Envejecer bien es un arte. De pronto te levantas con dolores nuevos y descubres que el mundo no te debe nada, sino que pasa factura. A menudo acudes al médico en busca de soluciones, y sin fijarte en ellas pasas ante librerías que a tu edad son más útiles que las farmacias. Leer a los filósofos estoicos antiguos es uno de los mejores analgésicos que conozco. Como las aspirinas o el paracetamol, no quitan las causas del dolor, pero ayudan a soportar el dolor. Y eso no es ninguna tontería.
Los estoicos no eran vendedores de optimismo por fascículos. Eran tipos duros que sabían que la vida no mejora por quejarse de ella y que el tiempo es un carnicero eficiente. Por eso insistían en la fugacidad de todo: la salud, el prestigio, la belleza y hasta el pelo, que se cae y no pasa nada. Leerlos te reconcilia con la idea de que perder cosas no es tragedia personal sino norma universal. Y cuando todo el mundo pierde tarde o temprano, ya no hay humillación posible. Solo son las reglas.
Además, el estoicismo es una vacuna magnífica contra el patetismo tardío. Me refiero al ridículo senil: ese impulso peligroso que empuja a fingir que tienes veinte años menos, a hablar como los adolescentes o a disparar certezas con una seguridad impropia de quien ya debería saber que, cuantos más años cumples, más certezas se van al carajo y sólo queda una conciencia exacta de la imbecilidad universal. El estoico asume su edad como una cicatriz honrosa: no alardea, pero tampoco la esconde. Sabe quién es y quién fue; y sobre todo, qué no necesita ya demostrar.
Hay también una forja del carácter. Los estoicos entrenan para soportar molestias menores —frío, calor, incomodidad, achaques naturales— con una entereza insolente. No porque seas espejo de virtudes, sino porque entiendes que protestar no mejora tu vida, molesta a los demás y además pudre el alma. El humor estoico es seco, casi militar. No es carcajada, sino media sonrisa. Es saber que el cuerpo falla, que la memoria traiciona y que levantarse del sofá requiere una planificación previa. El estoico no se queja del frío ni del calor: se abriga o suda, y punto. Esa actitud, aplicada a la vejez, evita el peor de los males: convertirse en una sirena de ambulancia o un recetario médico con patas. Como decía el actor Antonio Gamero: «Yo a los amigos nunca les cuento mis problemas. Que los divierta su puta madre».
Otra ventaja es la elegancia moral: asumir que el silencio es una forma superior de inteligencia y, sobre todo, de elegancia. No porque no tengas razón, sino porque no tienes ganas de explicarla tres veces. Envejecer con dignidad implica tener la boca cerrada y, cuando la abres, que te importen un carajo las consecuencias. El estoico sabe que no puede educar al mundo y que discutir con necios es una pérdida de tiempo. Así que, cuando no hay más remedio, dice lo que piensa o guarda silencio, según la coyuntura. Después se levanta y se va.
Y al final, naturalmente, aguarda la muerte, que no falta a ninguna cita: última pareja de baile que incomoda a todos menos a quienes aprendieron a tratarla como compañera de viaje. Los estoicos no desean morir, pero tampoco lo dramatizan. Lo consideran parte del contrato temporal que llamamos vida. Y ahí el estoicismo vuelve a su papel lúcidamente analgésico, porque te recuerda que cada día bien jugado es una victoria, aunque el marcador final sea la derrota. Morir es inevitable, pero vivir como un imbécil es opcional. En la vida puedes ganar o perder, pero al final siempre pierdes. Y no hay en la historia de la Humanidad héroes más admirables que quienes supieron perder con estilo.
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Publicado el 20 de marzo de 2026 en XL Semanal.


Excepcional, don Arturo. Justo ahora, a las 6:15, casi es lo único que se me ocurre decir. Casi.
Lo único que echo en falta es una referencia a la soledad. El estoicismo tambièn va de eso. La soledad no es enemiga del viejo. Hay que saber apreciarla, hacer que sea tu amiga y aprender, si no lo habías hecho ya en tantos años, a disfrutarla, a estar sólo contigo mismo, con tus recuerdos, con tus errores y aciertos, con tu vida. Con tus diferentes identidades. Debatir con ellas.
La soledad hay que saber apreciarla, hasta que nos llegue esa otra compañera fnal que a todos nos demanda.
Concienciarse de que los viejos estamos ahora en una sociedad a la que no le hacemos falta y que no nos demanda nada. Asumir que estamos de sobra.
El estoicismo también va de eso. No convertirse en miembro de un cardumen de viejos ja-ja-ja, visitando todo lo visitable, en manada y expulsando el único sonido audible: ja, ja, ja.
Estoicismo. Quizás es necesario haberlo apreciado en el pasado.
Saludos a todos.
Buenas noches, apreciado don Ricarrob:
Tiene usted toda la razón en lo de la soledad. Es quizás el gran capítulo que don Arturo ha dejado en el tintero, aunque me inclino a pensar que intencionadamente, porque la soledad bien llevada es de esas cosas que cada cual ha de descubrir por su cuenta y a su propio ritmo. Nadie puede enseñarla del todo.
Quién sabe, quizás, en una próxima entrega don Arturo nos regale su visión sobre ella, que no me cabe duda de que tendría mucha miga.
Por cierto, su observación sobre el escepticismo como paso previo al estoicismo me parece una de las más finas de este hilo. No se llega a la indiferencia selectiva sin haber pasado antes por dudar de casi todo, incluida una misma.
Saludos filosóficamente escépticos.
Igualmente doña Amanda. Es un placer leerla.
Decirle solamente que creo que el escepticismo lleva a dos vías distintas. Efectivamente creo que una es el estoicismo que está confrontado ni mucho menos con el escepticismo. Son compatibles. La otra vía, después de ser escéptico, es la filosofía cínica. Aunque yo pueda transitar alguna vez esa vía, no es mi camino natural, creo. Pero sí que admiro a algunos que la siguieron. Diógenes es un personaje muy curioso, dentro de los clásicos cínicos. Su ascetismo es de admirar y su desapego de lo material. Lo más opuesto al mundo de hoy, ¡vaya! Además tenía valor el hombre. Plantarle cara al mismísimo Alejandro, tiene sus gónadas.
Hoy, la palabra cínico tiene muy mala fama. Pero entendida en el sentido estricto, no deja de ser, filosóficamente hablando, una búsqueda de la verdad.
Respecto a su otro escrito, en el que usted se declara aristotélica, me parece estupendo. La sabiduría está ahí, en los clásicos. Los descerebrados que no ven más allá de su apéndice nasal han eliminado la filosofía de las aulas. Craso error. Puro materialismo deshumanizante. La falta de interés por la filosofía es preocupante. Dese cuenta que hace pocos días ha fallecido uno de los monstruos de la filosofía del XX y XXI: Jurgen Habermas. Casi ha pasado desapercibida la noticia.
Yo, por mi parte, soy más de los presocráticos aunque se conserve poco de sus escritos y de sus teorías filosóficas. Parménides me impresiona bastante y creo que va más allá de los de la trilogía (Sócrates, Platón y Aristóteles). Realmente me parece muy adelantado a su tiempo.
Pero el estoicismo es una maravilla. No me extraña que don Arturo lo tenga de modelo. Incluso un filósofo tachado de posmoderno (tiene muchos matices su posmodernismo) como es Michel Foucault, era estoico (y también cínico) e introdujo una guía para ello: “el Cuidado del Sí”. Una de sus claves era la “premeditatio malorum”, algo totalmente fuera del alcance de los políticos actuales. Lástima de este personaje ya que le tocaron malas cartas en el reparto.
A sus pies, señora.
Apreciado don Ricarrob, ¡qué gozada de comentario! Su respuesta me ha resultado una clase magistral de filosofía aplicada con mucha elegancia y pasión. Muchas gracias por complementar lo que yo he dicho y por los matices que añade tan requetebién. Me alegra que haya sacado a los cínicos del cajón donde, a decir verdad, los tenemos injustamente metidos. Coincido con usted en que el Diógenes que se enfrentó a Alejandro con la misma dignidad que un rey merece un respeto que no tiene nada que ver con la mala fama de la palabra.
Lo de los presocráticos me ha encantado. Parménides es puro vértigo y creo que tiene razón en que a veces se les lee menos de lo que merecen, quizá porque el peso de la trilogía (Sócrates, Platón, Aristóteles) ha eclipsado todo lo demás. No obstante, sin ellos, aquella explosión tampoco se entendería.
Qué bueno y apropiado su apunte sobre Foucault y el «cuidado de sí». En un mundo donde todo invita a mirar hacia fuera, esa vuelta hacia adentro, esa premeditación de los males, es casi una herejía. Y sin embargo, creo que es una de las pocas cosas que nos quedan para no perder el norte.
Gracias por esta conversación. Un lujazo cruzarse con alguien que sabe y además sabe compartirlo.
Un muy filosófico saludo.
Uff que nivel de reflexiones por favor! Mis respetos a este intercambio!
Gracias por el comentario, casi una visita guiada. Hoy es usted quien me abruma muy agradablemente.
Perder con estilo es lo más dificil de la vida, sin rabietas ni complejos. La última pérdida es la muerte, eso que don Arturo ha denominado maravillosamente como “la parte del contrato temporal que llamamos vida”. Un contrato por cierto -son las reglas- que nosotros no firmamos y que nos viene impuesto por voluntad amorosa o irresponsabilidad y desenfreno de nuestros ascendientes. Es la regla de oro siempre, en toda ponderación y decisión que tomemos: tener a la muerte como consejera y aceptar el reto de una forma elegante. Pero también hay que entender el cabreo monumental de quien juega en ese contrato, en esa partida vital, con malas cartas o cartas marcadas casi siempre y desde el principio; cuando compruebas que otros tienen una vida fuelle y fácil. Porque en ese viaje que es la vida no es lo mismo viajar en acémila que en avión en primera clase. El estoicismo sirve únicamente para, al cabo del tiempo, comprender que todo viaje es una aventura y que esta surge y se disfruta según tu pasión y estado de ánimo en cualquier circunstancia. Lo malo es que esa lección se aprende normalmente tarde y a las malas, cuando ya tus buenas cartas, si alguna vez las has tenido, se han desaprovechado en luchas banales y, la mayoría de las veces, impuestas por una sociedad estúpida, cobarde y tramposa. Tarde, casi siempre llegamos tarde al conocimiento y a la virtud.
Buenos días sr. B., estimado amigo. Cuando le he leído me ha hecho usted reflexionar sobre sus palabras. las que ha escrito, y sobre sus palabras, las que no ha escrito.
Quizás don Arturo se ha dejado otra cosa más, además de la que he apuntado antes. No se puede estar en todo. Además, quizás a todos, aunque seamos viejos, no nos afectan las mismas cosas aunque tengamos por común que a todos nos afecta vivir que no deja de ser una enfermedad. Hablando de filosofía, quizás, a medida que avanzan los años, lo primero que nos hacemos, antes de estoicos, es escépticos. Los viejos somos escépticos de lo que nos rodea. De promesas vanas, de futuros utópicos, de ideologías, de afirmaciones rotundas, de dogmas de todo tipo…
Y quizás algunos somos escépticos incluso de nosotros mismos. Pero no hay que pasarse, sr. B. Todo con moderación. Piense usted que la mayoría hemos viajado en burro (un inteligente animal por mucho que digan; ya quisieran muchos homínidos…) y podemos hacer placentero el viaje. Que yo sepa, ningún poeta ha dedicado versos al avión; sin embargo, los burrillos son la delicia de los poetas. Uno de los primeros que leí en el colegio fue Platero y yo, una delicia para el alma. En avión se va muy rápido pero no se disfruta del paisaje y de ver pasar el tiempo despacio.
Lo otro que me ha hecho reflexionar es lo de “perder”. Nunca me han gustado los ganadores, los sempiternos ganadores. No es que yo me considere un perdedor pero los que vamos en burro estamos acostumbrados a vivir y a perder. Muchas pérdidas a lo largo de la vida, de todo tipo. Pero lo que se valora en esta sociedad estúpida, como bien usted ha dicho, es la ganancia material, el aparentar, el éxito, el aplauso de los cretinos. Pero ahí los tiene usted, los trumps, siempre saliéndose con la suya (a cualquier precio) en una vida de infantilismo pleno hasta la tumba. No me gustan. Los ganadores. No los envidio, pobre gente.
La verdad es que, ya viejo, te preguntas quién cojones echa las cartas. Si es el azar genético o hay un crupier que se lo pasa bomba, el tío.
Quizás lo mejor sea vivir, lo poco que queda, de acuerdo con uno mismo aunque sigamos viajando en burro y viendo pasar los aviones en el cielo y pasando del crupier humorista.
Escepticismo, estoicismo, no son incompatibles.
Un abrazo.
Al Avión
La virtud del aeroplano, tan rápido y ruidoso:
llegar pronto a la fiesta del sabio tan famoso.
La prisa, además de vender países, es vanidad,
presumir de ser importante y sin tranquilidad
O como dijo el sabio Serrat en esa dulce balada:
llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada.
Yo sigo sin ser escéptico de muchas cosas:
De la belleza, de la amistad (como la suya), de un paseo agradable al sol, de un arcoiris tras la lluvia, de un buen libro leído con calma, de una caña bien fresquita, de una bien hecha tortilla de patata, de un amanecer solo o acompañado, de la valentía aunque moleste, de sentarte en un picnic en un prado junto al rio, de la salud y de los profesionales de la sanidad española, de la libertad para alabar, criticar y construir, de la existencia de Dios nuestro Señor y de la Santa Virgen, y de mi Ángel de la guarda que corretea hasta por estas líneas.
¡Una espiritual Semana Santa para todos!
¡Me apunto al arcoíris y a la cerveza! Los amaneceres ahora en primavera son espectaculares. Y los atardeceres de Madrid son únicos, sin olvidarnos de los de Galicia, costa oeste.
Así está usted mucho mejor estimado amigo.
Abrazos.
Serrat cantando a Machado,
Semana Santa ya en ciernes…
Pero antes de ese viernes
Habrá un Domingo de Ramos.
Saludos a todos también y disfrutemos de la borriquita (como nos recuerda el señor R) después vendrá La Pasión.
Apreciado Sr. B.:
Lo de las cartas marcadas es lo que más duele de todo este asunto y usted lo ha sacado a la palestra con una honestidad que le agradezco mucho. El estoicismo está muy bien, sí, pero hay que reconocer que es bastante más fácil de practicar cuando la vida te ha dado una mano decente. Hay quienes empezaron la partida con cartas torcidas ya desde el principio y, aun así, siguieron jugando sin montar demasiado escándalo. Eso, mantener la dignidad cuando las circunstancias no acompañan, es quizás el ejercicio estoico más difícil y, a la vez, el más admirable.
Aquí no puedo evitar traer a colación a mi filósofo favorito, Aristóteles, que ya lo advirtió con una lucidez que sigue intacta y muy actual: «La felicidad también necesita de los bienes exteriores, pues es imposible o no es fácil hacer el bien cuando se está desprovisto de recursos» (Ética a Nicómaco). Quizá ahí está el límite honesto del estoicismo y también su mayor reto.
Saludos virtuosamente aristotélicos.
No sé quien dijo esto de: “es curioso el ser humano: vivir no sabe, y durante la vida, las más de las veces, sufre, y sin embargo, morir no quiere”. En esta frase se podría resumir nuestro vagar por el mundo. No sabemos vivir, y por tanto, no sabemos envejecer, ni morir. Y sin embargo, morir habemos.
Ha mentado usted a los estoicos, los padres de la filosofía clásica. Deduzco, no sólo un magnífico conocimiento de ellos, sino, y perdón si me equivoco, un cierto aire de ateismo al obviar a la religión, al cristianismo y al judaísmo, fundamentalmente, los cuáles, no sólo nos dan las claves para saber vivir, sino también, para saber morir.
Recuerde esa magnífica frase de Mateo 16, 26.: “De que le vale al hombre ganar el mundo, si pierde su alma”. Esta frase, en un mundo que ha sustituido el culto a Dios por el culto al dinero, que “ha elevado a cero” el estudio de la filosofía y de las humanidades en el “bachillerato”, y que esta sacando al mercado laboral, profesionales; médicos, ingenieros, abogados, con nulos conflictos morales consigo mismos, resumiría muy bien el estado actual de las cosas.
Saludos.
Un punto de vista muy acertado. Saludos.
Buenos días don Javier. Al parecer la frase por usted citada, o una muy parecida, es atribuida a Facundo Cabral.
Efectivamente es desastroso un modelo de enseñanza donde no se lea ni se estudie filosofía. La asignatura que más se aproxima a una guía para saber pensar y conocer ese pensamiento a lo largo de la existencia humana en este mundo.
Efectivamente, creo que la frase, es de Facundo Cabral, como usted muy bien apunta.
En la, en mi opinión, fenomenal novela de Noah Gordon, “El Médico”, el protagonista viaja a la ciudad de Ispahan, en Persia, para aprender medicina, bajo la tutela de Ibn Sina, nuestro Avicena. En el Maristán donde el insigne médico ejercía; medicina, filosofía, derecho y religión, iban ligadas si, o sí; de tal manera que los doctorados allí, debían sumergirse en todas esas materias.
Por algo sería.
Saludos.
Aprecio mucho la reflexión y la cita; es cierto que el ser humano muchas veces no sabe vivir… ni morir. Ahí coincido.
Donde discrepo es en la conclusión de que la ausencia de religión conduce necesariamente al culto al dinero o a una vida sin brújula moral. No lo veo así. A lo largo de la historia ha habido grandes pensadores y personas profundamente éticas que fueron agnósticos, ateos o simplemente areligiosos, y que no solo no adoraron el dinero, sino que lo cuestionaron abiertamente. La ética, la compasión y el sentido de trascendencia no son patrimonio exclusivo de una tradición religiosa.
De la misma forma, tampoco podemos ignorar que, en el mundo actual —y en otros momentos de la historia—, hay quienes se amparan en la religión para justificar conductas que causan daño, exclusión o violencia. Eso no invalida la fe en sí, pero sí nos obliga a reconocer que la religión, como cualquier marco humano, puede ser usada tanto para construir como para destruir.
En fin, no me he callado, como sugiere Don Arturo, pero sí le envío un saludo entre amigos que decidimos compartir ideas.
Bueno, yo no pienso exactamente que la ausencia de religión lleve al ser humano al culto al dinero, sino que en muchas ocasiones es el dinero el que ejerce de Dios, sustituye a Dios.
Precisamente, la Biblia, hace alusión en varios capítulos a este hecho. El culto al becerro dorado, que el pueblo de Israel hace, nada menos que cuando Moisés está en el Monte Sinaí recibiendo de Dios las tablas de la ley, que son, nada menos, que la piedra angular del culto judío, y por tanto del cristiano. .
Recuerde también las tres tentaciones que recibe Jesús durante su retiro al desierto, la tercera de ellas vestida de dinero y poder: “Todo esto te daré si me adoras”, le dijo el diablo a Jesús mostrándole el poder y la mejestuosidad del mundo.
Estoy totalmente de acuerdo con usted en lo último que dice: la religión, efectivamente puede ser utilizada para construir o para destruir. Aquí, tomando prestadas palabras de nuestro Pérez Reverte, le diré que una población bien formada, bien instruida, bien versada, sabrá diferenciar entre una y otra. De ahí el avance del Occidente cristiano, con respecto a otras partes del mundo y a otras religiones. “A Dios, lo de Dios, y al Cesar lo del Cesar”.
Saludos y gracias por no callarse.
fantástico artículo, D. ARTURO, para enmarcar especialmente “Morir es inevitable, pero vivir como un imbécil es opcional”
Es una frase para enmarcar
La espera
Miré los muros de la Patria mía,
Si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
De la carrera de la edad cansados,
Por quien caduca ya su valentía.
…………………………….
Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!
Y, en Roma misma, a Roma no la hallas,
Cadáver es la que ostentó murallas
Y tumba de sí propio el Aventino.
Francisco de Quevedo y Villegas.
La edad cae como losa
En el cuerpo del humano
Que nunca tendrá en su mano
Ver que la mente reposa.
Si el deseo no rebosa
Rebosará el orgullo,
Pues siempre hay un capullo
Esperando hacerse rosa.
Brotes verdes, primavera,
Manantiales tras deshielo
Juntando el mar con el cielo
En inopinada espera.
Todo el mundo espera algo,
Eso es algo indiscutible,
Se sea rosa sensible
O un estoico enlutado
Que, olvidando el resquemor,
Con esplendor, con templanza,
Espere así la esperanza
Del que espera sin temor.
Se ha superado usted, estimado.
Gracias amigo.
Sepa usted que, cada jueves o viernes, busco en los comentarios de esta columna su romance. Gracias.
Le agradezco su interés don José Manuel, se hace lo que se puede.
Me encanta su visión de la vida con ese punto de ironía canalla.
No se me olvida si definicion de lo que era un crucero , hace unomton de años, cuando se puso de moda ese tipo de viajes turísticos.
Que es un crucero? dijo usted: ” eso que se hace entre los 60 y la muerte.
Sencillamente, genial!!!!
Envejecer bien está muy infravalorado. Antes se daba por hecho que un viejo era una figura estoica, sabia y humilde pero ahora esa asociación es extraña. Cuando se da en alguien corriente el ridículo senil suele ser autoinfligido y el efecto en los demás no pasa de la vergüenza ajena. El problema viene cuando el ridículo senil se da en un viejo con mucho poder, en ese caso estamos perdidos, no hay nada más peligroso.
Estos tipos (suelen ser hombres) no aceptan el cambio y quieren volver a un mundo que nunca existió, sólo era mejor porque eran jóvenes. Nunca van conseguir lo que buscan y no tienen nada que perder, no les importa destruir el mundo y arrasarlo todo porque no van a estar.
Otros tipos de ridículos salen más por el lado mesiánico, patriotero,… Todos coinciden en que tienen un mandato existencial y no van a parar de destruir porque son adictos, con cada masacre más jóvenes se sienten.
Más vale que los jóvenes espabilen rápido, dejen la comodidad familiar y empiecen a coger las riendas porque como no empiecen a moverse no van a dejar ni las cenizas
Y el ridículo senil peligroso cada vez aparece antes, no sólo afecta a los Trump, Putin, Netanyahu,… es incluso peor en los oligarcas de mediana edad como Peter Thiel, Elon Musk,…
El poder embrutece, el poder corrompe, el poder hace perder la perspectiva de las cosas, el poder lo falsea todo. Pero, si además se es viejo, cascado y senil de solemnidad, con corbatas kilométricas y melenas al viento, para lo que me queda en el convento, me cago dentro.
Lo ridículo senil es cierto pero relativo no a la senilidad sino a la idiosincrasia. Quiero decir: el que es un estúpido de niño, de joven y de adulto, lo será de viejo indefectiblemente. La vejez no cura la estupidez como algunos piensan.
Saludos.
Cierto, la vejez no cura la estupidez pero ahora la representa. Los tipos más poderosos del planeta son distintas cepas de ridículo senil peligroso y su generación les ha dado un poder casi ilimitado para llevarnos al desastre mundial.
Buenas noches. Sus últimas líneas me han recordado, nuevamente, aquel maravilloso poema de Miguel Hernández (Llamo a la juventud) y cuya estrofa favorita no puedo renunciar a copiar aquí:
Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
Y son viejos cuando vienen.
…..
Uno de… los que están próximos a irse:
Un afectuoso saludo.
Es imposible explicarlo mejor, conmueven esas líneas.
Muchas gracias por su apunte.
“Envejecer bien es un arte. De pronto te levantas con dolores nuevos…”
Decía no sé qué autor francés que, a partir de cierta edad, si te despiertas y no sientes el mínimo dolor es que estás muerto.
Más eficaz aún que la lectura de los estoicos es la lectura de los místicos (de todas las religiones), porque ellos demuestran que la muerte no existe, que no es más que un cambio de mundo.
Llegar a ese punto de entendimiento y encuentro con la realidad que se vincula al ser humano es la fórmula de Diazepam más saludable, consciente y coherente que existe. Pero, se requiere de un bagaje experimental, sentido común e incluso, entre otros muchos factores más, añadiría la necesidad de una educación cultural y social, que no es asequible para todos los humanos por diversas circunstancias internas al ser.
Buenas tardes, Don Arturo.
Le animo encarecidamente, si es que le queda tiempo y humor, para afrontar una Historia del Pensamiento occidental, al modo en que ya lo ha hecho con las Historias de España y Europa, a fin de abordar sucintamente las diferentes escuelas de pensamiento que, junto a los estoicos, han configurado lo que somos – y hemos dejado de ser-.
Muchas gracias por este y tantos otros artículos.
La muerte no es el final. Es una bella canción y, posiblemente, la verdad.
Es magnífica, su autor Cesáreo Gabarain un músico excelso.
En un laboratorio cubano lograron una píldora que los estoicos de inmediato añadieron a sus posologías. Se conoce como TTM y debe ingerirse en ayunas, cada amanecer, antes de mirarse al espejo. TTM, Tíralo Todo a Mierda.
La muerte nos llevará a todos, antes o después, pero algunos como usted, don Arturo, dejarán palabras inmortales. Ciertamente, es un placer gratificante leer a los filósofos estoicos antiguos, por ejemplo, reflexionar después de leer cualquier pensamiento de “Meditaciones” de Marco Aurelio. Se oyen quejas a diario sobre la falta de tiempo mientras se devoran nimiedades en TikTok, incongruencia que nos debería recordar a Séneca cuando proclamó “No tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho”. Cuánto sufrimiento por las opiniones autoforjadas de lo que no podemos controlar, pudiendo recordar a Epicteto “No son las cosas las que perturban, sino los juicios sobre las cosas”. Desde luego, el pensamiento estoico nos ofrece algo que hoy en día es muy fácil perder, perspectiva. Vivimos tiempos difíciles, donde la frase “resistir estoicamente” pierde su profundidad épica para convertirse en una necesidad diaria. Añadiría, tan falto como necesario, el pensamiento crítico, proporcionando conjuntamente un sinergismo altamente eficiente; pero se dice que el ritmo de vida actual “no deja tiempo” para profundas reflexiones. Más cultura evitaría muchos males que hoy en día se sufren como si fueran inevitables.
Magnífico, como siempre, don Arturo.
El estoicismo, presentado como un analgésico de los que no caducan, se aleja de las promesas de felicidad instantánea o los mantras de TikTok. Ofrece una medicina única que he descubierto por mí misma, eso sí, si se tiene la suerte de encontrar las lecturas adecuadas, claro. No he podido pasar por alto la idea de que «morir es inevitable, pero vivir como un imbécil es opcional», y quizá sea la definición más honesta de libertad que he encontrado últimamente.
Si me permite añadir un matiz, el estoicismo también aborda el arte de soltar, un concepto que usted menciona implícitamente pero no nombra explícitamente. Va más allá de la simple aceptación de las pérdidas, enseñándonos a no aferrarnos a lo que ya pasó. Creo que esta es la clave para envejecer con dignidad en lugar de con rencor.
Un saludo con la media sonrisa que los estoicos recomiendan.
Maravilloso y casi inevitable ese matiz, doña Amanda: soltar lastre, vaciar la mochila, recuperar espacio, deshacerse de traumas y malos obsequios de la experiencia vital de cada uno, disipar las nubes que impiden ver el sol de la última madurez, dejar de formularse presagios por los errores del pasado. Sí, es requisito imprescindible para mantenerse en pie y continuar la aventura, el viaje.
Y que decir del concepto sublime de la necesaria ausencia de rencor; mantener lejos ese pecado tan humano, tan inútil y tan opuesto al perdón, respecto al projimo y a uno mismo. Imposible disfrutar con él de la necesaria serenidad que debe adornar la vivencia de la última etapa vital.
Me maravilla su lucidez, inteligencia y, como ya casi adiviné por comentarios anteriores, su profundo conocimiento de Aristóteles.
Me sumo al asombro por el despliegue de talento de los comentarios de esta semana de doña Amanda y otros más. O si se quiere, de sabiduría en el arte de saber vivir, el único realmente importante y el único que capacita para andar el último tramo. Es un gustazo leer a los que considero verdaderos triunfadores de la vida, que son los que han conseguido los laureles en esa ciencia de una forma… Experimental.
En cuanto al perdón… Creo que esa es la llave maestra. Quien ha aprendido a pedir perdón y a perdonar, ha conseguido la libertad.
Don John, muchas gracias por sus palabras. Tiene usted razón en lo de los «triunfadores de la vida», aunque yo añadiría que el triunfo más silencioso y significativo es precisamente ese, haber encontrado en la lectura y en la escritura una fuente de eudaimonia, la felicidad que Aristóteles definía como una actividad del alma conforme a la virtud y que no depende de las circunstancias sino de cómo vivimos cada uno de nosotros.
Y sí, la felicidad es efímera, todos lo sabemos, pero hay cosas que la estiran, como un chicle, que la hacen durar un poco más. Para mí es escribir, leer, escuchar, aprender… Y también debatir con personas de su altura. Saborear con calma lo bueno que la vida nos ofrece, detenerse en los pequeños instantes, esos que muchas veces nos pasan desapercibidos y que, sumados, acaban configurando una vida que vale realmente la pena.
Debatir con personas como usted, como Basurillas, como don Ricarrob y otros pocos que me voy encontrando en esta ágora virtual, también me produce eudaimonia, no me cabe ninguna duda.
Un saludo bien cordial.
Dialogar con personas sustanciosas, sensatas y sin una sombra de negatividad de las ideas que vienen de serie en nuestra alma y que fueron concretadas por los clásicos hace miles de años también es una fuente de felicidad para mí. Es como reencontrarte con gente a la que ya conocías y estimabas.
En este caso, soy yo quien se sienta a escuchar bajo esa higuera, que es alegoría de tantas personas y cosas que hacen buena la vida, aún en medio de grandes dificultades y preocupaciones. Fíjese en que es un árbol que da dos veces fruto (las brevas y los higos), dulcísimos los dos. Y si además los acompañas de un yogur griego, de los caseros, y un café como se prepara en esas latitudes, ‘gloria in excelsis’. En el fondo, soy un epicúreo.
Ha mentado usted, sr. Herra, a Grecia, nuestra otra patria mediterránea, el origen de todo. Ahí reside, entre sus viejas piedras la filosofìa. Entre esas viejas piedras están los espíritus de quienes nos enseñaron a pensar, nada menos.
Con sus palabras he rememorado una escena que tengo grabada a fuego. Fue un día primaveral en el que caía del cielo un sol de justicia. Visitas el Partenón, no voy a relatar esto ya que describir esta maravilla está ya muy visto, en compañìa de quien ya no podré hacerlo de nuevo. Eludiendo el camino general de bajada, hay uno solirario que bordea la Akrópolis, abundante en vegetación, y que lleva a una estrecha carreterilla que sigue descendiendo entre árboles. Se llega así a un pequeño bar, limpio y familiar, con unas mesitas entre higueras. Con el agobiante calor, dos cervezas heladas Mythos y un buen plato de calamatas, a la sombra de la higuera, fue el paraíso. Esa magia que pocas veces conseguimos y que hay que retener en la memoria como salvavidas vital. Son los recuerdos a los que nos aferramos cuando la ansiedad, la angustia y la nostalgia nos atacan inmisericordemente.
El epicureìsmo no está reñido con las otras filosofìas. El epicureismo es el arte de saber disfrutar de la vida, con las pequeñas cosas, apurándolas mientras duran.
Nos enseñaron a pensar, también a vivir e incluso a morir.
Saludos.
Sí, amigo. Sé lo que quiere decir. Tuvimos el paraíso terrenal.
Qué bonito lo que me dice, John! Bienvenido sea a la higuera de la amistad genuina, de las buenas pláticas y de la vida más aristotélicamente virtuosa que podamos vivir, baches incluidos.
¡Ostras! Tiene razón, lo había olvidado por completo, la higuera da fruto dos veces y eso la convierte en un árbol generoso y un poco misterioso, como las personas que nos vamos encontrando en esta ágora y que resultan ser, sin esperarlo, viejos conocidos del alma.
Lo del yogur griego casero con higos es una combinación perfecta y un café de los de verdad, también. Y como buen epicúreo que es usted, le propongo algo que quizá no ha probado todavía (o que igual ya conoce y entonces me dará la razón sin dudarlo), unos higos en su punto con unas lonchas de jamón ibérico de pata negra, donde lo dulce y lo salado se entienden de maravilla. A mí me sabe a paraíso y, sobre todo, me sabe a mi madre, que fue quien me enseñó esa combinación. Hay cosas que aprendí de ciertos maestros y maestras y que ya no puedo (ni querría) desaprender.
Un saludo muy cordial.
Qué gratos son esos sabores asociados a seres queridos. No conocía la combinación, pero suena muy bien. En mi casa se decía ese viejo aforismo: “Pan, uva, vino y queso, saben a beso”.
Saludos.
Basurillas, me encanta cómo ha recogido lo de «soltar lastre». Y me encanta también que haya adivinado lo de Aristóteles, porque no es casualidad, el gusto por él me lo inculcó mi padre, catedrático de Filosofía, ahora jubilado, pero por encima de cualquier título, todo un humanista. Desde mis años de instituto, «La Política» y la «Ética a Nicómaco» son dos de mis libros de cabecera. Y no solo en lo intelectual, en la vida trato de vivirla con la búsqueda de la virtud, de la justa medida, que el genial filósofo tanto defendió.
¿Sabe? Mi padre me contó una tarde de verano de mis años del BUP, sentados los dos bajo la higuera de nuestra casa de la playa, que Aristóteles sentía especial predilección por los higos. Años después, cuando releo su «Ética a Nicómaco» y encuentro que habla de la amistad como lo más necesario para la vida, me gusta imaginar que quizá la compartía con sus discípulos mientras comían higos bajo un árbol, como hacíamos nosotros. Podría ser, ¿verdad?
De Platón, en cambio, se cuenta que Diógenes el Cínico le gastó una buena. Estaba Diógenes comiendo unos higos secos cuando apareció Platón y le invitó a participar. Platón se los comió y entonces Diógenes fingió enfadarse porque le había invitado a participar en la idea de los higos, es decir, en el modelo inteligible, no en su versión imperfecta y mundana. La anécdota me encanta, porque resume con humor lo que separa a ambos mundos, el de las ideas puras y el de los higos tangibles, el que se comparte bajo un árbol.
Ya que estamos con los higos, le cuento otra curiosidad que me fascina. Aristóteles, en su «Historia de los animales», Libro V, describió cómo las avispillas nacían dentro de los higos y, tras romper la piel, volaban. Él lo atribuía a la generación espontánea, aunque hoy sabemos que es fruto de una relación coevolutiva de millones de años. Este bonito detalle, sin embargo, lo conocí gracias a mi abuelo. Cuando era pequeña y recogíamos la fruta en la misma higuera de nuestra casa de la playa, él me explicaba que la avispilla entra, muere, y el higo la digiere. Que así es la naturaleza, nada se pierde, todo se transforma, y hasta lo que muere acaba dando sabor. ¿Interesante, verdad? A Aristóteles, a buen seguro, le habría encantado la metáfora.
Ya perdonará que le cuente todo este rollo, pero precisamente esta mañana, para desayunar, me he untado mermelada de higos en una tostada de pan integral con mantequilla irlandesa. Mi café con leche y mi zumo de naranja recién exprimido me sabían a filosofía, a recuerdos de mi abuelo y a esa pequeña avispilla que un día se quedó dentro para que el higo madurara. Al tomar ese desayuno, no he podido evitar acordarme de mi padre y de mi abuelo bajo aquella higuera, y, créalo o no, también de usted, de Diógenes y de Platón y de esta ágora virtual donde encuentro a maravillosas personas con las que merece la pena compartir esta fruta.
Se dice que Aristóteles llamaba a los higos «el alimento de los dioses». Visto lo visto, no me extraña.
Un abrazo muy cordial.
Lo creo. Y con ese recuerdo me ha honrado hasta lo más hondo de mi alma. Mil gracias.
Tal vez el gusto y el amor por la filosofía sea a modo de un intenso pegamento que una a las personas, independientemente de géneros, números, edades y generaciones. Una hermandad espiritual similar a un “club de los poetas aún no muertos”. Me alegra y alivia pensar que algo así esté ocurriendo por aquí. Reciba usted otro abrazo similar.
¡Hola, Basurillas! Me ha encantado leer su comentario. Ese «lo creo» me ha llegado al corazón, porque no es un simple «me lo imagino», sino un acto de fe en lo que le cuento. El hecho que le haya honrado tanto, viniendo de usted, es un regalo que valoro muchísimo.
La metáfora del pegamento me parece preciosa. La filosofía une, sí, y también los higos, la amistad, las higueras de la infancia.
Su definición del «club de los poetas aún no muertos» es de lo más bonito de este rincón de Zenda. Porque aquí los clásicos siguen —muy— vivos gracias a gente como usted que los lee, los comparte, los discute y los honra. Me alegra y me satisface mucho saber que algo así está pasando por estos lares.
Un abrazo fuerte y muchas gracias.
No siendo tan mayor también se puede ir intuyendo que finalmente serás otro perdedor más en la larga lista de los que pasan por aquí. Los estoicos después te confirman que siempre hemos sido compañeros de viaje, y ya no puede se tanto el consuelo del que nos habla el Sr. Reverte.
El relativismo en general no me agrada nada, pero hay casos concretos en los que sí se puede aplicar bien. En este caso, en el de ganar y perder, en el de los ganadores y perdedores, creo que se le puede aplicar perfectamente. Ganar y perder es relativo y depende de la filosofía de vida.
En mi opinión, muchas, muchas veces, ganan los que pierden y pierden los que ganan…
Saludos.
Así es también, a veces ganan los que pierden. No obstante nos mueve el deseo de ganar.
A mí tampoco me agrada mucho el relativismo, pero casi siempre aparece, por mucho que uno quiera encontrar en todo verdades absolutas que nos den la razón y hagan sentirnos bien.
En esta sociedad tan competitiva es un alivio, un placer y un descanso salirse del círculo de la competitividad…
Justo el 26 de marzo cumpli¬ó mi madre 84 años y hoy, un par de días después, vengo a este interesante bar.
Tengo 62 años y al terminar de leer se me ocurre responderle, a falta de mejor argumento, un vulgar:
Y dónde firmo?
Buenas tardes don Diego. Aquí no se firma. Aquí se toman bebidas con amistades y, de vez en cuando, cae alguna tapilla. En general la gente es proclive a la charla y al disfrutre con sus opiniones y las de los demás. Pase sin llamar, ¡y sea Bienvenido!
Vaya por Dios!, y yo sin saber que soy una estoica, casi me ha retratado.
“ Envejecer no es encogerse: una respuesta necesaria”
El artículo “Sí, soy viejo… ¿y qué?” Escrito por el querido Arturo Perez Reverte, se presenta con la rotundidad de quien cree haber alcanzado una verdad definitiva. Y ahí reside, precisamente, su mayor debilidad.
Bajo la apariencia de lucidez, lo que se nos ofrece no es tanto una filosofía como una justificación: la de una retirada emocional convertida en virtud. El estoicismo que se invoca —tan noble en sus orígenes— aparece aquí reducido a una coartada para el desapego, el silencio y, en última instancia, la indiferencia.
Aceptar que el cuerpo falla y que el tiempo pasa es una evidencia. Convertir esa evidencia en un programa de vida basado en aguantar, callar y no implicarse ya es otra cosa. Eso no es sabiduría: es, en parte, renuncia.
Hay en el texto un desprecio apenas disimulado hacia la emoción, hacia la ilusión, incluso hacia la necesidad de intervenir en el mundo. Como si, al cumplir años, uno tuviera la obligación de retirarse a una especie de dignidad silenciosa, mirando desde la barrera cómo otros —los más jóvenes— viven, se equivocan y empujan.
Pero esa mirada no es superior: es cómoda.
Porque lo verdaderamente difícil no es endurecerse, sino seguir abierto.
No es callar, sino decir lo necesario cuando aún importa.
No es resistir, sino seguir estando.
El estoicismo, en su raíz, no fue nunca una invitación a desentenderse del mundo, sino a habitarlo con conciencia y fortaleza. Aquí, sin embargo, se desliza hacia algo más estrecho: una especie de cinismo elegante que confunde claridad con distancia y dignidad con desafección.
Y hay algo más preocupante: la tentación de convertir la experiencia en autoridad moral incuestionable. Como si los años otorgaran automáticamente razón, cuando lo único que garantizan —en el mejor de los casos— es perspectiva. Y la perspectiva, si no se contrasta, puede volverse rígida.
Sí, envejecer implica perder cosas. Pero también debería implicar ganar otras: profundidad, generosidad, capacidad de comprender sin juzgar tan deprisa.
Reducir todo eso a “soportar el dolor con media sonrisa” es, sencillamente, quedarse corto.
Porque uno puede envejecer sin volverse complaciente con el mundo.
Puede aceptar sin abdicar.
Y puede, sobre todo, seguir comprometido con la vida —no como espectador, sino como alguien que todavía tiene algo que decir.
Y eso, quizá, es lo que más falta en el texto:
no experiencia… sino esperanza.
A veces, bajo ese discurso de aceptación, late algo más inquietante: no tanto el estoico que asume el paso del tiempo, como una versión contemporánea de Dorian Gray que preferiría no mirarlo de frente.
Siento decirle, don Juan, que estoy en total desacuerdo con su interpretación del artículo de don Arturo. Dorian Gray esconde el cuadro ante los demás mientras que él sigue con sus operaciones de estética y sus liposucciones como muchos que hoy no saben ser viejos y viejas, escondiendo el retrato de su realidad. No. Don Arturo nos enseña el cuadro: ¿veis? Soy viejo, sin liposucciones (hay de dos tipos, mentales y físicas).
Y, como no lo esconde, mira en derredor cómo la sociedad o suciedad considera al viejo. Y, ante el rechazo, la aversión y la desconsideración a la experiencia vivida, el desprecio a las enseñanzas del pasado, se produce un distanciamiento lógico.
Me sumo al posicionamiento de don Arturo: discutir con necios es una pérdida de tiempo.
En ocasiones se puede leer o escuchar que, en este època, es el momento histórico en el que màs sabios e intelectuales hay vivos de toda la historia de la humanidad. Lo que no se dice nunca es que tambíén ahora hay mas necios y estúpidos que nunca en la historia.
Saludos.
Me adhiero a lo expuesto por el señor Ricarrob pero, en especial, me es imposible aceptar lo indicado por el señor Lebrón en cuanto a que la postura de Pérez-Reverte sea la de aguantar, callar y no implicarse. Por favor, si sus crónicas y ensayos son precisamente todo lo contrario. Ni se aguanta, ni se calla y no para de implicarse; para fastidio de muchos y regocijo de casi todos.
Un saludo atento y disconforme.
Supongo que es precisamente esa edad mencionada en el artículo, la causa de que de un buen tiempo a esta parte, los artículos de APR ya no me entusiasmen como antaño; tanto porque el emisor pierda frescura y novedad en sus artículos, como porque el receptor se vuelva resabiado con los años. Y sin embargo, esta pieza me ha apelado como las de los viejos tiempos. Gracias de nuevo, don Arturo.
Casualidad o no, al lado de este texto me aparece una imagen de George Clooney, personaje que no me simpatiza, pero de quien escuché una anécdota que me encantó. En una conferencia de prensa, un periodista le hizo una pregunta impertinente, o en todo caso una pregunta que lo ofendió. Respuesta de Clooney: “Soy viejo y soy rico. Te aseguro que no quieres pelearte conmigo.”
Tengo 82 y todo lo que leí me viene como anillo al dedo. Calificarlo de brillante es quedarse corto e injusto. Gracias Sr. Pérez-Reverte
Qué gran artículo don Aturo. Me ilustra y vaya que me falta mucho leer y comprender estoicismo. Muchas gracias.
Genial como siempre
Magnifico, me lamento el no ser “Estoico”
Soy más joven que usted, pero también soy ya medio viejo con alma Quijotesca, y me reconforta Cervantes con la mayor ironía de la mente humana -y aunque con menos estilo y por otros motivos- veo asomar las orejas al lobo y me voy resignando a la pérdida.