Desde el 1 de enero de 2026 se está publicando en Zenda 1936 día a día, una sección en la que, “para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea lo que aconteció en quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España”. Cada mañana los lectores de Zenda se han ido encontrando un breve artículo en el que se menciona algo que sucedió en la fecha equivalente nueve décadas antes, durante los meses anteriores el estallido de la guerra. A veces es una minicrónica parlamentaria, a veces el relato de un atentado, a veces el resultado de unas elecciones. Y también, en ocasiones abandonamos un momento a los nombres más conocidos por los libros de Historia y compartimos unos párrafos, por ejemplo, junto a Pepe Mañas, el abuelo del autor, y algunos de sus conocidos, que nos muestran cómo se ven desde su nivel de calle las preocupaciones por la violencia creciente, las consecuencias de las huelgas o, simplemente, un día en la Feria del Libro, una tarde en el circo o un resultado de la Furia Roja (1-0, y Zamora de portero).
—¿Qué sabe de cómo pasaron la guerra sus abuelos?
—En quien más me he centrado hasta ahora es en mi abuelo paterno, el madrileño, pero la verdad es que no se hablaba gran cosa en su casa. Ya sabes que la guerra fue diferente en cada región. En Madrid era el rollo de los sindicatos armados, los paseos, etcétera, y luego ya se militarizó cuando la asedió Varela a partir de noviembre del 36. En Barcelona era la CNT, en Asturias los mineros, Sevilla fue tomada desde el principio por Queipo de Llano… Mi abuelo tenía una tienda en Carabanchel, y toda esa parte que aparece en alguna entrada es histórica, de lo poquito que sé. Luego él pasó por la circunstancia de que a su padre lo mataron. Le dieron un paseo y lo encontraron en el cementerio, ahí en la tapia de San Isidro, después de haberlo buscado por todas las checas. Y a continuación, su madre se va a morir de hambre. Ese fue el ambiente suyo, que he ido absorbiendo. En las entradas de 1936 día a día hay tres niveles: el de los políticos en torno al Congreso y la conspiración de los militares, el de las tertulias de los intelectuales, y el de la vida cotidiana. Es ahí donde yo meto este vínculo que tenemos los descendientes de quienes pasaron por aquello. Este abuelo mío decía muy poco, hasta que, justo antes de morir, mi padre le empezó a preguntar sobre la guerra. Y entonces salieron muchas cosas que nunca nos había contado. A través de mi padre he recopilado estas anécdotas, y esa es la parte más vivencial, siempre dentro de la precaución que hay que tener con los abuelos que te cuentan la versión “bonita”, mientras que las partes turbias, pues a lo mejor te las esconden. Siempre hay que tener cierta precaución con estos testimonios, aunque son muy importantes.
—¿Y su abuelo cómo era?
—Él era más bien apolítico, aunque siendo universitario había tenido cierta simpatía por el anarquismo. Tuvo un amigo anarquista en Carabanchel que le bajó del camión dos veces, y luego se sacó el carné de la CNT, y gracias a eso sobrevivió durante la guerra. Luego, en la posguerra, después de haber pasado por la depuración ideológica, creo que su planteamiento fue: “Joder, menos mal que se calmaron las cosas: por lo menos hay orden”. Y luego el otro, mi abuelo materno, era hijo de maketos, de maestros inmigrantes, en el País Vasco. Se alistó en la República por convicción, porque había que defenderla, y tuvo un periplo diferente. Llegó hasta Gijón, cogió un barco para ir a Francia y lo interceptaron los franquistas. Ahí se dio la típica escena dantesca, con gente tirando los carnés, pegándose tiros… Lo metieron en un campo de concentración en Galicia y luego en el penal del Dueso, en Santoña, donde estuvo diez años condenado a muerte hasta que le cogió una amnistía. Lo curioso es que una hermana suya que iba a Santoña a visitarle se acabó casando con un santoñés, y por eso nosotros veraneamos allí. También era muy parco. Cuando vivía en León se duchaba con agua fría, así que imagínate su personalidad. De vez en cuando mascullaba que, el día que ahorcaran a Franco, iría a tirarle de las patas para confirmar que estaba bien muerto. Yo crecí pensando que todo el mundo tenía dos abuelos de ese tipo, y luego resulta que no, que dependiendo de las zonas hubo gente que no tuvo problemas en absoluto.
—Yo tuve un abuelo en la batalla del Ebro, dos tíos de mi madre presos en San Marcos de León, como Quevedo, y otro abuelo que fue maestro de escuela en un pueblo en Galicia sin que le pasara nada.
—¡No me habías dicho que eras leonés! ¡Mis padres se casaron en San Marcos! Mi madre es asturleonesa. Nació en Sama de Langreo, pero se mudó siendo niña a León. Mi abuela materna vivió la revolución del 34 en Sama. Contaba cómo había visto a algún minero tirando del cadáver de un guardia civil por los pies. Todo eso nos ha afectado a los descendientes. Es el problema con las guerras: que se quedan ahí, que dejan rastro. Hay una memoria, aunque no te cuenten nada, y unos traumas que te influyen. A los españoles nos ha afectado por lo menos a tres generaciones, y ahí sigue, aunque no te des cuenta.
—Y bueno, ¿cómo surgió la idea de hacer el dietario?
—Pues empezó hace diez años, en 2016, cuando arrancó el diario El Español. Yo ya tenía la idea de hacer un diario tal como está saliendo ahora en Zenda, publicado coincidiendo con el ochenta aniversario. Se lo envié a Pedro J. Ramírez, y me dijo: “Oye, esto estaría bien para El Español. Pero quiero que empieces desde antes”. Por eso nos fuimos a las vísperas del 36, el estraperlo, etcétera. El primer proyecto acababa el 18 de julio, pero yo estaba empeñado en hacer 1936 entero y seguí por mi cuenta hasta el 31 de diciembre, que es la parte inédita que ahora arrancamos en Zenda. Ya sabes lo que pasa con los textos, que no se acaban nunca. Yo llevo diez años trabajándolos. Primero fue para un periódico, luego los reagrupé en dos libros, Los últimos días de la República de derechas y Los últimos días de la República de izquierdas, ya publicados por Algaida, editorial que luego cerró, y en los que quien quiera puede leer recopilado lo que llevamos publicado hasta hoy. Y me falta una tercera parte que podría ser Los últimos días de República asediada. Ese es el volumen con el que me gustaría recopilar lo que sigue a continuación. Dado que llegaba el 90º aniversario, me parecía bonito sacarlo en Zenda de una manera “goteada”, para que todo el mundo pueda entrar y verlo. Es un work in progress. Me encantaría, en algún momento, poder hacer una publicación gigante de mil quinientas páginas, todo junto.
—Cada texto son entre seiscientas y ochocientas palabras, que no parece gran cosa, pero sumadas y multiplicadas por 366 días (porque 1936 fue bisiesto)…
—Es mucho, y es por eso por lo que llevo tanto tiempo con este proyecto. Tú ya sabes que los textos hay que triturarlos, y cuesta. Ahora muchos de los días ya están en un punto muy fino tras haberlos reescrito tantas veces. Lo curioso es que todo esto ha coincidido con el procés, un clima de turbulencias identitarias que a mí me ha llevado a cuestionar lo que es ser español. A mí me traumatizó mucho lo del referéndum, el Piolín, todo lo que sucedió. Como resultado, de alguna manera, todas mis novelas históricas, incluyendo las medievales como ¡Pelayo! o Berenguela, o Conquistadores de lo imposible, y por supuesto mi serie del 36, me han ayudado a entender mejor lo que es España, lo que significa ser español. En cada obra siempre busco un momento clave. No puedes entender España sin pasar por el 36, eso está claro; de la misma forma que nadie puede entender América sin España y viceversa. Y desde luego, todo el tema medieval es muy interesante. Lo he parcelado en tres momentos: ¡Pelayo!, que recrea el arranque de la Reconquista; el siglo X con ¡Fernán González!, que es cuando Castilla se convierte en la locomotora de los reinos cristianos, un reino muy tardío que se desgaja de León; y luego Berenguela pivota en torno a la batalla de las Navas de Tolosa, que es el momento en el que, en términos futbolísticos, el partido ya está ganado. Aún queda Granada, pero ya se sabe que tarde o temprano va a caer, que ya está decidida la cuestión. La historia medieval te explica de dónde salen las identidades nacionales actuales, los nacionalismos periféricos, mal llamados nacionalismos, dado que debiéramos hablar de regionalismos. Y todo esto en mi obra forma parte de un proyecto de comprensión global de lo que es ser español en el cual 1936 día a día es el cogollo más importante. En general, son “novelizaciones” más que novelas, porque imagino muy poco. Ficción hay lo mínimo. Como decía Stendhal, lo más importante en literatura, lo que determina la calidad literaria, son los detalles exactos, precisos. Que la muerte de Calvo Sotelo, por ejemplo, fue en la calle Velázquez número 89, que estaban con él su mujer, sus hijos y la institutriz de francés de los niños, que fueran guardias de Asalto y que Condés se presentara como guardia civil, etcétera.
—Sí, cada entrada está llena de nombres de calles, hoteles, cafeterías, personajes concretos…
—Es que hay que ser exacto. Hay una entrada en la que sigo a Pasionaria paseando por Chamberí. La clave, ahí, es describir con precisión el Chamberí de entonces. Ahí entra la documentación. Al final te acabas leyendo las memorias de Gil Robles, de Azaña, de Rivas Cherif, de Indalecio Prieto, ya que todo el mundo ha escrito sobre su experiencia en ese año, y vas extrayendo lo que necesitas. Hay una parte de collage a veces. Los registros de las sesiones parlamentarias, por ejemplo, están tan bien documentados que sencillamente dices: “Si es que aquí no hace falta tocar nada”. Luego está la zona de memoria, las anécdotas propias de mi familia, etcétera. Al final procuras ser lo más abierto posible, porque cada cual tiene su propia versión de la guerra. Está el 36 de los anarquistas, de los comunistas, de los carlistas… La gracia es intentar abarcar lo más posible y, con este formato del diario, cambiar cada día de enfoque para conseguir esa multiplicidad. Es una cosa tremendamente compleja la España de esos años. Es aquel laberinto español que decía Gerald Brenan, casi lo llamaría un avispero. Es tremendo la cantidad de partidos políticos y tendencias que hay.
—¿Tiene previsto ir más allá del 36, hasta el 37, el 38, el 39?
—En un principio me hubiese gustado, pero creo que ahora mismo no doy más de mí. Hace poco estuve en la feria del libro de Burgos con Gutmaro Gómez-Bravo y Miguel Santamarina. Se habló de cómo terminó la Guerra Civil, y pensé que me hubiese gustado recrear el golpe de Casado y las intrigas finales, pero era demasiado. Además, me doy cuenta de que yo soy madrileño; bueno, madrileño, madrileñista, y también madridista [risas]. Y es el primer tramo donde Madrid es más importante. Una vez que llega Varela, Madrid cambia: se militariza la ciudad, el Gobierno de Largo Caballero huye a Valencia, y Madrid se autogestiona. Nadie esperaba que resistiese, y ahí cambia todo, porque hasta ese momento era un descontrol. Más allá del 18 de julio hay dos fechas cruciales para mí. La primera es el 19 de julio, que para mí es cuando termina la Segunda República. Es cuando los sidicatos reparten armas y si lo que caracteriza un Estado es el monopolio de la violencia creo que podemos decir que a partir de ese momento el Estado ha dejado de existir y empieza la anomía. Es el momento de las checas madrileñas y los paseos. Eso cambia cuando llega el 6 de noviembre Varela y se militariza la ciudad. Hay un primer intento de tomar Madrid, que fracasa, luego está la batalla de Paracuellos, si no recuerdo mal, y después ya, de alguna manera, se estabiliza el frente y en Madrid apenas se mueve nada. Esa es la parte que más me interesaba y la que me toca más porque es donde matan a mi bisabuelo y muere mi bisabuela. Después tocaré el 36 asturiano, porque mi otra abuela es asturiana y vivió la revolución del 34. Esa parte me interesa también, por vinculación familiar. Al final me voy a limitar, y ya son mil quinientas páginas, al año 36.
—¿Y ha pensado utilizar toda esta información para hacer una novela novela? ¿O con esto ya lo da por terminado?
—Novela, no. Para mí esto ya es una obra como tal, que incluye Los últimos días de la República de derechas, Los últimos días de la República de izquierdas y el resto del material que aparecerá en Zenda y que recopilaré en el futuro. Una vez que acabe de publicarlo en Zenda, lo retomaré y lo revisaré todo en conjunto, para que funcione como libro. Como este material lo he ido sacando en varios medios y se me ha ido desperdigando, lo que me gustaría en algún momento es publicarlo todo junto, cuando lo acabe, en un único libro. El tramo absolutamente inédito es lo que empieza del 18-J al 31-D, lo que empezamos ahora.
—¿Qué nos vamos a encontrar a partir de ahora, así, a modo de tráiler? ¿Nos quedamos en Madrid, va a seguir saliendo Pepe Mañas…? Porque en muchas de las entradas hasta ahora nos hemos ido a veces a Lisboa, o a Cantabria o a Canarias si allí está algún personaje importante.
—Seguiremos mucho en Madrid, pero empieza a aparecer mi familia materna, mi abuela la que estuvo en lo del 34, con cosas como un minero tirándole las botas a un guardia civil, y por ahí iré abriendo hacia Asturias. Pero vamos, principalmente es Madrid y su asedio, del que escribió tan bien Chaves Nogales, que es otra de mis influencias. El clima madrileño se va haciendo cada vez más dramático. Ya sabes que los paseos fueron al principio, en verano. Luego vino el momento de las subidas a la sierra, que ahí iban los milicianos casi de excursión al principio, medio de fiesta para pasar el rato. Y después ya la cosa empezó a complicarse de verdad, hasta militarizarse la ciudad. Luego hay un momento en el que ya Franco se da cuenta de que no puede tomar Madrid, y dice: “Bueno, pues ya espero, lo dejo cercado, y me dedico a otros frentes”. Madrid, curiosamente, aguanta hasta el final, pero ya no es tan importante como al principio. Luego nos vamos al Ebro, a Valencia, a Cataluña… Ya la historia va por otro lado y Madrid se queda un poco estancada, no es protagonista, pero al principio sí lo es. Y ese otoño era muy bonito, porque llegan los brigadistas internacionales, la huida del Gobierno… Todo vivido desde dentro, y con el material que tengo de mi abuelo paterno, que lo unifica mucho. Seguiré paso a paso la actualidad, y luego va a aparecer Burgos como capital con Franco, por ejemplo, pero me mantendré muy focalizado todavía en Madrid.
—Hace poco entrevistamos a Julio Llamazares sobre el último libro que ha sacado, El viaje de mi padre, donde seguía los pasos de su padre desde León hasta la batalla del Ebro, un viaje calcado al de mi abuelo, y una de las cosas que hablábamos era sobre si todo esto en realidad importa a las nuevas generaciones, porque él fue a veces por colegios, dando charlas y tal, y decía que sí había gente que se interesaba y otra que pasaba completamente. Entonces, todo este esfuerzo que están haciendo ustedes los que escriben sobre esto, ¿va a servir de algo? ¿Cómo interesarles con algo que ya es tan antiguo para ellos como los Reyes Católicos?
—Tras tres generaciones, yo creo que nosotros (yo soy del 71) somos la última con interés directo. Los nietos de los protagonistas somos, de alguna manera, el último sostén. Pero al mismo tiempo sigue habiendo libros de éxito sobre el tema. Una guerra no se acaba nunca, porque sus efectos los llevamos dentro todos. Pero desde luego a quienes nos ha tocado, quienes tenemos muertos o familias dañadas, tenemos siempre un interés vivencial insoslayable. En mi caso, por poner un ejemplo, mi abuelo recogió a mis tías Rosa e Inés, unas primas suyas que se quedaron huérfanas en la guerra, y yo crecí con una composición familiar que me parecía natural, pero luego te das cuenta de que eso no era tan normal, sino que lo había provocado una guerra. Los que tenemos ese interés vivencial somos esas tres generaciones que digo. Para los demás ya es otra historia; como has dicho muy bien, como si fueran los Reyes Católicos. Ya lo ven lejos, no les toca vivencialmente. Creo que eso es inevitable, y también es bueno que sea así, porque hay un momento en que se tiene que pasar página… Todavía hay muertos en las cunetas, pero por lo menos ya hay perspectiva y sabemos lo suficiente como para entender en su conjunto lo que sucedió. En mi caso sí que he procurado ofrecer esa perspectiva múltiple, y el formato de diario te lo permite: no tienes que escoger a un único protagonista, sino que puedes ir cambiando, y así puedes entender cómo es cada uno, porque tienes que entender la filosofía de vida de esos militares que crecieron en circunstancias como la guerra de África. O la de unos socialistas de entonces que no son como los de ahora, aparte de que dentro del PSOE no era lo mismo Indalecio Prieto que Largo Caballero. Tienes que entender y procurar recrear toda esa variedad de sensibilidades.
—Entonces, ¿qué lecciones podemos sacar 90 años después de la guerra? Porque parece que todavía la estamos usando para separarnos en nuestras diferencias en vez de unirnos contra el lugar al que nos llevó.
—Es un desastre. Esto es como la canción de Lluís Llach “L’estaca”. Tú tiras, todo el mundo tira, pero quién sabe quién es el que da el tirón final para que suceda algo. Hay muchas causas que se juntan y nadie sabe cuál es realmente la que lleva al desastre. Suele haber una crisis económica, y la crisis del 29 es similar a la de 2008. En el sustrato de una guerra hay casi siempre una crisis ecónomica. Y luego hay una serie de factores, porque las cosas nunca salen de la nada.
—1936 día a día empieza, lógicamente, el 1 de enero de ese año, pero ¿qué hubo antes y cómo se llegó a lo siguiente?
—Bueno, para mí, dentro de los “responsables”, entre comillas, hay uno en concreto que no suele mencionarse tanto, y es Alfonso XIII. El desastre de Annual, en 1921, fue el mayor desastre militar de la historia de España. Hay diez mil muertos. Es la hostia. Hubo una investigación: el informe Picasso. Ese informe estuvo a punto de llegar al Congreso y destacaba que Alfonso XIII, saltándose toda la cadena de mando, por las bravas, cogió el teléfono, habló con el general Silvestre, y dijo: “Tira para adelante”. Esto iba a discutirse en el Congreso. De ahí que Alfonso XIII propiciase en 1923 el golpe de estado de Miguel Primo de Rivera, que lo primero que hizo fue hacer desaparecer aquel informe. Es cierto que hay un clima general en Europa, que está ya Mussolini en Italia, pero la intervención de Alfonso XIII fue nefasta para el parlamentarismo español. Tú, que conoces Inglaterra, sabes que tienen parlamentarismo desde 1689, ininterrumpidamente. Es una tradición muy establecida de pasar el testigo del poder de un partido a otro, y cuando eso se hace con tanta continuidad se crean unos eslabones sólidos que son casi imposibles de romper. En España a partir de la Restauración, aunque sea con ese turnismo tan injustamente criticado entre Cánovas y Sagasta, también, aunque sea a trancas y barrancas, se va instaurando un parlamentarismo, que Alfonso XIII corta de cuajo. Y a su dictadura le va bien al principio, cuando todo el mundo está muy contento porque las condiciones económicas son buenas, pero luego ya empieza a funcionar menos bien, hay una crisis económica, llega el momento de la Dictablanda y entonces Alfonso XIII pretende que vuelvan los partidos y que se reabra el Congreso. Pero en ese momento los partidos se niegan. Y cuando se convocan esas elecciones del 31, que son elecciones municipales, en la práctica fueron un claro referéndum sobre monarquía sí o no. Ese “referéndum” lo pierde Alfonso XIII, que además habla con Sanjurjo, que es el director de la Guardia Civil y le pregunta: “¿Si hay follón me vas a defender?”. El otro dice que no lo ve muy claro (por eso le llamaron algunos “la partera de la República”), y al final se va Alfonso XIII de España. Esa República ya nace en un contexto parlamentario endeble, y esta fragilidad del buque democrático español, dentro de un clima evidentemente de muchas turbulencias, para mí es una de las circunstancias que explica el desastre. A mí Alfonso XIII me parece una figura bastante nefasta, que tiene por esto mismo una parte de responsabilidad grande. Y luego, por ejemplo, está el PSOE en el 34, que es cuando de repente la República se convierte en una República de derechas. Y cuando los partidos de izquierdas constatan que la República puede ser también de derechas, ya no les mola tanto, y el PSOE, con Indalecio Prieto a la cabeza, apoya y organiza la revolución en Asturias, saliéndose de la legalidad republicana. Luego están las derechas y los militares. Evidentemente, hay una conspiración que no es solo por el asesinato de Calvo Sotelo. Eso es una excusa. Ya llevaba tiempo cuajándose. En definitiva, hay una serie de responsabilidades de todos.
—Habla de la fragilidad del navío democrático español. Pero luego están las circunstancias internacionales…
—Es cierto. Hay un contexto mundial muy turbulento: está la Alemania nazi y la Italia fascista, y además, todavía muy cerquita, la triunfante Revolución Rusa. En aquella época el parlamentarismo parecía un proyecto ya muy viejuno, y realmente lo moderno eran los fascismos y el comunismo, aunque al final las viejas democracias ganarán esa lucha ideológica que se dará luego en la Segunda Guerra Mundial. Estoy bastante de acuerdo con quien ve en la Guerra Civil española el arranque de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es un conflicto global, y esta lucha entre fascismos y democracias arrancó en España.
—Aparte de novela histórica ha escrito en otros estilos de narrativa. ¿Qué ha aprendido de cada uno y cómo se ayudan entre sí?
—Yo escribo para entender y procuro divulgar bien y de manera amena. Gracias a estas novelas, he enriquecido muchísimo mi idea de lo que es España. Es curioso, porque al principio a la gente le sorprendía cuando yo empecé a hacer novela histórica, pero la verdad es que yo estudié Geografía e Historia y me especialicé en Contemporánea, aunque yo mismo no me daba cuenta de lo que me había marcado. Luego coges el Kronen y te das cuenta de que en él hay una atención al contexto histórico (la Expo de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona, la guerra en Yugoslavia…) que es muy característica de mi manera de novelar. A mí me interesa la realidad social en la que vivo, y a veces la miro de frente, con mis novelas del presente, y a veces la miro a través del retrovisor, con mis novelas históricas, pero siempre para entender mejor lo que es el presente. Y esa complementariedad es algo habitual en muchos autores. Galdós, por ejemplo, tiene sus novelas del presente (Fortunata y Jacinta, Misericordia, etcétera), y luego sus Episodios nacionales, que son novelas históricas. Tolstoi tiene Ana Karenina en su presente, y luego se va a Guerra y paz en tiempos de la invasión napoleónica, que es histórica porque el príncipe Tolstoi que aparece ahí es su abuelo. Flaubert tiene Madame Bovary, y luego se va a Salambó. Vázquez Montalbán tiene su Pepe Carvalho, y de repente saca una sobre los Borgia. Esa alternancia es muy habitual. Y a mí me ha permitido no acabar como Chimo Bayo, siempre hablando de los 90 [risas], que está bien, es entretenido, pero…
—De hecho, yo tenía pensado, para variar, no mencionar el Kronen en toda la conversación, porque estará usted harto ya [risas]. Porque luego también tiene usted la serie U-Feeling, por ejemplo, que es ciencia ficción. ¿Cómo integra ese género dentro de su manera de escribir?
—Pues igual que lo histórico. Es una tercera manera de reflexionar sobre una realidad social, a la que a veces miro de frente, a veces a través del retrovisor del pasado, y en este caso a través de ese espejo distorsionado que es el futuro más inmediato. En La experiencia U-Feeling IV: Transición, hablo de una empresa dedicada al intercambio temporal de cuerpos. Es una experiencia limitada, por ley, a una única semana. Se puede dar entre viejos y jóvenes, entre gente que tiene medios y otros que no, entre hombres y mujeres… La empresa U-Feeling se publicita diciendo que vende empatía. La idea es que si tú coges por ejemplo a un violador y lo metes durante una semana en un cuerpo una mujer, cuando vuelve habrá entendido una serie de cosas y modificará su comportamiento… y no me meto más en la novela, que promocionaré en el otoño, por no hacer spoilers. El caso es que al final estás hablando también de temas como cuestiones de género, muy actuales, y es otra vez una nueva manera de hablar del presente. En realidad, todo el mundo escribe sobre su presente. Incluso Tolkien, que era un sudafricano escribiendo en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, o Philip K. Dick, que crece en Berkeley en tiempos de Nixon.
—¿Cree que es eso lo que hacemos todos? ¿Puede decirse que todos intentamos descifrar nuestro presente: los periodistas con sus artículos, los novelistas con sus libros, los políticos con sus discursos, los artistas plásticos con sus cuadros?
—Así es. Todos estamos intentando entender, plasmar y comprender, aprehender ese momento presente tan cambiante y huidizo. Además, estamos en un momento de una confusión terrible. Es acojonante cómo por ejemplo un valor como la libertad antes tenía unas posiciones ideológicas y ahora otras totalmente. Esos cambios hacen que el momento actual sea a la vez tremendamente dramático y fascinante. Es un caos absoluto, y estamos todos intentando descifrarlo. Yo creo que ahí está el punto de encuentro de cualquier opinador de bar, de cualquier escritor o periodista o cineasta o artista… Todos estamos intentando entenderlo y captarlo, como Orwell, por ejemplo, que es todavía alucinante cómo entendió ese hombre los años 30. Orwell es de los clarividentes. Cuando viene este inglés y hace Homenaje a Cataluña, joder, es que lo entiende todo, un poco como Chaves Nogales: entiende el asedio de Madrid, entiende la Francia ocupada, entiende lo que pasa en Berlín… Sartre estaba en Berlín, ahí estudiando, y le escribe a Simone de Beauvoir: “No, yo conozco a los alemanes y Hitler jamás invadirá Francia”. Bueno, pues ese es un ejemplo de alguien poco clarividente. Y si yo pudiera escribir algo como 1984 o Rebelión en la granja, sería el súmmum. Me parecen de una clarividencia y un poderío intelectual envidiables.
—Lo último iba a ser recomendar algún libro para acompañar a este proyecto del 36, aunque ya se ha mencionado alguno.
—El que más me gusta es La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Me parece si hubiese que hablar de una literatura madrileña, este es el plus de lo madrileño. Es perfecto. Para mí es la obra más total que conozco sobre la Guerra Civil. Por una parte vivió la guerra en primera persona y también estuvo en Marruecos y fue censor de la República en el edificio de Gran Vía. Y luego tuvo la suerte de sobrevivir, de poder instalarse en Londres, hablar con mucha gente y al cabo de los años alcanzar una comprensión muy global de lo que fue el 36, que es lo que le permite escribir ese pedazo de libro. También recomiendo a Orwell. Malraux me da la impresión de que no se enteró demasiado. Pero Homenaje a Cataluña me encanta. No sé qué tienen los británicos, que a pesar de ser isleños, cuando viajan suelen entender las cosas, por alguna razón extraña. Y luego, siempre estamos remitiendo a la autenticidad de alguna manera, así que, de nuevo, Chaves Nogales, a quien se ha recuperado muy recientemente. A sangre y fuego son unos cuentos maravillosos. Me quedo con estos tres.
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