», suscribe Anne Martin-Fugier en el cuarto tomo de la Historia de la vida privada de Georges Duby. De esta manera algo aparentemente fútil, superfluo o trivial sufre la metamorfosis que lo colma de importancia y perentoriedad: «…una vez un hombre me dijo que el vestido puede esperar, puede esperar qué, le repliqué, que el cuerpo sea imposible de vestir, que sea yo la que obstruya la calle, arrastrando en zigzag bolsas de melancolía, el vestido no puede esperar, ni las cosas ni los seres, el vestido se aja y se marchita en la percha, y nuestra vida se marchita cuando esperamos, lo que sea …».

A través de Serge, eterno personaje que peregrina por toda su obra, hasta protagonizar una novela de nombre homónimo publicada en 2021, muestra a un judío de mediana edad que con aspavientos intenta maquillar sus fracasos como padre, hermano y esposo, Yasmina Reza exhibe una obsesión, un tema que explora con soltura: la mentalidad de los hombres. Ella es una escritora que habla de ellos y de sus dilemas, hurga en sus llagas y flaquezas, rasga sus fragilidades hasta el coup de éclat que las convierte en polvo. Los sujetos que retrata son blancos, europeos y heterosexuales —con la salvedad de unos pocos como Philip Chemla, personaje secundario de la novela Felices los felices, un médico homosexual que hunde su lujuria en las braguetas de anónimos que zascandilean en el Bois de Boulogne—. O sea, son tipos que encarnan la representación de la masculinidad occidental, entendida por el sociólogo Michael Kimmel como una relación de poder de los hombres sobre las mujeres. Sin embargo, Reza los despoja de autonomía y de los valores que históricamente han sido asociados a ellos: coraje, razón y cultura. También les quita privilegios de mando y los muestra en los crepúsculos del machismo. Sus héroes no son sino seres débiles, vencidos y minimizados por los problemas de siempre: el engreimiento con el que camuflan los estragos del tiempo; la calvicie que pone al descubierto la falta de genio; la barriga que afea el orgullo, la enfermedad que aleja futuros mejores, la extinción del deseo y la pérdida de fueros: «él nunca habría podido tener (un comedor), en ningún momento de su vida, porque para eso hace falta que reine en la casa, y no hubo ninguna casa donde eso sucediera, un orden doméstico (…). Incluso estando casado, incluso siendo padre de familia, piensa, he vivido con la despensa más o menos vacía», reflexiona Adam Haberberg.

"De vuelta a la intersección entre las rues du Bac y Varenne, el recuerdo de aquella escritora a la que choqué por aletear mis amaneramientos languidece como los apuros de mi amiga a saludarla"

En definitiva, la literatura de Reza contribuye a pensar nuevas masculinidades. Transfiere supuestas ontologías de lo femenino, como pasividad, emoción y naturaleza, a los fulanos que pueblan sus libros. Con su decisión abole mitos sobre sexos. Contraria a la norma, no sólo repudia esencialismos fijados por la biología, sino que también confirma la carga cultural que doblega a los varones: «La masculinidad blanca es tan sólo un modelo imaginario con el que todos nos medimos. No es más que una versión ideal de la hombría. Ningún hombre real (…) puede estar a la altura de las expectativas imposibles que plantea esta forma mitificada…», aporta el doctor en filología Josep Armengol en Reescrituras de la masculinidad. Ellos también son víctimas de construcciones de género que han sido legadas por el pensamiento heterosexual. Construcciones que aprisionan y ahogan como una soga en el cuello, y que no son para nada reflejos del alma.

De vuelta a la intersección entre las rues du Bac y Varenne, el recuerdo de aquella escritora a la que choqué por aletear mis amaneramientos languidece como los apuros de mi amiga a saludarla. Frente a ella, las palabras se me apiñaron en la garganta y no salieron ni siquiera para disculparme, mucho menos para comentar lo que intento dar sentido en este artículo: su solvencia a la hora de recrear universos masculinos. Quise confesarle que era su lector, quise piropear su pelo, que en ese momento se levantó como las serpientes de la Gorgona, quise manifestarle mis censuras a quienes encomiaron su crónica sobre Nicolas Sarkozy llamada El alba la tarde o la noche, quise… pero su mirada indiferente me petrificó. ¿De qué servían mis vacilaciones ante el hecho incuestionable del atropello? Eran una necedad. Entonces recordé una frase de Felices los felices: «¿Qué se le va a decir a un hombre que muy pronto dejará este mundo? (…) Hasta la vida, llegado un momento, es un valor estúpido».

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