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30 de octubre de 1936: Los primeros brigadistas internacionales

30 de octubre de 1936: Los primeros brigadistas internacionales

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 30 de octubre de 1936: Los primeros brigadistas internacionales

El joven Sommerfield hurgó con el desatascador en uno de los cinco retretes del centro de formación de brigadistas internacionales.

El puñetero retrete se atascaba sin que ninguno de entre las decenas de voluntarios se ofreciese a desatascarlo. Claro, ellos vienen a luchar por la libertad, a ser héroes. Esas tareas prosaicas esperan que las hagan los españoles. O ni siquiera, pensó un malhumorado John Sommerfield. No dejaba de frotar. Pero alguien debía hacerlo, y al final, al ver que nadie se proponía…

—Sois unos perros —dijo a John Cornford, a Bernard Knox y al resto de sus compañeros, que por supuesto se rieron.

Se había quitado la cazadora, remangado la camisa, cogido un cubo de agua, el desatascador. Tras cubrirse la cara con un pañuelo y pedir guantes, se arrodilló junto al retrete. Sacó los pegotes de mierda seca que había en la taza con algunos papeles y procuró respirar a través del pañuelo. La mierda atascaba el tubo. La metió en el cubo. Viendo que no bastaba, aspiró con la ventosa el conducto. Cuando tiró de la cadena y comprobó que ni por esas, decidió desmontar el sifón entero detrás del retrete. Lo hizo sin dejar de respirar a través del pañuelo, con mueca de asco, y recordó el juramento hecho nada más llegar.

"Él era un auténtico working class lad. Llegaba lleno de idealismo, y por el momento con el único enemigo con el que se enfrentaba era la mierda"

—Soy un voluntario de las Brigadas Internacionales porque admiro profundamente el valor y heroísmo del pueblo español en lucha contra el fascismo internacional. Porque mis enemigos de hoy son los mismos que los del pueblo español: los fascistas. Porque sé que si el fascismo vence en España, mañana llegará a mi país y mi hogar será devastado. Porque soy un trabajador, un obrero o campesino que prefiere morir a vivir de rodillas. Estoy aquí porque soy voluntario y daré si hace falta hasta la última gota de mi sangre para salvar la libertad de España, la libertad del mundo.

Eso estaba muy bien. Aquel juramento se lo tomaba el pragmático Marty, el héroe francés de la Revolución Rusa. Él recibía a los primeros quinientos brigadistas que llegaban vía Perpiñán y Barcelona, y los había instalado en el antiguo cuartel de la Guardia Civil para formarlos.

A su llegada, a algunos les impactaron las manchas resecas de sangre, restos de la lucha de julio, que podían verse en los muros y el suelo de la planta baja. Habían preferido dormir en la planta superior. Los guardias dejaron atrás ropa de cama sucia, fundas de bayoneta, botellas de vino vacías, algunos antivenéreos como el Blenocol, revistas, muy manoseadas, con fotografías de estrellas de cine. Los únicos que barrían, con sus escobas, eran los franceses.

Sommerfield no era como John Cornford, su tocayo, descendiente de Darwin y aprendiz de poeta, que se había presentado en España con la pistola que usó su padre en la Primera Guerra Mundial, El capital de Marx y las tragedias de Shakespeare. Sommerfield no era hombre de Cambridge, como lo era también Knox. No. Él era un auténtico working class lad. Llegaba lleno de idealismo, y por el momento con el único enemigo con el que se enfrentaba era la mierda.

—Bloody hell! —exclamó, mientras desatascaba el desagüe del retrete.

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Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

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