Eleanore Marie Sarton, conocida por su seudónimo, May Sarton, fue una poeta, novelista y memorialista de origen belga y estadounidense nacida en Wondelgem en 1912. Es considerada una figura contemporánea clave en la literatura estadounidense, así como una “poeta de poetas”, admirada por críticos literarios por sus trabajos que abordan temas de género, sexualidad y universalidad. De padre belga-estadounidense y madre inglesa, su familia dejó Bélgica después del asesinato del archiduque Francisco Fernando. Autora muy prolífica, escribió poesía, novelas, libros infantiles y una obra de teatro, aunque su gran aportación literaria fueron sin duda sus diarios y memorias. Cosmopolita y políticamente comprometida, los temas que recorren sus obras son la amistad, las relaciones, el envejecimiento, la soledad y los derechos de la mujer. En nuestro país la editorial Gallo Nero ha publicado libros suyos como Diario de una soledad (2021), Anhelo de raíces (2020), La casa junto al mar (2023) o Diario a los setenta (2024). Murió en York, Estados Unidos, en 1995. Presentamos una selección de poemas con traducción de Diana Bellesi.
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Querer morir
A veces
quiero morirme
para acabar con todo
de una vez,
no volver a hacer mi cama nunca,
no contestar otra carta nunca
ni regar las plantas,
ningún esfuerzo
de esos que hay que hacer
todos los días
para seguir viva.
Pero después
no me quiero morir.
las hojas cambian
y tengo que ver
el rojo y el dorado
una vez más,
una sola hoja amarilla
cayendo
por última vez
bajo el sol.
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El trabajo de la felicidad
Pensé en la felicidad, en cómo se teje a diario
con el silencio de la casa vacía
y en que no es súbita ni gratuita
sino una creación, como el crecimiento de un árbol.
Nadie lo ve, pero detrás de la corteza
crece otro círculo en anillos que se expanden.
Nadie oyó a la raíz cavar más hondo en lo oscuro,
pero por ese trabajo hacia adentro el árbol se eleva
y sus penachos brillan, y sus hojas destellan.
Así, la felicidad se teje con la paz de las horas
y hunde sus raíces en lo profundo de la casa sola:
en el rincón, el busto antiguo; los frescos pisos encerados,
blancas cortinas que ondulan suave y continuamente
cuando libre se mueve el viento silencioso por el cuarto;
una biblioteca, una mesa y la pared blanqueada—
esos son los dioses de la casa, queridos y familiares,
aquí el trabajo de la fe puede hacerse mejor
y el árbol que crece es musical y verde.
Porque ¿qué es la felicidad sino crecer en paz,
el sentido atemporal del tiempo cuando los muebles
pasaron toda una vida en el mismo lugar
y los viejos sueños, así como el viento al moverse, agitan
las hojas de la felicidad presente?
Nadie ha oído una mente ni escuchado un pensamiento
pero donde alguien vivió en introspección
el aire queda cargado de bendiciones, y bendice;
las ventanas miran a las montañas y las paredes son amables.
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No dejes venir ningún viento
Encontraste palabras para esto y lo llamaste amor:
pero cuando tu mejilla estaba contra la mía como una
hoja con otra, no era amor;
Y cuando cedí a vos, no fue
por amor. Desde lo más profundo de la mente
llegó, tan suave como un árbol que florece,
una luz como pétalos cayendo en lo ciego
Vi la vida crecer en mí y plegarse.
Y ahora tengo un cuerpo que nadie tuvo,
y ahora tengo un corazón que antes tuvo
solamente el ala de una polilla en el hueso,
solamente el corazón de una polilla que latía en el centro.
No es menos que el amor que vi abrirse como una
flor en tu beso, no es menos.
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Porque lo que más deseo es permanencia
Porque lo que más deseo es permanencia,
el largo, relajado y continuo flujo
de ríos subterráneos sin sentido,
que alimenta los paisajes áridos con su azul-
poesía, plegaria, o llámala como quieras
que libera el difícil acto del deseo
y hace al mundo entero a la vez eterno y quieto-
concentro mi mente en el trabajo diestro y el oficio,
concentro mi corazón en la amistad, ardua y ligera
contra el feroz parpadeo encendido del azar
y todas las sensaciones abiertas en un atisbo.
Oh azul Atlántida donde los marinos sueñan
a sus muchachas en la espuma y bajo las olas-
me muevo en otro rumbo. No bajaré la vista.
Porque lo que más deseo es permanencia,
lo mejor es enterrar ahora este fuego,
guardar la llama dentro, sin sentido,
donde arden y fluyen los fuegos ocultos y los ríos,
crear un mundo que sea intenso y quieto.
Llego a ti con la mirada franca.
No son horas de fuego sino años de alabanza,
la copa llena hasta el borde, completamente llena,
pero alzada en equilibrio para que ninguna gota se derrame.
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Los sonetos de otoño
2
Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir
sus hojas, tan naturalmente, una por una;
si puedo llegar a saber lo que ellos saben,
que la caída es alivio, es consumación,
entonces el miedo al tiempo y a la fruta incierta
no perturbaría los grandes cielos lúdicos,
este otoño extrañísimo, dulce y severo.
Si puedo soportar lo oscuro con los ojos abiertos
y llamarlo estacional, no áspero o extraño
(porque también el amor necesita un tiempo de descanso),
y como un árbol estarme quieta ante los cambios,
perder lo que se pierda para guardar lo que se pueda,
la extraña raíz todavía viva bajo la nieve,
el amor resistirá –si puedo dejarte ir.


Hermosos poemas!