—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Niños, quitad las manos de “La Realidad”, que se rompe

Niños, quitad las manos de “La Realidad”, que se rompe

Ay, “La Realidad”, ese coco pirulo con el que amenazan papá y mamá, todo el día con el futuro de la cuenta corriente en los labios, y Cristóbal Montoro, todo el día con la calculadora en la mano. “Ya te darás con La Realidad”. La primera vez que oyes la familiar admonición sientes el mismo vértigo que ante una pared alpina. “Hay algo ahí fuera que me quiere partir en dos”. Pero un pitufo lúcido te sopla que “La Realidad”, como papá, mamá y el propio Montoro, es un bluff y te acabas liando con la pícara consistencia de la Literatura, que no contiene ninguna realidad histórica, religiosa, geográfica ni matemática, sino un intangible para la fe y, desde luego, para los sentidos. Esa es su gracia. Con La Literatura sólo conectas vía la “loca de la casa”.

Otra buena pieza.

La imaginación, la “loca de la casa”, es difícil de gestionar, así que empiezas por ponerte en manos de especialistas cualificados. Howard Phillips L, el pirado de Miskatonic, por ejemplo. O Charles Maturin. O el divino ninio Arturito Rimbaud, que te invita sin ambages a pasar una temporadita en el infierno, nada menos. O nuestro Gustavo Adolfo, cuyo monte de las Ánimas lleva el mismo nombre que otro monte instalado en la Geografía, pero cuyo parecido con el de la leyenda es inexistente. ¿Cómo negarse a viajar con unos guías que, tal vez sin saberlo, siguen el rastro paranoico de Lemuel Gulliver, el más iluminado imaginador de la Historia de la Literatura? Con permiso, claro, de Charles Dodgson, cuyo dodo navegante por el mar de las Lágrimas posee acomodo fuera de la letra impresa: como el monte de las Ánimas. La primera vez que lo oyes no te lo crees, pero es cierto. El dodo que viera Dodgson cuando aún había dodos se conserva en Oxford con el mismo aspecto que tenía cuando él lo vio. Después te acostumbras a acercarte con el entusiasmo de un niño al Pitt Rivers Museum, la Catedral de Oxford, esa ciudad consagrada a producir conocimiento lo mismo que Santiago a producir espiritualidad. El dodo existió, vivo para los sentidos, aunque hoy, como los mamutes o los dinosaurios, se te antoje creado por Dodgson, uno de los más pirados de toda la Literatura. Que ya es decir. Su País de las Maravillas, así como la realidad paralela que supo ver al otro lado del espejo, tiene la virtud de caricaturizar los espejismos generados por el exceso de fe en los sentidos. Los sentidos engañan mucho y el sentido común, el que más.

"Gulliver y Alicia no dejan de ser émulos del buen fray Tomás de Berlanga, español histórico y nada literario, aunque debiera, que cabalgó entre dos mundos, no en vano tiene estatua tanto en Panamá como en Berlanga de Duero."

Dodgson creó un método para entender los espejismos de los sentidos y desenmascarar los sueños de la razón. Nuestro Valle lo usó para reflejar los héroes clásicos. A un servidor, el “Método Dodgson” le permite leer la paranoia del doctor Gulliver como un esperpéntico reflejo de Robinson Crusoe. Gulliver no viaja para descubrir que como en casa ni hablar, como Robinson Crusoe, ni para exportar su civilizada impedimenta, como se empeña en hacer, con un entusiasmo digno de mejor causa, el marino de York. Gulliver y la Alicia de Dodgson viajan sólo para constatar con sorpresa que más allá de su mundo doméstico hay otros, mejores o peores, pero distintos. Y que allí nadie se llama Viernes, qué ridiculez. Saberlo ver fue el verdadero hallazgo de sus viajes.

Gulliver y Alicia no dejan de ser émulos del buen fray Tomás de Berlanga, español histórico y nada literario, aunque debiera, que cabalgó entre dos mundos, no en vano tiene estatua tanto en Panamá como en Berlanga de Duero. La de Berlanga es encantadora y lo representa entre galápagos, caimanes y otros bichos inexistentes en las machadianas Tierras Altas.

Me gusta imaginar al pequeño Tomás Gómez desvelado una noche por los cascos de un caballo que venía de la ría de Vigo; se dirigía a Barcelona con la sorprendente noticia de que los locos que partieran de Palos habían cruzado el mar y querían contar a SS MM Isabel y Fernando dónde demonios habían estado. Su relato, que si parecía fábula era rigurosamente histórico, iba a cambiar el mundo y a proporcionar inimaginable destino a aquel chiquillo que dormía en su cama labriega de Berlanga. Cuarenta años después, en 1533, ya como fray Tomás, daría con unas islas que no buscaba y que ningún ser humano había visto antes. Las describió como “encantadas” y las llamó “de los Galápagos”. Si las descubrió fue porque, al no buscarlas, supo verlas, como Gulliver el país de los “yahoos”. Si bien no tenían dodos, tenían unos pájaros que a fray Tomás se le antojaron “bobos” y tortugas de tamaño desconsiderado que desafiaban la imaginación de quién jamás hubiese visto nada semejante. Si supo verlas fue porque la Literatura le había proporcionado unos recursos imaginativos que no podían inquietar las certezas de los demás miembros de la expedición, incapacitados para entender que para la tierra que tenían delante no había parangón.

Ni que la imaginación de Dios es ilimitada.

"Los paisajes literarios viven sólo en la dulce cuna de la imaginación, la “loca de la casa”, llorando lágrimas amargas por lo que pudo haber sido y nunca fue ni será."

Se tiende a ver sólo lo que se tiene en la cabeza, que se lo digan a Colón si no, así que conviene llenar la cabeza de vaguedades sin la ridícula pretensión de salir a por ellas. La Literatura enseña que hay otra vida más allá de la vida doméstica, pero no qué vida. La Literatura no es una farmacia y no expende recetas. Sólo enseña a ver e, inteligente que es, no se pronuncia sobre qué hay que ver. Allá cada uno. En todo caso es la forma más útil, barata y placentera de viajar: no hay más viaje de placer que el literario. Yo me voy de viaje Rusia adelante con Chejov, me pierdo por Atenas con Markaris y su incombustible Jaritos o me doy un garbeo por la bahía de San Francisco a bordo de las lanchas de la patrulla pesquera de Jack London. O marcho a descubrir los hombres y las tierras de España, que eso sí que es un universo paralelo, con ese caballero de Getafe, Silva, y sus geniales Bevilacqua y Chamorro, una pareja de hecho de la guardia civil.

En su día fui de farra Barcelona adelante con Pepe Carvalho siguiendo la senda de aquel tipo que tuvo mil nombres, desde Sixto Cámara a Manuel Vázquez Montalbán. Su alter ego, el quemador de libros, era fino marxista, como él, y no quería dejar rastro de sus frívolos devaneos con la imaginación. Carvalho había aspirado seriamente a colonizar “La Realidad” y, como Robinson, había pretendido cambiarla: el reino de Dios en la Tierra. Carvalho ignoraba que la Literatura crea una verdad que sólo existe en la cabeza del creador y en las de sus lectores, si tiene la suerte de tenerlos. Ir a buscar la verdad en eso que llaman “La Realidad” es inútil porque jamás aparece. Como para pretender cambiarla, encima, Karl, lo siento. “No es esto, no es esto”, que clamaban Ortega y su colega, Gasset, cuando bebían y veían derecho. Los sorianos lo aprenden ya de pequeñitos, ¿verdad, Raquel? Nadie que busque Soria en las páginas de Antonio Machado la encontrará, ni quien suba al fabuloso “Alto Llano Numantino” en busca de su inventor lo encontrará tampoco. Ni en París a Jules Maigret, el alter ego de Georges Simenon, ni a Josep Pla en el Ampurdán, mágico rincón que la Geografía se empeña en situar en el extremo nororiental de esa España que Luis Cernuda prefirió llamar Sansueña. Hizo bien: los paisajes literarios viven sólo en la dulce cuna de la imaginación, la “loca de la casa”, llorando lágrimas amargas por lo que pudo haber sido y nunca fue ni será. Algo así como la Cataluña soñada por los indepes que juegan, como Carvalho, a Robinson. A aprendiz de mago. Los ensueños hay que mecerlos, no realizarlos. A Alonso Quijano, o Quijada, le costó la vida no entenderlo a tiempo. Hay que limitarse a mecer con amor el ensueño. “Ea, ea, ea, duerme, duerme, mi bien, que un buen día llegaremos por fin a Ítaca y nos defraudará”, que ya profetizara el griego cenizo aquel, no recuerdo como se llamaba. Kañazis, o algo así. Al final del viaje siempre podremos decir “que nos quiten lo bailao”. Y hasta hacer Literatura, si nos da por ahí, como Gulliver. Casi mejor porque “La Realidad” está sobrevalorada y, como Cristóbal Montoro, se esfuma en cuanto la tocas.

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