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1 de abril de 1936: El lamento de un exjefe de Gobierno

1 de abril de 1936: El lamento de un exjefe de Gobierno

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 1 de abril de 1936: El lamento de un exjefe de Gobierno

Joaquín Chapaprieta se lo contó a un desconocido, aprovechando que no estaba su mujer y que era su única noche en Biarritz. Había bebido y necesitaba explicar cómo abandonó en su momento el Gobierno a raíz de aquella burda maniobra de Portela, el cual, viendo que insistía tanto en la necesidad de un frente de centro-derecha coordinado desde Gobernación, lo envió a hablar con Gil-Robles. Él lo hizo y unos días después Portela dijo en el siguiente Consejo de Ministros, delante de todos, que había oído que algunos ministros trataban con notorios enemigos suyos, y que por consiguiente les prohibía los contactos con cualquier otra fuerza política.

—Me deslegitimó. Me hizo pasar por un traidor. Y además en los últimos minutos del Consejo. Justo cuando aparecía el presidente de la República, don Niceto. Para no dejar lugar a réplica. La jugarreta me sentó tan mal que dimití en el acto. Él no se lo esperaba. Pero yo ya tenía asumido que era un cadáver político. Y luego, desde Alicante, vi sus maniobras electorales. En Alicante —y digo Alicante, porque fue donde yo me presenté, pero en toda España estaban igual— Portela se pasó resueltamente al enemigo y trató con el Frente Popular. Allí llegó al acuerdo de que el Gobierno pondría los medios para que las izquierdas sacaran íntegros los ocho puestos de la mayoría, quedando pactado que como minoría serían elegidos tres candidatos gubernamentales.

Los medios eran los de siempre: detener a las personas más cualificadas de la oposición, impedir a ciertos electores su acceso a los colegios electorales, poner la fuerza pública a disposición de las izquierdas y dejarlas campar a sus anchas en la calle. Asustadas, las derechas entraron en negociaciones con Portela. A él le pidieron mediar, y viajó hasta Madrid.

"Yo continuaré bebiendo aquí tranquilamente, antes de regresar mañana mismo a Madrid y procurar hacer lo que se pueda aún por este país. Salud y República, amigo"

—Tragándome mi orgullo, me entrevisté con Portela en Gobernación. Él me dijo claramente que en la provincia de Alicante tenía el compromiso del Frente Popular. Explicó que las izquierdas, aprovechando los resortes del poder, harían triunfar a tres candidatos del Gobierno, y que solo en el caso de que las derechas le garantizasen el triunfo de cuatro candidatos gubernamentales, se avendría a romper su pacto. Yo salí disgustado. Visité al señor Gil-Robles. Le dije que debían abstenerse las fuerzas de derechas de participar en unos comicios que estarían viciados. Gil-Robles me dio la razón. Pero luego habló con Santiago Alba, quien le convenció de no tomar ninguna resolución abstencionista. Al día siguiente, se conchabaron sus seguidores en Alicante con Portela. Quedaron concertados los cuatro candidatos previstos, y el señor Portela no tuvo ningún escrúpulo en romper su pacto con las izquierdas y arremeter contra el Frente Popular con las mismas armas que pensaba utilizar contra nosotros. Y así en todas partes, y durante ocho días. Todo fue tan confuso, y los acuerdos electorales de las derechas, donde los hubo, tan frágiles, que aquello estaba abocado al desastre. Y ahora, no le molesto más, señor mío. Vuelva usted con su esposa, que yo continuaré bebiendo aquí tranquilamente, antes de regresar mañana mismo a Madrid y procurar hacer lo que se pueda aún por este país. Salud y República, amigo —ironizó.

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