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Un amor fuera del tiempo (mi vida con Luis Sepúlveda), de Carmen Yáñez

Un amor fuera del tiempo (mi vida con Luis Sepúlveda), de Carmen Yáñez

Un amor fuera del tiempo es el relato íntimo y conmovedor de Carmen Yáñez Hidalgo (Santiago de Chile, 1952), poeta y militante chilena, sobre su historia de amor con el escritor Luis Sepúlveda. Una memoria marcada por la dictadura, el exilio, la separación forzada y, décadas después, el reencuentro. Con una prosa serena y poética, Yáñez reconstruye un vínculo que sobrevivió al tiempo, al dolor y a la distancia. Un testimonio de amor, memoria y resistencia.

A continuación reproducimos un fragmento, el prólogo de Félix Maraña y la reseña de Bernardo Atxaga a esta obra.

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UN HALLAZGO MUY ÍNTIMO

Pocas semanas después de ese fatídico día de su muerte, mi hijo y yo comenzamos a ordenar sus pertenencias en su antiguo escritorio. Era una ingrata tarea, desgarradora.

Estábamos entrando en un terreno delicado, por vez primera. Lucho siempre aseguraba tener su propio orden, efectivamente, un orden caótico, que solo él podía descifrar y entender. Cajas y cajas de manuscritos sin terminar, algunos muy avanzados, otros con apenas las primeras páginas de un proyecto literario que había abandonado en su momento. Solo él sabía sus razones.

Entre las cajas y los manuscritos estaban grapados los poemas.

Poemas que alguna vez pudieron salir a la luz. Distintas versiones de un mismo poemario, como si cada cierto tiempo volviera a ellos para trabajarlos y luego olvidarlos. Allí estaba escrita la geografía emocional y vital de su recorrido por el mundo.

Distintas percepciones, distintas edades, amores y desamores, sus pasiones verdaderas, sus dolores, la felicidad alcanzada, el mapa de las pérdidas.

Volvía al punto de partida, con sus poemarios de ajadas y amarillentas hojas a encontrarme con el poeta que alguna vez conocí y amé.

Amanecer en Europa

Nada tiene un nombre ahora.
Es curioso,
pero apócrifas son todas las cartas que me llegan
y anónimas son todas las palabras.

Yo, tan joven, tan fuerte,
tan río y selva,
arrastro ahora
cansancios bautismales.
Intento inútilmente reconocer las calles.
Busco en libros deslomados alguna referencia.

Indago añejas criptografías
en busca de los perdidos símbolos.
Pero nada tiene un nombre ahora.

A veces por costumbre
me asomo al día
y no sé cómo llamarlo.
También a veces por costumbre
busco el abrigo de la música
y de los temporales de estrellas.
Y tampoco sé cómo llamarlos.
Es que nada tiene un nombre ahora.

En alguna estación se perdieron las llamadas.
Un extraño viajero
extraviò las valijas
y se volvió la vida
anónima y constante.

Cobardes me resultan las voces que escupen sus mensajes,
cobarde me resulto
hasta yo mismo,

cuando recojo las señales
y estúpidamente las guardo
para descifrar algún día.

Nada, nada tiene un nombre ahora.

Me rodea un gran silencio de gritos y de piedras.
Y yo estoy solo,
parado en medio de la aurora.
Nada, nada tiene un nombre ahora.

¿Cómo escribirte entonces una carta?
¿Cómo decirte entonces que he llegado?

(Luis Sepúlveda)

**

La notaria pelusa, enamorada (prólogo de Félix Maraña)

Todo libro de memorias es una estampa del tiempo en que se escribe, pero también un certificado ya irrecuperable del espacio y el tiempo a que se refiere y retrata. Aunque no hay relato sin hilo conductor, como no hay narrativa sin memoria. Aquí, Carmen Yáñez hace de notaria de un tiempo, una vida, dos vidas, conjugadas por y en el amor, que merecieron dos oportunidades y, para colmo de notarías, dos bodas. Los unía a buen seguro mucho más que los documentos legales, como prueba el relato que ahora nos ofrece Carmen, cuando ya Lucho está al otro lado del tiempo.

Así, nos ayuda a recuperar la vida y milagros de un ciudadano, exiliado permanente, huido y perseguido por causa de la justicia, que tuvo en su vida el noble oficio de escribir para relatar, imaginar e intentar cambiar el mundo conjugando verbos, imágenes y experiencia vital.

Como una especie de Maga de Julio Cortázar, ese escritor del que nos sentimos siempre parientes sin herencia —basta con su literatura—, Carmen Yáñez nos da cuenta aquí de la vida, ilusiones, añoranzas y amaneceres de un novelista, Lucho, Luis Sepúlveda, que también, como se dibujaba ya en su narrativa, escribió poesía.

Yáñez, esposa y notaria, se ha encargado de dar a conocer esa poesía, en la que encontramos muchas referencias, tanto estilísticas como ideológicas, del escritor chileno, que un día hubo de salir de su país y bogar errante por el mundo, cuando el mundo se llamaba Europa y era tierra de acogida, siempre camino de la libertad.

Conocimos un día a Luis Sepúlveda (1949-2020) por una novela que sobresalió en el panorama, como autor de la obra que eclipsó y atrajo la mirada de muchos lectores en tantos países, Un viejo que leía novelas de amor (1988). Una novela que dio la vuelta al mundo y procuró al escritor cierta liberación económica y una vida de mejora, tras su llegada a Europa, después de haber vivido experiencias muy traumáticas: golpe de Estado de Pinochet, cárcel y terror, su vida como militante de la lucha revolucionaria en Nicaragua e inicio del peregrinaje del exilio, llegando a recalar en Gijón, ciudad que se convirtió de algún modo en tierra de promisión. Algo así como un pequeño paraíso, al lado de la mujer que amaba, y donde encontró la felicidad de los instantes, aunque aquí también recibió el remate de la muerte.

Pero no sabíamos de su poesía, no lo sabíamos aquí, al menos, aunque ya en 1976 había merecido el premio de poesía Gabriela Mistral.

Recientemente, tuvimos noticia de su libro de poemas Disparos al aire (Visor, 2023), prologado por Alejandro Céspedes, en el que apreciamos los ecos de unos antecedentes líricos que prenden en su primera juventud, al amparo de ecos de su compatriota Pablo de Rokha, a quien trató y conoció en su Chile natal. Es un libro que corona un devenir poético de alguien a quien la vida entretuvo en otras vivencias, como las revolucionarias, que exigían energías para las que la poesía tal vez no tenía calibre.

Un día de septiembre de 1973, marcado con sangre en el diccionario de la Historia de Chile, en que el país fue visitado por la muerte, por la sangrienta represión de los comandos del ejército, que empujaron al país a un negro túnel de años. Los partidarios de Pinochet y otros tibios adheridos, que hubo muchos, dicen que el país prosperó económicamente, como si eso justificara los crímenes. Pero el progreso también fue regreso. Regreso al país del exilio a los defensores de la libertad, algunos de los que se libraron de la tortura, la muerte o de ser alimento para los grandes cetáceos.

Un exiliado con nombre y apellidos, que vivió acogido en Europa y en Asturias en un largo trecho de su vida errante, fue Luis Sepúlveda. Estaba tan cerca de nosotros que no sabíamos de su poesía. Afortunadamente, el impulso de su mujer, Carmen Yáñez, y el cuidado y esmero del poeta Alejandro Céspedes han hecho posible la publicación de la mencionada antología Disparos al aire, en la que vemos que la condición poética del novelista no era una argucia, sino un certificado del esqueleto de poeta que siempre fue. Céspedes destaca la función de fotógrafo de la realidad de Sepúlveda, una mirada espontánea y sin complejos sobre el mundo, sin duda aprendida de quien consideró como maestro en el decir poético y en la vida, al también poeta y chileno Pablo de Rokha, el otro Pablo de Chile, el Pablo desconocido en España. Salvo una antología que publicó en 1992 Rita Gnutzmann, también en Visor, aquí nada se ha escrito en un siglo acerca de aquel Pablo De Rokha, una piedra sonora en el templo del mundo, que era para León Felipe “nuestro Whitman del Sur”.

Sepúlveda forma parte de aquella heredad poética, de aquella ideología literaria, no necesariamente política, que se forjó en la solidaridad con el semejante y en la aspiración de la libertad como derecho sin renuncia.

Y llegó de nuevo septiembre, aniversario del alzamiento militar de Pinochet contra el presidente Allende, que nos recuerda Sepúlveda en la antología referida, en un poema escrito en otro septiembre, que nos da noticia cierta de su condición de poeta, de su amor al mundo y a su gente, a su Pelusa. Porque su poesía es también historia de aquel sujeto todo vivencial que fue Sepúlveda. Si releemos su poema “Septiembre o réquiem por un volantín”, donde traslada su dolor al dolor de la Patria —que él escribía con mayúscula, como Poema, Poesía y Poeta—, nos daremos cuenta de qué palabras, qué nociones, qué amores Luis escribió siempre con letra mayúscula.

De todas esas vivencias encontramos aquí ahora testimonio y razón. Carmen Yáñez ha querido intercalar algunos poemas de Sepúlveda, que estaban en los cajones de su armario de amor, lo que hace de esta narración un fluir más dinámico y gozoso, un paisaje más entrañable.

Memoria es la prórroga del futuro, a la vez que fijación del pasado. Si, además, esta memoria se construye con un relato tan directo, vivo y con nostalgia festiva, como estas páginas que nos ofrece Carmen Yáñez, la literatura en que deviene conforma un armazón de vida y esperanza. El virus de la COVID remató a Lucho en plena madurez, con la vista puesta en los horizontes de la familia, la literatura y la reparación de los traumas del pasado. Con el mismo sentido crítico con que un día se incorporó a la obra política del presidente Salvador Allende, y con la esperanza de recomponer y escribir sus propias memorias. En sus distintos libros hallamos, no obstante, parte de esa vida intelectual, política y personal que dibujó en la historia de su tiempo este escritor chileno, dueño de un mundo de ensoñación y realidad, de horizonte y nostalgia, de realidad y deseo.

Su vida de madurez discurrió en Gijón, lugar con el que Sepúlveda trabó especial lazo, con sus gentes, sus horizontes y su conciencia minera e industrial. El propio escritor lo confirmó en un libro que el Ayuntamiento de esta ciudad asturiana le publicó en 1988: “La palabra Gijón empieza por “g” de gentes, y sus habitantes no se inhiben para mostrarse como tales. En Gijón se quiere con la dulce y serena normalidad del cariño, y en Gijón se ama con el lenguaje de manos entrelazadas, aprendido tal vez de los pájaros a la hora de construir sus nidos”.

El filósofo Jean Paul Richter nos dice que “la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”. En ese mismo paraíso ha situado ahora Carmen Yáñez a un hombre que tuvo desde muy joven la libertad del mundo como consigna, y el fervor por la palabra, como religión civil.

Este libro de Carmen Yáñez es, así, un viaje al amor desde el amor, en un tren de vida que recorrió el mundo para recalar en Gijón, de cuya bruma de nostalgia y afectos están contagiadas estas páginas. Decía Borges que el periodismo está hecho para el olvido, y la literatura, para la memoria. Este libro que tenemos ahora es una crónica de un viaje en el tiempo y hacia el tiempo. La memoria se convierte así en prórroga del pasado y noción de futuro.

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Reseña de Bernardo Atxaga para UN AMOR FUERA DEL TIEMPO

Leer Un amor fuera del tiempo ha sido como dar un paseo de la mano de Carmen Yáñez. Me encontré, al principio, en un locus amoenus, un lugar ameno donde seguí el curso de su historia de amor con un joven poeta que entonces firmaba como Lusec; pasé luego, siempre de su mano, hacia una zona infernal, la de las páginas que hablan de aquel Chile de después del golpe de estado del General Pinochet, cuya vida política pivotaba en torno a la Casa de las Torturas, la Villa Grimaldi; llegué por fin, para acabar el paseo, a una nueva historia de amor, la de un enamoramiento que volvió como vuelve un boomerang, esta vez —otra vez—, con un poeta que se había vuelto novelista, y ya no firmaba como Lusec, sino como Luis Sepúlveda.

Se decía antes, hablando de tal o cual persona, que tenía “buen lejos” pero “mal cerca”, haciendo referencia a quienes, en la intimidad, echaban a perder su fama y provocaban desengaño. Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda siempre tuvieron un buen lejos, tal como lo demuestran los muchos comentarios favorables que se publicaron sobre ellos. Sabemos ahora, gracias a Un amor fuera del tiempo, que también tenían un buen cerca.

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Autor: Carmen Yáñez. Título: Un amor fuera del tiempo. Editorial: Eragin. Venta: Web de la editorial.

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