Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 27 de septiembre de 1936: Nicolás Franco
¿Puedo pasar?
—Hazlo. ¿Qué quieres?
Juanito Yagüe se incorporó en la cama. La estancia tenía las contraventanas semicerradas y un aire monacal. Encima de la cabecera de la cama, casi un catre, había un pequeño crucifijo. Yagüe, con camisa militar y sin gorro, la melena cana alborotada, cogió las gafas sobre la mesilla y observó al hermano mayor de Franquito. Si Paco era blando de aspecto, Nicolás lo era todavía más. El bigote severo no escondía esa blandura que en su caso era también de carácter. Por eso se compenetraban bien: jamás intentó rivalizar con Paco. Kindelán se empeñaba en decir que era a Franquito, por lo intrigante, lo que Lucien a Napoleón.
Nicolás siempre fue el preferido de su padre, el que había sacado su carácter disoluto, vividor. Era sabido que el progenitor hablaba con cariño de Nicolás y en cambio se refería a Francisco como «mi otro hijo». A diferencia de sus dos hermanos militares, a Nicolás le iban más las comilonas e intrigas. El Alzamiento le cogió en Lisboa. Cuando supo que Paco se instalaba en Cáceres, llegó enseguida y su silueta barriguda era ya omnipresente en el palacio de los Golfines de Arriba.
—Ya sabrás que he estado hablando con Kindelán sobre el asunto del mando único —dijo, cogiendo una silla y sentándose frente a la cama con confianza. Yagüe soltó un gruñido no se supo si de asentimiento o contrariedad. Nicolás dio por hecho lo primero—. Estamos redactando el proyecto que someteremos a la Junta en la reunión que tendréis mañana en el barracón ese del aeropuerto de San Fernando, en Salamanca, con Mola, Cabanellas y Queipo. Kindelán quiere que Paco tome la iniciativa. Yo quería comentarlo contigo, Juanito, porque eres de los pocos que tienen influencia sobre él. Acabo de llegar de Lisboa, donde he hablado con los embajadores de Italia y Alemania y con el Gobierno portugués. Todos opinan que no puede continuar lo de los tres ejércitos cada cual con su mando. Es absolutamente necesario un mando único, y creen que Paco debe ejercerlo. Pero él no quiere hablar del tema. ¿No podrías convencerle tú?
—Bien, déjame que hable con él —dijo Yagüe, poniéndose en pie. En ese momento empezaron a oírse voces excitadas por el pasillo.
—¡Se ha liberado el Alcázar!
La noticia corría por Cáceres como la pólvora. Unos minutos después toda la ciudad se congregaba en la plaza Mayor. La gente cruzó por el arco de Santa Ana y llegó hasta la calle de los Condes, desbordando por los callejones de acceso al palacio. Eran las diez de la noche. Una multitud barroca y efervescente, según la adjetivó el diario Extremadura, rodeó el balcón donde apareció al rato Franco con su habitual serenidad. Lo secundaban Milán Astray, un solemne Yagüe, Kindelán y Nicolás Franco. Pero fue Millán Astray quien canalizó el entusiasmo. Tras las escuetas palabras de Franco y Yagüe, en medio de los incesantes vivas a Franco, exclamó:
—¡Nuestro pueblo, nuestro Ejército, guiado por Franco, está en el camino de la victoria! —Y obligó a Franquito a alzar la mano, entre gritos que pronto serían un clásico.
—¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!


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