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29 de febrero de 1936: Ángel Navarrete y Pepe Mañas se reencuentran

29 de febrero de 1936: Ángel Navarrete y Pepe Mañas se reencuentran

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Sábado, 29 de febrero de 1936: Ángel Navarrete y Pepe Mañas se reencuentran

Coño, Ángel, ¿cómo tú por aquí?

—Pues ya ves. Cambiaron las tornas y pensé que era hora de regresar a los Madriles. Desde ayer estoy de vuelta en Carabanchel. Te puedes imaginar la alegría de mis padres. Y he pensado que un sábado por la mañana podría convencer a mi amigo Pepe para tomarnos algo.

—¡Deja que te dé un abrazo!

Pepe Mañas soltó el pitillo para abrazarlo. Estaban a la puerta de la Escuela de Arquitectura, calle de los Estudios, donde trabajaba. El aspecto de Ángel Navarrete, con mono y gorra, las greñas más largas que nunca, contrastaba con el de los funcionarios trajeados que salían a la calle. En otro momento igual le habrían mirado con desprecio. Hoy le ojeaban casi con temor. Ciertas cosas cambiaban con la victoria del Frente Popular.

—Mira, este es mi compañero en la Escuela de Arquitectura, Basilio. Basilio, Ángel Navarrete, vecino y amigo de Carabanchel.

—Muy buenas. Bueno, Pepe. Me tengo que ir.

—¿No te quedas a tomar un fino, Basilio?

—Mejor otro día. Me están esperando.

Basilio se alejó, sujetándose el sombrero. Pepe Mañas hacía ya tiempo que dejaba de llevarlo. Los republicanos de clase media tendían a ir sin él, hasta con el frío.

—Venga, vamos a una taberna. Tengo sed.

Bajaron hasta la calle de Toledo y pasaron por la puerta cerrada del Instituto de San Isidro. Se metieron en la primera taberna que encontraron.

—¿Tú qué quieres, Pepe?

—Un fino.

—Pon aquí un fino y un vermú. Y unos callos, muchacho.

Había una veintena de trabajadores. Se notaba una gran animación. Todos hablaban del triunfo del Frente Popular. En ese momento, entró el Lenin por la puerta, y se les acercó con una amplia sonrisa.

—¿Tú también aquí, Lenin?

—Este salió con la amnistía. Cuéntaselo, anda, cómo fue —dijo Ángel Navarrete.

Tenía gracia que a un anarquista le motejasen «Lenin». Los madrileños nunca perdían su chispa.

—Fue tremendo, Pepe —empezó a contar el Lenin, gesticulando—. Al principio hubo miedo de que no nos soltaran, pero la cosa se puso fina cuando la noticia del triunfo del Frente Popular se conoció el mismo día de las elecciones, a las seis de la tarde. Enseguida se supo que había órdenes de liberar a los presos, y ya no hubo manera de contener a nadie. Durante el toque de silencio, unos entonaban la Internacional, otros el Cara al sol. Había tanta gente esperando en la calle, que al final los funcionarios se amedrantaron. Nos soltaron a todos, presos comunes y políticos. Primero salieron los que no estaban condenados. El veintiuno nos soltaron, entre los vítores de la gente, al resto. Todos los días hubo follón a la puerta. A quien más se vitoreaba era a los socialistas. Hasta hubo viscas a Cataluña, no digo más. Lo único violento fue que mataron a un soplón. Llevaba un mes pasando informes. Aprovecharon para ajusticiarlo a la vuelta de una calle.

—Un soplón menos —dijo Ángel Navarrete, con frialdad.

—Y tú, Ángel. ¿Cómo lo llevas?

—Por el momento, tenemos la amnistía, Pepe. Pero no está claro que ahora cumplan los socialistas con lo pactado. Lo que se dice en la CNT es que Companys, como próximo presidente de la Generalitat, se ha comprometido a repartir armas. Lo que sospechan los compañeros mejor informados es que, tras la victoria, las derechas no se quedarán tranquilas, y que tarde o temprano tendremos golpe militar.

—¿Tú también haces caso a los rumores?

—La gente en el Comité lo toma muy en serio. Ya Goded intentó sublevarse, sin éxito, en el aeródromo, y pronto seguirán más.

—Pero si a Franco, a Fanjul y a los generales que rodeaban a Gil-Robles se les ha enviado al destierro. El uno va camino a Canarias, el otro está ya en Baleares. Desde allí, difícilmente podrán hacer nada.

—Eso lo veremos, Pepe. No soy tan optimista. Hoy he vuelto a pasar por el Comité Regional, y estoy otra vez trabajando en la Confederación. Me confirman en el puesto. Y mañana mismo me presento en la constructora donde, con el nuevo decreto, me tienen que readmitir. Las aguas vuelven a su cauce. El problema, ahora, es que algunos afiliados se están pasando a la UGT. Consideran que el abstencionismo ya no sirve para nada, y hay que motivarlos —dijo Ángel.

Y terminó de un trago su vermú. No todo era triunfalismo en su tono. Sabía que se avecinaban nuevos nubarrones y que el horno, en lo político, no estaba todavía para bollos.

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