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5 poemas de Los infraleves, de Alejandro Céspedes

5 poemas de Los infraleves, de Alejandro Céspedes

El poeta asturiano Alejando Céspedes ha hecho un alto en el camino para revisar su propio pasado. Y lo que ha encontrado ha sido, además de a su familia y a sí mismo, una forma de reflexionar sobre el mundo y sobre la imposibilidad de trascendencia. En palabras del editor de Los infraleves, “en esta joya de 156 páginas de uno de los poetas españoles más originales de la actualidad, Alejandro Céspedes vuelve a demostrar por qué su obra resulta imprescindible».

En Zenda ofrecemos cinco poemas presentes en Los infraleves, de Alejandro Céspedes (Liliputienses).

***

FRACCIÓN 1

Solo un pequeño gesto –como todos los gestos
que inapreciablemente vuelven a unir de pronto
aquellas conexiones neuronales que se han ido formando
con nudos apretados en la infancia– desplegó ante los ojos
un mapa del olvido. Los recuerdos se ofrecen como pistas,
como migas de pan para volver a algo que ni existe
en el momento real que lo produce, ni tampoco ha existido
en ese territorio al que están intentando conducirnos.
Ocurrió en otro tiempo, allá, en aquel espacio intransitable
en el que coexisten dos formas de apariencias imposibles.
Se ve una figura abriendo un pozo. Unas manos pequeñas
dejan caer un cubo sobre agua.
Durante los brevísimos instantes
que hay entre el descenso de ese cubo
y la ruptura de la quietud del pozo ve sus ojos.
Se ve a sí mismo al fondo de un reflejo
que le acompañará siempre: recuerdos como aves
que mueren lentamente abatidas por tiros de petróleo
sobre un paisaje yermo cubierto de tristeza estolonífera.
Recuerdos que únicamente dejan en las manos
la enfermedad del humo. Recuerdos de unas manos
que retienen apenas la estéril descendencia
que quedó tras extinguirse el ruido.
Ahora mira hacia atrás, ve su pasado indemne,
es una vida aún sin suceder, como un regalo
que no quisiera abrirse todavía.

Y entonces se da cuenta:
todo aquello que amamos tiene nombre
antes de tener futuro.

***

FRACCIÓN 6

El renacer no es más que una ironía, la utópica nostalgia
de un futuro imposible y siempre inalcanzable.
Se apagaron los ojos –igual que aquella estrella–
del niño que miraba aupado en el brocal.
Los ojos de aquel niño que hoy no existe…,
hijo de algún pasado lleno de muerte ya, lleno de agua,
bajo el sol carnicero de Madrid, en esta tarde árida y deforme¡
en donde su recuerdo es solo un latifundio calcinado
en el que hasta el pasado se evapora
dejando el suelo lleno de cadáveres.

El olvido trabaja en una fábrica
de alas para pájaros lisiados.

***

FRACCIÓN 9

En un rincón borroso hay un cuadro pintado
que tiene dentro un niño, un pozo y un mensaje.
Un viejo cubo cuelga sobre el arco mientras al fondo gritan
esos ojos que flotan sobre el agua. Siempre los mismos ojos,
pero en ese momento son conscientes
de estar sobreviviendo sin razones.
El tiempo se arrodilla debajo de las cúpulas de vidrio
de todos los relojes detenidos.
Allí reza a los dioses que ha creado.
Pronto se apagarán esos relámpagos.
La vida se oscurece como si de repente las ventanas
de todas las viviendas de la calle Strandgade
se abriesen hacia el fondo de un Interior de Hammershøi.
Al fondo de ese cuadro por dentro iluminado
con una luz que viene de sí mismo, al fondo de ese pozo
por dentro iluminado con una luz robada que él duplica,
hay un niño mirándonos. Lleva escrito en los ojos un mensaje:
mi infancia fue ficticia, después se hizo real. Hoy ya no existe.
Pero sigue encerrado en este cuadro repitiendo los días,
viendo cómo los días de aquellos que lo miran se repiten.
Calado de orfandad se escuchan sus lamentos,
mientras atada a él la noria de los días gira y gira
sacando el agua de dentro y vertiendo el agua fuera.

***

FRACCIÓN 11

PATIO DE LUCES

Tal vez hubiera sido mejor que lo dejara
comprobar la distancia que había hasta la sombra,
hasta el fondo de aquel patio de luces. Curioso nombre
para denominar ese pasillo vertical y estrecho
donde reina lo oscuro, y el sol, por su tamaño,
no puede acceder nunca por la boca del túnel que le abren.
Es una carretera de ventanas ridículas
que acaba en un rectángulo sucio y ensombrecido.
Y al final, allá, al fondo, el vértigo que llama y que susurra
para acoger los sesos por fin desparramados,
pero que pondrá orden al tumulto, calmará la tormenta,
pintará las baldosas de un color impactante
y dejará su marca en el cemento para que nadie olvide.

Los cuartos que se abren a esos patios
interiores, tan grises, solo dejan entrar a la tristeza.
El cielo no es más que otro rectángulo en la cúspide,
al revés que los pozos circulares, para poder mirarlo
hay que sacar el cuerpo –la mitad de aquel cuerpo
de apenas trece años– hacia fuera y entonces
más de medio trabajo ya está hecho.
Hay algo misterioso que se imanta
al profundo deseo de acabar.
Los pies están por fuera del alfeizar
y los ojos sopesan el impacto.
Solo la mano izquierda se sigue sujetando a la ventana
mientras el torbellino que agitaba el cerebro
comienza a disiparse.
Solo caer, dejarse, abrir la mano… El grito.
Aquel grito que sigue resonando en los oídos
y que lo cambió todo, y su mano, y su llanto y sus preguntas…
–¡Pero por qué por qué por qué qué estás haciendo?
Eran preguntas fatuas, no esperaban respuestas.
Él la miró a los ojos. Vio que no era la misma
que ocho años atrás cogía de la mano al niño de la foto,
sonriente, apoyada en el coche.
Estaba fuera de sí, los ojos le salían de las órbitas.
Luego rompió a llorar como nunca ese niño la había visto.

Tal vez hubiese sido mejor para los dos que lo dejara
caer por ese hueco,
que no hubiese entreabierto ese domingo
la puerta de aquel cuarto
que da a un patio de luces moribundas.

Las tardes de domingo
matan mucha más gente que las bombas.
Su metralla es el fútbol de la tele, es el pasillo inmenso
con puertas que conducen al triste cementerio de las camas,
es esta casa fría llena de un gris que abrasa,
es el coche que te ha dejado allí y ves partir borroso
mientras el vaho empaña los cristales y las lágrimas cruzan
y dividen el páramo en que se han convertido las ventanas.

Llevo un ojo en la espalda que me empuja.

***

FRACCIÓN 21

«Cables eléctricos vistos desde un tren en marcha
– Hacer una película».

M. DUCHAMP

Mientras sigo soñando, vivo una muerte abrupta.
Y mientras voy muriendo en la luz inflexible
que me sigue apuntando, siento dentro de mí
una combinación azucarada de soles intangibles, bulliciosos,
como un cóctel de nubes que se agitan dentro de un vaso alto
en donde el hielo brama igual que una tormenta de blasfemias.

Son muchos los que no aceptan que la alegría es insípida,
no solo porque es fugaz, sino por inconsistente.
No puede competir con la tristeza,
la aflicción siempre es más firme,
la gana en densidad y en permanencia.
La alegría se parece mucho a la electricidad,
por eso siempre va envuelta, para aislarte del calambre.
La felicidad te mira a los ojos un instante
mientras apura el paso y te adelanta.
La tristeza anida dentro e incuba su nidada con paciencia.

En la vieja ciudad de Buenos Aires
se va filtrando un halo de nostalgia.
Aquí el tiempo gira igual que el agua
dentro del sumidero del lavabo:
siempre en sentido contrario.
Tú y yo estamos tumbados en la hierba
–Parque Municipal Ribera Norte–
junto al río, bajo este sol austral, perfectamente inertes,
con un sabor amargo en los recuerdos.
Seguimos sin saberlo abonando intereses
de unos días que fueron adquiridos a crédito.

Nada nos interrumpe. El más mínimo gesto cambiaría
la estricta perfección del universo.
Sin movernos ni un músculo, con los ojos cerrados,
soñamos con la muerte en esta virtuosa y cruel parálisis
mientras la vida corre vertiginosamente
igual que cables eléctricos vistos desde un tren en marcha.

Planetas extraviados de sus órbitas
nos dicen al oído lo que somos.
Tú y yo en sentido contrario,
igual que el tiempo y el agua.

—————————————

Autor: Alejandro Céspedes. Título: Los infralevesEditorial: Liliputienses. Venta: Casa del Libro.

BIO

ALEJANDRO CÉSPEDES (Gijón, 12 de diciembre, 1958), Licenciado por la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo. Residió en Madrid durante más de 30 años y desde 2017 lo hace en Oviedo. Realizó crítica de poesía en el suplemento cultural del diario El Mundo; fue miembro fundador y del Consejo Editorial de la revista Número de Víctimas y responsable del Área de Poesía de la revista La Cultura de Madrid. Desde 2009 a 2011 codirigió el programa de poesía Definición de savia en la Radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid; en la Cadena SER fue responsable de la sección de literatura y teatro del programa Café con hielo. Ha sido traducido al inglés, al italiano y al portugués. Es editor de la obra poética de Luis Sepúlveda: Disparos al aire (Visor. 2023); O caçador descuidado (Oporto. 2023); Istruzioni per il viaggiatore (Milán. 2022)..

Ha publicado 15 libros y 4 plaquettes. Entre los primeros sobresalen, además de Los infraleves, Cazadores de icebergs, Topología de una página en blanco, Voces en off, Flores en la cuneta, La infección de lo humano y El aliento del klai. Ha obtenido varios de los premios de poesía más importantes (Hiperión, Jaén, Premio Iberoamericano Juan Ramón Jiménez, Blas de Otero) y le ha sido concedido en dos ocasiones el Premio de la Crítica de Asturias. Desde 2008 realiza una intensa labor en la poesía escénica, el vídeo-cine y la videopoesía.

Todo sobre el autor en www.alejandrocespedes.com

Museo Nicanor Piñole, conferencia de Alejandro Céspedes fotografiado de su conferencia sobre la culpa y el arte..gijón 25-10-2022 foto josé simal

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