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1913, cuando dos marginados, llamados Hitler y Stalin, se cruzan en los jardines de Viena

1913, cuando dos marginados, llamados Hitler y Stalin, se cruzan en los jardines de Viena

El siglo XX, el más mortífero de la historia, comenzó una tarde de enero de 1913 en los jardines del palacio de Schönbrunn de Viena, por donde solía aparecer aparecer el viejo emperador Francisco José, que aún no había olvidado la muerte de su querida Sissi. El todopoderoso imperio austro-húngaro aún permanece en pie, pero por poco tiempo. Los acontecimientos se sucederán muy velozmente.

Acaba de empezar el año y un hombre de 34 años, con bigote tupido y aspecto descuidado, llega a la estación del Norte de Viena; cojea un poco, lleva rudos zapatos de campesino ruso y una maleta a rebosar con más libros que ropa. El día anterior, en Cracovia, había ganado al ajedrez a Lenin, complacido de tener un discípulo tan aventajado, al que había inculcado la idea de que los revolucionarios deben pensar con rapidez.

Ahora, este hombre busca la casa de huéspedes amiga, y allí, de forma discreta, se dedicará a escribir el opúsculo El marxismo y la cuestión nacional. Su nombre es Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, pero en Viena decide cambiar de identidad. «A partir de ahora me llamaré Josef Stalin», se dice y sigue en su cuarto escribiendo el encargo de Lenin.

"Dos marginados, dos fracasados y dos resentidos que están esperando su gran oportunidad. Aún no son los mayores asesinos del siglo"

En aquel encierro quiso distraerse un poco e intentó flirtear con Galina, la niñera, pero la joven le rechaza. En esos días recibe la visita de Nikolai Bujarin (el de «socialismo es un solo país»), quien le ayuda con las traducciones, y de paso conquista a la niñera, algo que Stalin nunca olvidará, como bien sabe la Historia y la Gran Purga de 1929. No se equivocó Bujarin en su primera impresión: «No vi el menor rastro de bondad en sus ojos». Mientras tanto, el aludido Stalin sigue volcado en su libro, y sólo se permite salir después de comer para dar una vuelta por los jardines del palacio de Schönbrunn.

No demasiado lejos de allí, un hombre once años más joven y con un fino bigote se siente fracasado por no ser admitido en la Academia de Bellas Artes. Ahora mata su tiempo en un miserable albergue para hombres. Mientras espera que cambie su suerte, pinta acuarelas de los monumentos de Viena y de la iglesia de San Carlos Borromeo, que sus compañeros venden en viejos mercados. Apenas sale del albergue, tan solo se dedica a pintar y jugar al ajedrez, y cuando está agotado suele ir a pasear y meditar (sobre el lamentable estado del mundo y de Viena) a esos mismos jardines, donde posiblemente se cruzaría, en las primeras semanas de 1913, con Stalin. Dos marginados, dos fracasados y dos resentidos que están esperando su gran oportunidad. Aún no son los mayores asesinos del siglo.

Alma Mahler y Kokoschka

Todo esto nos lo cuenta —y muy bien— el periodista alemán Florian Illies en su libro 1913: Un año hace cien años, gran éxito en Alemania. En España, publicado en el 2013, pasó casi desapercibido, aunque es un título aún vivo que va por la cuarta edición. Una lástima. Este libro es una joya (divulgativa) para los amantes de la cultura. Hemos empezado con la anécdota de Hitler y Stalin, porque el azar también interviene en la Historia, y el año 1913 está lleno de luminosas casualidades. En febrero, por ejemplo, cuando Stalin conoce a Trotski, nace, a 1.800 kilómetros, su futuro asesino, Ramón Mercader.

Pero dejemos ya la política (o la Historia), porque 1913 se centra, sobre todo, en la cultura, en la gran cultura europea, que tiene acento alemán. Las grandes protagonistas de ese año son las cuatro ciudades de la modernidad: Viena, Berlín, Múnich y París, lugares en donde se desarrollan los sucesos, historias, anécdotas y chismes que se cuentan en este apasionante libro.

"En ese gran espacio centroeuropeo hubo algunos nombres que fueron especialmente protagonistas de 1913, y se dejan ver por las páginas del libro de Illies"

En 1913 ocurrieron demasiadas cosas en un mundo que no imaginaba que, a la vuela de la esquina, se descompondría: acabaría para siempre la vieja civilización con el fin del imperio austro-húngaro y la nueva distribución territorial que forzaría la Gran Guerra. Estalló al año siguiente, aunque entonces nadie lo podía imaginar. Oswald Splengler, sin embargo, estaba escribiendo en Múnich La decadencia de Occidente, al tiempo que pensaba seriamente en el suicidio, cerrar los ojos ante lo que se avecinaba. Pero nadie lo veía: la modernidad, las nuevas formas de arte, literatura o pensamiento, emergían con fuerzas, y sus protagonistas se movían con espontaneidad, codicia e inconsciencia.

En ese gran espacio centroeuropeo hubo algunos nombres que fueron especialmente protagonistas de 1913, y se dejan ver por las páginas del libro de Illies. Recordemos algunos: Sigmund Freud, enemistado con su discípulo Jung, andaba muy nervioso ante el congreso de otoño que los iba a reunir por vez primera en Múnich. Franz Kafka, desde Praga, escribe continuas cartas a Felice, viaja hasta dos veces a Berlín, sin que consigan verse, y le manda a ella —y luego a su padre— una petición de mano, más bien masoquista: “Soy una persona taciturna, silenciosa, insociable, egoísta, hipocondriaca y enfermiza. Vivo en el seno de mi familia sintiéndome más extraño que un extraño. Carezco del sentido para la vida familiar. ¿Podrá vivir con semejante ser humano su hija Felice, una muchacha sana…? En fin, no seguimos para evitar que se siga humillando.

Kafka y Felice

Kafka, advertimos, es uno de los personajes principales de este libro, al igual que Thomas Mann, Karl Krauss, el pintor Kirchner y el grupo El Puente, De Chirico, que pinta su primera obra metafísica; Arnold Schönberg, cuyo concierto es un estruendoso fracaso, Gustav Klimt, Georg Trakl, Robert Musil, Matisse y Picasso, que también se asoman; Frank Wedekin y Lulú, su obra prohibida, Karl Krauss, Adolf Loos, el joven Bertolt Brecht, el doctor Alfred Döblin, muy lejos aún de su novela Berlin Alexanderplatz; James Joyce, que sobrevive en Trieste dando clases, y uno de cuyos alumnos será Italo Svevo; Albert Einstein, que se distancia de su mujer, Mileva. Claro que peor le va a Hermann Hesse, muy infeliz en Berna con su mujer, Maria, y trata de superarlo contando sus padecimientos en su cuarta novela, Rosshalder. Marcel Proust, encerrado en su casa de París, solo mira al pasado. Ha terminado por fin el primer título de En busca del tiempo perdido, y decide costearse la edición de Por el camino de Swann tras ser rechazado por varias editoriales.

"El gran conquistador del momento, siempre rodeado de altas damas, es Rainer Maria Rilke, con permiso del cincuentón Gabrielle D’Annunzio"

El libro más vendido del año en alemán es El túnel, de Bernhard Kellermann, una historia de ciencia-ficción sobre la construcción de un túnel entre Europa y América. La novela vendería un millón de ejemplares. Ya lo envidiaría Thomas Mann, que tiene que asistir al pateo de una obra de teatro suya por la inquina personal de un crítico. Ha publicado Muerte en Venecia, en donde trata su oculta homosexualidad, mientras su mujer está ilusionada con la nueva casa que se están construyendo. No le gusta que la familia interrumpa su rutina, pero una mañana anuncia a sus hijos la nueva novela que va a escribir. Se titula La montaña mágica. Y será divertida, aventura.

El gran conquistador del momento, siempre rodeado de altas damas, es Rainer Maria Rilke, con permiso del cincuentón Gabrielle D’Annunzio. El poeta alemán vive de la generosidad de sus protectoras y se dedica a escribir cartas y viajar por Europa, siempre en buenos hoteles o en casas nobles, mientras se preocupa porque está resfriado o ha de corregir tres versos de una de sus Elegías de Duino. Ese verano se mueve con nerviosismo y elegancia entre todas sus mujeres: su esposa Clara, sus ex amantes Sidonie y Lou Andrea Salomé, su amor de temporada, Elle Delph, su madre y las damas que lo admiran…

En un decadente café de Viena, después de salir del sótano donde ha estado diseccionando cadáveres, entra Gottfried Bend, doctor y poeta (ha publicado Morgue). Sus tristes ojos se iluminan al encontrarse con los de Else Lasker-Schuler, una poetisa de vida revuelta, e iniciarán una de las más extrañas historias de amor, que se va desarrollando en las páginas de 1913.

Rilke con su esposa, Clara Westhoff

Aunque la historia de amor más apasionante, un cotilleo continuo, es la de una atractiva viuda y un pintor obsesivo. Así lo cuenta Florian Illies: “En la revuelta Viena hubo una aventura amorosa que incluso dejó sin respiración a los vieneses. Alma Mahler, la muchacha más bella de Viena, de talle legendario y pecho generoso, recién enviudada del gran compositor y todavía de luto, se rindió a Oskar Kokoschka, el pintor más feo de Viena, el provocador impetuoso, que siempre andaba con los pantalones caídos o la camisa abierta…”

"Kokoschka, que estaba literalmente encoñado con Alma, y no podía crear si antes no se acostaba con ella, encargará una muñeca a tamaño natural de la mujer perdida"

Al parecer, Alma le prometió al pintor que se casaría con él cuando creara una obra maestra. Kokoschka se dedicó a pintar como si estuviera poseso. Alma era su musa, la que aparece de forma obsesiva en los cuadros de esa época, que culminan con La novia del viento, un gran lienzo reconocido por todos como una obra maestra. Sin embargo, Alma, que es un espíritu libre, no puede ligar su vida a alguien tan celoso y posesivo (“Almi, no me agrada que otros ojos vean tus senos descubiertos”), y dos años después se casará con alguien más equilibrado, el arquitecto Walter Gropius, fundador de la escuela Bauhaus. Kokoschka, que estaba literalmente encoñado con Alma, y no podía crear si antes no se acostaba con ella, encargará una muñeca a tamaño natural de la mujer perdida.

Nos gustaría seguir pendientes de estos cotilleos, pero el 25 de mayo Hitler se traslada a Múnich y vende una acuarela al poco de llegar. Ya empieza a gustarle esa ciudad, en la que Eva Braun acaba de nacer. En su miserable pensión, el pintor de fino bigote lee sin parar; quiere saber cómo llegar a ser diputado del parlamento bávaro.

No hay por qué preocuparse, a pesar de los continuos incidentes en los Balcanes: una gran guerra es imposible. Así lo anuncia el escritor británico Normal Angell en su libro La gran ilusión, y lo reafirmará ese mismo año en Carta a los estudiantes alemanes. Una guerra mundial no es posible, porque no beneficia comercialmente a nadie y, dada la internacionalización de la economía, los financieros lo impedirían. El argumento convenció a los intelectuales de la época, que no imaginaron que pudiera existir un 28 de julio de 1914. A partir de ahí, nada sería igual

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