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9.273,7 km. en transatlántico fantasma

9.273,7 km. en transatlántico fantasma

Imaginad un barco gigante. Un barco inmenso tripulado por 456 niños que navega durante 12 días desde Francia hasta México, 9.273,7 km. de viaje por el Atlántico Norte. Solo niños. Olas y niños. Olas, tormentas, niños y canciones.

Supongo que, para vosotros que tenéis orejas, arterias, pelo y esternocleidomastoideo no tiene nada de especial ser un barco. Un barco con su estructura de madera y acero —mucho más simple que vuestro mapa de huesos y músculos— su popa, su proa, sus camarotes y su capitán. Pero no un barquito cualquiera, ojo, un transatlántico; un edificio de muchas plantas flotante. Y no un edificio con unos vecinos cualesquiera como los de vuestra casa, como vuestros vecinos cascarrabias que ponen carteles de «Prohibido jugar a la pelota». De eso nada, solo niños, 456 niños con sus 456 laringes y sus 456 maletas a bordo.

De esta guisa zarpé yo el 27 de mayo de 1937 desde Burdeos. Me tatuaron en el costado el nombre de Mexique porque mi destino era una ciudad mexicana, Morelia, y fui el encargado de llevar hasta allí a estos 456 niños, hijos de republicanos españoles de distintos puntos de España. El plan era que estuvieran en Morelia tres o cuatro meses —unos 120 días— y volverían a casa con la guerra terminada.

"A veces cantábamos. Los niños y yo. Comenzaba uno y le seguíamos los demás. Las canciones brotaban como flores. Al reírme, agitaba las velas que ondeaban como la bandera de un barco pirata."

Subieron entonces por mi rampa todos ellos, con sus 912 ojos y sus 911 pies (si multiplicáis bien deberían ser 912 pero uno de ellos, Juanito, era cojo). Subieron también sus 4.560 dedos que dijeron adiós a sus padres y abuelos y se enroscaron en mi barandilla como enredaderas.

Poco a poco, los familiares se hicieron pequeñitos como los barcos de vela vistos desde la orilla y a mí me dolía la barandilla por la presión de los 4.560 dedos, hundidos en el acero como patas de tarántulas; me dolía tanto como a vosotros os duele el brazo cuando os hacéis un esguince.

Durante el trayecto jugábamos a decir a qué nos sonaba la palabra Morelia; Morelia es un color, Morelia es el nombre de un animal suave, Morelia es un fruto.

A veces cantábamos. Los niños y yo. Comenzaba uno y le seguíamos los demás. Las canciones brotaban como flores. Mi voz era muy grave, como la voz de los barcos petroleros, y los niños saltaban sobre la cubierta al oírme —sobre los tablones de madera que son mis axilas—y me hacían cosquillas. Al reírme, agitaba las velas que ondeaban como la bandera de un barco pirata.

Tras 12 días de trayecto —los 12 días de ruta más felices de mi vida— llegamos al puerto de Morelia donde un conjunto de pañuelos nos dio la bienvenida, pañuelos blancos como banderas de un país sin nombre.

"Me pregunto si el mar guardará el nombre de todos los barcos. Si irán las olas como loros repitiendo el nombre de Mexique y de cada uno de sus tripulantes."

Allí desembarcaron los niños y sus 456 maletas, que dejaron en mi eslora un olor a talco y mandarina. Esperé atracado en el puerto de Morelia más de un año; cada día lo dedicaba a decirle a una gaviota el nombre de uno de los niños hasta que el día 457 —cuando ya no me quedaba ningún nombre por pronunciar— solté amarras y abandoné el puerto de Morelia.

La guerra, después de un año y tres meses, no había acabado en España. La derrota republicana y el inicio de la Segunda Guerra Mundial transformaron el exilio en definitivo. Morelia no era como Marina d´Or, ciudad de vacaciones; Morelia era la nueva patria de 456 niños españoles.

Me pregunto si el mar guardará el nombre de todos los barcos. Si irán las olas como loros repitiendo el nombre de Mexique y de cada uno de sus tripulantes. Si habrá llegado la historia de nuestra travesía a los fondos abisales y a los arrecifes de coral. Si las ballenas cantarán las canciones que tiramos por la borda. Si guardan los mejillones los recuerdos de esos niños y esperan en las rocas a ser abiertos por sus padres, como aguarda una carta en la oscuridad de un buzón. Si tienen las medusas la facultad de distinguir el salitre del mar del salitre de una lágrima. Si en algún momento se registraron en el Atlántico Norte tantos saltos de delfines.

Y es que, aun siendo un barco —sin orejas, ni pelo, ni esternocleidomastoideo— todo madera y acero, me oprime justo ahí, donde tenéis vosotros ese músculo que os late. Tengo el timón en un puño y desde entonces navego negro y oxidado, repleto de liquen como un transatlántico fantasma, recogiendo los cuerpos de los niños que jamás alcanzaron la costa y se quedaron flotando en el mar como nenúfares.

Izo cada noche la bandera de mi proa por los niños de Morelia y Lampedusa.

Porque el mar, como la guerra, es un lugar que no termina nunca.

© Ilustraciones de Ana Penyas de la edición de Mexique, el nombre del barco de Libros del Zorro Rojo, 2017  

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Autor: María José Ferrada. Ilustraciones: Ana Penyas Título: Mexique, el nombre del barco. Editorial: Libros del Zorro Rojo. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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