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5 poemas de Ismael Ramos

Ismael Ramos nació en Mazaricos (A Coruña) en 1994. Es autor de los poemarios Os fillos da fame (XVIII Premio “Johán Carballeira” de Poesía; Xerais, 2016) y Lumes (Apiario, 2017), cuya traducción al español, Fuegos (La Bella Varsovia, 2019), ha recibido el Premio “Javier Morote” de Las Librerías Recomiendan (CEGAL). Sus poemas han sido traducidos también al finés, francés, húngaro, inglés, italiano y portugués, e incluidos en revistas y antologías como No seu despregar (Apiario, 2016), 13. Antología de la poesía gallega próxima (Chan da Pólvora/Papeles mínimos, 2017) y Piel fina (Maremágnum, 2019).

EN CADA UNIDAD FAMILIAR HAY UN CARPINTERO, FABRICA ATAÚDES

El padre fabrica su propia muerte. Se afana en la figura. Cuida la forma de los dedos. Los signos del desfallecimiento.
Estoy pensando qué me enseñó mi padre. Estoy recordando: no quise aprender nada.
Lo que no quería decir es: tendré siempre diecisiete años.
El padre construye los órganos del hijo a su semejanza. Se confía a la piedad.
El padre se construye dentro del hijo. En madera. Luego arde.

Fábula

Hubo un día en que mi padre me pidió que me pegase un tiro.
Esto no es un poema.
En casa de mis abuelos hay dos escopetas.
Hacía sol y decidí caminar cuesta abajo.

La muerte son los hijos

El poema es el poema de los padres.
La herida es la herida de los padres.
La herida de los hombres.
Las cicatrices también.
Las cicatrices son uno de los frutos de la herida.
Los hijos somos cicatrices.

Eos

A las nueve de la mañana entra mi madre en un bar al lado de la carretera, cojeando, detrás mi hermana. Desayunan en silencio. Puede que haya en la barra alguien que toma café y llega tarde a abrir su negocio. Probablemente hombres que hayan dormido unas pocas horas nada más. De vez en cuando se miran y hacen algún comentario la una de la otra. Mamá lee el periódico y mi hermana saca fotos de todo con el móvil.

Desayunan sentadas en una mesa del fondo. Los dueños del bar las conocen aunque no sepan cómo se llaman. La mujer detrás de la barra sonríe y mi madre le devuelve la sonrisa.

Después, mi hermana dos horas de inglés, ortografía y matemáticas. Así cuatro días a la semana. Mi madre pasea por detrás de los edificios, dos horas, cuatro días a la semana. A veces se cansa y arrastra el pie derecho.

A la salida vuelven por el bar o se sientan contra alguna pared cerca de la carretera. Mi padre pasa a recogerlas a la vuelta del trabajo.

Es duro, pero así debe ser.

Retrato de mi madre con una ciruela

I

Mi madre se restriega una ciruela por el muslo.
Hay un rastro de color. No porque la carne sea blanca, sino porque se pudre la fruta.
Mi hermana escribe sobre cómo las mujeres romanas se maquillaban usando fruta podrida.
Dice que es increíble. Lo que quiere decir es que le da asco.

II

Mi madre arrastra una ciruela por el muslo. Sentada, no hay dirección.
El gesto no tiene función alguna. Por eso es el gesto del poema. Solo mancha, huele, destaca la desnudez de todo lo demás.
Yo miro apoyado en el marco de la puerta.

III

Una piel roza otra piel. Se rompe, mancha. Resbala antes de llegar a la semilla. Se deshace.
Y no hay vuelo ni herida.
Si yo miro, el gesto es cotidiano. También el poema. La ciruela tiene el tamaño exacto del puño de mi madre.

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