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5 poemas de Instrucciones para bailar la bamba, de Luis Acebes

5 poemas de Instrucciones para bailar la bamba, de Luis Acebes

Luis Acebes (Madrid, 1966) realizó estudios de Derecho y Ciencias de la Información y se dedica profesionalmente al mundo de la creatividad publicitaria y la consultoría de marcas. Además un volumen de relatos autobiográficos, Los días del mundo (2015), ha publicado seis libros de poesía: Música ligera (2008), Explosiones nucleares en una caja de zapatos (2013), Corte a sección de mi vida con un cuchillo blanco de plástico (2015), Fatiga terrestre (2016), El don de la enormidad (2019) e Instrucciones para bailar la bamba (2023), al que pertenece la presente selección.

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Mireia está esquiando. Por las tardes nos manda mensajes desde ese móvil que no le dejan llevar a la nieve. Quiero una foto tuya con los esquís puestos y el gorro que te compramos deprisa y corriendo el último día, le digo. A cambio me manda una foto mal hecha de una calle de Jaca en la que no aparece, u otra que titula: lo que se ve desde mi habitación. La casa está muy vacía sin ella. Su hermana vino ayer por la tarde. Esta mañana cogía otro tren para Gerona. Hace un rato estaba solo en el salón. Permanecí de pie, sin moverme. Miraba los objetos. La lámpara que cuelga del techo. La mesa con sus seis sillas que no ocupa nadie. Los libros, asintiendo como siempre con esa condescendencia que les da saberse lejanos y ajenos a la métrica del aquí y el ahora. La puerta del jardín estaba abierta. Pájaros demostrando lo que la primavera hace con todos nosotros. Cada minuto que pasaba me sentía más extraño, como si todo fuese un decorado que se sostiene gracias al significado que le otorgas. Pero ese significado a veces se nubla y sólo quedan los objetos y tú, un cuerpo que desea ser incluido en la realidad que le rodea, un cuerpo tan necesitado de referencias como la cubierta de un barco necesita barandillas. Después volví. La vida tiene grietas extrañas por las que es fácil desaparecer. Días hechos de arena movediza. Mi hija estará bajando una ladera blanca con sus ligeros doce años a cuestas. Qué lejos aún de aquí.

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Aquella mujer tenía seiscientas mil gallinas en la granja. El negocio venía de su abuelo. Cogí un tren para verla y luego un taxi hasta llegar al pueblo, perdido entre ondulaciones verdes muy suaves, casi un oleaje tierra adentro en el que un mago hubiese congelado la escena obedeciendo un arrebato artístico. La mujer estuvo casi toda la reunión con las manos enlazadas sobre el regazo. Parecía que echase de menos acariciar una de sus gallinas, la preferida. Pensé en ello. ¿Existiría ese animal dentro de los seiscientos mil? Me enseñó las instalaciones. Hombres y mujeres con batas blancas y mascarillas. Máquinas de acero inoxidable muy brillante. Brazos de robots que colocaban los huevos en cajas con una delicadeza antigua, quizá como nunca hubiese imaginado su abuelo que una máquina sería capaz de abstraerse del cansancio y la repetición de la mano humana, tan torpe y olvidadiza de la paciencia que requieren ciertos actos. Pero no vi ninguna gallina. Me dijo que estaban en la nave de al lado. No insistí. En la reunión había un venezolano de setenta años vestido con una camisa rosa y un reloj de oro que no escondía. Luego me enteré que era una especie de asesor, alguien que se dedicaba a patentar cosas. La mujer le había contratado para dar un salto al futuro. Innovación. El tipo repetía esa palabra constantemente, convencido de que las dosis de hechizo eran las adecuadas para sus propósitos. La mujer seguía con las manos enlazadas, echando de menos algo, con la vista extraviada en las suaves colinas del otro lado del ventanal. Luego me llevaron a la casa rural en la que pasé la noche. Un perro mordisqueaba una manzana amarilla en el suelo. Se escuchaban los relinchos de un caballo. Olía a leña quemándose y a hojarasca. Volví a recordar la imagen de la mujer en medio de aquel silencio perfecto. Sus manos juntas y los dedos tocándose, girando despacio como planetas amigos, queriendo espantar un vacío que hoy sigue pareciéndome familiar.

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Llega un momento en que los años se empiezan a amontonar como los libros. Al principio los colocas alineados en el estante y les pasas la mano y te alejas incluso para ver cómo quedan. Esa alegría extraña de la posesión, como si te miraras en un espejo para saber que existes. De alguna forma sientes que te representan. Luego van llegando otros que tienen que hacerse un hueco. La geometría se rompe. Ahora se trata de coexistir. Hasta que llega el día en que piensas: ¿para qué quiero tantos si además ya los he leído? Con los años pasa un poco lo mismo. Hoy cumplo cincuenta y dos. Apenas los miro. Estás ahí y yo aquí. Hay una línea que nos separa, una frontera falsa y pactada, muy parecida a esos países cuyos lindes son líneas rectas en un mapa. Son el precio por vivir. Un precio muy bajo, la verdad. Incluso cuando desaparezcan seguiré pensando lo mismo. Esta mañana, al pasar por delante de ellos, les di las gracias. Es lo menos.

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Existió un tiempo en que los hombres se peinaban con brillantina echándose el mucho o poco pelo hacia atrás para luego cubrirlo con un sombrero cuando salían a la calle. Del bolsillo superior de la americana sobresalía siempre un centímetro de pañuelo blanco. Mi abuelo era uno de aquellos hombres. Con él cogía el 21, un autobús de color azul y crema que tenía un fuelle negro a la mitad con una superficie giratoria. Me gustaba bajar la calle Marqués de Urquijo posado en ella mientras sentía que sus paredes metálicas fuesen a reventar como una lata tirada desde un precipicio. Al llegar a Pintor Rosales me cogía de su mano para pasear por el parque del oeste. No hay mucho más que contar, aparte de algunas fotos en las que aparezco subido a una extraña cuadriga tirada por un perro viejo. El niño de entonces no ha mandado noticias nuevas sobre aquellos paseos de primavera en los que hasta la luz del sol parecía feliz de que los hombres caminaran con un centímetro de pañuelo blanco asomado a un balcón desde el que se divisaba la extensión de cualquier vida.

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Lo más cerca que he estado de la felicidad es una pizzería en Denia que se llamaba así. El rótulo anticuado se iluminaba al caer la noche y llenaba de una luz verde la orilla de la carretera. Había algo de oasis en aquella visión, como la sangre reluciente de un pájaro goteando en medio de la oscuridad, algo parecido a un casino que ofreciese la posibilidad de ganar enormes cantidades de un intangible absolutamente necesario para la vida. Entramos en la sala vacía. Las paredes estaban decoradas con fotografías a gran tamaño impresas en vinilos. Una playa de Hawái, peces tropicales y palmeras cuyas hojas relucían tanto que parecían de plástico. Al otro lado de la carretera el Real Madrid jugaba contra el Bayern de Múnich para un grupo de franceses que se habían quemado con el sol de abril y ahora lamían helados en silencio frente a la pantalla. Entonces la felicidad era esto, pensamos los cuatro sentados a la mesa. Después vino una camarera y nos tomó nota sonriendo. Había un hombre mayor sentado en un taburete de la barra. Tenía ese aire de colaboracionista francés que puso de moda el cine negro. Un tipo desengañado que huyó de todo y acabó en un pueblo de Valencia poniendo un negocio que representase lo que una vez tuvo y luego perdió. A veces echo de menos volver allí y pedir alguna de sus pizzas mediocres y comerla en silencio rodeado de vegetación artificial. El nombre del local sigue siendo un acierto y una lección de humildad. Esto es lo que les pasa a los que ponen nombres a las cosas que se escapan de las manos antes de cerrarlas. Esta es la prueba pericial. En su tristeza cabe la esperanza de toda la luz del mundo reunida en el pliegue de un mapa.

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Autor: Luis Acebes. Título: Instrucciones para bailar la bamba. Editorial: Trea. Venta: Todos tus librosAmazon.

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