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31 de marzo de 1936: Nueva bronca en las Cortes

31 de marzo de 1936: Nueva bronca en las Cortes

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Martes, 31 de marzo de 1936: Nueva bronca en las Cortes

La sesión se reanudó bajo la presidencia ya plenamente establecida de Diego Martínez Barrio. Nadie esperaba que fuera tranquila, pero tampoco lo que ocurrió.

Tras una nueva acusación de manipulaciones de las actas de Cáceres, donde una mayoría de seis mil votos a favor de candidatos derrotados se había transformado en mayoría de dos mil votos a favor del Frente Popular, el diputado Manuel Giménez Fernández, portavoz de la CEDA, refrendado por el asentimiento de su jefe Gil-Robles en el banco vecino —el mismo banco de la oposición que dos años atrás ocupara Indalecio Prieto—, se levantó para declarar que su partido se retiraba del Parlamento.

"Algunos diputados alzaron los puños y entonaron La Internacional, para ahogar el vocerío de las derechas"

—Libre tenéis el camino —engoló la voz, a medida que leía su cuartilla—. Constituid este Parlamento como os plazca; no ya con nuestros discursos o nuestros votos, ni siquiera con nuestra presencia, pues seremos obstáculo a la rapidez de vuestras deliberaciones. De lo que hagáis dependerá que el Congreso se encamine al bien de la nación y de la República, o al imperio de una voluntad dictatorial. Al retirarnos, en espera de vuestros actos, dejamos en vuestras manos, señores de la mayoría, la suerte del sistema parlamentario. No tengo más que decir.

Continuó entre las protestas de las bancadas del Frente Popular, que de repente veían cómo, cumpliendo con sus amenazas de aquellos días en los que ya se habían retirado de la Comisión de Actas presidida por Indalecio Prieto, se retiraban ahora también del hemiciclo, entre gran griterío, ochenta y ocho diputados de Gil-Robles. Algunos replicaron a la actitud agresiva de socialistas y republicanos con insultos. Estos los despidieron con pañuelos y abucheos, dando vivas a la República.

—¡Fuera los traidores! ¡Viva la República!

—¡Viva Rusia! ¡Vivan los bolcheviques!

Algunos diputados alzaron los puños y entonaron La Internacional, para ahogar el vocerío de las derechas. Entonces se levantó también Goicoechea, líder de los monárquicos de Renovación Española, y anunció que su grupo suscribía palabra por palabra la declaración que acababa de leer el diputado de la CEDA.

—¡Si sois cuatro gatos!

—Somos pocos pero buenos —repuso el conde de Vallellano, en apoyo de su jefe.

Detrás de los bancos vacíos de la CEDA, cuarenta diputados de su grupo se pusieron en pie.

—Resulta evidente, señores diputados —insistió Goicoechea—, que en nuestro ánimo pesa lo que ocurre con el recuento de las segundas vueltas y la validación de actas. Pero yo os engañaría si no proclamara que concedo a todas las violencias de derecho que habéis cometido en esta cuestión de las actas, un valor sintomático. Estamos en plena anarquía, con un Gobierno incapaz de mantener la obediencia de quienes siguen los dictados de una repugnante dictadura roja.

—¡Orden, por favor! ¡Orden en la sala! —clamó Martínez Barrio—. ¡He dicho que orden en la sala! Procure ajustarse a los términos del debate y vaya terminando, señor Goicoechea.

—Descuide, señor presidente, seré breve. Decía que nuestra actitud responde al convencimiento de que en este Parlamento es imposible nuestra convivencia con la mayoría. Pero se engañará quien crea que nuestra retirada responde al acobardamiento; sabemos lo que representamos en España…

—¡Nada! ¡Lo más indigno de la nación! ¡El pucherazo electoral! —exclamó alguien.

Esta vez Martínez Barrio hinchó el pecho y, más acalorado que nunca, dio fuertes campanillazos. Pero ni así logró que las izquierdas permitieran oír las palabras de Goicoechea, que terminó con un dramático «¡Adiós!», antes de encaminarse hacia la salida del hemiciclo por el mismo camino que los diputados de Gil-Robles. Lo escoltaron Calvo Sotelo y el resto de la formación.

"Las Cortes se habían acercado un pasito más al abismo. Aunque pocos de los presentes lo sospechasen, la Guerra Civil ya estaba a tres meses vista"

A sus espaldas, Indalecio Prieto, un enorme toro en embestida, levantado, proclamó a voz en grito:

—¡Las derechas son demasiado cobardes y deshonestas para permanecer aquí y defender sus crímenes!

Y se golpeó el pecho con una mano, mientras alzaba la otra formando un puño.

Las Cortes se habían acercado un pasito más al abismo. Aunque pocos de los presentes lo sospechasen, la Guerra Civil ya estaba a tres meses vista.

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