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«4 de julio», un relato de Nando López

«4 de julio», un relato de Nando López

Ilustración de portada: Rubén Chumillas

Nando López publica Presente imperfecto (edit. Dos bigotes), una colección de doce relatos que, entrelazados a modo de vidas cruzadas, nos acercan a vidas muy diversas, todas ellas coincidentes en un ahora incierto. Zenda adelanta un fragmento de uno de ellos

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4 de julio

Hacía tiempo que nadie le preguntaba tanto como Amira. Antes de conocerla, Eduardo había llegado a acostumbrarse a un silencio cómodo: le bastaba con hilvanar unas cuantas réplicas de cortesía para seguir siendo tan invisible como lo ha sido siempre en el edificio donde lleva viviendo más de treinta años.

Con su anterior fisio era sencillo preservar ese hermetismo, porque ni Mario decía gran cosa ni él se molestaba en alimentar una posible conversación, así que se limitaban a repetir los ejercicios que, según su doctora, necesita y que a él a ratos le resultan tan estúpidos como casi todos sus esfuerzos por aferrarse a unos días que vive como la prórroga de un tiempo que, digan lo que digan los últimos análisis, ya terminó.

Amira, que ha resultado ser mucho más habladora que su antecesor, le regaña cuando él se atreve a esbozar algún comentario similar y aunque Eduardo ha intentado explicarle que no hay nada fúnebre en sus palabras, ella menea la cabeza con un gesto claramente desaprobatorio mientras lo obliga a completar más estiramientos de los que Mario, que era correcto aunque algo desidioso, jamás le obligó a hacer.

—Hoy te pasa algo —le suelta con esa espontaneidad con que se ha manejado ante él desde que se conocieron gracias a que Jana, que había tenido a Amira como alumna en uno de sus grupos de Bachillerato, se la recomendó a su tío.

En realidad, Eduardo no es su tío y, a sus ochenta y cuatro, bien podría ser su abuelo, pero la abuela Carmen siempre se refería a él como un tío que nadie en la familia de Jana sabía demasiado bien de dónde había salido pero al que todos, hasta que Carmen murió hace un año, aceptaron como tal.

—¿Me lo vas a decir o no? —se impacienta Amira, que se niega a que la melancolía que se respira adherida en las paredes de esa casa acabe devorándolo todo—. Porque a ti, digas lo que digas, te pasa algo —insiste—. No es que normalmente seas la alegría en persona, pero lo de hoy…

—Lo de hoy es lo de siempre —responde él mientras se aplica con esmero a su rutina, con la esperanza de que eso baste para zafarse de una conversación incómoda.

—Ya, pero como lo de siempre tampoco me lo cuentas…

—¿Por qué iba a tener que contarte yo a ti nada?

—¿Y por qué no? —Su risa, que nace con la misma libertad con que se maneja en esa casa que apenas ha tardado unos meses en hacer suya, le ilumina el rostro.

Desde el momento en que se conocieron, a Eduardo le llamó la atención la singular belleza de aquella chica de veintipocos de la que Jana le había hablado maravillas y cuya diligencia era tan sobresaliente como sus rasgos. Atlética y muy alta, con brazos largos y fibrosos que contrastan con un rostro aniñado y de facciones redondeadas, que la hace parecer aún mas joven de lo que realmente es. Ni su ropa deportiva, a menudo en colores claros —según le ha confesado con coquetería a Eduardo, cree que resaltan su musculatura—, ni el modo en que se dirige a él, como si fuera una nieta que nunca ha pedido tener, desmienten esa primera impresión. Solo sus ojos, grandes y profundos, revelan su verdadera edad, especialmente en los momentos en que escudriñan a Eduardo en busca de una conversación que él, de momento, evita.

A él también le divierte la obcecación con que Amira trata de sonsacarlo, aunque jamás lo reconozca. Admitirlo supondría alejarse por un instante de la amargura en que ha logrado instalarse y no está dispuesto a renunciar a esa guarida en la que busca cobijo en fechas como este 4 de julio que lo devuelve, contra su voluntad, cincuenta años atrás.

—¿Entonces no me lo vas a contar, Edu?

—Niña, que tengo edad para ser tu abuelo.

—¿Y? ¿Qué pasa? ¿Los abuelos no pueden llamarse Edu? ¿Está prohibido o qué?

Ella, calcula él, no debe tener más de veintiuno o, quizá, veintidós. Jana ya le advirtió que Amira no era fisio titulada, pero le aseguró que siempre había sido brillante y estaba segura de que, con lo poco que necesitaba que hicieran por él, su ayuda sería más que suficiente. Ese «poco», a su manera, le dolió, porque le resultó entre fácil y condescendiente. No sabía si Jana se lo había soltado con paternalismo o por puro instinto de autoprotección, dejando claro que de ese modo saldaba cualquier cuenta que, tras la muerte de su abuela Carmen, hubiera quedado pendiente. De ser así, a Eduardo le habría gustado aclararle que no había factura alguna, pero como ella y el resto de la familia dejaron de formar parte de su vida al poco del entierro, aún no ha tenido ocasión ni de agradecerles lo que hicieron en el pasado ni de liberarles de cualquier sentimiento de culpa que pueda causarles lo que no están haciendo en este presente que, diga lo que diga Amira, a él le resulta fugaz y, cuando los días se alargan en exceso, ni siquiera demasiado deseable.

Lo que Carmen hiciera o dejara de hacer por él era cosa suya. Y nacía de una raíz demasiado oscura como para volver a ella, así que los dos habían firmado tiempo atrás un pacto tácito por el que se prometían complicidad a cambio de no volver a mencionárselo. Ninguno de ellos diría nunca en voz alta el nombre y el motivo que los había unido y, por supuesto, jamás harían alusión a lo que había ocurrido ese 4 de julio del 71 que Eduardo no había dejado de revivir.

—Nada, que no me lo vas a decir… —Amira se aparta el flequillo como hace cada vez que pretende conseguir algo. El mismo movimiento que repite cuando le pide adelantar o retrasar alguna de sus sesiones. O los días en que, por culpa de un examen del grado, necesita aplazarlas.

—Si es que no hay nada que decir —responde él antes de recurrir a su argumento más valioso: el tiempo—. Además, si no te das prisa, hoy llegas tarde.

Amira resopla, porque odia tener que darle la razón, y Eduardo piensa en cómo las horas que a ella le faltan son tan poderosas como las que él, cada 4 de julio, siente que le sobran.

Ella no le pregunta más y él le desea que lo pase bien en el partido al que va a ver jugar a su chica cada fin de semana.

—Pero no lo cuentes mucho por ahí —le advirtió la primera vez que se lo explicó —, porque hasta que me vaya de casa no sé si quiero que se sepa. Mis padres no son como tú, Edu. Ni como Jana. A veces hasta creo que le echan la culpa a ella de que yo sea como soy de verdad, ¿me sigues?

Eduardo asiente cuando Amira le hace confidencias así. La comprende mejor de lo que pueda imaginar y es capaz de dibujar el entorno familiar que ella apenas le esboza. A pesar de la naturalidad y de la extroversión de la que presume, ante él solo ha mencionado lo justo a esos padres que pretenden que asuma costumbres de un país que nunca ha sido el suyo, porque ella, tal y como le aclaró al poco de conocerse, tiene muy claro que es de aquí, aunque haya gilipollas que no se lo hagan sentir, ¿me sigues, Edu?, pero qué va, todo eso se la suda, porque no va aceptar normas que ni son suyas ni quiere que lo sean, porque ella sí que tiene muy clarito quién es, a pesar de que a veces, demasiadas veces, la hayan hecho dudar de adónde pertenece, como si para unos fuera demasiado negra y para otros, demasiado blanca, pero eso, a ver si me entiendes, Edu, eso es problema suyo, porque yo sé quién soy, aunque cada vez que mi chica y yo salimos juntas, por cierto, ¿te he dicho que se llama Carla?, se llama Carla y te caería de puta madre, es a mí a la que le piden el DNI cuando nos cruzamos con algún poli con ganas de bronca.

En las ocasiones en las que ella se deja llevar por la vehemencia, Eduardo siente la tentación de preguntarle algo más. De plantearle los interrogantes adecuados para que ella le hable de esa lucha por ser con la que él, desde otro lugar, se identifica. Aunque la suya no tuviera que ver con el origen y sea, a estas alturas, una batalla que está convencido de haber perdido. Sin embargo, en la fuerza de Amira quiere creer que va ganando. Por el modo en que sabe relatarse sin empequeñecerse, a pesar de que aún queden trincheras en esa batalla, como la familiar, donde la situación debe de ser tan difícil como para que, cada vez que le paga una de sus sesiones, ella haga siempre el mismo comentario: «Ya queda menos para el piso con Carla». Después de todo lo que le ha costado a Eduardo admitir que necesita recibir ayuda, le reconforta pensar que está destinando parte de su pensión a que Amira viva lo que él, con su edad, no puso siquiera imaginar y eso evita que se comporte con la misma hostilidad con la que ha conseguido que abandonen sus puestos los anteriores fisios.

A pesar de sus ganas de saber más de ella, se escuda en las evasivas con las que lidia con su insaciable curiosidad. Teme que cualquier atisbo de duda prolongue la conversación y se acentúe así una intimidad que, en este momento de su vida, le resulta incómoda. La sucesión de pérdidas que compone su biografía es demasiado extensa como para animarse a sumar otra más —y ella, tan pronto como acabe el grado y consiga un trabajo mejor, también se marchará—, así que no está dispuesto a concederle a su inexperta fisio más espacio que el de las tres sesiones semanales de hora y media en las que ella cuenta con noventa minutos para tratar de sonsacarlo y él, con otros tantos para defenderse.

—Algún día me lo vas a tener que contar, Edu. Y lo sabes.

Se despiden y él se pregunta si, como opina Amira, es cierto que llegará a hacerlo. O si esa historia, la única de la que se niega a prescindir, acabará muriendo con él cuando decida, porque algo le dice que será él mismo quien querrá decidirlo, que ya no tiene sentido seguir esperando un futuro que no va a suceder.

(…)

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Este libro, ilustrado por Rubén Chumillas, se presenta el miércoles, 10 de noviembre, a las 19.30h., en la librería Tipos Infames, de Madrid, (c/ San Joaquín 3).

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Autor: Nando López. Título: Presente imperfecto. Editorial: Dos bigotes. Venta: Todostuslibros y Amazon

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