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28 de marzo de 1936: César González Ruano entre las nubes

28 de marzo de 1936: César González Ruano entre las nubes

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Sábado, 28 de marzo de 1936: César González Ruano entre las nubes

¿Va a tomar algo el señor?

—Un café, gracias.

La asistenta de vuelo se lo sirvió y Ruano, en su asiento, perdió la vista por la ventanilla. Hacía un momento que había desaparecido el aeropuerto de Barajas. A medida que ascendía el avión comercial, más allá de las hélices el paisaje meseteño se desplegaba con toda su crudeza, árida y pobre, antes de desaparecer tras las nubes.

"Una imagen fascinante, de vamp moderna, de hembra liberada, tremendamente sugestiva, a cuyo encanto un esteta como César González Ruano no podía sustraerse"

Las nubes eran poéticas y el periodista pensó que nunca había escrito un artículo sobre nefelibatas. Así llamaba el gran Rubén Darío a Juan Ramón. Perdido en la contemplación, con un sorbo al café, sacó la pitillera del bolsillo interior del traje. Se lo encendió. Luego miró la postal en el interior de su cuaderno de notas y quedó absorto.

—¿Le retiro su vaso?

—Por favor.

La foto era de las imágenes más conocidas de Raquel Meller, la pose de cuando cantaba Flor del mal. Ligeramente despeinada, cabello alborotado y pitillo en una mano mientras la otra alzaba la cerilla. Sus ojos grandes y melancólicos miraban de refilón a la lejanía. Una imagen fascinante, de vamp moderna, de hembra liberada, tremendamente sugestiva, a cuyo encanto un esteta como César González Ruano no podía sustraerse.

Raquel le había fascinado incluso antes de que su amigo el escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo casara con ella. Ruano tenía pensado entrevistarla en Roma, donde sabía que estaría en breve, o en su casa de Villefranche, cerca de Niza, y proponerle escribir sus memorias. La Meller era la cupletista más importante y una de esas artistas que quedarían no solo por canciones de renombre como La violetera, El relicario, Valencia, sino también por su personalidad arrebatadora, su magnetismo.

Ruano suspiró.

Recordó la vez que le había enviado una carta de admiración. ¡Ah, si se le hubiera rendido en vez de a Gómez Carrillo! Por desgracia, su intento epistolar topó con el muro que erigía Raquel ante la mayoría de sus pretendientes. Claro que igual, si no lo hubiera ignorado así, ya no le interesaría tanto, concluyó. En realidad lo que más le fastidiaba desde que la Meller se separó de Gómez Carrillo, comprendió, era que se hubiese enamorado tan locamente de un pánfilo como Joaquín Sorolla hijo.

"La pluma voló tan rápido como su pensamiento. En cuestión de veinte minutos, con la salvedad de un par de tachaduras, el príncipe de los periodistas ya tenía redactado el artículo"

En fin, las mujeres…

Con otra calada, contemplando la fotografía, se le ocurrió una nueva idea (tener ideas frescas y originales cada día, eso era lo difícil del articulismo) y antes de que se le escapara, agarró bolígrafo y cuadernillo. Sí. Esas fotos que desde los años veinte se editaban masivamente eran a la vez el punto de encuentro de todas las clases, lujo de pobres, manía de coleccionistas y satisfacción de voyeurs. La democratización de la belleza. Y más, si uno las juntaba con fotografías de grandes capitales o monumentos: recuerdos de lugares, incitación al viaje. Novios tomándose de la mano, divas, fotos audaces o pornográficas, monumentos conocidos, hasta tipos populares, peones o mendigos que daban a ciertas postales un aire de feria de monstruos pero que permitían contemplar la miseria estilizada, recordatorio de esa realidad con la que ninguno —por lo menos, no Ruano— quería frotarse pero que, reducida a una dimensión de curiosidad plástica, conseguía excitar los sentidos del esteta…
La pluma voló tan rápido como su pensamiento. En cuestión de veinte minutos, con la salvedad de un par de tachaduras, el príncipe de los periodistas ya tenía redactado el artículo que dictaría por teléfono cuando aterrizara en Roma.

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