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3 poemas de ‘Donde están los eternos’, de Percy B. Shelley

3 poemas de ‘Donde están los eternos’, de Percy B. Shelley

A pesar de la enorme importancia de la obra poética de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), a quien Lord Byron definió como «el mejor y el menos egoísta de los hombres», no hay una gran antología de su obra traducida al español. El poeta, ensayista y traductor José Luis Rey, que ya se ha encargado de trasladar al español las poesías completas de Emily Dickinson y T. S. Eliot, así como Harmonium, una de las grandes obras de Wallace Stevens, ha traducido la antología más completa de Shelley hasta el momento en español. En ella se puede rastrear al Shelley idealista y plenamente convencido de la capacidad visionaria y liberadora de la Poesía. Suya es la frase célebre: «Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo».

Zenda adelanta tres poemas del volumen Donde están los eternos, publicado por Reino de Cordelia.

***

¡Qué elocuentes los ojos!

¡Qué elocuentes los ojos!
Ni el Poeta en su rapto en frenesí
cuando los sentimientos del alma se liberan
puede hablar como ellos.
¡Qué elocuentes los ojos!
Ni la música más arrebatada
en la que flota el más cálido amor
provoca ese éxtasis.

¡Amor! Mirémonos de nuevo,
¡alivia tu mirada el peso de los años
con ese rayo que conquista el ánimo
a través de la lluvia de las lágrimas!
¡Amor! Mirémonos así,
que el Tiempo victorioso mientras vuela
pueda aún detenerse a contemplar tus ojos,
¡y será un vencedor ya derrotado!

¡Aún no, no se detenga el Tiempo!
Ese Tiempo que otros aman tanto
nosotros desdeñamos,
cuando el Tiempo se cumpla ya no tendremos Tiempo,
cuando el Amor sea correspondido.
¡Aún no, no se detenga el Tiempo!
Que vuele con las alas de un halcón
y que no cese hasta la primavera,
la primavera eterna que procede del Cielo
y propaga su clima tan sagrado.

Apaga esa mirada apasionada
a la que la Amistad dota con fuego,
¿qué pueden inspirar los ojos elocuentes
sino el falso deseo, tan febril?
Apaga esa mirada apasionada
porque puede la edad helar todos los gozos,
pero ni la vejez destruye el gran amor.
El amor vivirá días mejores.

La vejez no podrá destruir el amor.
¿Mas puede la perfidia infestar esa flor
que en su hora más incauta
florece en la glorieta de nuestra fantasía?
La vejez no podrá destruir el amor.
¿Podrán otras promesas abrir el santuario
donde brilla, esplendor escarmentado,
el amor junto a un sueño de alegría?

***

A la libertad

No permitáis que muera
en silencio la Libertad;
que sean el gemido y el suspiro
llama que la sostengan
hasta que al corazón de la Naturaleza
sea concedida en plena elevación,
grito indignado del mundo
que sobresalta en su trono
al tirano gris y solo,
y que lata en la sorda Bóveda de los Cielos.

¿Puede el ceño del Tirano
asustar a los valientes
o deprimir el ánimo
de todos los que nunca comulgaron con él?
¿Las cadenas, la muerte o bien la infamia
someterán al alma limpia y fuerte
que no teme el dominio,
que mira al Paraíso y al Infierno,
que contempla Palacio y calabozo,
y sin embargo escoge lo bueno y verdadero?

Del orgullo y también la pompa regia
se ríe el Patriota,
y el lugar donde él muere
se torna en advertencia para el déspota;
¡es la voz de la sangre, que reclama Venganza!
Y el alma de los valientes
se alzará de sus tumbas
mientras que desde el trono de su Atlántico
la Libertad consagra los gemidos
que abanican el fuego glorioso de su triunfo.

¡Monarca, prisionero
del vicio, del deseo y de la pena!
Malhechor sin conciencia,
¿quién eres, qué eres tú?
La prisión tan oscura que yacerá en el polvo,
la pirámide que diseñó vuestra culpa,
la que ha elevado el hombre,
cuya piedra angular el deseo y la pena
con murmullo incesante van dejando,
cuya cima congrega las tormentas del cielo.

Caerá, por supuesto, esa pirámide…
¡y con ella caerá todo monarca!
Eso os ocurrirá, se oxidarán los tronos
de olvidada realeza, mientras juntas se alzan
la Paz y la Virtud y la Verdad
y el Paraíso en esta buena Tierra
nacerá justo el día en que caigáis,
y así la vida humana parecerá por fin
un breve y feliz sueño
antes que despertemos en otro amanecer.

***

Ozymandias

Conocí a un viajero de una patria muy antigua
que me dijo: «Dos grandes piernas de piedra yacen
en medio del desierto sin su tronco…
Y cerca de ellas hay, medio hundido en la arena,
un rostro destrozado, con el ceño fruncido,
y arrugada la boca, que sonríe con sorna
mostrando un frío dominio, declarando
que aquel que lo esculpió supo leer muy bien
las pasiones que aún muestra su rostro,
y que aún sobreviven en la piedra sin vida
a la mano que pudo hacerlas con desdén
y al corazón que pudo alimentarlas.
Y está en el pedestal grabada esta leyenda:
“¡Yo me llamo Ozymandias, Rey de Reyes,
mirad mis obras y desesperad,
vosotros, que ahora sois tan poderosos!”.
Nada más hay allí. Tan solo las ruïnas
del colosal Naufragio; desnudas, infinitas
se extienden las arenas solitarias».

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Autor: Percy B. Shelley. Traductor: José Luis Rey. Título: Donde están los eternos. Poesía selecta. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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Maynor Freyre
5 meses hace

Poesía ligada al continuo transcurrir del tiempo y de la vida.