La literatura tiene mucho de viaje interior, pero también de travesía física. En las últimas semanas, la promoción de mi nueva novela, El juicio, me está llevado a recorrer España. Esta semana me ha tocado ir literalmente de punta a punta, desde Bilbao hasta Cádiz. En un itinerario que ha superado con creces el millar de kilómetros y que ha estado marcado por encuentros, librerías, lectores y, sobre todo, por la permanente presencia de Francisco de Goya, verdadero hilo conductor de esta aventura.
En Córdoba tuve también tiempo de visitar una nueva librería, Anüba, en la calle Morería. Siempre es una alegría comprobar que nacen espacios dedicados a los libros: abrir una librería es abrir una ventana a la cultura, y entre todos debemos apoyarlas.
Desde Córdoba viajé hasta Málaga, acompañado por Alejandro, periodista de la agencia de comunicación, con quien compartí los intensos y hermosos días andaluces. Su labor, muchas veces silenciosa, fue decisiva para cerrar entrevistas y organizar cada detalle del recorrido. En Málaga me esperaba mi gran amiga, la escritora Inma Aguilera. Almorzamos en el Mercado del Carmen, y junto a otro escritor, Mario Guillén, nos dirigimos a la presentación en la histórica librería Proteo. La ciudad estaba envuelta en el ambiente vibrante del Festival de Cine, y una lluvia repentina nos sorprendió camino del acto, como si el cielo quisiera poner su propio acento dramático a la jornada. Resultaba inevitable pensar que el gran premio del cine español sea precisamente un “Goya”: una hermosa paradoja que une al pintor aragonés con el séptimo arte.
La siguiente etapa fue Sevilla, siempre maravillosa. Allí presenté la novela en la librería Botica de Lectores, acompañado por otra gran amiga escritora, Andrea D. Morales, y por Helena, la comercial de la editorial, cuya presencia —como ya había ocurrido en Málaga con Paco y sucedería con Julián en Cádiz— demuestra la importancia de quienes trabajan en la difusión del libro y sostienen, con su esfuerzo, el encuentro entre autores y lectores.
Los viajes literarios tienen además un componente profundamente humano: el reencuentro con los amigos dispersos por la geografía española. En Sevilla, tras la presentación en el barrio de Los Remedios, me reuní con amigos de la universidad en Triana, con el río siempre presente, símbolo de una ciudad que hace patria de sí misma con natural orgullo. Aproveché también para visitar la Catedral y detenerme ante las pinturas de Santa Justa y Santa Rufina realizadas por Goya, así como contemplar en el Archivo de Indias las copias de los retratos de Carlos IV y su esposa la reina. De nuevo, el pintor estaba allí, acompañando silenciosamente cada paso del viaje.
La ruta culminó en Cádiz, una ciudad que llevo desde hace tiempo en el corazón. Presenté la novela en colaboración con la Fundación Cajasol y, especialmente, en la tertulia Fernando Lallemand, dirigida por Susi Cigüela, donde la acogida de la prensa y de los lectores fue extraordinaria. Tras la tertulia multitudinaria, la semana concluyó con una entrañable velada en casa de Susi, rodeado de amigos y lectores.
Uno de los momentos más sorprendentes ocurrió mientras paseaba por la calle Ancha: un alemán, Hans, me reconoció como “el novelista de Goya” y, con una amabilidad inolvidable, me invitó a conocer su casa. Allí, entre libros, música y arte, conversamos largamente sobre Goya, Rembrandt y otros maestros, en lo que creo que fue el inicio de una amistad nacida de la pasión compartida por la cultura.
En Cádiz visité también la Santa Cueva, donde se conservan tres de las obras de mayor formato que pintó Goya, recordando la importancia de esta ciudad en su vida. Aquí se recuperó de su enfermedad junto a su amigo Sebastián Martínez y, muy probablemente, su excepcional colección de arte, donde destacaban grabados ingleses, pudo influir en el maestro. No en vano, Goya retomó el dibujó en cuadernos aquí y es posible que iniciara su idea de los Caprichos. Incluso pude acercarme a una de las casas donde, según la tradición, Goya se alojó durante su estancia gaditana.
Así terminó esta travesía literaria por Andalucía, una tierra que une historia, arte y hospitalidad con una intensidad única. Desde Córdoba hasta Cádiz, pasando por Málaga y Sevilla, la literatura ha servido de puente entre ciudades, personas y memorias. Ahora tocaba regresar hacia el norte. Me esperan Teruel, de nuevo Zaragoza, Toledo y Ciudad Real. El viaje continúa.



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