Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 26 de septiembre de 1936: Indalecio Prieto
¿Dónde vas con mantón de Manila? ¿Dónde vas con vestido…?
… y meterme en la cama después…
La letra que acompañaba mentalmente al silbido le hizo pensar en su mujer. Nada más empezar la guerra, la envió con sus hijas a Francia. Y ya con las manos libres y sin casa a la que volver, se había instalado en el Ministerio de Marina. Desde allí dirigía la aviación y la Armada republicanas.
En un principio fue una decepción ver que no se le daba el control completo del Ministerio de la Guerra. Una vez tragado el sapo, eso sí, ocupaba su puesto lo mejor que sabía. Lo primero fue nombrar a su amigo Ignacio Hidalgo de Cisneros comandante de las fuerzas aéreas. Lo segundo, más delicado, tratar con el embajador de Moscú en Madrid para gestionar la llegada de aviones que contrarrestasen a los Junker y los Fiat que por el momento daban la primacía aérea a los rebeldes. En cuanto a la Marina, la gran baza republicana, el hundimiento del destructor Almirante Ferrándiz fue un gran golpe y ocasionó un gran número de telefonazos y voces destempladas de Largo Caballero.
—Veremos lo que dura todo esto —murmuró, dejando de silbar.
En otro momento habría tarareado la cancioncilla entera: canturrear le relajaba. Hoy estaba alterado. Llevaba todo el mes con un cabreo monumental con Largo Caballero, por permitir el traslado del oro del Banco de España a Alicante: un oro que él hubiera preferido hacer llegar a París pero que sospechaba destinado a Moscú. Había tanteado al embajador Rosenberg, y su conclusión fue que estaba acordado. A Prieto le parecía una barbaridad y así se lo dijo a Largo Caballero, quien al final perdió los papeles.
—¿Y cómo vamos a conseguir armamento, si no? ¿Vas a ir tú a disolver el Comité de No Intervención? ¿Crees que a mí me gustan tanto los comunistas como para entregarles el oro sin más?
Desde que Largo Caballero estaba al frente del Gobierno crecían las tensiones con los comunistas, algo que a Prieto le hacía sonreír. Después de hacer lo imposible por desacreditar a las fuerzas armadas, ahora era el propio Caballero quien quería reorganizar el Ejército y que las milicias a las que ayer mismo arengaba contra los militares se plegasen a ellos.
—Es un majadero, un tonto de remate —murmuró, apartando la navaja. Y se limpió con agua. Secó el rostro rasurado. ¿Era él el único en darse cuenta de la cortedad de aquel septuagenario?


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