Portada: Nelson Estupiñán Bass.
Este viernes, dentro de la sección No son todos los que están, presentamos la segunda lista de tres grandes poetas de la costa de Ecuador cuya obra bien podría ser considerada como clásica o influyente en las generaciones actuales de poetas de su país. Pasen y lean. Estos son los que están esta semana, y los que no, ya llegarán.
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LUZ ARGENTINA CHIRIBOGA
Luz Argentina Chiriboga Guerrero fue una poeta, narradora, ensayista, ecologista, lingüista y defensora de los derechos de la mujer negra y la cultura afroamericana nacida en Esmeraldas en 1940. Estuvo casada con Nelso Estupiñán Bass, otro autor ecuatoriano. La Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo de Esmeraldas le confirió la mención al mérito cultural, 2006. Su obra ha sido traducida a varios idiomas: inglés, italiano y francés. Fue invitada por la UNESCO a dictar conferencias en Europa. También fue invitada por numerosas universidades de América, el Caribe y África para dar charlas sobre literatura. Entre su obra destacan novelas como Bajo la piel de los tambores (1991), Jonatás y Manuela (1994) o La nariz del diablo (2010). También es autora de libros de poemas como La contraportada del deseo (1992), Manual de ecología para niños (1992), Palenque (décimas) (1999), Coplas afroesmeraldeñas (recopilación) (2001) o Multiplica las llamas (2013). Murió el 29 de abril de 2025.
La nevada
La nevada ignora que con su frágil
blancura
va robándole verdor
al bosque.
Nunca supo
es una cárcel de hielo,
un oleaje de nieve
incontenible,
sutil, agobiador.
Callada, colmada de frío,
mirando a la montaña
se hincha con el viento
y danza una danza
frenética.
Ni siquiera sabe que a su paso
crece la sombra
en pleno día,
las horas pasan lentas,
se escucha en el silencio
cuando clava sus afiladas
puntas en su aventura
de muerte.
Teodolinda mira el jardín
levantado pulso a pulso,
seguramente andaba
creyendo era primavera
con el primer atisbo de sol,
con las primeras gotas de rocío.
Cándidamente anidó
en sus manos los rosales.
Mala suerte,
mala hora,
mala nota,
mala onda,
por cuenta propia,
sin consultar con sus dioses
ni con el calendario de Bristol,
hundió sus negros dedos
en la tierra.
No mienten sus ojos
al ver su alegría decapitada,
hoy ya no canta,
hoy solo llora.

Luz Argentina Chiriboga.
NELSON ESTUPINÁN BASS
Nelson Estupiñán Bass fue un narrador, poeta, ensayista, diplomático y periodista nacido en Súa, Cantón Atacames, en 1912. Su obra se caracterizó por retratar la vida de la población afroecuatoriana. Es junto con Adalberto Ortiz y Antonio Preciado uno de los referentes de la literatura afroecuatoriana y sus libros son considerados como clásicos de la literatura en su país. El libro más destacado de su carrera es Cuando los guayacanes florecían cuya trama se enfoca en la rebelión de Carlos Concha Torres en Esmeraldas tras la muerte de Eloy Alfaro. Su obra trascendió fronteras y ganó mucho reconocimiento internacional por lo que sería propuesto como candidato al Premio Nobel de Literatura en 1998. Esa década, en 1993, obtuvo el Premio Nacional Eugenio Espejo en el ámbito de literatura. Murió en Pensilvania en 2002.
Soledad que te metes en mi alma
y engulles mi cuerpo en el supremo silencio:
¿cómo descansarán mis huesos
cuando tu aliento acentúe tu presencia?
¡Soledad madre mía! perfumas mis manos.
Soledad que anegas mis ojos,
soledad que engendras postigos,
soledad que cultivas rastrojos
y plantas mis espejismos en desbandadas clandestinas,
como incienso aromático.
¡Soledad madre mía! marcas mis escapismos por las ventanas:
en música, en disparates…
renueva el compromiso de pintar
el agua que se escapa,
el arte que respiro…
¡Soledad, madre mía! en la tumba me esperas
para contarte cuentos
como me los cuentas en esta vida.

Jacinto Santos Verduga.
JACINTO SANTOS VERDUGA
Jacinto Santos Verduga, conocido entre sus familiares y amigos como Chintolo, fue un poeta nacido en la ciudad de Bahía de Caráquez, provincia de Manabí, el 16 de septiembre de 1944. Su primer libro de poesía, titulado Testimonio, fue publicado en el año de 1965. Más tarde, en 1967, publica La llaga insomne. Pocos días antes de su muerte circula su último libro, Con los días contados. Tras haber entrado en una crisis en 1966 como consecuencia de perder su cátedra por el amorío con una alumna y problemas familiares y matrimoniales, se dedica a beber, se torna, y una vez, desesperado, se cortó las venas del antebrazo. Ocurrió el 2 de diciembre de 1967. Sonaron tres disparos. Uno detrás de otro. Sus amigos, que bebían en la sala de su casa, lo habían escuchado discutir a gritos con su amante. Tumbaron la puerta y encontraron los dos cuerpos. Su esposa y madre de su hijo, con quien recién se había reconciliado, esa misma mañana del crimen pasional había viajado a los Estados Unidos a comprar mercadería para vender en las fiestas navideñas.
Inventario de fin de año
Doce meses de amor.
Los tres últimos sin empleo.
Un hijo por llegar.
Dos hermanas distantes.
Un premio grande
y otro menor.
Todos mis amigos
presentes.
Un par de zapatos
nuevos.
Muchas malas noches.
Dios y el diablo
conmigo.
Dos venas menos.
Varios vasos rotos.
Una visita al siquiatra.
Otra al cementerio.
Y esta soledad en el alma
que parece un domingo
a las tres de la tarde.
*
Historia de un hombre cualquiera
El grito inaugural
fue al atardecer
de un desangre enorme,
en la vecindad del mar
que guarda en silencio
sus peces muertos.
Seguramente me desveló,
igual que a otros niños
de aquella época,
el vuelo nocturno
de extraños pájaros.
Y empecé a conocer
jardines marchitos
a la misma hora
que lactaba
leche solidaria
y me arrullaba
el llanto
de todas las madres.
Por entonces
el cielo reflejaba
la sombra
del árbol maldito
que deshojó
letales cenizas
en la tierra.
Quién sabe
en qué grieta
de la soledad
hice la primera
trinchera
de mi infancia.
En qué instante
el abismo de mi hermano
traumatizó mi alma.
Cómo supe del precio
del amor.
Y empezó a hincarme
la espina del recuerdo.
Cuál de los inviernos
humedeció para siempre
el itinerario de mi sangre.
Yo sólo recuerdo
que iba a la escuela
a la hora precisa
que el viento
hace la siesta.
Y una tristeza
vestida de niña
me hacía señas
de lejos.
Una tarde
cuando recogí
el cadaver
de un caracol
sin padre
descubrí mi vocación
por el llanto.
Desde entonces
tengo la costumbre
de visitar
la casa de los pájaros,
peinar la hierba
que crece desolada
y salir por las noches
a buscar abrigo
para la lluvia.
Mientras tanto
la vida
ha ido mostrándome
sus cartas,
yo subiendo,
inutilmente,
la cuesta,
—que es alta—,
pagando
desde el nacimiento;
enloqueciendo
con insomnios
y preguntas
del tamaño
de la muerte.
Bebiéndome
la última gota
de esperanza
y sangrando
la hora más amarga
del planeta.


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