Atravesado por la obra y el pensamiento de Yukio Mishima, este libro establece un diálogo con el escritor japonés y con las máximas del Hagakure, el código ético de los samuráis que entiende la muerte como una disciplina del espíritu antes que como una negación de la vida.
En Zenda reproducimos un fragmento del largo poema que compone Pido el fin de la vida (La Bella Varsovia).
***
Pido el fin de la vida.
Pido el fin de la vida en tiempos de paz.
Pido el fin de la vida
contra todos y a favor de los ángeles.
¿Qué razones tengo yo para ser igual que los demás?
¿Por qué debería quedarme en vuestra compañía?
¿No puedo escaparme cuando empieza la fiesta?
¿No puedo defender mi soledad
con los talones clavados en las nalgas,
los pies deslizantes
y mi espalda doblada como un cartabón?
¿No puedo tragarme mi partida de nacimiento?
¿No puedo devorarme devorada?
¿No puedo bailar con agujas en las rodillas?
¿No puedo amar yo el fin de la vida?
Pido el fin de la vida
aunque a veces los dolores me dejen sin fuerzas
para escribir con mi propia sangre sobre el mantel
después de chuparle la cola al último ratón.
Mis conexiones neuronales son infinitos rabos de ratón.
Pido el fin deslumbrante de la vida, pido rebosar,
pido una sinceridad que haga llorar a los dioses.
Pido desplegar el universo ante mí
sin la nube del glaucoma de la mezquindad,
sin pronunciar el nombre de los jueces,
sin la cobardía trepando por los castillos.
Pido el fin de cualquier dirección o domicilio.
Pido el fin de la vida porque abrigo la decisión de la locura
y pido el fin de la vida por orgullo de la locura.
Reclamo el derecho a un frenesí justo y radiante,
pleno de coraje y valor.
Si golpeas lo suficiente con tu cabeza una pared blanca
verás nacer el sol más rojo que nunca.
Pido el fin de la vida para despertar definitivamente a la belleza.
Pido el fin de la vida como ideario.
Pido la felicidad del fin de la vida y pido el fin de la vida,
pido la celebración de la adversidad y del dolor,
«Cuando el agua sube, el barco está más alto»,
dice el Hagakure.
«Cuando te halles en la adversidad o te sobrevenga una desgracia
alégrate y salta de gozo»,
dice el Hagakure.
Pido el fin de la vida por inmensa alegría
en las horribles colinas de la adversidad.
Este es mi tiempo de gloriosa desgracia y de gloriosa adversidad.
Pido el fin de la vida por glorificación.
Pido el fin de la vida para brincar de gozo hasta el último salto.
Sin las tortugas de la esperanza y sin las obligaciones.
Sin el bastón de mando que golpea y dice «Tú te quedas aquí».
Pido el fin olímpico de la vida.
Pido un vuelo invertido
para cronometrar quién se estrella más rápido
al saltar desde las azoteas.
Pido lavar la sangre del pavimento con mi lengua.
Quiero retener para siempre en mi boca
un caramelo con sabor a instinto.
Quiero pasear cenizas olímpicas
dentro de una medalla de oro con forma de tumba.
Quiero que mi coño sea negro como una pistola.
Quiero asesinar a la bestia felación tras felación.
Quiero tener una melena de peces muertos.
Pido el fin de la vida para distinguir lo real de lo falso,
sin aguardar a la comprensión,
ni al consejo,
ni al restablecimiento,
ni a la salud.
Pido morir a la vista de todos.
Regalar a los niños del bulevar
globos de colores atados con mis tripas.
Echar a rodar mi cabeza en el patio del colegio
para que jueguen un partido
dándole patadas a mi puta cabeza.
Reventar de un bofetón y un bofetón
al topo de la vergüenza
que me corre por dentro de la cara.
Pido el fin de la vida como triunfo
y no como fracaso.
Vivir no es ganar.
Morir no es perder.
Exijo un intramuros sin condiciones y sin doble moral,
se acabó para siempre el extramuros,
me cago en la culpa y me cago en la vergüenza.
Pido la construcción de un altar
para el que se viste con la hermosa túnica de plumas
y asciende a los cielos custodiado
por una corte de serafines punk.
Pido un eclipse punk.
Pido un desayuno punk.
Pido un suicidio punk.
Pido un apicultor con lágrimas.
Pido el poder puro y sin mezcla del fin de la vida,
por ahorcamiento,
por envenenamiento,
por gas,
por lanzamiento a las aguas,
por precipitación desde las alturas,
por cuchillo,
por pistola,
por sobredosis.
Pido el grito del fin de la vida.
Gritar será como respirar.
Morir es todavía la vida.
Lanzarse desde lo alto de un rascacielos es todavía la vida,
desangrarse con las venas cortadas es todavía la vida,
quedarse dormido para no despertar es todavía la vida.
No pido la dignidad.
Pido el honor.
Pido un columbario de pan de oro
y pido una oración que se pueda comer entera,
igual que la fruta,
incluso con el corazón y la piel,
sin escupir nada,
ni siquiera el gusano,
quedarme con el gusano blanquísimo
asomándose por entre los dientes y las ventanas.
Pido un respeto de cuadrante florido,
la rosa náutica de la línea del rumbo
deshojándose a los pies del cadáver
pudriéndose bajo un sol abrasador.
¡Tama, oh, oh, oh, Tama!
Pido honores.
Pido reverencias.
Pido genuflexiones raras
para aquellos santos a los que ya vi partir,
pido danzas y fuegos chinos de artificio,
y huevos de chocolate
con un diente de oro dentro.
Y ellos son:
los que se ahorcaron en su dormitorio un día de Navidad,
los que se arrojaron por una ventana al salir del trabajo,
los que se cortaron el cuello al salir de la panadería
mezclando su sangre con la harina,
como si dijeran «Este es mi cuerpo, comed todos de él»,
o los que se lanzaron directamente al mar
despreciando una cama de hospital.
Pido el fin de una vida y de otra vida.
Y pido el fin de otra vida más y más.
Pido el fin ilimitado de la vida.
Pido el fin de la vida frente a la violencia de la banalidad.
Pido el fin de la vida frente a la violencia del entretenimiento.
Pido el fin de la vida frente a la violencia del optimismo.
Pido el fin de la vida frente a la violencia de la censura.
Pido el fin de la vida como parte de la filosofía y del verso.
Pido el fin de la vida como parte del conocimiento
para reconocer que somos nada y que aun así lo hicimos todo.
Trascender las limitaciones del raciocinio con el delirio.
Pido el delirio como disciplina artística.
Pido reconocer la belleza del suicida.
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Autora: Angélica Liddell. Título: Pido el fin de la vida. Editorial: La Bella Varsovia. Venta: Todos tus libros.


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