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Yo tenía una granja en África

Antes de acabar el año 1913, la escritora Isak Dinesen, con 28 años, se fue a vivir al África Oriental Británica. De su experiencia escribió Out of Africa, que aquí se tradujo como Memorias de África (Alfaguara) y que fue más conocida por el cine que por el libro. El arranque es uno de los más sugerentes que se conoce:

«Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong».

Y las siguientes líneas completan el sentido que esta gran escritora quiso dar a este comienzo que marca el aroma que impregnará toda la obra:

«El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol. Las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías».

"Yo tenía una librería en el Langreo postindustrial. Se llamaba Lorca y tenía un aire a la Shakespeare & Co"

Yo tenía una librería en el Langreo postindustrial —puedo decir—, una zona hoy deteriorada por la extracción de minerales pero que en griego antiguo significa «tierra apacible y deleitosa». Sus montañas tienen una altitud media de unos mil metros y es atravesada por ríos y afluentes que bajaban arrogantes cuando había deshielo. Con bosques de avellanos, castaños y robles que en otoño se doran y enrojecen y provocan un temblor de los sentidos.

Pura cuenca minera del Nalón que en los años 60 del siglo pasado fue declarada por la UNESCO el kilómetro más culto de Europa. Una cultura que veinte años después se habría de vivir —y con la librería recién abierta— en forma de algarabía política por el cambio de régimen, con el consiguiente ánimo revolucionario, en donde te desayunabas con los trabajadores del sector Naval quemando neumáticos, comías con la siderurgia revuelta por los trabajadores de Duro Felguera, y cenabas con las reivindicaciones mineras que en las manifestaciones hacían estallar la dinamita que sacaban de los pozos. Un ambiente propicio para todo menos para vender poesía, aunque sí algunos Cortázar y algunos libros más sociales y políticos como El capitalismo tardío, de Ernest MandelEl hombre unidimensional, de MarcuseEl arte de amar, de Erich Fromm, y por supuesto, Karl Marx y Albert Camus, algo de Sartre y mucho Simone de Beauvoir.

Se llamaba Lorca y tenía un aire a la Shakespeare & Co., inaugurada en el 12 de la rue de L’Odéon de París, librería por la que siempre sentí debilidad gracias a que su dueña, la americana Sylvia Beach, escribió unas memorias llenas de encanto y buen rollo. Su librería hacía convivir el negocio de la venta y la edición con las lecturas públicas y las charlas de escritores como James Joyce, cuya primera edición de Ulises la financió la librería, o Ernest Hemingway, que allí leía gratis en sus años mozos, como contaría muchos años después en París era una fiesta. También Larbaud, Gertrude Stein o George Antheil, que vivía encima de la librería y al que le gustaba entrar en casa trepando por la fachada (he aquí la prueba fotográfica).

George Antheil

"Sylvia calculó que para una primera edición de lujo necesitaría al menos mil suscriptores, y en la lista incluyó nombres tan variopintos como los de Winston Churchill y George Bernard Shaw"

Apenas llegó Joyce a París conoció a Sylvia Beach, que sería una de sus mecenas, junto a su amiga Adrienne Monnier. Joyce cargaba con varios problemas a su espalda, el menor de los cuales no era la censura sufrida por sus libros anteriores. La intrépida y generosa librera fue su mayor propagandista, buscándole inmediatamente el favor de la crítica francesa. Le dio a leer el Retrato del artista adolescente a Valéry Larbaud, escritor abierto a nuevas fórmulas literarias, que quedó impresionado. Larbaud quiso conocer al autor, y Sylvia organizó una fiesta navideña en la que el francés le pidió a Joyce los capítulos de Ulises que habían aparecido en la revista The Egoist, gracias a Harriet Shaw Weaver, quien continuó ayudando a Joyce toda su vida. En cuanto Larbaud llegó a casa abordó el texto con premura y le escribió a Sylvia Beach el siguiente mensaje: “Estoy leyendo Ulises. En realidad no puedo leer otra cosa, no puedo ni pensar en otra cosa”. Cuando una semana después terminó la lectura, volvió a escribir: “Estoy loco, delirante por Ulises. Desde que leí a Whitman, a mis 18 años, ningún libro me ha entusiasmado tanto… ¡Es prodigioso! Tan grande como Rabelais: el señor Bloom es inmortal como Falstaff”. Y empezó a traducir unos fragmentos para la Nouvelle Revue Française.

Sylvia Beach con James Joyce en la librería

Mientras tanto, en Nueva York, aquellos capítulos habían generado una condena judicial, por lo que Sylvia Beach, con todas las dificultades inherentes a la confección del libro, es decir, su exigencia tipográfica, su meticulosidad con el lenguaje, el trabajo que aún le quedaba a Joyce para terminar de escribir, decidió publicarlo. Para ello buscó suscriptores. Sylvia calculó que para una primera edición de lujo necesitaría al menos mil suscriptores, y en la lista incluyó nombres tan variopintos como los de Winston Churchill y George Bernard Shaw; éste, tras contestar elogiando la empresa editorial, decía: ”Pero no conoce usted lo que es un irlandés, y de edad, si cree que está dispuesto a pagar 150 francos por un libro”.

"Yo tenía una granja en África. Yo tenía una librería en París. ¡Ay!, la carne es triste y he leído todos los libros, se dolía Mallarmé"

La verdadera odisea del libro comenzaba entonces para Sylvia Beach, porque Joyce pedía seis juegos de pruebas en los que hacía añadidos y correcciones que a menudo extraviaba y enredaba, entre otras cosas porque cada vez tenía menos vista; trabajaba en los capítulos finales mientras corregía pruebas de los primeros, y para colmo, el impresor de Sylvia estaba en Dijon y Joyce se empeñaba en tener el libro listo para su cuarenta cumpleaños, lo que fue posible gracias al maquinista del tren Dijon-París, que se lo llevó en mano.

Joyce se había instalado en París en 1920 por consejo de Ezra Pound, años en los que se produce la más importante concentración intelectual en el periodo de entreguerras: Faulkner, Scott FitzgeraldPicasso, Ford Madox Ford, Dalí, Buñuel, Man Ray… Un París en el que se vive en la calle y en donde Saint Germain-de-Prés hierve entre propuestas filosóficas, poemas y vino blanco, en dos lugares que han quedado como emblema de la intelectualidad: el Café de Flore y Les Deux Magots.

Yo tenía una granja en África. Yo tenía una librería en París. «¡Ay!, la carne es triste y he leído todos los libros», se dolía Mallarmé en su poema «Brisa marina»: ¡huir, huir muy lejos!…