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Primeras páginas de La noche que no paró de llover, de Laura Castañón

Primeras páginas de La noche que no paró de llover, de Laura Castañón

La noche que no paró de llover explora desde una triple vertiente los mecanismos del mal: el infligido de forma deliberada, el que jamás imaginaríamos haber causado y el que creímos ocasionar y que no fue tal. A través de la historia de Valeria Santaclara y de las vidas que se cruzan en ella, se van trenzando los destinos de todos los personajes, con el poder de la palabra como elemento redentor, y con la ciudad de Gijón como telón de fondo. Una novela sobre el mal, la culpa y la redención, y sus efectos sobre la vida de unos personajes náufragos en su propia memoria, en el marco histórico de los últimos cien años.

A continuación, puedes leer las primeras páginas de La noche que no paró de llover, de Laura Castañón.

 

1

A veces sueño que respira. Me acerco de puntillas y me doy cuenta de que es un sueño y bien raro, porque no toco el suelo, puedo ver con nitidez la madera brillante del dormitorio, tan brillante como un espejo, me veo avanzando sin caminar, deslizándome como si patinara en el aire, y veo que su pecho se mueve, que está respirando, y cuando estoy ya muy cerca me cercioro de que es así, del movimiento acompasado de su pecho, entonces abre los ojos y me sonríe: esa es la pesadilla, que me sonríe, y me da verdadero pavor, porque creo que nunca lo había visto sonreír así, con todos los dientes. Sonríe y respira, y yo me digo, pero cómo va a ser, si ya han pasado tantos años, y sin embargo sé que es esa noche porque oigo la lluvia, no para de llover. Ni siquiera en esos momentos se me va el peso de la culpa, porque ese sueño me señala con el dedo, y esa normalidad es aterradora, porque sé que no es cierto, que me despertaré y no será un alivio, será continuar la pesadilla: que está muerto, que nunca va a sonreír así, con la dentadura perfecta, que nunca tendrá una vida, porque yo lo maté.

 

2

Hay calles en el barrio de la Arena en las que abrir el paraguas es una temeridad. Pasa mucho en febrero — cuando la lluvia, además de caer hacia abajo, avanza en horizontal—, pero también en abril. Y en noviembre. Y Laia, aunque lo sabía, lo comprobó a las cinco menos cinco de un martes, cuando los colores del arcoíris con que conjuraba la cenicienta luz de la tarde, y también aquella invencible tendencia a la tristeza que se le instalaba cuando pasaban los días y no dejaba de llover, se volvieron del revés, y una de las varillas se dobló sin remedio, incapaz de resistir la furia del viento, pese a su apariencia robusta (y también pese al puñado de euros que había pagado por él en Casa de Diego, la mañana que se despedían de la Puerta del Sol, y a Emma se le antojó comprarle a su madre un abanico de madreperla, y ella, entre el muestrario vertical de paraguas, descubrió aquel y dijo, me lo llevo, que en Asturias llueve mucho, y Emma guiñó un ojo con la sonrisa feliz de quien está a punto de iniciar una vida).

No era la primera señal de que aquel martes de febrero estaba torcido. Ya había amanecido mal, con los gruñidos de Emma en el baño porque le había dado por pesarse y no había adelgazado nada a pesar de los esfuerzos por hacer dieta que había llevado a cabo el día anterior: toooooodo el día a dieta, joder, todo el día, y ni un gramo. Y había continuado con la mirada desabrida con la que la vecina del tercero B las fulminó, primero a ella y luego a Frida, cuando coincidieron en el ascensor; y menos mal que había sido al bajar, porque si hubiera sido a la vuelta, con la perra empapada de lluvia y aquella manía que tenía de sacudirse en cuanto se sentía bajo techo, la mirada se habría convertido en palabras y Laia no estaba muy segura de que se hubiera quedado ahí la cosa. Que estaba ya de muy mala leche, y no sabía por qué, y esa sensación había ido avanzando por los huecos de su cerebro, como una marea irrecusable, como cuando notas que ya no hay nada que hacer, que todo va a salir al revés. Y para confirmarlo, comprobó que a Emma, aunque había dicho que se encargaba de ello, se le había olvidado comprar un cartucho de tinta para la impresora, y de nuevo bajar a la calle en aquella ciudad en la que no dejaba de llover, de nuevo con Frida, que se volvía loca en casa los días como aquel, y Emma había llamado para decirle que no iría a comer, cariño, la llamaba cari- ño, pero también llamaba así a la chica de la panadería, y a aquella interminable sucesión de amigas de antes, de toda la vida, que Laia no terminaba nunca de conocer del todo, y seguramente a la vecina del tercero B, si se encontraban en el ascensor, aunque esto último, la verdad, nunca lo había comprobado. Es lo que tiene ser tan cariñosa con todo el mundo, tan sonriente. Tan buenrollera. Que te llama y te dice oye, que no voy a ir a comer, cariño, que se me había olvidado decirte que ayer me llamó Erasmo, cómo no te vas a acordar con ese nombre, si te hablé de él, que estuvimos hace años en el programa de prevención de los colegios, ese mismo, ya me parecía que te caía mal, por eso no te dije nada, ya sabía que tú no querrías venir, y qué pena que hayas hecho canelones, pero tranquila, que por la noche me los ventilo y a tomar por saco la dieta, total para qué. Y que se verían luego, en la inauguración de la exposición de las fotos de Mercedes, si terminas las consultas, que terminarás, ¿no?, pues ya te veo entonces, cariño, y no te comas todos los canelones, eh, ni se te ocurra.

Los canelones, un par de ellos para ser exactos, se los había comido picoteando como un pájaro anoréxico y triste, aderezados con una melancolía imprecisa y la nostalgia de playas con sol. De pie, en la terraza acristalada, mirando el mar embravecido y gris, con las nubes tan bajas que la iglesia de San Pedro era una silueta difuminada y el cerro de Santa Catalina, una mancha en un horizonte sin elogio, invisible entre bruma oscura, con la única compañía de Frida y sus compasivos, lúcidos y anómalos ojos, uno casi verde y el otro de color avellana, que la convertían en única, aunque nunca superaría los estándares de la Federación Cinológica Internacional en lo que a los golden retriever se refiere. Y aquello, comer de pie mirando el mar, era lo más inteligente que había hecho en una mañana en la que hasta había estado tirada en el sofá tratando de adivinar los refranes de «La Ruleta de la Fortuna». Más bajo no se podía caer.

Quedaba confirmado que era un día malo, de esos que sería mejor quedarse arrebujada en la cama, olvidarse de que existen las ciudades y los autobuses, las citas con pacientes narcisistas y desesperados, la lluvia y la bandeja de entrada llena de correos prescindibles, quedarse en la cama con una novela de Anne Michaels, o con las canciones de Madeleine Peyroux sonando en Spotify, y levantarse solo para hacerse un té, únicamente por el placer de volver al calor de la cama, a las palabras, a la voz. Al paraíso.

Porque el paraíso, de eso Laia estaba segura, no podía estar en las calles del barrio de la Arena y sus corrientes de viento inclemente y lluvia asesina. Recordaba una anécdota que le contó Emma una tarde, cuando aún vivían en Madrid y pasaron unos días en la ciudad de ella, y ahora pensaba Laia, batallando con la ventisca, que tal vez ya sabía que aquel empeño por hablar, y tan bien, de su mundo, los escenarios de su infancia, no respondía tanto al deseo que entonces daba como cierto de regalarle su vida entera, hacerla partícipe de sus rincones, de los paisajes suyos y la biografía que albergaban, como a la secreta intención de volver a instalarse allí, tal vez entonces ya sabía que existían muchas posibilidades de conseguir el trabajo de su vida y en su ciudad y por eso le hablaba maravillas, como quien vende un piso o un coche de segunda mano. Por eso, porque no tenía ni idea (y no iba a ser injusta, puede que Emma tampoco lo supiera), se rio cuando le habló de aquella historia que se contaba, a saber si leyenda urbana o no, de que el actor Arturo Fernández, de jovencillo, había tenido una novia que vivía en una de aquellas calles de viento impío, y que un buen día le había dicho algo así como «mira, chatina, que tú y yo no podemos seguir siendo novios, que no puedo venir a buscarte a tu casa de esta traza, mira qué despeinado estoy». En eso pensaba cuando un golpe de viento, en envidiable sincronía con un coche que tuvo a bien dejarla empapada al entrar de lleno en un charco ubicado al efecto en un paso de cebra en el que ella (maldita educación, maldita prudencia, maldita, maldita) aguardaba para cruzar, le dobló el paraguas, su paraguas de arcoíris, lo último que se había comprado en Madrid antes de iniciar su vida en el norte. Y fue entonces cuando, justo después de doblar la esquina en Marqués de Casa Valdés con Ruiz Gómez y haber echado un vistazo imprescindible al escaparate de la tienda de mascotas, descubrió que la mujer, tan alta, tan erguida, tan delgada, y con la mirada impaciente de quien no está acostumbrada a esperar, justo delante del portal, tenía que ser Valeria Santaclara.

Maravilloso, pues. Empezaba haciendo esperar a la primera paciente que había conseguido por sí misma, sin el concurso de Emma y su legión de amistades. El día, definitivamente, había pasado de malo a catastrófico.

 

3

En Gijón, hoy que es miércoles

y la lluvia ha dado tregua (o eso parece)

Fue porque me acordé de A.S. Byatt y una novela suya cuyo título creo que era Posesión. Bueno, no estoy segura ni del título ni apenas de nada más, porque aunque empecé a leerla con muchas ganas y mucho interés, convencida de que en ella encontraría tal vez la respuesta a alguna de las muchas preguntas que me hacía por entonces (me hacía tantas preguntas que, la verdad, buscaba las respuestas tanto en novelas de ese jaez — mmm… mola lo de jaez— como en las canciones de Alejandro Sanz, porque otra cosa no, pero yo aunque no lo admita siempre termino por encontrar referencias en todas las canciones que me pueblan la cabeza y la memoria, ocupando un espacio valiosísimo, que así se me mezclan y confunden, y que me acompañan desde pequeñita gracias a la radio y a los discos que había en mi casa), nunca la terminé. El caso es que me gustaba porque uno de los materiales que se utilizaba en aquella historia era el diario de una pintora, pareja a la sazón — me encanta lo de a la sazón— de la protagonista, que a su vez era una poeta (pero de ficción) reivindicada por feministas. Es decir, la reivindicación también era de ficción, porque la poeta lo era. Pero bueno. No era eso lo importante y no estoy para muchos galimatías. Lo que contaba era el diario de la pintora, que era un cuaderno que se titulaba «Diario de nuestra vida doméstica en nuestra casa de Richmond». Creo que era Richmond, pero da igual. Tampoco leí mucho, pero la idea quedó ahí, y aquella reiteración de «nuestra», que no sé si es real o si el recuerdo se la ha ido inventando, se me instaló como paradigma de lo deseable: tan de dos, se me quedó en el recuerdo como lo más apetecible: dos personas, una casa, un refugio. Nuestra vida, nuestra casa. A veces sucede eso, pasas como de puntillas por las cosas, pero van las cosas y se te cuelan por unos túneles invisibles que conectan tu superficie con lo más profundo del corazón. De la memoria del corazón. Y un día, cuando menos lo esperas, ahí están.

No sé en qué momento exactamente recordé el «Diario de nuestra vida doméstica en nuestra casa de Richmond», pero tuvo que ser cuando tomé posesión de mi casa. Recuerdo perfectamente la emoción de meter la llave en la cerradura: las llaves de mi padre, con el llavero del taller donde lleva siempre el coche a reparar, y al hacerlo, justo antes de quedarme un poco planchada ante la visión desolada del suelo de sintasol, las paredes oscurecidas, y el frío insultante de las estancias vacías, la sensación de promesa de nueva vida. Pero me sobrepuse enseguida, y lo primero que pensé (antes que en el diario de la casa de Richmond) fue que me alegraba muchísimo de que se hubiera impuesto el criterio interesado de mi madre, secundada por la conveniencia de Marcos, que prefería vivir en Oviedo cerca de la consejería donde trabajaba y sigue trabajando (lo mío no contaba, total, para llevar un par de tutorías en la UNED, bien podía trasladarme), y no se me hubiera asignado este piso, el del Muro, cuando me casé. Insisto: no fue solo cosa de Marcos, también influyó que mi madre, en aquel momento, le estaba sacando una pasta en alquiler, porque tenía de inquilino a un arquitecto madrileño que, hechizado por las vistas al mar, olvidaba que el piso estaba un poco cutrecillo y la calefacción andaba regular, y pagaba sin rechistar. Pero luego pasaron otras cosas: que Marcos y yo nos separáramos, que el arquitecto se marchara y mi madre tuviera un par de experiencias lamentables con los inquilinos, y sobre todo que mi vida hubiera dado un giro espectacular, aunque la dimensión exacta de ese giro mis padres no la conocían. Cuando aprobé la oposición para dirigir el programa de Salud Mental en el que trabajo ahora, cambiaron muchas cosas, no sé si podría decir cuál de ellas fue la más importante, pero todas, encadenadas unas a otras, como causas o como consecuencias en un territorio donde los límites se confunden, fueron diseñando lo que ahora son mis días. Una de ellas fue la casa. Mi madre tuvo un arranque de generosidad, mezclado con la satisfacción íntima (y pública) de que su niña tuviera por fin una «colocación» en condiciones, y me cedió esta casa. Nuestra casa de Richmond en el centro de la playa de Gijón.

Así que, a lo que iba: una de las primeras cosas que hice al tomar posesión del piso fue irme a ExLibris, a encargar que me hicieran un cuaderno bien bonito para escribir el diario de la casa. Después de mucho pensar, elegí papel verjurado para el interior, y unas ilustraciones de violetas victorianas para la cubierta. Iba a poner una de gatos, también victoriana, pero recordé de pronto que Laia odia los gatos, y en ese momento tuve la sensación de que convivir iba a ser eso: recordar a cada instante qué cosas son las que le gustan y las que horrorizan a la persona que queremos. A mí los gatos siempre me han gustado mucho, y en casa de mis padres siempre hubo uno, de hecho aún lo hay. Laia y yo siempre nos reíamos con eso, recordábamos La guerra de los Rose, porque ella adora los perros, por eso tenemos a Frida, y nos burlábamos del destino incierto y probablemente bélico que nos aguardaba. Porque a nosotras nunca va a pasarnos eso, claro.

Quería escribir acerca de cada uno de los detalles que iban a convertir aquel piso en nuestra casa de Richmond, pero cualquiera que haya pasado por la fascinante experiencia de hacer una reforma integral sabe que las palabras y frases que se generan en el cerebro son principalmente imprecaciones y pasan mucho tiempo y muchas rabietas hasta que aquel agujero comienza a parecerse a lo que has soñado, y por tanto cualquier reflexión escrita está abocada al fracaso: solo salen onomatopeyas.

No le dije nada a Laia. Quería que fuera la sorpresa de su vida y me costó lo que no está escrito, porque, la verdad, la asignatura de estar calladita no conseguí aprobarla nunca. Y eso que por entonces manteníamos una relación casi a distancia, porque después de los meses de Madrid, y de aprobar la oposición, yo había venido a mi ciudad para empezar a trabajar, y ella seguía con la consulta de Moratalaz con un trabajo que ni le gustaba ni la hacía feliz y del que se quejaba permanentemente. Por no hablar de lo que añoraba el mar, aunque fuera el Mediterráneo, y lo que odiaba Madrid. Así se fueron los meses — interminables— de las obras, mientras hablá- bamos horas y horas por teléfono, acerca de los avatares más o menos diminutos de nuestra vida cotidiana (excluyendo todo lo que tenía que ver con la reforma, que era mucho excluir, la verdad), durante la semana, y compartíamos sábados y domingos en su casa de Madrid o aquí en Gijón, en la casa de amigos o en algún hotel (se me hacía raro llevarla a casa de mis padres, donde aún vivía yo, para pasmo de Laia, que no acababa de entenderlo. Es decir, no acababa de entender no que no la llevara, que en eso era comprensiva: ya lo era menos en el hecho de que yo siguiera viviendo en casa de mis padres, y una de las peleas que teníamos por entonces consistía en su empeño en buscar un piso en alquiler, y mis esfuerzos por evitarlo. Claro: ya he dicho que quería que lo del piso del Muro fuera una sorpresa, así que callaba como una muerta. Y bien que me costaba).

A pesar de lo difícil que se me hacía no decir ni mu de todo lo de la gran sorpresa que le preparaba, y a pesar de la pesadilla que suponía comprobar que todo era insoportablemente lento, y exasperante, yo me sentía feliz. Siempre he sido muy de anticipar tanto lo bueno como lo malo. Y esa manía a veces es una desgracia, pero también me procura momentos que luego cuando se cumplen no alcanzan en absoluto las expectativas. Y oye, eso que me llevo por delante.

No quiero decir que no estemos siendo felices en esta casa, qué va. Pero creo que lo fuimos mucho más en mi cabeza, mientras el olor a cemento y el sonido de la cortadora de azulejos eran la promesa de un tiempo de olas y besos, de libros compartidos y palabras, de olor a bizcochos en el horno y atardeceres cómplices con el sol ocultándose detrás de la iglesia de San Pedro, de saltar del jueves hasta el sábado, bebiendo juntas café para dos, la vida en buena compañía, fumando un bocadillo a medias, haciendo broma con las cosas serias. Mucho más felices, dónde va a parar.

 

4

—Nunca fuimos más reinas que aquellos días, cuando soñábamos con ser princesas.

Valeria Santaclara había dicho aquella frase justo después de suspirar al sentarse en el sillón que Laia, moviendo ligeramente la cabeza en esa dirección y con una sonrisa que escondía las incógnitas que la invadían, le había señalado. El sillón de los pacientes, que en realidad no era sillón, sino una mecedora con sistema de balancín, de esas de lactancia, con un reposapiés que habitualmente estaba un poco separado, pero que de vez en cuando se utilizaba para que los pacientes adoptaran una postura más próxima al diván. Se lo había dicho a Laia una de ellas, una verborreica paciente que era sobrina de una amiga de Emma y que lo que quería, más que un psicólogo, era público que estuviera dispuesto a escuchar el elevado concepto de sí misma que tenía, cuando lo que realmente necesitaba era un par de hostias. La mecedora había sido de Emma, claro, y tenía una triste historia que habían intentado conjurar y hacer desaparecer con un tapizado nuevo. Con estampado de violetas, naturalmente.

Antes de sentarse, la paciente, que no había manifestado ninguna curiosidad por Laia — lo cual era muy nuevo para ella, porque por primera vez no se sentía observada, y hasta escrutada por la persona que aparentemente iba a proceder a poner historia, y corazón, y pesares, y una buena colección de lágrimas en sus manos—, había recorrido la estancia como si sus pasos la estuvieran midiendo. Ya había mostrado un inusitado interés por el portal, por las escaleras que se empeñó en subir andando hasta el primer piso, por el rellano. Por un momento, Laia se sintió como la empleada de una inmobiliaria que va a enseñar un piso a un posible comprador. Y la mirada con que la mujer envolvió el pequeño apartamento que constituía la consulta, como si abrazara un ramo de viento antes de sentarse, ya presagió que aquella consulta no era como todas.

Laia sonrió y esperó a ver si decía algo más. De momento se había situado al otro lado de la mesa, que era lo que solía hacer en la primera visita, cuando todo era como un tanteo, pero Valeria Santaclara seguía mirando las paredes cubiertas de estanterías con libros, plantas, un gran retrato de Virginia Woolf de perfil, rodeado de benditeras procedentes de los lugares más remotos del planeta. Sin decir nada más se puso de pie y se acercó a los dos balcones. Primero al que tenía más cerca, el que daba a la calle Uría, y después al que daba a la Plazuela de San Miguel.

—El mío — dijo solo. Y volvió a sentarse.

Laia empezó a sentir la impaciencia contra la que creía estar vacunada. Los pacientes que acuden a una consulta se dividen entre los que empiezan a hablar sin parar, tratando de resumir en unos minutos una biografía de años, explayándose en agravios menores, intentando jerarquizar el conjunto de desdichas que los han llevado a esa consulta, adelantando diagnósticos anclados en los traumas de una infancia recreada casi siempre, y esos otros que esperan las preguntas que el terapeuta pueda ir haciéndoles y responden con monosílabos. También están los que lloran durante un rato o los que miran desafiantes, generalmente adolescentes arrastrados a la consulta por padres que han perdido cualquier esperanza de meterlos en vereda. Ella solía dejar que el silencio, lejos de protagonizar una ceremonia de incomodidad, se encargara de tejer una mantita de confianza. Simplemente miraba a los pacientes y trataba de leer las líneas de la fatalidad que habían llevado sus pasos hasta ella. Pero Valeria apenas la miraba. Sus ojos, oscuros y vivos, parecían mucho más interesados en la madera del suelo, en la pintura de color melocotón de las paredes, en los marcos de los balcones, en las molduras de escayola del techo. Aprovechando esa mirada viajera de Valeria Santaclara, y el poco caso que le estaba haciendo, Laia se fijó bien en ella: el pelo cuidadosamente cardado, como si acabara de salir de la peluquería, teñido de color ceniza, los pómulos marcados, los labios pintados de un color demasiado pardo. Había comprobado que era una mujer alta, tal vez espectacularmente alta en su juventud, teniendo en cuenta la reducción con que la edad subraya su existencia, aunque en su caso, la rigidez de su espalda, resultado posiblemente de una genética envidiable, pero también, empezaba a sospechar Laia, de una voluntad inconmovible y un fuerte carácter, no contribuía a que a Valeria Santaclara se la incluyera, al menos a primera vista, en el colectivo de ancianos al que sin duda pertenecía. Antes de sentarse esa segunda vez se había quitado la gabardina de color beis, y que seguramente era de Ralph Lauren, y había procedido a doblarla cuidadosamente. Con el jersey de angora de color crema, la falda recta de cuadros en tonos marrones y las botas hasta la rodilla y medio tacón, sentada en el borde de la mecedora, con la barbilla desafiando a cualquier confesión, Valeria Santaclara parecía, a pesar de su edad, que sin duda era muy avanzada, sacada de un catálogo de moda de señora de alguna de las firmas de El Corte Inglés.

Y justo en el momento en que Laia había empezado a trazar una semblanza mental de la paciente que tenía frente a sí (aquella seguridad, aquella dureza que se derivaba del oscuro carbón de los ojos, en el que no se distinguía dónde empezaba la pupila y terminaba el iris) Valeria Santaclara exhibió un inesperado temblor en los labios, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Volveré el próximo martes a esta misma hora. Hoy no es un buen día.

Y sin que Laia dijera nada ante aquella incontestable decisión, dejó sobre la mesa tres billetes de cincuenta euros. Casi el doble de lo que costaba la consulta.

 

5

En la residencia muchos la llaman la Marquesa. Se supo, porque en esos sitios todo se sabe, que cuando negoció su estancia en aquel centro pidió dos habitaciones de las grandes, que se comunicaban entre sí con una puerta corredera. El resultado de aquel trato es que paga mucho más que cualquier residente y posee una suite que ha decorado con algunos de sus propios muebles, arrinconando en el sótano de la residencia el mobiliario funcional común a todos. Incluso la cama, articulada, la ha sustituido por otra con más prestaciones. Uno de los dormitorios lo ha convertido en una sala de estar, repleta de vitrinas y cajoneras donde acumula montones de objetos de lo que ha sido su vida y un enorme ropero en el que las prendas, impecables y de gran calidad, se organizan por colores de tal modo que abrir una puerta es como asistir a la exhibición cromática de un degradé que va del negro al blanco pasando por distintas tonalidades de casi todos los colores, especialmente los ocres, los verdes y los azules. Las escasísimas veces que alguna de las residentes tuvo la fortuna de estar en aquel cuarto en el momento en que Valeria Santaclara abría las puertas, no pudo evitar no solo la sorpresa ante aquel despliegue textil, sino la duda de si podrá llegar a ponerse, aunque se cambie varias veces al día, todas las prendas que con un orden que raya lo obsesivo se acumulan colgadas de perchas a distinta altura, manteniendo siempre la escala de color como en las cajas de lápices nuevecitas, como aquella de trescientos colores que le había comprado una vez a Olvido, cuando era pequeña, en París. Inolvidable Olvido.

Los aposentos de la Marquesa, como se conoce en la residencia la habitación de Valeria, están tan abarrotados de muebles, objetos, cuadros, cerámicas, portarretratos de plata, figuritas, abanicos, y toda clase de fruslerías, que el tiempo que se dedica a la limpieza multiplica por cuatro el que ocupa arreglar cualquiera de los cuartos del resto de los residentes. La única que no pone objeciones a encargarse del arreglo de la 202/3 es Feli, pero eso no tiene mucho de particular: Feli no pone reparos a nada, y lo mismo se ocupa de los suelos con la enceradora, que limpia las vomitonas de Hortensia, la de la 211, que ayuda a las auxiliares a cambiar los pañales de los residentes incapacitados, o da de comer a Ramiro, aficionado como ninguno a escupir a quienes realizan tal quehacer una vez que tiene la boca bien llena, o echa una mano en la cocina cuando hay que picar cebolla, argumentando que, por alguna razón desconocida, ella es inmune al lagrimeo que provocan las cebollas. Feli, que lleva únicamente dos meses trabajando en la residencia, se ha convertido en el comodín para todo, y cuando Rosina y Marga, las otras limpiadoras, se lamentan porque les corresponde limpiar el cuarto de Valeria, ella se ofrece para hacerlo, y entra en aquel santuario de soledades como quien se introduce en una iglesia, reverencial y hasta fervorosa, consciente de que entre aquellas paredes se cobijan historias que seguramente están condenadas al olvido. Y Feli, que en sus ratos libres, cuando le coinciden los turnos, va a un taller literario, quiere conocer los detalles de la novela que podría escribirse con la vida de Valeria Santaclara. Después de todo, eso es lo que siempre dice Rafa, su profesor del taller, que las historias están en cualquier sitio y que su tarea como aprendices de escritores es desarrollar el olfato lo suficiente como para intuir dónde se esconden y una vez detectadas tirar de ellas, que si se logra eso, las novelas, los relatos, se escriben solos. Así que a Feli le gusta limpiar todos y cada uno de los objetos del cuarto de Valeria Santaclara porque quiere saber si los pormenores de la historia que sin duda alguna se ocultan tras los oscuros ojos de aquella mujer que impone con su sola presencia se los pueden contar unas fotos enmarcadas, una peineta de carey o una caja de lata litografiada con una imagen de damas y caballeros dieciochescos que algún día contuvo biscuits Pernot y que ella nunca se atreve a abrir, incluso aunque le conste que su dueña está fuera de la residencia.

También quiere saber qué diablos contiene ese sobre cerrado que Valeria acaba de sacar de su bolso ese martes de febrero, cuando volvió despotricando de taxistas y de lluvia, en cuyo exterior, con tinta azul un poco desvaída y caligrafía de colegio de monjas, alguien escribió un día: Para Valeria. El perdón. Y lo subrayó dos veces.

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Autor: Laura Castañón. Título: La noche que no paró de llover. Editorial: Destino. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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