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5 poemas de Teresa Arijón

5 poemas de Teresa Arijón

Foto: Bárbara Belloc.

Nacida en Buenos Aires en 1960, Teresa Arijón es una figura esencial para comprender el panorama poético de su país en la actualidad, bien como autora bien como promotora del diálogo entre diversas tradiciones y la puesta en marcha de múltiples proyectos entre países en relación a la poesía. Viene de publicar en España, en el seno de la editorial Lumen, el libro La mujer pintada

Hoy, en Zenda, compartimos una selección de cinco poemas suyos, un cóctel de textos publicados e inéditos.

***

Gary Snyder

Rastro de conejos
rastro de ciervos ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos en la noche helada
bajo los pinos,
recitando el poema de Leopardi
con memoria vaga, viendo
las estrellas limpísimas que acaso
anuncian la aurora boreal?
Rastro de osos
rastro de linces ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos cuando la nieve quieta cubre los vidrios
y sólo se oye el sonido del cielo, afuera, lejos?
Rastro de alces
rastro de nutrias ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos a la mañana siguiente, en cuclillas,
contemplando el lago donde el zorro se mojó la cola
sólo para demostrarnos que hay cierta verdad
en las palabras?

***

Museo del Oro – San José de Costa Rica

la corona de plumas del indio
¿se resguarda en el cuerpo del halcón,
del tucán, del águila mora?
la ventura animada de su voz
¿está en el viento?
los árboles que el poeta feroz hachaba
¿tocones mudos, constelaciones?
la escala métrica, metálica
¿desmedida, destartalada?
la lluvia en el bosque lluvioso no redunda,
es oro en estas piedras,
oro arrasado que dibujó formas animales en la protohistoria
y hoy reposa en vitrinas de museo —
murciélagos, ranas de patas traseras
prodigiosas que largan fuego o agua o algas por sus bocas,
sucesión de mariposas atrapadas en vuelo inocurrido, serpientes
que inoculan su veneno  —que es su sabiduría— al chamán
que parece una rana porque también
lanza fuego o agua o algas por la boca.
la tierra es una esfera de doble cara —
una para los vivos, otra para los muertos.
hay más de un universo, dice alguien,
y las iglesias sucumben porque
¿habría entonces más de un cielo?
pero el paraíso no tiene retorno, ni contorno:
es fruto y hurto de la imaginación.
¿y las flores? rojas, salvajes, fabulosas con la enormidad del rayo
tientan por igual a colibríes y monos
y ninguna especie triunfa sobre ellas
ni sobre el agua.
el Mar Caribe, que esconde tanta sangre en sus fosas
como el bandido Mi Sangre en su pechera,
algún día se llevará esta orilla
y esta selva
hacia el fondo
donde habitan las criaturas fantásticas inaccesibles
las del azul únic
y el naranja fosforescente
que reflejan
el color del cielo cruzado por el sol
o el de una naranja
que todavía cuelga
de un árbol
mientras las flores
que son azahares
perfuman el aire caliente
y alguien —¿quién?— pasa en bicicleta
y deja la marca de las ruedas
en la tierra húmeda

***

Selva sin luna

En la selva no hay luna. No la veré.
No la veremos. Ella vendrá cuando nos hayamos ido.
Pero ¿quiénes somos? ¿qué?
La lluvia traza su rastro en los senderos
siempre húmedos, tapados de hojas blandas que se pudren –
curvas, planas, perfectas.
Nosotras ¿quiénes somos? ¿qué?
Un parpadeo en la noche de un dios.
Un animal que corre entre la bruma.
El canto de los otros, que desconocemos.
El silencio después.
Todo se queda aquí.
Todo está aquí.
Todo respira.

***

Río Arashiyama

De espaldas a los comensales
de frente a las ollas
donde el aceite bulle y borbotea
las mujeres preparan delicias humildes.
Parecen un ejército, una colmena, una grey.
El sonido ardiente del aceite
que mece y quema, construye
desde los cimientos –el sol naciente–
un imperio.
Las bases del imperio
están aquí, en esta cocina junto al río de los botes azules.
Río que Hokusai pudo haber pintado, Kawabata descripto
y Mishima incendiado.
Pero la raíz del imperio –el sol naciente– está aquí.
En esta afanosa cocina bajo el cielo, a orillas del agua.
Metódica, civilizada.
Creciente como la luna crecerá esta noche
hasta dejar su estela temblorosa sobre el río.

***

si fuera hombre usaría
la navaja de mi abuelo para afeitarme —
rozaría lentamente el hueco del mentón,
trazaría los ángulos del rostro con precisión de esteta.
Ha de ser un magnífico ejercicio de conciencia y de pulso
mirarse cada día al espejo,
navaja en mano.

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