Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Viernes, 28 de febrero de 1936: Un nuevo jefe de Gobierno
Los periodistas se apelotonaban a la entrada de Presidencia. Hacía tiempo que en el palacio de Villamejor no se veía tanta agitación. Ya en tiempos de los gobiernos de Alejandro Lerroux, casi nadie prestaba atención a lo que pudiera decir el Viejo León (así se motejaba a Lerroux). Entonces quien gobernaba en la sombra era Gil-Robles, el presidente de la CEDA. La mayoría de los decretos pasaban inadvertidos, incluso los más trascendentes, que si acaso eran contestados con huelgas en la calle, pero sin apenas revuelo periodístico.
—Señor Azaña. ¿Va a facilitar el texto del decreto sobre readmisión de despedidos? —preguntó el periodista del ABC que cubría la actualidad presidencial. Desde que Juan Ignacio Luca de Tena había emigrado, el ABC no causaba tantos problemas.
Don Manuel Azaña, con su seriedad habitual, permitió que lo ametrallaran las cámaras de los fotógrafos. Le gustaba que sus verrugas apenas se notaban cuando salía en las portadas.
—Si se lleva a la firma del presidente Alcalá-Zamora, desde luego —contestó—. Pero todavía no lo sé. Lamentablemente, no puedo decirles más.
Y, con una leve sonrisa en los labios, desapareció en el interior del edificio donde hoy recibía a los ministros de Gobernación, Estado y Agricultura, y a Felipe Sánchez-Román, fundador del centrista Partido Nacional Republicano y jurista especializado en Derecho político. Con este último permaneció reunido cerca de dos horas y, en cuanto salió, la prensa lo acosó.
—¿De qué han hablado tanto tiempo? ¿Para qué necesitaban dos horas? —preguntó uno de los periodistas, esta vez el reportero de Mundo Obrero, de regreso al tajo después de cepillarse un bocadillo de jamón serrano en el bar de la esquina.
—Cuestiones de carácter general. El señor Azaña hoy tenía menos trabajo que en los últimos días. Por eso nos hemos detenido en el intercambio de impresiones.
No pudieron arrancarle más, y los periodistas se irritaron. Anochecía. Algunos llevaban allí todo el día y bostezaban. Los más se habían ido, pero quienes aguantaron tuvieron la suerte de ver salir, a las diez de la noche, otra vez a Azaña, con un portafolios bajo el brazo.
—¡Señor Azaña, señor Azaña! ¿Se ha firmado ya el decreto de readmisión de despedidos? ¿Se ha firmado ya?
—No —contestó Manuel Azaña—, porque no lo han enviado aún desde el Ministerio de Trabajo y por lo tanto no ha podido ser incluido entre los decretos que se llevan a la firma del señor presidente de la República.
—Entonces, ¿ya no se firmará esta noche?
—Por hoy, no. Ya no me ocupo de este asunto, porque el jefe del Estado tiene su agenda y yo la mía, y hasta mañana no volveré a despachar con él, señores. Y ahora, si me permiten…
A Azaña se le sentía perfectamente feliz en su papel de mandamás del Gobierno y presidente del Consejo de Ministros, sin apenas oposición a sus primeras medidas.


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