—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Todo lo que la tribu debe a Manu Leguineche

Todo lo que la tribu debe a Manu Leguineche

Un recorrido por las enseñanzas periodísticas del maestro a través de su obra más emblemática

 

“¿Y hacia dónde vamos, en definitiva? Hacia la crisis total, hacia la extinción del periodismo escrito y la robotización de los periodistas. Las redacciones se han convertido en bancos de datos, en centros de electrónica. El periodista es un burócrata, un cibernético, un apéndice del computador, con sus videodatos y sus pantallas que te dejan ciego poco a poco.”

No es una queja más entre los llantos que hoy se oyen sin cesar en cualquier redacción. Es la reflexión amarga de uno de los enviados de La Tribu (1981) de Manuel Leguineche.  Forma parte del grupo de periodistas que cubren en Malabo el golpe de Estado de Obiang contra Macías en el año 1979. De eso hace 38 años.

Lo importante no es si Leguineche fue un visionario o si se parecía mucho a Julio Verne, y no sólo en las predicciones. Lo importante es que lo que hoy sucede en el periodismo ya había sucedido antes. Los teléfonos han cambiado, las comunicaciones son más fáciles y las técnicas de edición se han modernizado. Pero la esencia es la misma. Una relectura de La Tribu (Espasa-Calpe) no es una nueva dosis para el mono de la nostalgia. Al contrario, es una luz para entender lo que hoy nos está pasando a los periodistas.

A través de las conversaciones de los enviados, Leguineche ofrece sus propias reflexiones sobre la profesión. Somos tan obsesivos y tan pagados de nosotros  mismos que hablamos de lo de siempre, “de periodismo, periódicos y periodistas.”  Entonces y ahora estamos en crisis permanente: “Los lectores están igual que nosotros. Son unos perezosos mentales como nosotros, han desertado de los  quioscos. Para los dueños la culpa es nuestra, para nosotros es sólo suya”.

A diario también se escuchan hoy conclusiones derrotistas que se diferencian poco de ésta de La tribu: “La profesión  está como muerta, fosilizada, ha perdido la curiosidad y la pasión por la historia. Hay una crisis de fe, esta es la hora del abandono de la vocación. Somos los primeros en saberlo y los primeros en contarlo, pero casi todos prefieren Madrid de agosto, cómodo… escaso currelo, piscina, puntear teletipo… en fin la puta galbana”.

Manu Leguineche La tribu

Y es que el periodista vive en un continuo estado de excepción, porque, según recuerda uno de los personajes de Leguineche: “Éste es un oficio de perros, una subcultura, una mierda pinchada en un palo de golf, siempre con insomnios, con la tortura de escribir entre el humo del tabaco, con el temor al pisotón, o a que te pongan en la calle, o a que el periódico se cierre. Y yo he sufrido lo mío desde abajo, desde las necrológicas y desde los sucesos, la mesa y el teletipo.” Para ser actual sólo sobraría el humo del tabaco. Sin embargo, sigue estando bien presente que “somos de uso tópico y de amplio espectro, como los antibióticos. No hay vuelta de hoja. En 1963 había en Nueva York doce diarios. Ahora quedan tres, como en Oviedo”.  Faltaría solo precisar que hoy en la capital de Asturias ya solo queda uno.

"La tribu ilustra sobre cómo se documentaban los reporteros lejos de la redacción, donde no podían recurrir a la Espasa o, los más cosmopolitas, a la Britannica. Son los tiempos anteriores a Google. "

El debate sobre cuáles son los temas más mimados por la dirección sigue igual en 2017 que en 1979: “¿Y qué me dices de esa obsesión de que lo internacional no interesa? Pues sí que interesa mucho el Congreso… Somos  la escoria, el lujo prohibido de los periódicos. (…) Coño, tenía razón Chesterton, el periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ cuando la gente no sabe ni que Lord Jones existía”.

El reportero siempre se ha sentido presionado por la obsesión de sus jefes con las modas: “Y todo para que el director te diga: ‘… no quiero hazañas bélicas, quiero valoración crítica de los hechos sobre el terreno, un buen background, investigative reporting, spot news story y pollas en vinagre. Cada vez que te hablan así, necesitas traducción simultánea ¿Tú sabes lo que pueden dar de sí dos meses en la Columbia University?”

Las preocupaciones, además de la crisis, son siempre las mismas. Y el jefe de la tribu sabe de lo que habla. Por ejemplo, aprovecha  la historia de Herbert Matthews en la guerra civil española para reflexionar sobre la implicación del periodista: “En este oficio, quieras o no, de una manera consciente o subconsciente –sostiene uno de los personajes-, siempre eliges campo. Lo que ocurre es que hemos bendecido causas que luego nos decepcionaron, que nos dejaron con el culo al aire. Eran los tiempos de los silencios selectivos, de pasar por alto con fervor determinados síntomas que vimos y que no contamos… Yo por ahora prefiero la ideología al oficio”.

El libro de Leguineche también sirve para rendir homenaje a aquellos tiempos en los que, en los grandes acontecimientos, “los protagonistas del espectáculo eran los periodistas, hasta entonces los más odiados. Los nuevos colonos de los mass media, sin sandalias, sin calzones, sin salacot, cargados de bolsas japonesas, teleobjetivos, cables  y flashes, esparadrapos, latas de película, baterías, micrófonos, cintas magnéticas y filtros sky light contra la fuerte radiación solar”.

Manu Leguineche en Beirut

La tribu ilustra sobre cómo se documentaban los reporteros lejos de la redacción, donde no podían recurrir a la Espasa o, los más cosmopolitas, a la Britannica. Son los tiempos anteriores a Google. Leguineche enumera los libros esenciales que llevaba un reportero en su equipaje: Guía arquitectónica del viajero, de Wilfred Koch; Diccionario de sinónimos; el Quotations de Penguin; un libro de Tácito; el Guinness de los Récords; el Diccionario Político de Haro Tecglen y un mapa Bartholomew.”

Por no hablar del cuaderno, ese instrumento mágico, sagrado, donde las ideas para notas de color conviven con los datos precisos, aquella libreta “de rayas azules horizontales que tanto impresionaba a los recién llegados a la cofradía de los corresponsales de guerra. Un cuaderno negro, estrecho y vertical, muy manejable…” El periodista  había escrito en la primera página del mítico cuaderno negro esta frase de Tom Wolfe: “Los directores guardan las lágrimas para sus corresponsales de guerra”. Debajo, en mayúsculas, había añadido la palabra “MIERDA”.

Los enviados estaban obsesionados con el libro de estilo, recién introducido en España. Lo leían a todas horas. Las normas exigían a los periodistas “crónicas sólidas en hechos, concisas, de párrafos cortos, libres de retórica. News, facts, no comments. “El lector –recomendaban- debe tener una idea clara de lo que ocurre al final del segundo párrafo, con respuesta a los qué, cuándo, quién, cómo, dónde y por qué.”

Cómo no recordar a los fotógrafos. “¿A qué puede deberse la atracción de los fotógrafos por las bayonetas, los revólveres y los cuchillos al cinto y sobre todo por los fusiles de asalto Kalasnikof? ¿Serían unos hoplitas frustrados?”, se pregunta Leguineche. Aquellos diestros fotógrafos sabían de la necesidad de abrir un diafragma más para fotografiar bien a los negros. Eran muy conscientes de que no podían “hacer turismo en grupo” para conseguir imágenes diferentes a las de sus competidores. Y es que hay que ver “¡qué fotogénica es la guerra!”

"La Tribu es una guía indispensable para saber que antes que nosotros fuéramos a ninguna parte, muchos periodistas ya habían vuelto."

Ah, los tópicos de los periodistas. Cuántas frases inolvidables, repetidas entonces y ahora, una y mil veces sin cansarse, sobre esta profesión que lleva “la agresividad y la competencia en la sangre”. “Prefiero hacer periodismo que trabajar”. “Es más un sacerdocio que una profesión.” Por no hablar de la tabla de equivalencias: “5 muertos en España = 50 en Irlanda = 500 en el Líbano = 50.000 en Indonesia”. O del famoso club de las tres o cuatro des, que, según quien lo cuente, pone o quita: “los depresivos, los divorciados, los deslenguados y los dipsómanos.”

Por no hablar de aquel otro corresponsal, siempre otro, claro, que tenía por costumbre inaugurar sus crónicas con el toque dramático de los ‘horizontes de sangre, acompañado de un fondo de ametralladora que eran, de Rodesia al Sinaí, de Irán a Centroamérica las mismas ametralladoras.” O del drama al presentar en la administración las cuentas a la vuelta del viaje: aquellas sufridas facturas en árabe o cirílico y el mítico y holgado concepto de los “gastos diversos”.

Siempre quejándose de su sino, los personajes de Manu –entonces no llegaba a los cuarenta- retratan el periodismo como “una profesión de solteros, en la que todo el mundo se mira al ombligo, se queja de que nadie le quiere y que trabaja en oficinas siniestras que son las redacciones, hipocondriacos y con esperanza de vida muy por debajo de la media”.  Ellos mismos se retratan.

-“Sí, el periodista sueña toda la vida con retirarse a una granja, criar conejos y leer y escribir libros. Pero, ¿conoces a alguno que lo haya hecho?”

Es una profesión con fecha de caducidad, como los yogures:

-“La llama sagrada dura entre nosotros hasta los cuarenta años.

-¿Y después de los cuarenta?

-Se languidece hasta los sesenta y la llama se extingue… Luego, el cementerio de los elefantes, la tumba de las hemerotecas”.

Siempre fatalistas. La realidad no es tan dura. Siempre quedará una verdad incuestionable –entonces y ahora-  y es que, como sentencia Manuel Leguineche, “en puro periodismo nada puede sustituir a la visión de los acontecimientos sobre el terreno, el conocimiento de primera mano”. A esos periodistas sobre el terreno, entre los que está el propio Manu, rinde homenaje “La tribu”, una guía indispensable para saber que antes que nosotros fuéramos a ninguna parte, muchos periodistas ya habían vuelto. Le debemos demasiado al jefe como para dejarlo ahora caer en el olvido.

44 sugerencias para periodistas amantes de la lectura y con espíritu autocrítico

Aguilar Camín, Héctor. La guerra del Galio.

Bayly, Jaime. Los últimos días de la Prensa.

Bioy Casares, Adolfo. La aventura de un fotógrafo en la Plata.

Böll, Heinrich. El honor perdido de Katharina Blum.

Capote, Truman. A sangre fría.

Carrión, Ignacio. Cruzar El Danubio.

Casas, Fabián. Titanes del coco.

Dexter, Pete. El chico del periódico.

Eco, Umberto. Número cero.

Ellroy, James. LA Confidencial.

Follett, Ken. Papel moneda.

Ford,  Richard. El periodista deportivo.

Fuguet, Alberto. Tinta Roja.

Greene, Graham. El americano impasible.

Grisham. John. El informe Pelícano.

James, Henry. Los periódicos.

Kapuscinsky, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio.

Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser.

Larsson, Stieg. Saga Millennium.

LeCarré, John. El honorable colegial.

Leguineche, Manuel. La tribu.

Malcolm, Janet. El periodista y el asesino.

Martínez, Tomás Eloy. El vuelo de la reina.

Maupassant, Guy de. Bel ami.

Mendoza, Eduardo. La verdad sobre el caso Savolta.

Penn Warren, Robert. Todos los hombres del rey.

Pérez-Reverte, Arturo. Territorio comanche // El pintor de batallas.

Rachman, Tom. Los imperfeccionistas.

Rand, Ayn. El manantial.

Sanclemente, José. Ilusionarium.

Sorela, Pedro. El sol como disfraz.

Tabucchi, Antonio. Sostiene Pereira.

Talese, Gay. El reino y el poder.// Vida de un escritor.

Vargas Llosa, Mario. Conversación en la Catedral.// Las cuatro esquinas.

Verne, Julio. La jornada de un periodista americano en 2889.

Wallraff, Günter. El periodista indeseable.

Walsh, Rodolfo. Operación masacre.

Waugh, Evelyn. Noticia bomba.

Wodehouse, P. G. PSmith Periodista.

Wolfe, Tom. La hoguera de las vanidades.

Zepeda, Jorge. Malena o el fémur más bello del mundo.

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