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Mariana Enriquez: «La ciencia ficción acaba siendo realista»

Mariana Enriquez: «La ciencia ficción acaba siendo realista»

Cuando Mariana Enriquez era una niña tenía una colección de muñecas pelonas. La gente pensaba que se dedicaba a recrear que era una gran mamá, pero en realidad ella jugaba a «El orfanato» por influencia de las lecturas de Dickens y las Brontë. Esos fantasmas de la infancia no la abandonaron cuando se hizo mayor y comenzó a escribir historias terroríficas, fantásticas, pero más ciertas que nuestra propia realidad. Su última obra es una colección de cuentos donde el mal acecha en cada página, Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama), que ha presentado esta primavera en España al estilo de las giras de las grandes estrellas del rock.

Hablamos con Mariana Enriquez de presidentes maoístas que no saben que lo son, acerca de asesinos en serie convertidos en sex symbols, sobre la ambigüedad de los fantasmas y de lo sobrenatural que es la normalidad.

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—En el primer relato de Un lugar soleado para gente sombría los vivos dan más miedo que los muertos, que los fantasmas.

—En un relato de terror lo que da miedo no es necesariamente lo sobrenatural. A un relato de terror lo que lo define es que dé miedo y que haya unas determinadas características: unos fantasmas, una casa encantada… Pero el disparador del miedo no tiene por qué ser lo sobrenatural y lo fantástico. Esa es un poco la idea de Cuento de Navidad, de Charles Dickens; Mr. Scrooge es más malo que los fantasmas. (Risas) Es un concepto anticuado, clásico, pero que para mí está muy vigente. Ahora nos ocurre algo muy raro: vivimos un momento de la historia que no es el peor en ningún sentido, pero sin embargo hay un sustrato de muchísima crueldad en el trato. Hay una violencia subterránea, como podemos ver al entrar en las redes sociales. Y luego está la cuestión hiperindividualista que se ve en ese primer relato: ocurren pequeñas cosas que nos causan gran malestar, aunque no haya nada objetivamente tan terrible.

—Ha mencionado a Dickens. Lo canónico sigue muy presente. 

"Al escribir relatos de terror puedes robar un poco de un clásico, otro poco de un contemporáneo..."

—Sí. Mi terror —el que a mí me gusta y el que yo aprendí a escribir— también es muy canónico; es el de Stephen King. Se trata de un terror con un elemento hiperrealista y también social. Esto último no está tan presente en los clásicos. Poe no lo tiene, pero se sigue usando su terror psicológico y morboso. Shirley Jackson sí que está un poco más preocupada por los temas sociales. Se ve una evolución. Es un género que sigue vigente. Al escribir relatos de terror puedes robar un poco de un clásico, otro poco de un contemporáneo… El género de terror se relaciona con el presente, habla con su época todo el tiempo y a la vez comprende que desde sus comienzos los miedos son parecidos.

—¿El terror permite una crítica social que no se hace en otros géneros?

—Sí, es algo curioso. La vida se parece más a lo que leemos en los géneros fantásticos que al intento de representación que hace de ella el realismo. Porque la vida finalmente está hecha de recuerdos, de errores, de cosas que no se terminan. Hay como un cierto estado de ensoñación, de hipnosis. El trabajo del escritor de terror es tratar de desnaturalizar, pensar que aquello que parece tan normal quizás no lo sea tanto. La vida cotidiana me recuerda más a ese estado de rareza permanente. Puede que tenga que ver con mi proceso mental, pero la realidad me parece más acartonada: nos pasamos todo el día con pantallas, recibimos muchas noticias falsas, la gente que tiene más dinero vive encerrada en microcosmos…

—Los superricos están pensando en huir del planeta…

—Exacto. Al final, la ciencia ficción acaba siendo realista.

—Leí el otro día en Twitter una frase que me gustó: “Los fantasmas son símbolos de asuntos de nuestro pasado que están sin resolver”. Usted, que es una experta en el tema, ¿está de acuerdo? 

—Sí, claro. Esa es una de sus funciones. Hay un autor español de terror que me gusta mucho. No me acuerdo ahora de su nombre… Escribió un libro sobre el trauma…

—Ismael Martínez Biurrun. Él es el autor de la frase.

—(Reímos) Qué bueno.

—La obra es Soy lo que me persigue: El terror como ficción del trauma (Dilatando mentes, 2021), escrita junto a Carlos Pitilla Salvá.

—Tuve varias conversaciones con él sobre esto. El libro se centra más en el cine, donde todo se resuelve de forma más clara. En la literatura hay una parte que se muestra y otra que está escondida. El fantasma es muy ambiguo. Estoy de acuerdo con Ismael en que el fantasma es una ficción del trauma porque es un misterio que no se puede resolver. Esto es algo que ves en las facturas más vulgares de fantasmas. Por ejemplo, la llorona: mataron a mi niño, que me lo arreglen. (Ríe) Es algo que esa aparición no puede resolver.

—En Un lugar soleado para gente sombría narra hechos terribles con un tono muy calmado, de forma apacible. De esa forma la sensación de miedo es mayor para el lector.

—Al principio era más estridente, era más punk. Los cuentos de Los peligros de fumar en la cama eran más punkis. Me sigue gustando la estridencia —se señala la camiseta de Slayer—, escuchar metal, black metal. Me pasó algo con mi escritura: al integrar realidad y sobrenatural no quería el impacto, huía del susto del cine de terror. Quería que todo eso estuviese integrado en el texto, que el pasaje hacia lo sobrenatural fuese muy sutil. Tampoco me gusta algo que suelo encontrar en el terror contemporáneo que leo, y que todavía es peor en el cine: buscarle una explicación a lo que está ocurriendo.

—En el cuento que da título al libro escribe acerca de un lugar aterrador, el hotel Cecil de Los Ángeles.

"Los psicokillers han sido sustituidos por los asesinos en masa, que disparan a una multitud o arrollan a las personas con un coche o un camión"

—Conocí el hotel Cecil porque había sido durante un tiempo el refugio del asesino en serie Richard Ramirez. Su historia me ocupó, y me preocupó, de forma morbosa durante una temporada. El tema de los asesinos en serie siempre me ha interesado. Sobre todo ahora que están en extinción. Con la cantidad de información que hay es difícil ocultar los crímenes. Los psicokillers han sido sustituidos por los asesinos en masa, que disparan a una multitud o arrollan a las personas con un coche o un camión o los persiguen con un cuchillo. Ramirez fue el primer serial killer latino famoso, y me atrajo ver cómo se convirtió en todo un sex symbol cuando entró en la cárcel.

—Lo mismo que pasó con Ted Bundy y también con Jeffrey Dahmer.

—La sexualización del asesino serial me parece de las cosas más morbosas que hizo la cultura pop. Se trata de una sexualización de la violencia. La historia de Ramirez me llevó al hotel Cecil por primera vez. Luego vino lo de Elisa Lam.

—La estudiante que entró al hotel Cecil y nunca salió con vida de allí.

"Elisa Lam se convirtió en un fantasma con muchísimos fans que elaboraron un montón de teorías sobre su desaparición y su muerte"

—Elisa Lam fue uno de los primeros fantasmas de internet. Sus últimos momentos de vida están filmados; se volvieron virales, están en YouTube, se creó una comunidad de fans. Ella lo único que hizo fue irse de viaje y morirse. Bueno, estaba ese hotel de mala fama, en ese barrio… El vídeo de esos últimos minutos antes de morir es extraño, ella hace gestos raros porque tenía una enfermedad mental. Y al poco tiempo fue al tanque de la azotea, donde se ahogó. A mí me impresionó mucho que todo eso sigue ahí, en internet, nadie elimina esos vídeos. Elisa Lam se convirtió en un fantasma con muchísimos fans que elaboraron un montón de teorías sobre su desaparición y su muerte. En este caso el true crime intenta resolver qué le pasó a un fantasma; porque ella es un fantasma. Yo fui al hotel Cecil. No me alojé allí… (Reímos) No soy muy supersticiosa, pero el hotel Cecil tiene un mal rollo. Es un lugar muy literario. No sé si ahora vive gente dentro, porque el edificio cambia de dueños. Afuera hay muchos adictos —casi todos muy jóvenes, algunos adolescentes— que lo defienden como si fuera suyo. De hecho, hubo uno de ellos que me gritó cuando me acerqué. Yo me preguntaba: «¿Qué están cuidando acá?».

—De California nos vamos a la Argentina. El relato titulado «Julie» confronta a los que emigraron de la Argentina y los que se quedaron. Esa situación se vuelve más extrema cuando los que se marchan fracasan y tienen que regresar sin plata. ¿Cómo es esa relación entre unos y otros?

—Es una relación muy peculiar porque en la Argentina tiene una tradición de exilio muy larga. Exilio político y también económico. La mayoría de los del segundo tipo se fueron a Europa por una cuestión de pasaporte; muchos de ellos tenían abuelos italianos o españoles. Es muy difícil aceptar que te marchaste, con cierto hartazgo y desprecio, y llegas a un nuevo país que tampoco te trata bien. Entonces, mucha gente bien. Les preguntas cómo les va y te responden «bárbaro», pero luego vas a su casa… y te echas las manos a la cabeza. En el caso de los que van a Estados Unidos, como en el caso del relato de mi libro, todavía es peor. Este es el país aspiracional para cualquier emigrante. Ese fracaso tiene una parte costumbrista. Este es el relato más costumbrista, el que muestra esas dos Argentinas.

—En el primer relato del libro, que ya hemos citado, hay mucho terror. Y no lo digo por los muertos vivientes, sino por esos vecinos armados con palos. ¿Cuánto horror hay en la Argentina actual? ¿Cuánta violencia?

"El miedo es que esto, al igual que sucedió en otros países, sea una bola de nieve que no se pueda detener. En México, en Brasil, hay una convivencia del estado con el narco"

—Hay un pequeño sur, formado por Argentina, Chile y Uruguay, que está alejado de la violencia que hay en los otros países. Lo que sí hay es un problema de percepción porque ahora empieza a haber una violencia urbana, de pandillas, que antes no teníamos. Hay un miedo por no estar acostumbrados a ese tipo de violencia. Cuando voy a México y leo los diarios me espanto, pero la gente de allí está tranquila porque tiene esa situación asumida. En Argentina, Uruguay, Chile comenzamos a tener episodios de violencia más importantes, pero la gente no lo tiene naturalizado todavía. El miedo es que esto, al igual que sucedió en otros países, sea una bola de nieve que no se pueda detener. En México, en Brasil, hay una convivencia del estado con el narco.

—A la trama de la Argentina le sumamos ahora un libertario mesiánico. ¿En la historia de su país cabe algún giro de guion más?

—Milei es un personaje muy literario, y también rarísimo. Trato de entender a la gente que lo votó. Como decías, hay tantos giros de guiones que al final vamos con el que lo cambia todo; nos tiramos por el precipicio. El capítulo en blanco y negro de Twin Peaks. Creo que no es el camino, pero respeto al que piense que sí. Lo que sí puedo afirmar es que en el terreno de la cultura está cometiendo errores. La ataca con la excusa de ahorrar. Reconozco que hay que hacerlo, y la cultura es donde primero se puede recortar. Pero Milei quita un programa de promoción del arte y no dice: «Cuando las cosas estén mejor lo recuperaremos». La sensación es que lo elimina porque es una equivocación, y lo hace enojado. Eso me parece una gran equivocación. Luego está esa idea de que si un chico pobre de provincias no puede comer no podemos gastar dinero en traducción de libros. Si hay un niño del Chaco que no puede comer, eso hay que solucionarlo ya. En un mes, en una semana, ayer. Eso es una urgencia. Pero una vez resuelto eso, ese chico tiene que poder leer, tener sus canciones. No puede ser solo una persona que come y tiene su dinero en el banco, tiene que ser un ser humano. De hecho, muchos de los grandes personajes de Argentina no son gente rica: Mercedes Sosa, Eva Perón, Leo Messi, Diego Maradona, Antonio Berni… Argentina no es solo el país de Borges, y además él no tenía tanta plata. Es un poco racista pensar que una persona, porque no pueda comer, no necesita cultura; es más bien al revés. La gente rica es la que no necesita cultura, porque la puede pagar. Luego está la relación con su hermana. La clonación de sus perros.

—Milei habla con su perro muerto. Espíritus en el despacho presidencial.

"Es la segunda vez que tenemos un representante político que tiene comunicación con el mundo espiritual"

—Esta es la segunda vez que pasa en Argentina. Cuando murió Perón, el poder lo tenía José López Rega, su secretario privado, un tipo muy violento, el creador de la banda terrorista Triple A, que tenía relación con el esoterismo. Ahora es muy distinto, porque no es violento, pero es la segunda vez que tenemos un representante político que tiene comunicación con el mundo espiritual. Esto es algo muy raro. Que yo escriba de fantasmas es algo muy normal. (Risas)

—Si bajan los datos de la inflación su recorte a la cultura estará justificado para mucha gente.

—A mí eso me da miedo. Y me parece muy injusto el recorte al programa de traducciones al extranjero, que ha servido para que Claudia Piñeiro y Selva Almada hayan sido nominadas al Premio Booker Internacional. Es un libertarianismo que está pensando en la batalla cultural, como le dicen ellos.

—Suena muy soviético, maoísta, a Revolución Cultural. 

—Milei se muere si escucha eso. Se cae muerto si escucha eso. (Risas) En realidad, él tiene la teoría de que la cultura representa el marxismo cultural. Que la cultura es de izquierda, vaya, que es lo que ellos combaten. Busca erosionar la cultura para ganar esa batalla.

—Terminamos. ¿Con qué nuevas historias va a horrorizar a sus lectores?

—He publicado tres libros de títulos largos —Un lugar soleado para gente sombría, Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama—, con doce cuentos…

—Y no trece, dijo que no era supersticiosa…

—(Ríe) A lo mejor esos libros conforman una especie de trilogía. Lo estuve pensando el otro día: los tres tienen ciertas exploraciones parecidas. Ahora estoy con una novela; la tengo bastante avanzada. También tengo un par de cosas de no ficción. Y además tengo una idea bastante loca.

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