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40 sombras: bonus track J. C. Pursewarden

40 sombras: bonus track J. C. Pursewarden

Extractos del diario personal de J. C. Pursewarden

3 de marzo de 2020.

He llegado por fin desde Esmirna esta mañana, después de una molesta misión consular de dos semanas. Nada que hacer. La pasividad de las autoridades turcas, el aluvión de migrantes, a miles, desde Siria o Libia, el muro diplomático griego, cada vez más inexpugnable a los números o las razones, y la indolencia del resto de emisarios de la UE, entre los que me encontraba, son los ingredientes de un cóctel inflamable que estallará en los próximos días. Y luego la pandemia, que avanza a marchas forzadas, como un río de lava o un glaciar de pánico, que ya nadie puede contener. Solo queda el mar. Exasperado, y con algunos días de margen he llegado esta tarde a Mitilene, capital de esta isla de Lesbos inundada de refugiados que acaban hacinados junto a los muros de la antigua prisión de nombre tolkieniano: Moria.

Me he hospedado en el modesto hotel Sappho, frente al puerto, con la intención de terminar lo más rápido posible mi informe y partir mañana en algún transporte menor, para así minimizar el riesgo de contagio. Desde el balcón, en el cuarto piso, he llegado a marcar el número del pequeño aeropuerto de la isla para informarme sobre la posibilidad de alquilar una avioneta, pero he colgado enseguida al comprobar que en la zona más inaccesible del muelle había un velero impresionante, de unos 100 pies. Mi sueño sería salir de aquí navegando. Con los prismáticos he podido ver su nombre: el Charaxos. Buen augurio. Para mi mitad española, nada mejor que lograr salir de aquí en un velero del «carajo». Como amante de la poesía (y de las mujeres), precioso detalle que el barco lleve el nombre del más querido hermano de la poetisa Safo, la gran voz del amor griego que, por cierto, vivió aquí, nació en esta ciudad, y creció entre lujos y bellas jovencitas, aunque también sufrió destierro, en Siracusa. También fue migrante.

Voy a bajar al puerto a indagar sobre el Charaxos.

23:30h

"Partiremos al alba hacia Occidente atravesando el Egeo y el Jónico, en el velero de mis sueños"

Qué noche tan extraña y maravillosa. Partiremos al alba hacia Occidente atravesando el Egeo y el Jónico, en el velero de mis sueños, una máquina impresionante que además está comandada por una no menos impresionante capitana, de nombre Alice Clark, una rubia sudafricana de armas tomar. Ha sido todo tan fácil que me siento como un espía. Mi pasaporte diplomático ayuda, claro, y cierto don de gentes, imagino. Y también una copiosa cena en los tinglados del puerto, a la que he podido invitar a la pequeña tripulación, formada por la capitana y otros tres miembros, incluido un cocinero peruano, estupendo, por lo que ellos cuentan. Buen pescado y mejor vino. No ha faltado de nada. Pursewarden el persuasivo. Pero es que ha sido una cena tan agradable que casi me ha permitido olvidar las dos últimas semanas de sinsabores y desesperación, la tensión que crece en el ambiente. Me han contado que el Charaxos ha llegado hoy mismo, como yo, desde la costa turca, desde Kusadasi, donde terminaron un crucero contratado por un potentado de los emiratos que les había alquilado el barco para él y sus dos esposas durante una semana por 125.000 euros, con final en ese puerto cercano a la antigua Éfeso de Heráclito. Acabado el trabajo, tenían que comprar algunos suministros que les faltaban y navegaron en demanda de Mitilene para evitar las aglomeraciones de Esmirna y sin saber en realidad la que se está liando aquí, en este Guatepeor isleño. Por eso, hechas las compras, tienen prisa por irse. Igual que yo. Qué bueno es ser mitad inglés y cien por cien extranjero y poder salir de aquí sin demasiadas implicaciones emocionales. Con la capitana Clark hemos congeniado, qué peligro. Me llevarán con ellos a precio de amigo, 5.000 hasta mi casa de Corfú, herencia de mi tío. Brindo por la pura carambola de vivir.

4 de marzo de 2020.

No tuve ni que hacer las maletas, porque no las deshice. Escribo a bordo del Charaxos. Ya en altamar. Anoche volví de la cena excitado por la inminente partida, y después de terminar y enviar el informe salí a la terraza. Fumaba apaciblemente, tomando un último negroni a sorbos cortos, disfrutando de las vistas al puerto, bajo la luna en cuarto creciente y las estrellas. La verdad es que no me apetecía dormir, en parte por las ganas de navegar de nuevo, en parte por el puro agotamiento. Escuchando los rumores del mar, los pasos de algún marino perdido en la madrugada, algún coche trasnochador y la brisa moviendo los flecos de los toldos, estaba muy placenteramente distraído con mis pensamientos. Pensaba en la casa de Corfú. Aunque todavía me asaltan los recuerdos de Beth, traté de concentrarme en mi próximo viaje por mar, este Mediterráneo tan poderoso y literario como para olvidar mis cuitas amorosas… Súbitamente, a eso de las dos, una sorpresa en la terraza de al lado. Se enciende la luz y aparece una belleza de ojos grandes y pelo oscuro, de un castaño boscoso, lignario —encontré la palabra, cuánto me gusta—, que a esas horas parecía saturar la brisa con un torbellino de pensamientos. Desde su habitación, esta vecina inesperada salió a la terraza hablando por teléfono, concentrada, moviéndose con pasos lentos. Ni se percató de que yo estaba en la de al lado, absorto, a lo mío, y de cómo me quedé pasmado al verla aparecer, cimbreante y ligera. Al contemplar sus larguísimas piernas intentaba infructuosamente calcular su declinación y ascensión recta, perdido todo el interés previo en la posición de Sirio y en la luna.

"Necesitas una copa, sweetie —le dije en inglés—. Mitelene pone de los nervios a cualquiera estos días"

En un momento determinado se puso a hablar por teléfono de espaldas a mi balcón. Mas que a hablar, parecía espantar una conversación que ya no le interesaba. Furtivo, yo mantenía la luz apagada y estaba más quieto que un mueble, con el vaso en la mano. No pude evitar escucharla un rato. Estaba mandando a freír espárragos a un tío con tanta gracia y soltura que parecía una broker llamando al parqué bursátil para realizar una pequeña operación, mientras pensaba en otra cosa. He aquí una heartbroker más que una simple broker, me dije, achispado. En fin, me encantó cómo daba jabón, tú eres importante para mí, claro que sí, le decía al tipo, lo sabes y ha sido maravilloso, pero yo ahora necesito escapar, salir de aquí de inmediato, tengo muchas cosas que hacer, que me esperan y no quiero atarme ni que pienses que estoy minando tus prioridades. Ya somos mayorcitos… A esas alturas entré de puntillas en mi habitación y abrí la nevera, en la que había guardado el Campari, hielo y vermú rojo y preparé un segundo copazo con otra minibotellita de ginebra. Cuando volví a salir, ella estaba colgando el teléfono, asomada a la barandilla y dando un resoplido de hartazgo profundo y costero hacia el mar sombrío. De inmediato me asomé por la esquina de su terraza ofreciéndole el vaso. Más o menos lo recuerdo así:

—Necesitas una copa, sweetie —le dije en inglés—. Mitelene pone de los nervios a cualquiera estos días.Ella se giró y sonrió con una mirada de prevención tipo ¿y este loco quién coño se ha creído que es? Así que me presenté. Diplomático en tránsito y, como ella, amante recién dimitido.

—Se dan las circunstancias perfectas para compartir una copa —añadí—. Si prefieres beber otra cosa, tú sólo pide. Pero no me pidas más que una buena conversación. No está el horno para bollos.

—Es patético eso, jajaja —me respondió con una sonrisa más amplia y gatuna—. Ligarás muy poco con esta táctica, ¿no?

Le ofrecí un cigarro, que rechazó. Encendí el mío y guardé silencio un buen rato. Hasta que la vi lo bastante incómoda.

—Has dicho que te ibas… ¿Cómo te irás? —interrogué.

—¿Y a ti qué te importa? —respondió. Aún no había tocado la copa, pero la sujetaba.

—A mí no me importa, claro. Era por romper el hielo. Bueno, hablaré de mí y dejaré de preguntar. Mañana parto al alba en ese inmenso velero —señalé el final del muelle con la mano que sujetaba el cigarro. Un ascua salió volando con la brisa.

—Bien, ¿no? —dijo, ganando la mano.

—¿He dicho algo malo? Oye, si quieres te dejo en paz de una vez y ya…

"Esgrima o biblioteca, es una pista"

Entonces cambió la polaridad de aquella tensión. Me miró, sonrió con algo más de sinceridad, o más relajadamente.

—Yo también me voy mañana… o debería decir dentro de un rato —confesó, mirando el reloj en su muñeca—, en un pequeño jet que viene a recogerme…

—Menudo nivel —interpuse, pero no se detuvo a escucharme.

—Me llamo Adler, Irene Adler, por cierto —me extendió su brazo y sacudimos las manos formalmente—. Puedes llamarme Irene.

Con las cejas en alto y afirmando brevemente con la cabeza volví a señalar al barco y solté:

—El barco de los solitarios. Pinta bonito… —di un sorbo a mi negroni y una calada al cigarro.

—Has dicho que eras diplomático, ¿no?

—¡Me escuchabas! Creí que pasabas… sí, un fracasado diplomático en tránsito para salir de aquí antes de comerme el marrón de un campamento atestado y una crisis sanitaria mezclada con la migratoria. Pero sería injusto si me redujeras sólo a eso.

—Entonces, déjame que sea más justa, o adivina… ¿También eres un consumado barman? —puso un gesto incrédulo y luego rio por lo bajinis mirando al cóctel en sus manos— No…

—Esgrima o biblioteca, es una pista.

—¿Perdón? ¿Eres coleccionista de espadas o de libros?

—¡Jajajaja! No, no, usuario. Tirador y lector. ¿Y tú?

"Recuerdo una conversación muy divertida, sin objeto, deleitosa, sin tiempo"

Ahí tendría que cartografiar la nebulosa Irene. En lo referente a sus datos biográficos, no fue nada explícita, y prefirió mantenerse medio oculta en la sombra del misterio. Sobre su ocupación, o el motivo de su visita a Lesbos, sólo dijo «agente internacional» (pero a saber si hablaba del MI5, de un real estate de los emiratos, una tapadera de venta de armas o de un gran bufete asociado a una ONG). Hablamos un buen rato, con sus pausas, eso sí, de su nombre. Irene Adler, si es que era el verdadero. La mujer que venció a Holmes. «Pues de esa estirpe», me espetó cuando se lo dije. «Así sabrás a qué atenerte», añadió con mueca divertida, mirándome con cierto desafío. En ese momento creí que había logrado romper el hielo.

—Pero no es un tu verdadero nombre, ¿cierto?

—¿Y tú qué, mítico Pursewarden, recién salido del Cuarteto de Alejandría? No me dirás que te llamas así…

—Lectora al fin —exclamé, mientras le pasaba mi carné del Foreign Office para demostrarle que me llamo así.

—El del libro de Durrell era mi tío —me vi obligado a explicarle—. Así que puedo decir que soy de esa estirpe de discretos mirones y entomólogos de los sentimientos ajenos. Pero no dotado del cinismo virtuoso que él blandía. Muy sensible, eso sí, a la belleza, a veces con cierto sentimiento trágico, heredado de una abuela materna española.

—¿También escribes?

—¿También? Eso suena a confesión —la vi dudar.

—Me refería a que si, además de la esgrima y la diplomacia, que vaya dos antiguallas, publicas libros, querido.

—O que si, al igual que tú misma, también escribo…

—Ahora podría decir: «Touchée». ¿Ves lo antiguo que suena?

"Vamos a asistir al secuestro de la carne amada. Los dos hemos leído sobre el tema y sabemos cómo será. Cuántas distancias insalvables"

Durante otro rato estuvimos así, a la greña, ubicándonos en la inmensidad de la noche, en la que ambos parecíamos desencuadernados, a la fuga. No sé si las circunstancias mezcladas con los negroni desataron nuestras lenguas, o puede que sobre todo la mía. Qué haré con el Brexit, lecturas recientes, proyectos futuros…. Irene fue más esquiva, o más abstracta, y sus respuestas siempre se quedaban en los contornos, dejaban fuera todo lo concreto, las cuestiones personales, origen, destino. Los detalles. El diablo está en los detalles. Aun así, recuerdo una conversación muy divertida, sin objeto, deleitosa, sin tiempo. Cuando una tenue claridad rompía la oscuridad cerca del horizonte nos dimos cuenta de que había pasado toda la noche. Llevábamos dos o tres copas más y hubo dos o tres silencios sustantivos. Quiero decir bonitos.

—Es una putada lo que viene. Cuarentenas, desconfianza o pánico, distancia social…

—Nos van a robar la piel —respondió ella, rauda—. Vamos a asistir al secuestro de la carne amada. Los dos hemos leído sobre el tema y sabemos cómo será. Cuántas distancias insalvables. El tacto parecerá sospechoso, el glacis temporal se impone a la caricia.

—No podemos hacer nada, sólo soportarlo, dure lo que dure.

—Sí podemos —dijo con gran convicción, de pronto. Me miró a los ojos—. La cuestión es si Pursewarden se atreverá.

—¿Perdón? —me pilló de con la guardia baja—. Me siento emplazado.

—Y lo estás, querido Pursy —ronroneó.

—¿Pursy? ¡Pero bueno, esto pasa de castaño oscuro! No puedo imaginar un diminutivo tan…

—¿Cariñoso?

—Lacerante, Ms. Adler. —dije haciendo una reverencia grotesca—. No nos queda sino batirnos.

—Justo es eso.

—¿Qué?

—Un duelo, lo que te propongo. No te conozco, no sé si volveré a verte. Un duelo literario. Esgrima y libros, ¿no era eso?

—Partimos hacia dos rincones diferentes del mundo. A distancia… Parece un acto de fe.

—Tú navegarás a Corfú. Yo aterrizaré en Madrid por circunstancias que no vienen al caso. Tengo buenos amigos en España.

—¿Qué tipo de duelo? —estaba poniéndome impaciente. Nervioso.

"Lesbos, un nombre que habla a nuestra memoria carnal, libera el perfume de dos mil quinientos años de historia poética y erótica en esas dos sílabas que son como un imán roto"

—Te invito a trazar una raya en el suelo para que la pandemia no pise la imaginación. Igual que los muchachos del Decamerón, reunidos durante la peste en una villa en las afueras de Florencia. Tú en Corfú, o donde te pille. Yo en Madrid, o a donde mi negocio me lleve. Una dirección de correo electrónico basta. Y vamos escribiendo relatos.

—¿Relatos de qué? ¿De esta pesadilla?

—No, tonto. Relatos de tacto robado, relatos eróticos, sobre amantes que parecerán importunos para este mundo apestado y mojigato. Incómodos para este tiempo de cuarentenas obligadas —y añadió—. No limits. La idea es publicarlos.

No pude disimular mi cara de sorpresa, pero tiré de flema:

—El crepúsculo es a menudo el padre de ideas idiotas.

—Y de las audacias.

—¿Cómo sabes que saldrá potable?

—No lo sé, pero tal vez.

—Vale. Juego.

—¿Juegas? En serio. Se nos está haciendo tarde…

Era cierto. La claridad se abría paso por el este. Ya se acercaba la pleamar. Me pasó una tarjeta en la que sólo figuraba una dirección de email. Me la guardé. Apuré el cigarro. Se hacía tarde.

—No sé muy bien si me estás tomando el pelo, pero me voy a entretener durante el viaje, eso seguro.

Le di mi tarjeta, en la que apunté mi mail privado. La cogió. Me miró, se besó la punta de los dedos con sensualidad y puso las yemas en mis labios.

—Será un placer. Ha sido un placer.

—Nos escribimos. Ciao, Irene.

—Ciao, guapo.

Estaba confundido, pero tenía prisa. Maquinalmente, me di una ducha, recogí la maleta y las cuatro cosas que tenía extendidas sobre la cama y salí del hotel. Fui caminando hasta el barco, dando un paseo en el que sentía el cansancio de la noche en vela. El cielo estaba ya bastante iluminado. Cada vez más gente deambulaba por el muelle. Tenía muchas ganas de salir de allí.

Cuando me acercaba al Charaxos despuntaba el sol. Alice, la comandante, me ha visto llegar: «Vamos a zarpar ya», me ha pedido que apurase. Me han dado la charla de seguridad casi al mismo tiempo que la bienvenida: aquí están los chalecos, en caso de emergencia, sea bienvenido, acuda a la zona indicada por la capitana, desea algo más, durante las maniobras permanezca atento y obedezca a la tripulación. Luego me han enseñado mi camarote. Y me han dejado en paz, justo cuando soltaban amarras y el enorme velero comenzaba a deslizarse lentamente hacia la bocana del puerto sobre las aquietadas aguas del amanecer. El mundo se ha empezado a mover alrededor.

Dejé la maleta y he subido a cubierta con mi cuaderno en la mano. Largaron velas y cazaban escotas. Las dos enormes lonas se han hinchado con la brisa matinal y el Charaxos ha cambiado rápidamente de ritmo, empezando a cabecear sobre las olas a distancia del puerto. Me he quedado en silencio, mirando la costa de Lesbos alejarse. He anotado la palabra «sombras» subrayada en lo alto de una hoja del cuaderno.

"Haremos cuarenta relatos eróticos, a medias. Para la cuarentena que viene. Cuarenta sombras. No son demasiadas"

Lesbos, un nombre que habla a nuestra memoria carnal, libera el perfume de dos mil quinientos años de historia poética y erótica en esas dos sílabas que son como un imán roto, fragmentos que tienen adheridos viejos metales de mitos y logos, versos incompletos, amores olvidados, jóvenes amantes y poetisas, guirnaldas de flores y caricias, sentimientos, soledad, sombras y abismos de tiempo. Pasada media hora de navegación me he frotado los ojos cansados. Porque el amanecer tenía un fondo amargo, poco literario. Ante mis ojos, a lo lejos, una desolada prisión de la que yo acabo de escapar por fin, en la que se hacinan más de diez mil personas, atrapadas entre dos mundos, una guerra y una pandemia. Como si fuera uno de los círculos del infierno.

Al alejarnos de la isla se ha levantado un viento perfecto. El Charaxos ha realizado la primera bordada y ha puesto proa hacia el suroeste, a toda vela. Vamos cortando las olas. Los ojos de Alice miraban en silencio el horizonte hacia el que nos dirigíamos. Y de vez en cuando me observan con curiosidad, detenidamente. Yo hago que no me doy cuenta. Escribo esto y trato de explicarme a mí mismo una noche tan extraña, que parece irreal bajo esta luz, como si fuera un cuento, una sombra, pura ficción. Recuerdo ahora detalles de la conversación con Irene, para decirme que sí. Que es real, que vamos a escribir esos relatos.

—Haremos cuarenta relatos eróticos, a medias. Para la cuarentena que viene. Cuarenta sombras. No son demasiadas.

—OK, no se hable más. Tendrás noticias mías.

Me gusta recordar la mirada que puso Irene entonces. No soy capaz de describirla bien ahora mismo. Diría que extraña. Pero eso es poco concreto. Voy al camarote, necesito dormir unas horas. Voy a tener mucho tiempo para escribir hasta llegar a Corfú. Y luego unas semanas allí. Antes de volver al trabajo. Por cierto, no le dije que mi siguiente destino es Madrid. ¡Puto Brexit!

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