—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Historia de un poema (4): Guardaré el secreto de tu nombre

Historia de un poema (4): Guardaré el secreto de tu nombre

Poema: Guardaré el secreto de tu nombre. Del libro: Lucernario. Premio Ojo Crítíco de RNE, 2000.

 

El poema lleva una cita de Leonard Cohen, que en aquellos días de 1999 (cuando salió la edición de Lucernario en la desaparecida editorial DVD) prendía de modo fuerte mi ánimo de veinteañero. Mi festival hormonal. Creo que este era un poema de amor. Aunque quizá lo era ya de despedida de aquel amor que prometí conservar como queda el insecto fijado en el ámbar, con su estructura genómica intacta. Cosas de entonces. Entre las potencias reales de la poesía está la de generar espacios nuevos a partir de la condición evocadora de algo “viejo”. Es más fuerte el mar del poema que el mar de las fotografías. Más rugiente, más azul, más seguro de orillas improbables, más nostalgia de nosotros mismos. Y en estos versos sucede algo así: lo que estuvo es recordado con una potencia que no sé si en los momentos de esplendor llegué a intuir del mismo modo. La poesía, ya digo, fija y aúpa aquello que nos perfila mejor como hombres.

"No soy aquel muchacho y no estoy seguro de que quiera volver a serlo. Andaba tan enfebrecido de poesía e irracionalismo que me reconozco apenas con ternura. O mejor, con indulgencia."

En ese año andaba probablemente a la deriva. Era muy joven para creer que un hombre puede ser feliz sin culpa. Y ensayaba una forma de imágenes poéticas que exigían ser tan inflamables como abundantes. Sospecho que la edad también va cauterizando heridas. Este poema lo escribí en Madrid. Y lo escribí en verano. Y quizá aún en la casa de mis padres. Y probablemente aprovechando alguna tarde de calor lento, como suele ser el mes de julio en esta ciudad. Debo tener en alguna carpeta el borrador a boli, pero no me voy a levantar a buscarlo. Prefiero que el poema mismo me dibuje como era entonces, con todas las sospechas que genera el recuerdo en quien se mira a lo lejos. No soy aquel muchacho y no estoy seguro de que quiera volver a serlo. Andaba tan enfebrecido de poesía e irracionalismo que me reconozco apenas con ternura. O mejor, con indulgencia. Estaba en la poesía a ciegas. Tanteando el contorno de un territorio propio desde el que decir las cosas a mi manera, dopado de lecturas surrealistas y de románticos alemanes. De latinoamericanos fervorosos. De algunos clásicos. De excesivo 27. Entrar ahora en este poema es como hacerlo en un desván íntimo, en un laboratorio.

Y sin embargo ahí están algunos de los ingredientes de mi escritura. Eso que después se ha ido modulando. Lucernario es un libro de poemas que busca más que encuentra. Que sabe que se excede y necesita esos derrapes. Que sirve de puente para cruzar a una orilla mejor enclavijada a la tierra. No sé si me explico. Lucernario es la tentativa de un chico de pelo largo por parecer un chico de pelo largo. Esto tiene más que ver con la actitud que con la literatura, pero a ciertas edades se trata de eso. O sobre todo se trata de hacerlo así.

"Estas cosas suceden así. Pasas del furor de la imagen a la apnea del idioma. Y de algún modo inicias una nueva expedición."

En aquel verano de 1998 escribí la mayoría de los poemas de este libro “revisitado”. Iba a tientas por mi vida. Almudena me había dicho adiós unos meses antes, el día de mi cumpleaños: 28 de diciembre. Me regaló un disco de Portishead, un cepillo de dientes diseñado por Philippe Starck y un sermón de despedida. Estábamos en La Venencia de la calle de Echegaray. Bebimos una botella de palo cortado combinando el trago con aceitunas y mojama. Pagamos a medias, como dos seres que a pesar del desastre no perdían su condición civilizada. Ninguno lloró. Ella subió al autobús. Yo esa tarde preferí bajar al Metro. Todo esto no tiene mucho que ver con el poema, pero tiene tanto que ver con esos meses que me parece que son en verdad el poema del poema.

Después de Lucernario pasé a explorar lecturas nuevas. Algo muy distinto a lo que leía entonces. Casi violentamente cerré una época. Aluciné con Eugenio Montale, con Leopardi, con el Cernuda de México, con algunas cosas de Auden, con John Ashbery incluso. Me asombré con el Luis Rosales del final de su escritura. Y me abracé a Claudio Rodríguez, que es una baliza esencial. Estas cosas suceden así. Pasas del furor de la imagen a la apnea del idioma. Y de algún modo inicias una nueva expedición. La poesía, irremediablemente, se hace con compañeros de viaje. Aún sigo escuchando discos de Leonard Cohen.

Leonard Cohen

 

GUARDARÉ EL SECRETO DE TU NOMBRE

 

You fixed yourself, you said never mind,

                                                                                                we are ugly but we have the music

Leonard Cohen

 

 

Es extraño cuando la muerte cae tan cerca,

lo sabes,

y llega hasta la sangre con su brazo de humo.

Es extraña la ofrenda que arranca del labio,

y el agua con su altura de coronas negras.

 

Te vi aparecer cubierta de noche

como la luz escapa,

sencillamente entre dos pechos con fuerza.

 

Dentro del invierno salió tu voz

de azúcar apretado,

la luna sin destino de tu tos verdadera

como un viento que fuera despedida,

como ardiendo, como sonámbula,

como una ceniza a tientas, como un alma de espejos

que has visto volar

hasta quemarse abiertos.

 

Y sin embargo, te oí morir a cada instante

bajo el delirio justo, con la tristeza exacta,

igual que danzan los cuerpos de los muertos

punteando en la luz

otros cuerpos iguales.

 

Qué sordo carbón de deseo.

Verte y no verte.

Temblar muy despacio.

 

Pues sabes que conozco

el secreto de tu nombre,

el terco olor de tu existencia,

los ojos entregados a un llanto con palmeras,

tus ojos que se cierran y no regresan nunca

y así se van llenando de nieve

o de accidentes,

se apagan muy despacio en su mañana interna

como una playa hereda el amor de quien la pisa

con suicida calma,

como un hombre se entrega al sueño que lo habita,

aunque la muerte sea.

 

Guardaré el secreto de tu nombre es uno de los poemas de Antonio Lucas incluido en Fuera de sitio. Poesía (1995-2015). Editorial: Visor. Páginas: 368. Edición: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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