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5 cuentos del realismo mágico

El realismo mágico latinoamericano fue un impulsor del género del cuento a lo largo y ancho de la literatura universal. En Zenda volvemos a ellos con regocijo para recopilar 5 cuentos del realismo mágico fundamentales de cinco autores inolvidables: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Carlos Fuentes.

El ahogado más hermoso del mundo, un cuento de Gabriel García Márquez

Este relato forma parte de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada. En él, aparte del mito del “gingro”, el escritor colombiano nos muestra cómo despierta la conciencia a través de un hecho fortuito, cómo se emprende el camino de la apatía a la libertad.

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Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado…

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Continuidad de los parques, un cuento de Julio Cortázar

El escritor argentino Julio Cortázar está ampliamente reconocido como uno de los autores clave de la literatura universal del siglo XX, así como uno de los mayores exponentes del realismo mágico hispanoamericano. Más allá de Rayuela, su poliédrica y popular novela episódica —de extraordinaria imaginería y lirismo—, Cortázar destacó principalmente por su habilidad para la escritura de pequeños cuentos que, como ocurre en el caso de Continuidad de los parques, podían dibujar —o esbozar— un universo entero en apenas dos párrafos. La lectura de este texto resulta siempre fascinante.

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Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer…

Sigue leyendo este cuento de Julio Cortazar

 

Emma Zunz, un cuento de Jorge Luis Borges

Este relato está incluido en uno de los mejores y más reconocidos libros del autor argentino, El Aleph.

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El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto…

Haz click aquí para leer completo Enma Zunz de Jose Luis Borges

 

¡Diles que no me maten!, un cuento de Juan Rulfo

Un relato angustioso y dramático. Un destino trágico que difícilmente se podrá evitar. ¡Diles que no me maten! es un cuento del fabuloso autor mexicano Juan Rulfo, de escasa pero extraordinaria producción literaria.

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-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No…

En este enlace está el cuento de Juan Rulfo

 

La muñeca reina, un cuento de Carlos Fuentes

Un joven recuerda, a través de una tarjeta, la figura infantil de una niña casi mágica con la que compartió su infancia. A partir de ahí, arrancado de su rutina de negocios, se decide a entablar un encuentro con su pasado. La literatura del mexicano Carlos Fuentes se despliega con elegancia celestial en La muñeca reina, un ejemplo notable de su maestría.

Vine porque aquella tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia. La encontré en un libro olvidado cuyas páginas habían reproducido un espectro de la caligrafía infantil. Estaba acomodando, después de mucho tiempo de no hacerlo, mis libros. Iba de sorpresa en sorpresa, pues algunos, colocados en las estanterías más altas, no fueron leídos durante mucho tiempo. Tanto, que el filo de las hojas se había granulado, de manera que sobre mis palmas abiertas cayó una mezcla de polvo de oro y escama grisácea, evocadora del barniz que cubre ciertos cuerpos entrevistos primero en los sueños y después en la decepcionante realidad de la primera función de ballet a la que somos conducidos. Era un libro de mi infancia —acaso de la de muchos niños— y relataba una serie de historias ejemplares más o menos truculentas que poseían la virtud de arrojarnos sobre las rodillas de nuestros mayores para preguntarles, una y otra vez, ¿por qué? Los hijos que son desagradecidos con sus padres, las mozas que son raptadas por caballerangos y regresan avergonzadas a la casa, así como las que de buen grado abandonan el hogar, los viejos que a cambio de una hipoteca vencida exigen la mano de la muchacha más dulce y adolorida de la familia amenazada, ¿por qué? No recuerdo las respuestas. Sólo sé que de entre las páginas manchadas cayó, revoloteando, una tarjeta blanca con la letra atroz de Amilamia: Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo

Haz click para leer Caja conmemorativa de Carlos Fuentes

 

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