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‘Matar a un ruiseñor’: inocencia y culpabilidad

‘Matar a un ruiseñor’: inocencia y culpabilidad

[Ilustración: Paco Guerrero]

En Alabama, Sur profundo de Estados Unidos, durante 1932, el abogado viudo Atticus Finch (Gregory Peck) cría a su hija de 6 años y su hijo de 10. Con su calor veraniego, sus mecedoras, sus carreteras sin asfaltar, sus niños traviesos en pantalón corto jugando con neumáticos viejos y sus casas con porche que no hace falta cerrar con llave, es una auténtica postal de un tiempo que ya está perdido, y que es fácil caer en el error de pensar que siempre fue mejor, porque sí. La postal se afea, pero se completa, obviamente, con un racismo galopante que parece afectar a todos menos a Finch. La película es muy famosa por las escenas del juicio en el que el protagonista defiende a un trabajador negro de las acusaciones de su patrón blanco, pero esa parte solo ocupa los minutos centrales de un film en el que el mensaje antirracista solamente es una de las muchas facetas de la educación de los chavales, siendo las otras crecer sin madre y con una criada negra como sustituta, enfrentarse a los miedos infantiles del caserón deshabitado cercano, y ver muy de cerca la violencia de la que sus mayores son capaces. La sensación de tiempo perdido aumenta por el hecho de que la película se estrenó en 1962, el año anterior al asesinato del presidente John Kennedy, un suceso que hizo perder la inocencia al país entero (donde aún quedara).

Ganadora de 3 Oscars: Actor (Gregory Peck), Guión adaptado (Horton Foote) y Dirección artística en blanco y negro (Alexander Golitzen, Henry Bumstead y Oliver Emert). 5 otras nominaciones: Película (Alan J Pakula), Director (Robert Mulligan), Actriz secundaria (Mary Badham), Fotografía en blanco y negro (Russell Harlan) y Música (Elmer Bernstein).

[Aviso de spoilers en todo el texto]

Basada en una novela de Harper Lee muy conocida y mandada leer en los colegios estadounidenses (aunque no faltan voces de vez en cuando que quieran prohibirla por su uso, históricamente correcto, de adjetivos racistas), la película es un clásico de los que quedarán para siempre, pero no deja de tener cosas que explorar con lupa. ¿Es Atticus Finch demasiado bueno, en especial para su tiempo? ¿De verdad hemos de creernos que Tom Robinson se intenta escapar una vez que es injustamente condenado y que los polis, pobrecitos, no tienen más remedio que acribillarlo? ¿Por qué la película pasa tan rápido del juicio de Robinson al ataque sobre los hijos de Finch y el descubrimiento de Boo Radley, como si ninguneara al pobre desgraciado de Tom? ¿Por qué a Radley, que resulta ser blanco, se le deja escapar de la justicia por algo que sí hizo y a Tom no por algo que no hizo?

Se puede dividir la película en dos partes: la normal y la “menos normal”. La primera es un retrato casi idílico de una niñez modesta pero honrada, sin lujos pero sin quejas, donde incluso cosas menos dulzonas como las peleas en el cole, las broncas entre hermanos (sobre todo si son chico y chica, como en este caso) y la casa rara donde se rumorea que hay un monstruo encadenado se recuerdan desde el futuro con cariño y nostalgia. En inglés tienen para esto una palabra muy apropiada, “misty-eyed”, “de ojos neblinosos”, ese tipo de mirada que se le pone a uno cuando recuerda el pasado, como si se cubrieran de un velo que te oculta lo actual, te lleva a días que se fueron, y también te los cubre una humedad que viene de dentro, no de fuera. Durante esta parte, en pleno verano, los chavales, debutantes en el cine tras un extenso casting por todo el Sur, y que no se llevaron bien durante el rodaje (el chico una vez intentó empujar a la chica, en la escena del neumático, para ver si se estampaba contra un camión), viven prácticamente en la calle jugando con cualquier cachivache que encuentran (incluso dentro de agujeros en árboles) y hasta hacen un amigo nuevo, un renacuajo de ciudad que está basado en el escritor Truman Capote, amigo de la infancia de Harper Lee, que pasaba los veranos con ella. La casona de los Radley les proporciona el suficiente alivio de la rutina y algún que otro susto que contar a los nietos. O a los espectadores, como hace Scout, la niña (Mary Badham), narrando en off algunos pasajes desde el futuro.

La segunda parte es cuando la anormalidad rompe la rutina. Puede pensarse que esta parte empieza cuando Finch se encarga de la defensa de Tom Robinson (Brock Peters), pero ya hay una especie de presagio con el episodio anterior del perro rabioso que Finch se encarga de despachar de un tiro en plena calle. Justicia expeditiva que no tiene empacho en aplicar, y que ocurrirá de nuevo durante el juicio. Ojo por ojo. Es el Sur, donde se tiene una soga o una escopeta en una mano y una biblia en la otra. Siempre ha sido así, ¿y por qué va a dejar de serlo?

La parte del juicio es la que más fama ha dado a la película. Aunque no vemos ningún flashback del crimen, las actuaciones dejan bien claro que Tom es inocente y que todo es culpa de la hija del jefe. De hecho, quizá este sea uno de los problemas del guion. Tom, muy asustado y afectado por el asunto, pero eternamente paciente y respetuoso, es la imagen misma del candor, y la actuación de Peck, ganadora del Oscar, ha traspasado el cine para convertirse en deseo secreto de cualquier abogado: que un día, al acabar un caso, se te pongan de pie en señal de respeto mientras abandonas la sala. “Miss Jean Louise, stand up, your father’s passing”. Finch es una figura de tal nobleza, rectitud y hasta cortesía, mantenida incluso mientras la ira va por dentro, que puede llegar a resultar más un icono idealizado que una persona normal. Cuando acaba el juicio con la condena de Tom, a pesar de lo clara que está su inocencia, la sala se vacía rápidamente, sin vivas ni hurras, como si el prejuicio blanco, que sostiene que un negro nunca es digno de crédito, se viera de repente avergonzado en público. Es una derrota, pero una derrota honorable. Por su parte, el jefe blanco, Bob Ewell (James Anderson) y su hija Mayella (Collin Wilcox) aparecen también muy unidimensionales. Ignorantes, racistas, embusteros, chillones, maleducados y cortos de luces (probablemente debido a vaya usted a saber qué árbol genealógico lleno de incestos), son un retrato exacto de la “white trash” (basura blanca) más repugnante. Resulta todo, pues, un poco demasiado “blanco y negro” (nunca mejor dicho). Aunque por otra parte esta decisión realza la injusticia cometida: si ni en un caso tan claro como este se puede conseguir la absolución de un hombre honrado de raza negra, ¿cómo de podrida por dentro está esa sociedad tan idílica?

Además, por si fuera poco, Ewell acto seguido se va a buscar a Finch a casa de los parientes de Tom, le escupe sin que nadie haga nada (ni Finch ni los familiares de Tom), y luego ataca a los hijos de Finch cuando vuelven de una fiesta de disfraces ellos solos por un camino oscuro y desierto (hoy en día cualquier padre se llevaría las manos a la cabeza ante la imprudencia, pero así eran las cosas antes). Se resisten como pueden, pero una especie de ángel de la guarda aparece y los salva. Y no solo los salva, sino que mata a Ewell. ¿Quién es el autor del hecho? El supuesto monstruo de la casa de los Radley, Boo, que en vez de medir más de dos metros y estar lleno de cicatrices y deformidades, como el chaval Jem (Philip Alford) había dicho en plan teatrero, es un tímido retrasado mental, de piel blanquísima de tanto estar encerrado, que al parecer lleva observando a los críos el mismo tiempo que ellos su casa. Por cierto, que este es el debut en el cine del gran actor Robert Duvall, que estuvo mes y medio sin salir de casa y se tiñó el pelo de blanco para dar esa imagen que provoca desasosiego y pena en igual medida.

¿Y cómo acaba todo esto? Con el sheriff poniéndose de acuerdo con Finch para considerar accidental la muerte de Ewell, ya que eso sería como “matar a un ruiseñor”. Resulta una manera muy extraña de acabar la película, porque ¿qué lección se supone que debemos sacar de este episodio, sobre todo viniendo después del juicio a Tom, tan cargado de dilemas morales? Ya tenemos el elogio de la vida sencilla, ya tenemos la llamada a la igualdad y al acabar con los prejuicios (de gran significado en los 60, cuando se rodó la película), pero ahora, ¿qué tenemos? ¿Una nueva llamada, esta vez a no juzgar a la gente sin conocimiento de causa, a no fantasear sin razón? ¿Qué debemos leer en el hecho de que Finch sea tan recto con Tom primero, y después se muestre tan dispuesto a conchabarse con el sheriff en el caso de Radley? ¿Es amor de padre, para ahorrarle sufrimientos a la cría con un nuevo juicio, ahora con ella como protagonista? ¿O lo que se intenta es decir que cuando nos conviene, todos somos un poco Bob Ewell? Sería una lectura un tanto extraña que contraponer a la celebrada nobleza de Atticus Finch, elegido como “el héroe cinematográfico más importante de los últimos 100 años” por el American Film Institute. ¿Quizá es que un héroe, en el ánimo más recóndito de cualquiera, no solo necesita ser recto y legal cuando debe sino saber retorcer las reglas para proteger a los inocentes cuando sea necesario? Si así es, es el tipo de idea que empieza protegiendo a un Boo Radley y acaba justificando un Guantánamo, por ejemplo. Con todo esto que hemos visto, quizá no resulte extraño que en los pósters que anunciaban la película cuando su estreno se avisara de que, a pesar de tener a dos niños entre los protagonistas, era “not suitable for children”.

Lee, cuyo padre era abogado, había estudiado derecho también en la Universidad de Alabama (lo cual le ayudó al escribir las escenas del juicio), pero no ejerció nunca, sino que trabajó en una agencia de viajes en Nueva York, mientras hacía sus pinitos literarios con historias cortas basadas en la máxima de “escribir solo sobre lo que se conoce y escribirlo con autenticidad”. Y eso se nota en varios detalles: su padre defendió a dos acusados negros en 1919 (cuatro años antes del nacimiento de Harper) y tras perder ese juicio nunca trabajó en ningún otro caso criminal, aunque los modelos para lo de Tom Robinson pueden haber sido muchos otros sucesos similares durante aquellos años. Su madre no murió cuando ella era pequeña (Harper tenía 25 años cuando ocurrió), pero sí padecía un problema nervioso que la hacía parecer frecuentemente ausente, con lo cual era casi como haberse criado sin madre. Harper también tenía un hermano cuatro años mayor con quien se zurraba como si ella fuera un chico, y la familia empleaba a una criada negra que venía todos los días. Ya hemos mencionado su amistad desde niños con Truman Capote, e incluso ella le ayudó a investigar los asesinatos en Kansas con los que Capote escribió ‘A sangre fría’. También es cierto que había una casa cercana a la de los Lee de ventanas tapiadas donde vivía una familia que mantuvo a su hijo sin salir de ella durante 24 años.

Esta es una de las películas en toda la historia más singularmente unidas al libro que adapta. Publicada en 1960 y filmada en 1962, para 1964 Lee ya estaba tan sobrepasada por el éxito de ambas que decidió rehusar hacer más apariciones publicitarias en adelante. Además, Lee estuvo tan encantada con la película (estuvo las primeras tres semanas en el rodaje y luego se fue satisfecha con lo que había visto, porque no pensaba ser necesaria allí) que siempre rechazó ofertas para adaptarla a musical, serie de televisión u obra de teatro. A pesar de ello, desde 1990 se representa todos los años en Monroeville, la autoproclamada “capital literaria de Alabama”, donde en mitad de la obra se escoge a doce hombres blancos del público para que interpreten a los jurados, y la parte del juicio se hace en una sala de juicios real, donde el público se sienta separado por razas, como ocurría antes. Gregory Peck conoció al padre de Lee antes de empezar el rodaje, pero cuando este murió sin poder ver estrenada la película, Lee le regaló a Peck un reloj de bolsillo de su padre, que luego Peck perdió en Londres. Un nieto de Peck se llama Harper en honor de ella. Y el actor siempre dijo que era el papel que más le mencionaba la gente que lo reconocía en público. Peck además afirmó que lo único que había hecho en la película era encarnarse a sí mismo, ya que su infancia en La Jolla, California, también le parecía muy similar a la de Lee en Alabama.

Finalmente, en 2015, pocos meses antes de la muerte de Lee, se publicó ‘Go set a watchman’ (‘Ve y pon un centinela’), un texto escrito en 1957, es decir, antes que la versión final de ‘Matar a un ruiseñor’, y ambientado 20 años después. En él, la niña Scout, ya adulta, vuelve de Nueva York, donde trabaja, a su Alabama natal a visitar a su padre, y ahora nota más que antes todo el ambiente de intolerancia local. A pesar de ello, no se considera una continuación del otro libro, ya que tiene párrafos enteros idénticos a los que luego fueron parte de ‘Matar a un ruiseñor’, así que se la ve más bien como una primera versión de la misma historia.

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